Posteado por: M | 10 mayo 2014

La lección catalana del profesor Jiménez de Parga  

La muerte del profesor Manuel Jiménez de Parga y Cabrera (Granada, 1929-Madrid, 2014), del que fui discípulo, amigo y colaborador, me ha sumido en hondos sentimientos de tristeza, gratitud, afecto y nostalgia, en conexión muy estrecha con la vida universitaria y periodística de una Barcelona ilustrada y abierta, refugio y polo de atracción para muchos españoles demócratas, que hace tiempo dejó de existir, devorada por el monstruo del nacionalismo, la cerrazón intelectual y el aislamiento. Nunca he olvidado su buen hacer como profesor universitario y escritor de periódicos, su pasión académica y pragmática por la política, su trato exquisito con los jóvenes que se agolpaban en torno a su cátedra, primero en el viejo caserón de la Universidad, en la plaza homónima, donde se impartían los cursillos del doctorado, y después en la Facultad de Derecho recién inaugurada en los altos de la Diagonal barcelonesa, una modesta obra señera del racionalismo arquitectónico en la tierra del modernismo.

jimenez_parga

Llegó don Manuel a Barcelona en 1957 como catedrático de Derecho Político, e implantó sus reales en un piso de la calle de Balmes, por encima de la plaza Molina, consciente de que era una ciudad prestigiosa, acogedora pero arriesgada, como lo había sido a lo largo del siglo XIX y el primer tercio del XX, entre guerras, bullangas, agitación obrera, industrialización acelerada, batallas burguesas por el arancel, nacionalismo desbocado y, tras la catástrofe de la guerra civil, un franquismo agradecido, sociológico, difuso, aferrado a los buenos negocios, en el que proliferaban los oportunistas y los grupos de presión.

Aunque los dos habíamos estudiado en la Facultad de Derecho de Granada (él terminaba cuando yo comencé) y fuimos alumnos del muy añorado profesor Luis Sánchez Agesta, catedrático también de Derecho Político y senador por designación real en 1977, no conocí personalmente a Jiménez de Parga hasta su llegada a Barcelona, en los primeros cursos de doctorado que impartió en 1957-1958. Frecuentando aquella aula destartalada de la vieja universidad coincidí con otro periodista, Wifredo Espina, que pronto gozaría de justa notoriedad por sus comentarios políticos en El Correo Catalán. El doctor Jiménez de Parga era una genuina novedad en el panorama universitario barcelonés y nunca defraudó la curiosidad de sus alumnos.

La dictadura ofrecía síntomas inequívocos de evolución hacia su agotamiento ideológico y la pérdida absoluta de la justificación como mal menor que en algún momento de su larga historia pudo tener para las clases pudientes. Capital mundial de la edición en español y con una prensa en relativa ebullición, Barcelona abría interesantes perspectivas para un catedrático exigente, de lógica ambición política, que disponía de una atalaya universitaria –ante su despacho se agolpaban los aspirantes de la más variada condición— desde la que divisaba el abigarrado panorama de una sociedad dinámica, agitada, a la espera de un viraje político que no acababa de llegar. El bufete y, sobre todo, los artículos en la prensa completaron los intereses y azacanes del joven abogado y profesor universitario.

Cataluña aún no había cerrado las puertas a los universitarios llegados desde los más diversos puntos de España, ni pretendía retornar al feudalismo en nombre de la autonomía, de manera que en aquella Facultad de Derecho coincidió con otros profesores que no procedían del mundo universitario estrictamente catalán: Manuel Díez de Velasco (Derecho Internacional), Rafael Entrena Cuesta (Derecho Administrativo), Francisco Fernández de Villavicencio (Derecho Civil), Ángel Latorre (Derecho Romano) y alguno otro que sin duda yace escondido en los rincones de la memoria. También había profesado en la misma facultad, como catedrático de Historia del Derecho, el ilustre historiador Luis García de Valdeavellano, y seguía profesando el penalista Octavio Pérez-Vitoria.

No me parece oportuno, sin embargo, mantener sin matices una visión idílica de aquel pasado expectante, como la de algunos novelistas iberoamericanos que estuvieron aquí como extranjeros, aunque por poco tiempo. El recelo ante el “forastero”, la pasión xenófoba estaba agazapada en amplios sectores de la sociedad catalana, precisamente los contaminados por las pulsiones tribales, por el temor de una competencia excesiva, por el narcisismo de las nimias diferencias expresado en una lengua que actúa como tótem protector y garantía de los privilegios del grupo. En otras palabras: los éxitos académicos y profesionales del doctor Jiménez de Parga suscitaban algunas reticencias porque no era de “los nuestros”.

Como es notorio, y nada más llegar al poder en 1980, el nacionalismo pretendió modificar la historia, según la proeza ilusoria señalada por George Orwell, e hizo lo imposible por consagrar el principio incivil de la división entre naturales e inmigrados, o según el idioma que se elige libremente, todos ellos españoles, como ya exigían las Bases de Manresa (1892), un documento protonacionalista y reaccionario de la Unió Catalanista, que propuso una democracia orgánica y una especie de monroísmo a la catalana, de una “Cataluña para los catalanes”, estridencia condenada, entre otros, por el vascongado don Miguel de Unamuno. Este obituario lo escribo por razones de afecto y gratitud, mas también para recordar que la historia sigue ahí, imposible de alterar.

El primer libro que leí y anoté del profesor Jiménez de Parga fue su monografía sobre La V República francesa. Una puerta abierta a la dictadura constitucional (1958), que tuvo ya un origen periodístico, a caballo de los acontecimientos, publicada por entregas en el diario Ya, de Madrid, entonces propiedad de la Editorial Católica, y reproducida por otros diarios de la cadena. El subtítulo, sobre la amenaza de una dictadura constitucional, que el general De Gaulle nunca se propuso implantar, entrañaba una crítica inequívoca de la situación española, un sutil desasosiego poco grato para al régimen. Era evidente que el catedrático de Barcelona se situaba en la oposición, en la disidencia intelectual, y que, andando el tiempo, iba a poner a prueba la tan cacareada apertura informativa que propalaba el ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne.

Luego tuve ocasión de leer y comentar en el diario Tele-eXpres, en enero de 1967, su más reciente libro, Las monarquías europeas en el horizonte español (Editorial Tecnos), dedicado a su padre, un análisis técnico-jurídico de las ocho monarquías constitucionales entonces existentes en Europa y una prospección cautelosa, en filigrana, del papel que la institución podría desempeñar en España. El horizonte era, por supuesto, democrático, como quedaba claro en el epílogo titulado “Monarquía o república”.

Las lecciones del profesor Jiménez de Parga en la Facultad de Derecho, sin olvidar el rigor académico, fueron como una ventana abierta a horizontes desconocidos, a los vientos de la libertad, y pronto se convirtieron en una plataforma atrayente no sólo para los estudiantes, sino también para la naciente oposición al régimen, muy influida por el partido comunista en el ámbito universitario. Uno de sus más directos colaboradores, Jordi Solé Tura, figuraba a la sazón entre los militantes más activos y conocidos del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), la sección catalana del comunismo español. Quiero decir que con un espíritu liberal que nunca le abandonaría, Jiménez de Parga eligió a sus adjuntos y ayudantes en razón de sus méritos, no por razones políticas o sociales, de manera que supo crear a su alrededor un grupo activo de universitarios y periodistas de inequívoca voluntad democrática.

Y como era un gran trabajador, pronto estuvo disponible el que sería el libro de texto de sus alumnos durante muchos años, Los regímenes políticos contemporáneos (primera edición de 1960), compendio de sus saberes académicos, epítome de sus inquietudes intelectuales (por eso sus referencias de Xavier Zubiri, del que había sido alumno, y también de Ortega). Aunque discípulo del politólogo Francisco Javier Conde, teorizante del caudillaje, su decidida inclinación democrática le apartó del Instituto de Estudios Políticos, think tank del franquismo, y le aproximó a la sociología de la política imperante en Francia. Desde sus primeros años universitarios, en Madrid y luego en Barcelona, mantuvo una especial afinidad con los profesores franceses Georges Burdeau, Georges Vedel y Maurice Duverger, aunque sin olvidar el pragmatismo y la tradición de los anglosajones. No obstante –una prueba más de su generosidad–, dedicó al profesor y embajador Conde, al que llamaba “maestro”, una sentida oración fúnebre en diciembre de 1974, publicada en el Diario de Barcelona.

En las primeras páginas de ese libro de texto que mereció muchas ediciones ya figuraba el esbozo de una teoría que se apartaba por completo de la ortodoxia del franquismo para abogar por un análisis detallado y crítico de todos los regímenes y, por supuesto, de la dictadura. Distinguía don Manuel entre los poderes oficiales y los fácticos, para concluir: “El régimen político de un pueblo no coincide, pues, con la organización descrita en las leyes fundamentales.” Con el sintagma “leyes fundamentales”, el franquismo había enmascarado un ersatz propagandístico, un mediocre sucedáneo de la Constitución inexistente.

La actividad e influencia del profesor Jiménez de Parga muy pronto trascendieron las aulas para recalar en otros círculos sociales y, sobre todo, en las redacciones de los periódicos. Entonces empezó sus colaboraciones en La Vanguardia Española con el seudónimo de Secondat, el apellido de Montesquieu, en un momento de tímida apertura. Fui ayudante en su cátedra, dedicado a un seminario sobre la guerra civil española, pero mi colaboración más estrecha con él se debió al ejercicio del periodismo, hasta el punto de que llegó a llamarme “colega de comentarios políticos y leal colaborador” en la dedicatoria de uno de sus libros, en generosa consideración a que yo firmaba diariamente un análisis sobre política internacional en el diario barcelonés Tele-eXpres (1964-1972). A él debo otras muchas cosas para mí profesionalmente relevantes, como mi colaboración en el semanario Destino, que supo arrancar al reticente tándem Vergés-Luján; mi sustanciosa relación con el profesor Duverger, entonces en la universidad de la Sorbona, durante los acontecimientos de mayo de 1968 en París; y mi dedicación al estudio de la guerra civil española, que fructificó en dos libros.

Noticias con acento en la revista “Destino”

Sus comentarios semanales en Destino, que comenzaron a publicarse en abril de 1966, bajo el epígrafe “Noticias con acento”, fueron un revulsivo para los círculos burgueses y universitarios de una Barcelona que empezaba a surcar unos mares procelosos como mascarón de proa del movimiento predemocrático. Acababa de entrar en vigor la ley de prensa del ministro Fraga Iribarne (marzo de 1966), que suprimió la censura previa, pero la vigilancia del poder sobre los periódicos seguía siendo severa y puntillosa. Además, dentro de la misma revista, Jiménez de Parga tenía un adversario ideológico recalcitrante, Josep Pla, que le tildaba de “comunista” y se quejaba ante el propietario, Josep Vergés, por la supuesta deriva izquierdista. También fue colaboradora semanal de Destino su esposa Elisa Maseda de Arango, con el nombre literario de Elisa Lamas, fallecida hace dos años.

Los artículos de Destino, con un estilo incisivo, cortante, a veces como un estilete, fueron recogidos en sendos libros titulados Noticias con acento y Atisbos desde esta España, publicados en 1967 y 1968. En el prólogo del segundo de esos recopilatorios, Jiménez de Parga escribió: “Éstos son unos atisbos, unas miradas cautelosas, desde una situación particular y para un público determinado. Se mira con precaución en derredor y teniendo muy en cuenta el estado de ánimo de los destinatarios.” Anticipándose a la libertad, el grupo universitario, periodístico y social aglutinado en torno a don Manuel se manifestaba cada primero de año en su casa de descanso de L´Ametlla del Vallès, a unos 30 kilómetros de Barcelona, con motivo de su onomástica, bajo la discreta vigilancia de la policía política.

Los “atisbos” le costaron algunos disgustos con la censura latente. Dos de sus comentarios, “La España real y la España oficial” y “Un principio general del derecho”, publicados en junio de 1967, provocaron la apertura de un expediente administrativo contra la revista y finalmente la imposición por el Tribunal Supremo de una multa de 30.000 pesetas. No obstante, sus colaboraciones en el semanario siguieron publicándose. Josep M. Huertas y Carles Geli, en su libro Les tres vides de Destino (Las tres vidas de Destino, 1990), resumieron: “Pese a las intrigas de Pla y la animadversión ministerial, Vergés mantuvo a Jiménez de Parga hasta la suspensión [temporal] del semanario, a finales de 1967. Fueron veinte meses de prestigio continuado.”

Jiménez de Parga volvió a la prensa diaria en 1974, en el centenario Diario de Barcelona, con acotaciones lacónicas y cultas, a veces mordaces, cuando la dictadura agonizaba. Esas colaboraciones periodísticas, algunas de ellas memorables, quedaron recogidas en otro libro titulado Lo que nos pasa, 1974, que se editó en 1975 con una muy oportuna referencia a Ortega: “Los españoles no sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa.” El profesor, como siempre, me dedicó el libro con estas amables palabras: “A mi amigo Mateo Madridejos, con tantas ilusiones y esperanzas compartidas. Y mi mejor afecto”, datadas en Barcelona a 28 de noviembre de 1975, una semana después de la muerte de Franco.

portada lo que nos pasa

dedicatoria lo que nos pasa

A mi amigo Mateo Madridejos, con tantas ilusiones y esperanzas compartidas y mi mejor afecto, Barcelona, 28.11.75

 

Luego llegó, como era de esperar, el torbellino de la política que propició la reunión de todos los amigos y colaboradores para lanzar la campaña de las primeras elecciones democráticas, en junio de 1977, cuyo cuartel general se estableció en su despacho del Paseo de Gracia. Jiménez de Parga figuró como número dos, detrás del periodista Carlos Sentís, en la lista por Barcelona del partido de Adolfo Suárez, Unión de Centro Democrático (UCD), en la que predominaban los independientes. Obtuvo el 15 % de los votos, un porcentaje similar a la coalición del Pacto Democrático que encabezaba Jordi Pujol, y 5 diputados.

Los buenos resultados determinaron, entre otras cosas, que Jiménez de Parga fuera designado ministro de Trabajo en el gabinete organizado por Suárez para encarar la ardua tarea de redactar una Constitución. España entera ganó un jurista prestigioso y Suárez pudo contar con un fiel e íntegro colaborador, pero algunos en Barcelona tuvimos el presentimiento de que su marcha a Madrid entrañaba el alejamiento definitivo de un gran amigo, siempre generoso y afable. Como así fue.

Me alegré de sus éxitos académicos y políticos en la distancia, como embajador en la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 1978, catedrático de la Universidad Complutense, consejero de Estado y magistrado y presidente del Tribunal Constitucional (2001-2004). Conservo la carta y la curiosa nota bibliográfica que me envió cuando era presidente del Tribunal Constitucional (31 de enero de 2003) para responder a mi solidaridad con motivo de la falsa polémica suscitada por los nacionalistas vascos y catalanes sobre unas declaraciones suyas sobre “las regiones sin historia”, según el término acuñado por otro politólogo poco dado al compadreo nacionalista, el profesor Roberto L. Blanco Valdés, en su libro Nacionalidades históricas y regiones sin historia (2005).

En su discurso de despedida como presidente del Tribunal Constitucional (9 de junio de 2004), con Rodríguez Zapatero al frente del gobierno, Jiménez de Parga, que había criticado la pretenciosa epidemia de los nuevos estatutos de autonomía, recordó “el lugar preeminente” de la Constitución y advirtió de que “sería un error colocar en el centro del bloque [de constitucionalidad] a los estatutos de autonomía y en la periferia a la Constitución”. Con motivo de su relevo al frente de la institución, sus compañeros del Constitucional le regalaron una placa en la que lo definieron como “Un jurista del Estado para España”, justo y atinado elogio para una vida dedicada al derecho y la política, signada por el patriotismo.

La prensa servil barcelonesa, que se alimenta de las subvenciones del poder, despidió al profesor Jiménez de Parga con la desenvoltura, la cicatería, el encono y el rencor que cabía esperar como corolario de la degradación intelectual generada por el nacionalismo imperante. Una de las más brillantes personalidades de la vida universitaria barcelonesa durante veinte años sólo mereció un suelto de agencia en La Vanguardia, el rotativo del que fue ilustre colaborador. Se confirmó así, una vez más, “la espiral de silencio”, según la tesis de Elisabeth Noelle-Neumann, que imponen sutil o brutalmente los regímenes nacionalistas y populistas para acallar a los discrepantes; el muro que levantan en torno de sus adversarios reales o supuestos, o la muerte civil que decretan en algunos casos, ese gulaj del espíritu.

El nacionalismo catalán ya demostró su mezquindad, paranoia y sectarismo cuando el ayuntamiento de L´Atmella del Vallès, en 2003, por iniciativa de CiU y el PSC, la llamada sociovergencia, con un alcalde socialista, despojó a Jiménez de Parga del título de hijo adoptivo que le había concedido diez años antes. Quien no es de los nuestros y además no se calla está contra nosotros. Ésta suele ser la incivil consigna que infesta la vida política catalana a todos los niveles, el reino baldío de la mediocridad.

Sólo en El País, “periódico de Madrid”, el profesor Francesc de Carreras, que fue su alumno, escribió un artículo digno y elogioso para subrayar la independencia intelectual frente al poder de Jiménez de Parga, hasta el fin de sus días, y su decidido empeño en favor del sistema democrático, pero mantuvo el silencio acerca de sus reparos sobre el desarrollo hipertrófico del Estado de las autonomías, reiteradamente expuestos, y su patente desencuentro con los nacionalismos vasco y catalán, cuyos líderes llegaron a solicitar su recusación cuando era presidente del Tribunal Constitucional.

Al despedirme para siempre del profesor Jiménez de Parga abrigo la esperanza de que su espíritu liberal y tolerante, en la universidad y en el foro, pueda retornar algún día a la Barcelona en que vivió años decisivos.

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