Posteado por: M | 5 mayo 2014

El terrorismo siempre retorna a Irlanda del Norte  

La detención de Gerry Adams, actual líder del Sin Féin, brazo político del grupo nacionalista y terrorista Ejército Republicano Irlandés (IRA, en sus siglas inglesas), el 30 de abril de 2014, confirma que el pasado de la violencia y el horror siempre vuelve y sigue presente en la vida cotidiana de Irlanda del Norte (Ulster), la provincia irlandesa bajo soberanía del Reino Unido, pese a haber transcurrido 16 años desde que se firmó el acuerdo de paz de Viernes Santo (10 de abril de 1998) y 42 desde que los esbirros del IRA cometieron el horrendo crimen ahora investigado por la policía, el secuestro, tortura y asesinato de Jean McConville, de 37 años, madre de 10 hijos, de confesión protestante, pero viuda de un católico.  

mcconville

Jean McConville y 3 de sus hijos, antes de 1972. Fuente: BBC

 

Tras cuatro días de detención e interrogatorios, Gerry Adams fue puesto en libertad el 4 de mayo, sin cargos, pero la policía señaló que prosigue sus investigaciones y que entregará a la fiscalía todo el expediente que contiene las potenciales pruebas contra él por haber estado al frente de un comando terrorista del IRA en la capital de la provincia. El actual líder del Sin Féin, partido que preside desde 1983, no sólo negó los cargos por los que fue detenido, sino que jamás ha admitido que fuera miembro de la organización terrorista. “No hay vuelta atrás –declaró Adams en una conferencia de prensa, tras salir de la comisaría en Belfast–. El IRA ya no existe.” Como de sólito, la negación de lo evidente.

Quizá el IRA está muerto, o tal vez dormido, pero el terrorismo siempre retorna, gravita sobre las víctimas y los verdugos. El terrorismo transmite una herencia envenenada de aflicción, culpa, heridas incurables, ausencias dolorosas, ansias de justicia o venganza y exigencias de perdón, reconocimiento y reparación. Mantiene un abismo entre las dos comunidades y profundas cicatrices entre los familiares de las víctimas, los cuales siguen abrigando la remota esperanza de que la justicia persiga y castigue a los victimarios, los planificadores y los ejecutores de los asesinatos en una guerra de 30 años (1968-1998), larvada o subrogada pero implacable, que causó unos 3.600 muertos en ambos bandos en lucha: el IRA (nacionalismo irlandés en armas) y los grupos paramilitares de la comunidad protestante o unionista, leales y partidarios de permanecer en el Reino Unido.

La policía y el ejército británicos desplegados en la atormentada provincia completaron el elenco de la tragedia sectaria, combatieron el terrorismo, pero también tuvieron muchas bajas, cometieron graves errores, utilizaron métodos inconfesables y se comportaron con innegable parcialidad en contra de la minoría católica, el enemigo principal. La oleada de violencia se trasladó a Inglaterra y apuntó al mismo corazón del sistema con varios atentados espectaculares, uno de ellos, contra la primera ministra conservadora Margaret Thatcher, que resultó ilesa cuando se hospedaba en un hotel de Brighton que fue dinamitado, el 12 de octubre de 1984. La ofensiva del IRA fue un intento fallido de lograr la retirada de las tropas británicas destacadas en el Ulster, que no completaron su repliegue hasta 2007.

En aplicación del acuerdo de paz de 1998, cualquier persona perteneciente a una organización paramilitar y declarada culpable de crímenes pudo beneficiarse de una puesta en libertad anticipada, de la mutación de la cadena perpetua por dos años de prisión; pero los sospechosos en fuga pueden ser detenidos aún y, en su caso, entregados a la justicia. Cabe también reabrir los procesos penales instruidos si aparecen nuevas pruebas, como en el caso del asesinato de Jean McConville, convertida en el símbolo sangrante del conflicto. El armisticio tampoco abordó el problema de los desaparecidos., lo cual quiere decir que el futuro incierto de numerosos terroristas aún no juzgados depende en gran medida de la actuación de la policía y, por supuesto, de los jueces.

Secuestrada, torturada y con un tiro en la nuca

La víctima de uno de los crímenes más repulsivos del IRA, Jean McConville, fue secuestrada por un comando armado en 1972, en presencia de sus hijos, en un barrio católico del oeste de Belfast, uno de los reductos del nacionalismo irlandés. Tras la detención de Gerry Adams, uno de los niños, Michael McConville, que entonces tenía 11 años, desgranó sus recuerdos el 1 de mayo ante la BBC:

“Eran las 6 de la tarde cuando aporrearon la puerta e irrumpieron en la casa. Con mis hermanos y hermanas me abracé a mi madre, llorando, gritando. Mi madre se encontraba en un estado lamentable porque la noche antes unos miembros del IRA la habían retenido durante varias horas y le habían dado una paliza. Sabíamos que iban de nuevo a golpearla y estábamos muy angustiados.”

Los esbirros del IRA volvieron una semana después para amedrentar a los pequeños y garantizarse su silencio. Al joven Michael lo llevaron a otro lugar, le pusieron una capucha en la cabeza y lo sometieron a un simulacro de ejecución, sin duda para que no se le ocurriera hablar. Éste prosiguió el relato de sus recuerdos: “Mientras estaba con la capucha puesta, dispararon una bala de fogueo y me clavaron una navaja en la pierna. Me dijeron que si decía cualquier cosa sobre el IRA, vendrían a matarme, a mí o a otro miembro de mi familia.” Los niños comprendieron que su madre estaba muerta cuando, dos semanas después, otro mensajero del terror les entregó su bolso y su alianza de matrimonio.

Ahora se sabe que los asesinos, tras torturarla, la ejecutaron de un tiro en la nuca e hicieron desaparecer el cadáver. Los cómplices y simpatizantes del IRA se ensañaron con las víctimas, añadieron el ultraje al terror y trataron de expandir entre los convecinos el rumor avieso de que la madre se había marchado a Inglaterra con otro hombre. La familia quedó completamente destrozada y algunos de los niños fueron enviados a los orfanatos. Los restos de Jean McConville fueron descubiertos en la localidad de Shelling Hill en 2003. Varios huesos estaban rotos, los dedos amputados y podía apreciarse el tiro en la nuca, pruebas inequívocas del suplicio a que fue sometida. Fue “un acto emblemático de barbarie”, según la expresión del periodista irlandés Paul Williams.

Michael McConville, de 53 años, casado y padre de familia, sigue aterrado por las amenazas de muerte proferidas contra él y su familia. La omertà mafiosa planea sobre sus hijos, como una maldición: “Sé quien mató a mi madre, pero no puedo decirlo –confesó a la emisora británica–. Les he visto por la calle, pero si le digo a la policía quiénes fueron, me matarán a mí o a alguien de mi familia. Nunca he hablado.” Su hermana mayor Helen McKendry (por su apellido de casada), de 57 años (15 años cuando su madre fue secuestrada), por el contrario, está dispuesta a ser testigo de cargo: “No tengo miedo”, declaró a un diario británico. Y añadió ante las cámaras de la BBC:

“Si cooperar para esclarecer la muerte de mi madre incluye nombrar a los que vi irrumpir en mi casa y nos arrebataron a nuestra madre a punta de pistola, a los que estuvieron directamente involucrados en su desaparición y asesinato, en ese caso, sí, estoy dispuesta a dar sus nombres. Y si algo me ocurre, tengo cinco hijos que van a seguir luchando por la verdad (…) Siempre he creído que Gerry Adams estaba involucrado en la muerte de mi madre y lo voy a creer hasta el día que me muera (…) Me han hecho tantas cosas en los últimos 42 años (…) ¿Es que van a venir ahora a meterme una bala en la cabeza? Pues, bueno, ya saben donde vivo.”

“Voces desde la tumba”

La reapertura del sumario por el asesinato de Jean McConville se debe a los nuevos datos aportados por una investigación llevada a cabo por la Universidad de Boston (Boston College), una venerable institución creada a mitad del siglo XIX para servir a la creciente población católica inmigrante en la costa este de EE UU. El llamado Belfast Project, que comenzó en 2001, por iniciativa de un terrorista arrepentido, Anthony McIntyre, con la colaboración del periodista Ed Moloney, se propuso con rigor académico arrojar alguna luz sobre los años de plomo y contribuir a la historia definitiva del conflicto.

Los realizadores del proyecto grabaron 26 entrevistas con otros tantos católicos republicanos (IRA) y otras 20 con miembros del Ulster Volunteer Force (UVF), un grupo armado de la comunidad protestante. La principal condición fue que las declaraciones quedarían protegidas por la confidencialidad y no serían divulgadas sino a titulo póstumo. En una de esas entrevistas, Dolours Price, ya fallecido, condenado por un atentado del IRA en 1973, designó a Gerry Adams como el jefe del comando de Belfast que ordenó y participó en el secuestro y asesinato de Jean McConville. Las mismas revelaciones fueron posteriormente aireadas por la prensa irlandesa.

Otro de los entrevistados, Brendan Hughes, también fallecido, comandante que fue del IRA, amigo íntimo de Gerry Adams, reveló que éste era el jefe del comando de Belfast encargado de las desapariciones en el momento del secuestro y asesinato de una madre con 10 hijos, con una crueldad inusitada y cegados sus autores por la mera sospecha, que resultó ser completamente falsa, de que había suministrado alguna información al ejército británico, en el que había servido su marido. Dos años después de la muerte de Hughes, en 2010, el periodista Moloney publicó un libro y realizó un documental, ambos titulados Voces desde la tumba, en los que reprodujo las entrevistas de Boston y las amplió con otras informaciones.

En el libro de Moloney se cita una declaración de Hughes coincidente con las que hizo a los investigadores del Boston College, pero aún más comprometedora: “Sólo hay un hombre que pudo ordenar que se ejecutara a esa mujer, y ese hombre es actualmente el líder del Sin Féin. Yo nunca llevaba a cabo una operación sin el visto bueno de Gerry [Adams].”

Luego de la firma del acuerdo de paz 1998, tanto Hughes como Price rompieron con Adams, al que acusaron de haber traicionado los ideales del IRA, pero sus declaraciones en el Boston Collage coinciden con otras muchas informaciones sobre las actividades de los comandos terroristas en los años 70 del pasado siglo, en la época más cruenta de las Troubles (perturbaciones, desórdenes), el eufemismo adoptado en Gran Bretaña e Irlanda para referirse a la guerra interétnica e interreligiosa de los 30 años, otro expediente inútil para enterrar el pasado y sus fantasmas.

Las revelaciones de Hughes, Price y el periodista Moloney determinaron que los hijos de Jean McConville acudieran al Servicio de Policía de Irlanda del Norte –el nuevo organismo surgido tras el acuerdo de paz, aceptado por las dos partes— para que les ayudara a conocer lo ocurrido en 1972. La batalla legal se planteó primero en EE UU, habida cuenta de que el Boston College se negó a entregar las grabaciones. La ley norteamericana, sin embargo, no reconoce ninguna protección legal para los archivos de las universidades. A pesar de la oposición del secretario de Estado, John Kerry, contrario a la entrega de las cintas, un tribunal norteamericano decidió en septiembre de 2013 que la universidad debía facilitar al gobierno de Londres 11 de los 85 documentos solicitados. Con esos documentos, las autoridades británicas han reabierto al menos 16 casos de desapariciones durante el reino del terror en el Ulster.

La repercusión más importante y llamativa de la acción legal fue la detención de Gerry Adams, actualmente diputado en el parlamento de la República de Irlanda, y la prolongación del plazo para su interrogatorio. Los dirigentes del Sin Féin se apresuraron a denunciar la politización de la justicia. Adams negó cualquier implicación en el crimen y su correligionario Martin McGuinness, la cara menos desagradable del nacionalismo irredento, viceprimer ministro del ejecutivo norirlandés, expresó dudas sobre la actuación de la policía y amenazó veladamente con poner en tela de juicio el acuerdo de paz der 1998. El chantaje, una vez más, según la acusación del primer ministro unionista, Peter Robinson.

Una paz ficticia para una sociedad dividida

El gobierno de Ulster surgido del acuerdo de 1998 está integrado por una coalición del Sin Féin con el mayoritario Partido Unionista Democrático (PUD), que agrupa a los protestantes moderados, dirigido por Robinson. Pero 20 años desde el cese definitivo de la violencia (fin de los actos terroristas) por parte del IRA, el llamado entonces proceso de paz no sólo no se ha completado, sino que el abismo entre ambas comunidades sigue ensanchándose precisamente a causa de los agravios y humillaciones de los centenares de víctimas que infructuosamente recaban noticias sobre lo ocurrido con sus familiares desaparecidos. La paz oficial resulta ficticia, no se corresponde en absoluto con la actitud de las víctimas y con la situación sobre el terreno.

La sociedad del Ulster en su conjunto sigue dividida en dos comunidades hostiles, que viven en sus guetos respectivos, y está muy lejos de haber establecido una nítida distinción entre las víctimas y los victimarios. El dilema moral y personal trasciende la voluntad de los políticos de enterrar el pasado con el sudario del perdón y decretar el olvido mediante un sedicente acuerdo de paz. ¡Con tal de que no maten! La sutil página de la civilización, supuestamente recogida en el protocolo del armisticio, no tiene poder sobre las conciencias ni fuerza suficiente para trivializar la brutalidad y el horror. La amenaza de que el terrorismo puede volver acogota a los políticos, pero no puede ocultar las atrocidades ni la perversión de la causa nacionalista por el empleo de la violencia y el chantaje.

Las identidades de los matones y pistoleros son un secreto a voces. Todo el mundo los conoce porque con frecuencia se pavonean de sus crímenes, se fotografían obscenamente y hasta reciben homenajes de los que fueron sus cómplices, encubridores o simpatizantes. La anomia social y las horrendas cicatrices del crimen organizado están ahí, en las calles de Belfast, Londonderry, Bilbao o Mondragón. No hay manera de borrarlas por mucho que se empeñen los propagandistas que confunden la paz con la mera ausencia de atentados. La táctica del Sin Féin consiste en acusar a todo el mundo, manipular la historia, justificar los crímenes y rechazar tanto el examen de conciencia como el reconocimiento de la verdad.

La amenaza del crimen o el chantaje psicológico o moral siguen agazapados, silenciosos, lo mismo que la mala conciencia, el remordimiento o, en muchos casos, la complacencia secreta o la indiferencia, la cobardía moral de los “verdugos voluntarios”, el término acuñado por Daniel Goldhagen, profesor de la universidad de Harvard, para referirse a los alemanes corrientes en su relación con el Holocausto, el exterminio de los judíos; y la expresa o latente connivencia de otros muchos con los encapuchados de la metralleta, el coche bomba y el tiro en la nuca.

¿Qué hacer con el legado de la violencia, cómo restañar las heridas y sanar a una sociedad desgarrada, moral y psicológicamente enferma? ¿Cómo terminar con “los peces de la amargura”, la metáfora conmovedora del relato insuperable de Fernando Aramburu? Difícil empeño porque no se sabe con certeza si la anomia moral es la causa esencial o el resultado de la violencia. El modelo irlandés de resolución de conflictos, que tuvo muchos adeptos, e imitaciones irreflexivas, ahora se ha demostrado que tiene los pies de barro, que no sirve, desde luego, para borrar el pasado.

Para los partidarios acérrimos del proceso de paz, los irenistas sin fronteras, los que se suponen pragmáticos, no hay duda de que “la paz debe prevalecer sobre la justicia”, como escribe Jonathan Freedland en The Guardian, condicionado aparentemente por el temor de un  retorno de la violencia. Los que defienden el imperativo moral kantiano frente a cualquier forma de utilitarismo recurren al adagio latino para proclamar: Fiat iustitia, et pereat mundus, que se haga justicia aunque el mundo perezca. El eterno dilema planteado por Max Weber entre la ética de los principios de los ciudadanos corrientes y la ética de la responsabilidad que practican los políticos.

La paz a cualquier precio, como es notorio, conduce a la indignidad de los políticos y no resuelve el problema porque los hombres y las comunidades sólo pueden enterrar el pasado haciéndole frente, encarándose con él, sin encono ni parcialidad, como aconsejaba Tácito, evitando cualquier confusión, quizá en el sendero abierto por África del Sur con su Comisión de la Verdad y la Reconciliación, para contrarrestar la ominosa herencia del apartheid. Todos los esfuerzos en esa dirección, en el reconocimiento que reclaman las víctimas más allá de las decisiones judiciales, han fracasado con estrépito en el Ulster.

El último fracaso conocido se produjo a principios de años, cuando dos personalidades norteamericanas –Richard N. Haass, del Council of Foreign Relations, y Meghan O´Sullivan, de la Universidad de Harvard—, tras varios meses de reflexión y estudio, propusieron sin éxito que el legado de la violencia fuera estudiado por un Grupo de Investigación Histórica independiente, cuyas conclusiones se entregarían a la justicia en caso de que existieran pruebas suficientes sobre los crímenes pendientes de esclarecer. Paralelamente, las familias de las víctimas podrían recabar información a una Comisión para la Recuperación de la Memoria.

La idea de los ponentes norteamericanos era que todas las personas involucradas en el conflicto se decidieran a asumir la responsabilidad de sus acciones y, en su caso, expresaran el pesar y el arrepentimiento ante las víctimas, mientras los investigadores proseguían las pesquisas sobre asuntos especialmente espinosos como la colusión del gobierno británico con los paramilitares protestantes, los vínculos internacionales del terrorismo o el papel desempeñado por el gobierno de Dublín en el suministro de armas al IRA. La impresión más extendida es que nadie está interesado en remover las aguas turbias de un período vergonzoso de la historia de Irlanda y el Reino Unido.

 

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