Posteado por: M | 19 mayo 2014

El nacional-populismo toma el poder en la India  

El nuevo primer ministro de la Unión India, el conservador y nacionalista Narendra Modi, del que se espera que levante la decaída economía del país, fue recibido triunfalmente en Nueva Delhi el 17 de mayo por una multitud que lo cubrió de pétalos de rosas, mientras entonaba himnos de gloria, y le acompañó hasta la ciudad santa de Varanasi, cuna del hinduismo, donde oró en el templo del dios Shiva. En un breve discurso, Modi reiteró su mensaje: el propósito de levantar “un país fuerte y seguro de sí mismo”. La ceremonia entusiasta reflejó la ideología hinduista del partido vencedor en las elecciones generales, el Bharatiya Janata Party (BJP), cuya abrumadora mayoría absoluta en la cámara baja del Parlamento inquieta tanto a los sectores laicos y liberales como a la enorme minoría musulmana (170 millones de fieles). 

Todo es gigantesco e impresionante en la India, empezando por la pobreza y la demografía. El segundo país más poblado (1.250 millones de habitantes), la mayor democracia del mundo, la sexta economía con perspectivas de devenir la tercera dentro de diez años, la quinta potencia nuclear desde 1998. La mitad aproximadamente de la población tiene menos de 25 años, garantía y reto de futuro. Cuenta con más de 800 millones de electores, de los que se movilizaron unos 560 millones, y habilitó 900.000 colegios electorales. Unos 11 millones de personas trabajaron en el proceso electoral que comenzó el 7 de abril y terminó el 16 de mayo. La participación fue muy elevada y marcó un récord con el 66,3 %. Pese a su extremada complejidad, nadie duda de la pureza del escrutinio y la neutralidad de la Comisión Electoral. “La más larga y compleja elección en la historia de la humanidad”, según el ditirambo del corresponsal británico William Dalrymple.

Por primera vez desde 1984, en las elecciones que siguieron al asesinato de Indira Gandhi y pusieron alas a su hijo Rajiv para alcanzar una victoria arrolladora, una sola fuerza política, el Bharatiya Janata Party (BJP) o Partido del Pueblo Indio, expresión política de un ruidoso nacionalismo religioso (hindú), culturalmente conservador, derechista, xenófobo y antimusulmán, según sus diversos sectores, dispondrá con sus aliados regionales (la Alianza Democrática Nacional) de una mayoría confortable de 330 escaños de los 543 con que cuenta la Lok Sabha o cámara baja del Parlamento, tras obtener el 35 % de los sufragios (unos 190 millones), un porcentaje brillante para los estándares del país. “Un cambio tectónico en la política de la India” fue el veredicto del portavoz del partido vencedor.

Puesto que toda la campaña electoral del líder del BJP, el controvertido Narendra Modi, de 63 años, estuvo fundada en dos promesas: un gobierno fuerte para acelerar el desarrollo económico y reducir la pobreza, los resultados claramente en favor del cambio reflejan la frustración general del electorado con la corrupción endémica y el marasmo económico de los últimos cuatro años, sin olvidar el cansancio o el rechazo de unas élites que han sido incapaces de renovarse y regenerarse. Entre sus propuestas más populistas, inspiradas en la experiencia de China, se encuentran la construcción de “un centenar de nuevas ciudades”, la extensión de la red ferroviaria de alta velocidad por todo el subcontinente y hasta la limpieza del Ganges, el río sagrado convertido en un albañal en muchos tramos de su recorrido. Durante la campaña electoral, Modi ofreció, sobre todo, electricidad, carreteras, colegios y trabajo, las demandas de una clase media en ascenso, ahora también de unas muchedumbres pobres pero enardecidas, y de los emprendedores y empresarios.

Exitosa experiencia en Gujarat

Entre las causas de la victoria de Modi se encuentran su experiencia de 13 años como primer ministro del estado occidental de Gujarat (60 millones de habitantes), en el que logró excelentes resultados económicos mediante la atracción de inversores extranjeros y las ventajas otorgadas a las multinacionales del automóvil, a través de incentivos fiscales y cesión de terrenos para las factorías. Durante el último decenio, Gujarat creció el 10 % anual, hasta el punto de superar a China, y dispone de una de las rentas por cabeza más alta de la Unión. Partidario de crear buenas condiciones para la prosperidad y expansión de los negocios business friendly), más intervencionista que liberal, Modi premia a los promotores y muestra poco interés por la distribución de la riqueza y las políticas sociales o los subsidios que constituyeron la esencia del caciquismo del Partido del Congreso durante demasiado tiempo.

Ya en las elecciones de 1996 y en las adelantadas de 1998, el BJP logró ser el partido más votado, pero el brahmán moderado Atal Behari Vajpayee tuvo que formar una muy heterogénea coalición para gobernar en precario. La victoria insuficiente forzó una moderación del discurso hinduista, aunque la filosofía fundadora del nacionalismo es la antítesis de la que inspiró al movimiento de emancipación del mahatma Gandhi y del pandit Nerhu, de inspiración tercermundista, pero occidentalizadora, laica e interclasista. El vencedor de ahora, Narendra Modi, “el hombre de las masas”, populista y autoritario, persuadido de que el país necesita de un Ejecutivo enérgico, no tendrá que hacer muchas concesiones en el parlamento para ejercer el poder central.

El voto alcanzado por el BJP a nivel nacional, el 35 % de los sufragios expresados, significa una aplastante victoria, habida cuenta de que el sistema político se caracteriza por la fragmentación territorial, económica y clasista, por la multiplicación de las pequeñas formaciones a nivel nacional o regional, en un marco complejo, federal, multiétnico y multicultural de una república federal (Unión India) de 28 estados federados y 7 territorios autónomos, con fuertes discrepancias en el ritmo de desarrollo entre el oriente y occidente, la pobreza endémica en muchos lugares, graves problemas de corrupción y un caciquismo omnipresente.

El cambio histórico refleja, sobre todo, la estrepitosa derrota del Partido Nacional del Congreso (INC), la formación de Nerhu y su hija Indira Gandhi, que gobernó en solitario o en coalición en 60 de los 67 años transcurridos desde la independencia y partición del dominio británico en 1947, aunque desde 1989 tuvo que recurrir a frágiles coaliciones izquierdistas para retener el poder. Ese partido dinástico, cuyo cabeza de fila es actualmente Rahul Gandhi, bisnieto de Nerhu, sin carisma ni experiencia política, que actúa a la sombra de su madre Sonia, obtuvo el peor resultado de su historia, con apenas el 23 % de los votos y sólo 44 escaños, lo que le aleja del poder en Nueva Delhi y amenaza su hegemonía entre los partidos opositores. La derrota del Congreso entraña igualmente la de las élites políticas y funcionariales que están al frente del Estado central, arrogantes y globalizadas.

Muchos observadores de la escena política india consideran que la salvación del histórico Partido del Congreso, como alternativa de centro-izquierda, pasa tanto por su regeneración democrática, poniendo fin al caciquismo y la corrupción, como por la jubilación de la dinastía de los Gandhi y la modificación de las prioridades de su programa para afrontar las urgentes necesidades de un país en ebullición y con lógicas aspiraciones de gran potencia.

Durante algunos años, en el primer decenio del siglo XXI, la economía india fue la segunda del mundo en cuanto al ritmo de crecimiento (en torno al 9 % anual), pero los resultados de 2012-2013 resultaron decepcionantes (por debajo del 5 %), la inflación se disparó, el déficit creció sustancialmente y el valor de la rupia descendió el 20 %. El retroceso económico, acompañado por una corrupción rampante, creó las condiciones propicias para un espectacular giro político, un viraje a la derecha nacionalista de consecuencias imprevisibles, por más que la bolsa de Bombay (Mumbai), capital económica, experimentó inmediatamente un ascenso espectacular.

El fascismo indio desde 1925

La victoria aplastante del nacionalismo hindú y su carismático líder plantea numerosos interrogantes y mantiene en vilo tanto a los sectores liberales y laicos, como a la minoría musulmana (170 millones, el 14 % de la población total, frente al 80 % de hindúes), que se mantienen a la expectativa. ¿Qué hará Modi con su brillante victoria? ¿Gobernará para todos los ciudadanos del inmenso país, teniendo en cuenta a los muchos millones que no le votaron? Porque en la atmósfera política y sofisticada de Nueva Delhi está latente el riesgo de que el primer ministro siga las consignas de los más radicales de sus partidarios, que preconizan la demolición de las mezquitas y la limpieza étnica, o, al menos, que no haga lo suficientes para contener a los más exaltados. La historia reciente y la biografía política de Modi ofrecen motivos para la cautela.

Hijo de un vendedor de te provinciano, perteneciente a la comunidad de los ghanchis, grupo hindú situado en lo más bajo de la escala social, Modi es un selfmademan con una larga historia como activista del hinduismo más extremo, militante y dirigente de la Rastrilya Swayamsevak Sangh (RSS) o Asociación de Voluntarios Nacionales, una organización fundada en 1925, según el modelo impuesto por Mussolini, que sus adversarios consideran como la punta de lanza del fascismo hinduista y que aglutina a los sectores fundamentalistas que abogan por la aplicación  de la hindutva, la doctrina que establece una amalgama excluyente entre la identidad india y la cultura hindú, cuyos corolarios políticos son la condena sin paliativos del pasado islámico y británico y la abrogación del estatuto personal de los musulmanes. En otras palabras, un nacionalismo de base étnico-religiosa que pretende prevalecer sobre el pluralismo confesional y el laicismo del Estado.

La RSS fue prohibida varias veces desde la independencia, por considerarla un riesgo para la convivencia interétnica. Sus adversarios recuerdan que su actitud insurreccional resultó decisiva para el asalto, incendio y destrucción de la mezquita de Ayoddhya, en el estado de Uttar Pradesh, por los fanáticos hindúes (diciembre de 1992), en flagrante desafío del gobierno central y de una sentencia del Tribunal Supremo. Los disturbios subsiguientes y los enfrentamientos entre hindúes y musulmanes fueron los más sangrientos desde la independencia y causaron más de 1.500 muertos. La RSS no ha abandonado por completo su ideal de reemplazar el Estado laico por una teocracia hindú, una especie de Pakistán hindú.

Desde la RSS, Modi pasó al Bharatiya Janata Party, en cuyo nombre ganó las elecciones en el estado de Gujarat y fue primer ministro durante 13 años y donde moderó su nacionalismo económico en nombre de la inversión exterior y la buena marcha de los negocios. Un nacionalismo que se resume en la consigna “India first” (Ante todo, la India), el rechazo de las compañías extranjeras con objetivo predatorio y las creencias fuertemente arraigadas de que “la India debe ser levantada por los indios”, un remedo igualmente de las exigencias y las incongruencias que suelen escucharse entre los mandos intermedios del Partido Comunista de China (PCCh).

En el orden político, los ideólogos del BJP aseguran que la India es “un pueblo, una nación, una cultura”, una concepción muy alejada de la realidad, con su relato mítico correspondiente, que peca de islamofobia y está en abrupto contraste con la premisa de “la unidad en la diversidad” defendida por Gandhi, Nerhu y el Partido del Congreso, como respuesta a las venenosas tensiones intercomunitarias desde un Estado laico que reconoce y respeta todas las religiones en una sociedad multiétnica y multiconfesional.

Durante la campaña electoral, el Partido del Congreso y los musulmanes acusaron a Modi de la inacción de la policía en los sangrientos disturbios que estallaron en el estado de Gujarat en 2002 y que causaron más de 1.000 muertos, la mayoría de ellos musulmanes, cuando él era primer ministro. El pogromo antimusulmán de Gujarat causó tal impresión en Occidente que Washington prohibió la entrada en Estados Unidos de Modi durante casi 10 años. No obstante, nada más anunciarse los resultados de las elecciones, Barack Obama se apresuró a invitar a la Casa Blanca al hombre llamado a ocupar la jefatura del gobierno en Nueva Delhi. Sabido es que muchos analistas norteamericanos, en buena sintonía con el presidente, vaticinan que éste será el siglo de Asia, la llamada cuenca del Pacífico.

Una prueba para la democracia

Lo más probable es que el nacionalista Modi prosiga desde Nueva Delhi la tarea emprendida en Gujarat, tendente a la “hinduización” de la sociedad, en perjuicio lógicamente de las minorías religiosas. Pero no está claro si como primer ministro federal proseguirá la política pragmática de reforma económica y creación de puestos de trabajo, parcialmente inspirada por China, o sacará relucir su radicalismo hinduista. También deberá aclarar sus relaciones con EE UU y con Europa, cuya cooperación es imprescindible para levantar al gigante dormido. Para que la colaboración fructifique, como sugiere The Economist, “Modi deberá dejar claro que su prioridad es la recuperación económica, no el nacionalismo hinduista”.

Por encima de las turbulencias políticas inmediatas, las tumultuosas elecciones legislativas han confirmado que la democracia india goza de muy buena salud, que sus cimientos son muy firmes, ya se trate de la cultura política en general, de los medios de comunicación siempre vigilantes y críticos o de una judicatura tradicionalista y competente. Los pilares más solventes de la democracia están en su sitio, no en la obediencia de un líder, ni mucho menos en la complacencia con un Ejecutivo que se extralimite en sus funciones. El orgullo democrático está muy extendido en todos los sectores sociales, incluso los más desfavorecidos.

Una prueba evidente de la fortaleza democrática la ofrecen los juicios de intenciones y las críticas implacables dirigidas contra Modi durante la campaña electoral y después de su sonado triunfo. El intelectual Kanti Bajpai publicó en The Times of India un resonante artículo sobre los peligros de “un viaje hacia el fascismo blando en vez de duro porque el país es grande, diverso, tiene una cultura de debate y el brazo administrativo del gobierno es débil”, y añadió: “Los que desean un fascismo más duro no llegarán a imponerlo sobre todo el territorio.” Está por ver hasta dónde llega el populismo. El historiador Ramchandra Guha, en The Telegraph, de Calcuta, trata a Modi de “arrogante y sectario”, pero está persuadido de que las instituciones democráticas y un sistema federal robusto serán suficientes para exorcizar cualquier tentación fascista de los exaltados del hinduismo.

De todas maneras, los intelectuales y periodistas indios van a permanecer en extrema vigilancia. ¡Cuidado con Modi!, al que un cronista catalán y narcisista, pese al abismo de la distancia, acaba de comparar con Jordi Pujol. ¡Nada menos! Ya se sabe, se empieza predicando el bálsamo de la autonomía y se termina en el más rabioso separatismo.

 

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