Posteado por: M | 26 abril 2014

La revolución que no pudo ser en Portugal

Fue tan estrecha mi vinculación con Portugal, con sus gentes, sus periodistas y sus líderes políticos, que me rindo gustoso al ejercicio de saudade, análisis y crítica en el cuadragésimo aniversario de la revoluçao dos cravos, el golpe de Estado militar que derribó a la dictadura más longeva de Europa, instaurada en 1928 por el doctor António de Oliveira Salazar, profesor de la universidad de Coimbra, un régimen que se derrumbó sin resistencia en la madrugada del 25 de abril de 1974. Los discursos pronunciados por los portavoces de los grupos en la Asamblea de la República, el 25 de abril de 2014, con motivo de la conmemoración, subrayaron la distancia insalvable entre los ideales de los militares insurrectos y la amarga realidad de un país económicamente intervenido, gravemente cercenado en su soberanía y moralmente desencantado.

palacio_sao_bento

Asamblea de la República, 25 de abril de 2014

Mis recuerdos de la Lisboa siempre recóndita se mezclan con los acordes de Grândola vila morena, terra da fraternidade, del compositor José Afonso, que fue la canción-consigna emitida por radio y utilizada por los militares sublevados; con los claveles rojos engarzados en los fusiles de los soldados de reemplazo; con la ceremonia de la rendición de los jerarcas del régimen salazarista, encabezados por Marcelo Caetano, jefe del gobierno, en el cuartel do Carmo; y el reencuentro con los amigos recién salidos de la cárcel o de las catacumbas, o regresados del exilio, que componían una oposición valerosa, dispersa e impotente. Un jubiloso escenario de azulejos para un acontecimiento tan súbito como gozoso, incruento, sin necesidad de poner en marcha los tanques discretamente apostados en la plaza del Comercio y la Baixa lisboeta, la ciudad nueva de calles tiradas a cordel surgida de las cenizas del terremoto devastador del 1 de noviembre de 1755.

La conmemoración abrileña atizó las divergencias entre el gobierno de centro-derecha de Pedro Passos Coelho y sus numerosos adversarios, de los socialistas a la extrema izquierda, entre el crudo realismo de la austeridad y la nostalgia de las expectativas fallidas. En la Asamblea de la República actuaron los líderes políticos de todas las tendencias, retratados luego en una tribuna solemne en la escalinata que realza el edificio neoclásico del palacio de Sâo Bento, cámara única del sistema parlamentario, en la Calçada da Estrela, en el famoso Bairro Alto. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durâo Barroso, que hace 40 años era un joven maoísta del Movimiento para la Reconstrucción del Partido del Proletariado (MRPP), se unió a los actos y aparece en lugar de honor en la instantánea.

El discurso más emotivo correspondió a la representante del Bloque de Izquierda, Mariana Mortágua, que recordó con pasión, desparpajo y emoción a los capitanes de abril, restauradores de la democracia, pero atacó demagógicamente a sus compañeros de hemiciclo, los que “rindieron nuestra democracia a la dictadura de los mercados”. Para adornar su diatriba, la diputada izquierdista recurrió al latín: “Merkel locuta est, causa finita est; si Merkel habló, la conversación terminó.” El secretario general del PCP, Jerónimo de Sousa, peroró en la misma sintonía y dio por sentado que “muchas de las principales conquistas de abril fueron destruidas”.

En un discurso institucional, el presidente de la República, el conservador Aníbal Cavaco Silva, lanzó una severa admonición a todas las fuerzas políticas y proclamó, enigmático: “Portugal afronta hoy grandes desafíos que no se agotan en la dimensión presupuestaria”, pero sin aclarar cuáles son esos peligros, aunque pueden deducirse de sus palabras: los sistemas de protección social potencialmente insostenibles y las situaciones dramáticas de exclusión, pobreza, soledad y desempleo, sin olvidar a los jubilados “que se vieron súbitamente enfrentados con situaciones que amenazan su derecho de una existencia digna”. Unas palabras parecidas a las que, en otro aniversario del 25 de abril, pronunció otro presidente, éste socialista, Jorge Sampaio, en 2003: “Hay vida más allá del presupuesto.” En todo caso, es evidente que la crisis no es sólo económica, sino que afecta a los cimientos del muy exacerbado y quisquilloso nacionalismo portugués, cuyos agravios reales o imaginarios ya no están dirigidos contra España, sino contra Europa e incluso genéricamente contra la globalización y los mercados.

En el Largo do Carmo, en el Chiado, el protagonismo correspondió al coronel retirado Vasco Lourenço, que era capitán en 1974 y que pasa por ser el planificador de la revuelta militar, por más que el 25 de abril se encontraba destinado en las Azores, probablemente alejado de Lisboa porque sus superiores recelaban de sus actividades conspirativas. Rodeado de los socialistas históricos –Mário Soares, María Barroso, Manuel Alegre, entre otros— Lourenço lanzó una vibrante requisitoria contra el gobierno, denunció “la traición” de los ideales de abril, enumeró sus preocupaciones actuales, “la precarización del trabajo, la destrucción del Estado social y el aumento de la corrupción”, para terminar ensalzando a “los militares que sorprendieron al mundo por su generosidad”, los famosos capitanes del Movimento das Forças Armadas (MFA) que impulsaron no sólo la caída de la dictadura, sino que abrieron un tumultuoso proceso revolucionario, muy bien acompañado por el Partido Comunista (PCP) que dirigía a la sazón Álvaro Cunhal, su secretario general, inequívoco hombre del Kremlin.

Los reunidos en el Largo do Carmo rindieron homenaje al capitán Salgueiro Maia, que coordinó las operaciones del golpe militar, y desfilaron por el Chiado hasta la rua Antonio María Cardoso, donde estuvo la sede de la siniestra PIDE (Policía Internacional de Defensa del Estado), la policía política del salazarismo que disparó los últimos cartuchos en un patético intento de salvar a un régimen condenado, con los que provocó sus últimas víctimas mortales: cuatro civiles que cayeron mientras vitoreaban a los soldados, como recuerda la lápida colocada en el lugar. Los manifestantes depositaron una corona de claveles y entonaron el Grândola vila morena, para terminar con un grito o consigna: “No tenemos miedo”.

Una gran frustración

Una conmemoración, en fin, con exceso de palabras, de exaltación vana y ninguna crítica consistente sobre el mesianismo de los pretorianos, la logomaquia de los intelectuales, la enfermedad infantil del izquierdismo y, sobre todo, los reiterados fracasos de una clase política, todos los partidos confundidos, que desaprovechó de manera insensata los años de bonanza económica que siguieron al ingreso en la Comunidad Europea (1986) para acometer las reformas y levantar un país más equilibrado y próspero. Como dice el poeta Boaventura de Sousa Santos, “la gran frustración de hoy está a la altura de la inmensa esperanza que fue el 25 de abril”, pero su saudade sería más fructífera y sus palabras menos vanas si ayudaran a superar la vieja e inútil pasión o excusa de “echar a los mercaderes fuera del templo”, expresión con la que concluye su reflexión en el semanario Visâo.

El inevitable recuerdo de la intentona revolucionaria del 25 de abril no puede ser un mito paralizador, una leyenda, un reviralho o retorno milagroso como el que debía protagonizar el rey don Sebastián, desaparecido en África, para regresar a Lisboa y resolver todos los problemas. Tampoco hay nuevos Brasiles a la vista para la población sobrante y Europa es el único destino posible. La poesía épica en torno de los capitanes dificulta con frecuencia el análisis e induce a la confusión política, dividiendo al país en dos fracciones aparentemente irreconciliables, pese a que las causas y las consecuencias de la caída del Estado Novo están cada día más claras. Los portugueses necesitan dotarse de un relato de unión nacional que clausure definitivamente la fractura causada por dos interpretaciones antagónicas del 25 de abril. Un relato que se atenga a los datos objetivos y supere las percepciones subjetivas muy arraigadas en el imaginario popular.

La revuelta militar del 25 de abril, protagonizada por unos osados capitanes con la cobertura balsámica del general Antonio de Spínola, famoso por el monóculo y la crítica razonable del colonialismo en su libro Portugal y el futuro, encontró un terreno abonado en la triple y profunda crisis en que estaba sumido el Estado Novo, económica, diplomática y militar, a causa de las guerras coloniales, que desbarataron la tradicional estabilidad monetaria, y el abandono ostensible de Londres y Washington, los dos poderes que habían metido a Portugal en la OTAN en 1949, a pesar de la dictadura. La inviable apertura intentada en 1968 por Marcelo Caetano, vigilado y coartado por los ultras del salazarismo, subrayó la incapacidad del régimen para liberalizar la vida política, mantener las colonias africanas o negociar su independencia y romper su aislamiento.

El derrumbe de la dictadura desencadenó un proceso revolucionario que alcanzó un año después, en el verano de 1975, el punto de inflexión y ruptura entre los socialistas de Mário Soares y los liberales de Francisco Sá Carneiro, de una parte, y los comunistas y la extrema izquierda, de otra, con diversos episodios de acción y reacción, hasta desembocar en un intento insurreccional de la extrema izquierda, a cuya cabeza estaba el comandante Otelo Saraiva de Carvalho, el 5 de noviembre de 1975, que fue contrarrestado por el contragolpe del coronel António Ramalho Eanes, que sacó los tanques a la calle, acabó con la fiesta revolucionaria y restableció el proceso democrático.

Entre Cunhal y Soares

Todavía disputan los portugueses sobre las causas de la caída del gobierno del coronel Vasco Gonçalves, punta de lanza del PCP, en agosto de 1975, y la derrota irremisible de la revolución a manos de la reacción termidoriana ejecutada por los militares Melo Antunes y Ramalho Eanes, ambos partidarios de una línea pluralista y pro occidental frente al socialismo castrense de Otelo de Carvalho o el comunismo enmascarado de Cunhal y sus diversos peones, entre ellos, José Saramago, que entonces predicaba la revolución con gran fanfarria retórica desde la dirección del Diário de Notícias lisboeta, con la colaboración destacada de mi amigo y colega Mário Ventura.

Al frente del PCP, un partido insurreccional, Cunhal utilizó la influencia exorbitante de que disponía entre la intelligentsia, precisamente a causa de los 40 años de dictadura, con el designio de hacer de Lisboa una nueva Petrogrado. Cortejó a los militares progresistas, aduló a Saraiva de Carvalho antes de vituperar su aventurerismo, se infiltró en la administración y denigró a las otras fuerzas políticas, especialmente a los socialistas, presentando a Mário Soares como “el hombre de Washington” que era preciso abatir por su oposición al frentismo preconizado por los comunistas. Hoy podemos decir que, al confundir el Tajo con el Neva, el líder comunista cometió un grave error de cálculo, olvidó los problemas y la división del país y no sopesó debidamente el equilibrio estratégico mundial.

La situación internacional era muy poco propicia para que pudiera prevalecer una dictadura militar, orientada por el partido comunista, en la playa más occidental de Europa. El proceso de distensión Este-Oeste culminó el 1 de agosto de 1975 con la firma del Acta Final de Helsinki, un gran pacto paneuropeo que consagró el statu quo territorial y político en Europa, aspiración tenaz de la diplomacia soviética, estaba en entredicho por la agitación revolucionaria que había prendido en un sector minoritario pero muy osado del ejército portugués, integrado en la OTAN. El líder soviético Leonid Brezhnev, al frente de un socialismo real bastante decrépito, necesitaba una estabilidad que no debían perturbar las ansias revolucionarias de Cunhal y sus intelectuales.

Las reticencias u órdenes del Kremlin están detrás de la caída del gobierno de Vasco Gonçalves, abandonado por sus amigos comunistas, sacrificado retóricamente, y la asonada guevarista de Otelo Carvalho, cuyo fracaso facilitó la recuperación del poder por los socialistas y los liberales, de acuerdo con los resultados de las primeras elecciones democráticas celebradas el 25 de abril de 1975. Fue la última manifestación de bonapartismo revolucionario sin Bonaparte. Las fuerzas anticomunistas empezaron a incendiar los locales del PCP al norte de la línea divisoria social y políticamente que coincide con la última gran curva del Tajo, jamás traspasada por los funcionarios y activistas de la revolución.

La OTAN, desde luego, estuvo muy presente en los sucesivos motines de la comuna de Lisboa y llegó a colocar sus navíos en el estuario del Tajo, como elemento de disuasión. Las deliberaciones en el cuartel general de la Alianza Atlántica, en Bruselas, se mantienen secretas, pero todo parece indicar que Henry Kissinger, a la sazón secretario de Estado, exigió a los europeos una actitud de firmeza para impedir que los comunistas tomaran el poder en Portugal, aunque por persona interpuesta. La socialdemocracia europea inspirada por Willy Brandt, a la sazón canciller de la República Federal de Alemania (RFA), llenó las arcas y fortaleció ideológicamente a Mário Soares y su naciente Partido Socialista. En vez de soldados, la OTAN envió dinero y propaganda.

La antorcha pasó entonces a Mário Soares, el luchador infatigable contra la dictadura, valladar frente a todas las maniobras comunistas; pero también el hombre del compromiso, más cercano al ideal de la política como arte que a la intransigencia del doctrinario o el fanatismo de los agentes de la revolución mundial. Frente a su antagonista Cunhal, la historia que no está escrita de antemano dio la razón al líder socialista en la misma medida en que desautorizó a los empecinados en implantar con demora un régimen inspirado en la profecía marxista. Por eso resulta un poco chocante el ver, 40 años después, cómo Soares y su esposa, la actriz María Barroso, ya en el otoño vital, desfilan por el Chiado envueltos en la nostalgia de los que fueron sus más recalcitrantes adversarios.

El espíritu mesiánico de la revolución de los claveles, que igualmente suscitó grandes expectativas entre los demócratas españoles, pervivió en la Constitución portuguesa hasta 1989, cuando una segunda revisión constitucional suprimió la referencia a “la vía portuguesa hacia el socialismo” y permitió al gobierno privatizar las empresas estatales y desentenderse de las llamadas unidades productivas, últimos reductos de la agitación comunista en los latifundios del Alentejo.

Al recordar la revolución que no pudo ser, pero que fue aireada e impulsada por el misticismo, el exhibicionismo o la truculencia de algunos militares, resulta inevitable recordar a Miguel Torga, uno de los más excelsos poetas portugueses, aún vivo cuando se produjeron los hechos, que escribió en su diario. “Fue nuestro provincianismo, ayudado por la atención entremetida del mundo, el que dio a este modesto acontecimiento una dimensión universal.”

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: