Posteado por: M | 29 mayo 2014

Rusia y China provocan un seísmo geoestratégico

La crisis inacabada de Ucrania, las sanciones occidentales contra el Kremlin, el trato infamante infligido a Vladimir Putin por los líderes y medios de comunicación norteamericanos y europeos, junto con el reciente viaje de Barack Obama por los países aliados de Asia (Japón y Corea del Sur), crearon las condiciones propicias para ese seísmo geoestratégico que entraña la firma de un contrato colosal de suministro de gas de Rusia a China durante 30 años y por valor de 400.000 millones de dólares. El acuerdo fue firmado en Shanghai por los representantes de Gazprom, el gigante ruso de la energía, y la Corporación Nacional China de Petróleo, consorcio estatal, en presencia del presidente Putin y de su homólogo chino, Xi Xinping, el 21 de mayo.

El de Shanghai, el mayor contrato entre ambos países desde la desintegración de la URSS en 1991, exigirá inversiones multimillonarias en gasoductos y otras infraestructuras y se espera que favorezca tanto el impulso económico recíproco como el entendimiento diplomático; que contribuya a remediar la contaminación que asedia a las grandes ciudades chinas y mejore los intercambios comerciales entre las dos superpotencias. Las ventajas de la cooperación son incalculables. Rusia tiene petróleo abundante y dispone de las mayores reservas de gas natural del mundo, mientras que China necesita incrementar los suministros de energía para hacer sostenible su crecimiento sin provocar una catástrofe ecológica con los otros dos combustibles fósiles (carbón y petróleo).

 

El gas ruso procederá de dos yacimientos de Siberia y circulará por un gasoducto de casi 3.000 kilómetros, a razón de 38.000 millones de metros cúbicos anuales. La cuestión del precio fue un obstáculo formidable, hasta el último momento, y quizá el jefe del Kremlin cedió pensando en los problemas que pueden surgir en el mercado gasístico de Europa occidental. Según el máximo responsable de Gazprom, el precio será de 350 dólares por 1.000 metros cúbicos, a mitad de camino entre el precio medio europeo (380 dólares) y el precio del procedente de Turkmenistán. El gas siberiano empezará a llegar a China en 2018.

El aspecto más significativo de la cooperación energética, sin duda, concierne a la geopolítica, es decir, a la eventual superación de una vieja y enconada rivalidad que hasta ahora impidió que otros contratos o compromisos similares llegaran a materializarse según lo previsto. ¿Acaso ha llegado la hora de sellar una alianza de necesidad de las dos grandes potencias asiáticas? ¿Podrá desmilitarizarse en aras del desarrollo y el comercio la frontera más larga del mundo?

El año pasado, por ejemplo, ambos países firmaron un acuerdo para el suministro de 40 millones de toneladas de petróleo ruso durante 25 años, pero su aplicación se ha demorado inexplicablemente. El famoso gasoducto de Siberia oriental y el Pacífico (ESPO) quedó en un mero proyecto. Las relaciones de China con las repúblicas ex soviéticas de Asia central constituyen una causa de permanente preocupación en el Kremlin, ahora que incrementa las maniobras para crear una unión euroasiática susceptible de atraer a las repúblicas que estuvieron bajo la férula soviética. Está por ver, por tanto, si los beneficios económicos recíprocos y evidentes pueden enterrar una desconfianza ancestral.

La famosa rivalidad chino-soviética, ideológica y estratégica, que desgarró al mundo comunista y provocó una abierta guerra fronteriza en 1969, se perpetuó tras la visita que el presidente Richard Nixon hizo a Mao Zedong, en Beijing, en febrero de 1972, y conoció otros episodios bélicos aunque por otros países interpuestos: la invasión vietnamita de Camboya (1978-1979) para derrocar el régimen criminal de los jemeres rojos, aliados de China, y luego la guerra de Afganistán, en la que los chinos se vengaron apoyando y suministrando armas a los rebeldes en su lucha contra el ejército soviético. El presidente Gorbachov visitó Beijing en son de paz, pero sólo recibió reproches y despertó las críticas acerbas de la dirección china, entonces encabezada por Deng Xiaoping, que no dudó en aplastar la revuelta estudiantil y democrática de la primavera de 1989.

Desde la misma China, el analista Hu Shuli, en un artículo publicado en el South China Morning Post, editado en Hong Kong, se muestra más bien escéptico sobre el futuro de las relaciones entre los dos colosos, no sólo por motivos históricos remotos y recientes, sino porque “en Rusia, una disparatada coalición de los liberales inclinados hacia Occidente, los nacionalistas radicales y los desconfiados burócratas del Extremo Oriente se opone a establecer unas relaciones más estrechas con China”. En su opinión, el cambio de actitud de Putin en la negociación del contrato del gas se debe fundamentalmente a la crisis de Ucrania, la hostilidad de Occidente y la reconsideración inevitable de la posición geoestratégica de Rusia.

Los círculos dirigentes de Beijing, por su parte, parece ser que han llegado a la conclusión de que Moscú podría respaldar sus posiciones en las diversas disputas marítimas con el Japón y otros vecinos del Mar de China, en cuyas islas e islotes se esconde la promesa de importantes yacimientos de hidrocarburos. Una presunción que debe ser matizada, pues tanto Japón, por su potencial industrial, y pese al rebrote del nacionalismo, los mismo que Vietnam, tradicional aliado del Kremlin, se encuentran entre los países que gozan de las prioridades comerciales y estratégicas de una Rusia en plena reconstrucción, en vías de desarrollo y necesitada de socios fiables tras la catástrofe del socialismo real y las condiciones poco amistosas que pretenden imponer los occidentales.

No obstante, en Washington saltaron todas las alarmas tras la firma del acuerdo del gas que 24 horas antes se daba por frustrado por causa de las divergencias en cuanto al precio, que se mantiene secreto. Al mismo tiempo, las maniobras navales conjuntas chino-rusas en el mar de China Oriental, no lejos de las islas Diaoyu/Senkaku, cuya soberanía se disputan Beijing y Tokio, añadió combustible militar a la prensa norteamericana. El reciente apoyo de Obama a las pretensiones niponas, durante su visita a Tokio, fue interpretado en Beijing como un acto inamistoso, producto de “la mentalidad anacrónica de la guerra fría”.

Refiriéndose al acuerdo de Shanghai, el presidente del consejo de asesores del departamento de Estado, Strobe Talbott, declaró: “El conflicto chino-soviético de los años 60, que colocó a ambos países al borde de la guerra nuclear, ha sido cancelado dramáticamente.” La política exterior de Obama, por paradójica que resulte, ha contribuido decisivamente a acrecentar los recelos de Moscú y Beijing hacia Washington, poniendo sordina a sus pasados conflictos. Ambas capitales condenan si tapujos el intervencionismo de EE UU en diversos escenarios que van de Libia a Afganistán pasando por Kosovo, Iraq o Siria, y se quejan del militarismo de la OTAN. El reciente intercambio de reproches y acusaciones entre Washington y Beijing, a propósito del espionaje y la guerra larvada en el ciberespacio, confirma el mal clima existente en las relaciones entre ambos países.

La prensa anglosajona, en general, despreciando tanto la historia como la geografía, sigue explotando la paranoia de algunos países fronterizos con Rusia y se llenó de improperios contra Putin, hasta el punto de que Hillary Clinton, ansiosa por volver a la política, no vaciló en comparar al presidente ruso con Hitler al establecer una forzada similitud entre la anexión de Crimea y la de Austria por el Tercer Reich (Anschluss) en 1938. En sentido parecido y sin ninguna precaución se pronunció el príncipe Carlos de Inglaterra, de visita en Canadá, al decir: “Y ahora, Putin está haciendo exactamente lo mismo que Hitler”, según la cita del londinense The Daily Mail. Luego de lo ocurrido en Crimea, la supuesta beligerancia de Rusia, según algunos destacados columnistas norteamericanos, está creando una comprensible ansiedad en la Europa oriental, desde el Elba al Cáucaso y el mar Negro.

La política exterior de Obama no tiene solución para estos problemas de esferas de influencia, contratos comerciales y alianzas entre naciones, de equilibrio económico y diplomático, una situación que sugiere un retroceso a los desastres de los dos últimos siglos, pero sin la amenaza de una guerra general, debido, como de sabe, al poder exorbitante del empate nuclear. El curso medio preconizado por Obama y reiterado en su discurso de West Point, el 28 de mayo, ni aislacionismo ni intervencionismo, consagra un  repliegue militar irreversible, en aras del soft power (el poder blando), pero nada novedoso propone, nada se infiere de sus palabras para intuir cómo debería ser la política exterior de EE UU en un mundo menos incierto y problemático, sobre todo, en Asía, donde se incuban los desafíos más relevantes.

La Unión Europea (UE), desde luego, carece de una política exterior común y coherente y tampoco sabe fijar una hoja de ruta razonable para tratar con Rusia, un país de enormes recursos y decisivo en el destino final del continente. En vez de favorecer a los círculos más europeos y liberales de Rusia, algunos dirigentes europeos se comportante como si los elementos más decididamente asiáticos y autoritarios se hubieran impuesto definitivamente en el Kremlin, como si el nacionalismo o los intereses nacionales que resultan normales y respetables en Londres, Berlín o París, incluso en la Bruselas comunitaria, debieran ser condenados sin apelación en Moscú. Será muy difícil construir una Ucrania europea y democrática en contra de los rusos.

 

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