Posteado por: M | 16 junio 2014

La guerra inacabable de Iraq

La guerra étnico-religiosa y geoestratégica prosigue en Iraq con la misma ferocidad de siempre, enconada y confusa desde la completa retirada de las tropas estadounidenses a finales de 2011, por decisión de Barack Obama. El simulacro de democracia instalado a prisa y corriendo tras la invasión militar anglo-norteamericana de 2003 desembocó en un régimen sectario, dominado por los caciques y clérigos de la comunidad chií, la más numerosa (60 %), pero que tiene los pies de barro, con un ejército sin disciplina y sin moral de combate, sin otra lealtad que la del dinero. Amplios sectores de la población suní (el 20 %), que se sienten discriminados cuando no maltratados por el gobierno, hicieron causa común con los yihadistas y contribuyeron de manera decisiva a la desbandada de la soldadesca, el caos y las atrocidades innumerables aparecidas en las redes sociales, aunque de imposible verificación.

Las mesnadas internacionales de la guerra santa, los seguidores de los objetivos de Al Qaeda –califato y ley coránica—, aglutinados en el llamado Islamic State of Iraq and al-Sham (ISIS), o Estado Islámico de Iraq y Levante (EIIL), aprovecharon la fragilidad congénita del gobierno del primer ministro chií Nuri al-Maliki para desencadenar el pánico y lograr la dispersión de los escombros del que fue floreciente reino petrolero de Iraq creado por los británicos en 1921 en las provincias turcas de Mosul, Bagdad y Basora (la Mesopotamia histórica), confiado al rey Faisal, miembro de la dinastía hachemí, convertido luego en república pretoriana, tras el golpe de Estado y el regicidio de julio de 1958, y finalmente en una sangrienta dictadura bajo la férula de Sadam Husein desde 1979.

Mosul, la segunda ciudad del país y el centro estratégico de la comunidad suní, cayó en manos de los brigadistas el 10 de junio y las informaciones alarmantes sobre su marcha imparable hacia Bagdad dejaron a Washington en “estado de choque”, si hemos de creer a un analista tan bien informado como Leslie H. Gelb, pese a que la situación era fácilmente previsible. El hundimiento del régimen de Maliki completó la desintegración de Iraq en regiones cuasi soberanas, según la distribución aproximada del mosaico étnico: los kurdos en el norte, los suníes en el centro y los chiíes al sur de Bagdad. Los atentados persistentes y la guerra interconfesional reactivaron los fantasmas de 2003, cuando la invasión ordenada por George W. Bush, pero también las contradicciones y premuras del repliegue general ordenado por Barack Obama para terminar con “la guerra estúpida”, según el latiguillo que aquél popularizó en la campaña electoral de 2008.

En medio de la confusión diplomática, la perplejidad mediática y los acalorados debates en el Congreso, el presidente Obama aprovechó una aparición en el Despacho Oval, junto con el primer ministro australiano, Tony Abbot, para dejar bien sentado que no excluía ninguna acción para “impedir que los yihadistas se instalen de manera permanente en Iraq o Siria”. El senador republicano John McCain, que fue candidato en las elecciones presidenciales de 2008, replicó con un apasionado discurso para criticar la decisión de Obama de retirar todas las tropas de Iraq, por razones de política interna, sin tener en cuenta los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en la región y abriendo las compuertas para la inundación del terrorismo islámico, ahora asentado en los campos petrolíferos del centro de Iraq.

Un reproche parecido al que formuló el analista Richard Haass, presidente del prestigioso Council of Foreign Relations, quien recordó que Obama estuvo más presionado por el calendario de la retirada, según lo prometido en la campaña electoral, que por la conveniencia de mantener una fuerza residual que hubiera podido frenar la escalada sectaria y proseguir la formación y entrenamiento de un auténtico ejército regular. Según Haass, las indecisiones del presidente, así en Iraq como en lo que concierne a la ayuda para los insurgentes de Siria, “han creado un vacío crecientemente aprovechado por los más radicales islamistas”.

Ahora resulta que Al Qaeda, el grupo original, simbólico e ideológicamente dominante entre los brigadistas de la guerra santa, la nebulosa de grupos o franquicias afines, se ha convertido en una facción desbordada por otras más radicales. La ruptura se venía gestando desde hace años y se consumó al parecer en abril de 2013, cuando el ISIS se expandió por Siria al calor de la guerra civil y trató de obtener la subordinación de la rama local de Al Qaeda, el grupo Jabhat al-Nusra, sin conseguirlo. El jefe teórico de Al Qaeda, el egipcio Ayman al-Zauahiri, rompió con el ISIS en febrero de este año. Ambos grupos difieren en aspectos estratégicos y tácticos como la aplicación de la sharia, el asesinato de civiles chiíes, repudiados por heréticos, o la extensión de la autoridad islámica. Las divisiones entre los extremistas generan un tumulto infernal.

El fulgurante avance de los guerreros del ISIS hacia Bagdad, acompañado por las ejecuciones masivas de los soldados del ejército regular, les ha proporcionado un fantástico botín: depósitos bancarios que suman más de 500 millones de dólares, importante armamento y equipo militar y la liberación de centenares de yihadistas que estaban encarcelados en diversas prisiones de la región que ahora controlan. El éxito militar de los insurgentes suníes, según todos los indicios, atraerá a sus filas a nuevos jóvenes radicales enardecidos tanto por la prédica religiosa de los imanes como por la certeza de rápidas recompensas.

Anuncio de una catástrofe

En la práctica, Iraq dejó de ser un país, ahora es un territorio fracturado en tres partes, según la apreciación de los dirigentes kurdos, citados por el Daily Beast norteamericano (periódico en la red), aunque el máximo representante de su comunidad, Jalal Talabani, es también el teórico presidente de la República federal instaurada bajo el impulso de Washington. Abandonada por el ejército iraquí, los peshmergas o milicianos kurdos se aprovecharon de la situación para ocupar la ciudad de Kirkuk, centro petrolero muy disputado por las tres comunidades que confluyen en ese crisol fallido del Iraq posbritánico. Las tres provincias turcas que quedaron bajo mandato de Londres al final de la Gran Guerra (1918) adquieren de nuevo relevancia geográfico-económica y significación política y religiosa, como demarcaciones de feroces guerreros y pozos de oro negro. Y cuando las fronteras fallan, el seísmo resulta inevitable. “Luchadores sin fronteras”, como les llama el londinense Financial Times.

Los combatientes de la guerra santa están empeñados en borrar las fronteras, no sólo las legadas por los poderes coloniales, sino las que tienen una historia milenaria, con el propósito de instaurar un régimen teocrático, aunque no se sabe si será de inspiración suní, la confesión mayoritaria dentro del islam, o chií, el grupo dominante en Irán e Iraq. Por eso Washington está considerando la conveniencia de llegar a algún acuerdo con el régimen de los ayatolás de Irán para detener el avance de los extremistas del ISIS e impedir que se apoderen de Bagdad. El célebre comentarista norteamericano Thomas L. Friedman, capaz de atronar los oídos de Obama, formuló un pronóstico terrible en el New York Times: “Si los extremistas ganan –y hasta ahora están ganando–, esta región se convertirá en una zona de desastre humano y ecológico.”

Los norteamericanos, desde el analista académico al político pragmático y el mero pagador de impuestos se preguntan lógicamente para qué han servido los miles de soldados que perdieron la vida en las dos guerras de Iraq y Afganistán y los miles de millones de dólares gastados en el empeño ímprobo y fallido de establecer en ambos países unos regímenes políticos decentes. ¿Volverá el poder militar de EE UU a salvar al régimen corrompido y sectario de Iraq, o permitirá, por el contrario, que los combates entre iraquíes prosigan hasta sus últimas consecuencias, pase lo que pase?

El problema no es que las guerras sean estúpidas o inteligentes, según la disquisición de Obama refiriéndose a la de Iraq, sin duda para zaherir a su predecesor en la Casa Blanca, sino que, a la postre, no sirvieron para nada, hasta el punto de que los comentaristas rusos fieles a Putin aprovechan el caos reinante para denunciar “el aventurerismo de la política exterior norteamericana”. El soft power, el poder blando, la persuasión, el pacifismo progresista y el dinero no son suficientes para asentar la democracia. La información exhaustiva, la contrainsurgencia más sofisticada y el empleo constante de los drones, los aviones no tripulados capaces de diezmar a los grupos terroristas, pero que causan daños colaterales incontrolables, tampoco han servido para detener los avances de los grupos más radicales de la yihad.

Un doble fiasco revolotea sobre los círculos académico y político de Washington, en un ambiente de creciente cólera, indiferencia popular y aislacionismo. El fracaso de los neoconservadores por haber creído que una dictadura sectaria y cruel podría evolucionar rápidamente hacia la democracia y el de Obama por estimar que una estrategia de repliegue, de diplomacia, de manos fuera, tendría efectos balsámicos en una región convulsa y desgarrada. Ese desastre generalizado suscita abundantes reflexiones y dominará sin duda la política exterior de EE UU hasta el final del mandato del primer presidente de color que parecía llamado a grandes prodigios, pero que se ha estrellado contra una realidad tan compleja como explosiva.

 

 

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