Posteado por: M | 29 junio 2014

Juncker o la Europa refractaria del cambio

Ninguna sorpresa, ni siquiera el rito de prolongar la reunión del Consejo Europeo hasta la madrugada del día siguiente. Fue así como el luxemburgués Jean-Claude Juncker fue elegido por los 28 jefes de Estado y de Gobierno para sustituir al portugués José Manuel Barroso como presidente de la Comisión, el máximo órgano ejecutivo de la Unión Europea (UE), para el mandato de un lustro. Ambos tienen algunos puntos en común –conservadores tirando al centro, políglotas, y nacionales de un país pequeño–, pero también notables diferencias de carácter –más extravertido y acomodaticio el portugués, mucho más enigmático, avinagrado o inescrutable el luxemburgués. La sucesión provoca divergencias entre las principales potencias, pues Barroso llegó con el consenso en sus espaldas, bendecido y hasta catapultado por Londres, mientras que Juncker pulveriza la tradición de la unanimidad y tendrá que lidiar con la declarada hostilidad británica.

juncker

Jean-Claude Juncker

Algo más que una curiosidad sobre las diferencias entre Barroso y Juncker. De los 600.000 habitantes con que cuenta el Gran Ducado de Luxemburgo (2.586 kilómetros cuadrados), unos 80.000 son expatriados portugueses, empleados en los servicios y la agricultura. Juncker es el líder del hegemónico Partido Social Cristiano, católico y centrista, que ha transformado al país en una plaza fuerte de las finanzas globales, un seguro paraíso de bajos impuestos y opacidad calculada. En 2013, el gobierno luxemburgués se vio forzado a firmar un programa para compartir los datos bancarios con otros países europeos y combatir así el blanqueo de capitales.

La elección de Juncker responde al acuerdo previo y tradicional entre el Partido Popular Europeo (PPE), de centro derecha, y el Partido Socialista Europeo (PSE), éste dentro de una más amplia coalición, la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D), que aglutina a los socialdemócratas y afines, incluidos los laboristas británicos. Ambos bloques integran la gran coalición paneuropea cuyo pacto más reciente contiene la promesa de elegir como presidente de la Comisión al candidato del bloque que obtiene el mayor número de escaños en las elecciones paneuropeas. En las del 25 de mayo próximo pasado la victoria sonrió al PPE (221 escaños, el 29,43 %) frente a los socialistas (191 escaños, el 25,43 %).

La elección de Juncker, designado previamente como candidato por los populares europeos, aparece, por lo tanto, como el corolario de los resultados electorales y del acuerdo entre los bloques de las dos grandes corrientes ideológicas que fundaron y siguen dirigiendo desde 1957 la empresa europeísta: la democracia cristiana y la socialdemocracia. No obstante, conviene recordar que esos dos conglomerados ideológicos, de posiciones cada día más convergentes –socialdemocracia con austeridad y corrección política–, perdieron fuerza electoral y parlamentaria con respecto a las elecciones de 2009, en beneficio de las formaciones populistas y euroescépticas de ambos extremos, entre la derecha nacional-populista y el neocomunismo.

La Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa (ADLE), que aglutina a los liberales, no pudo mantener sus posiciones como tercera fuerza (67 escaños, 8,9 %) porque fue ligeramente superada por la coalición de Conservadores y Reformistas Europeos (CRE, 70 escaños, 9,32 %), que agrupa a los tories británicos con sus afines escandinavos, polacos y checos, todos ellos euroescépticos. La Izquierda Unitaria Europea, en la que está incluida la Izquierda Unida española y todos los restos del naufragio comunista, logró 52 escaños (6,9 %), y Los Verdes, 50 eurodiputados (6,6 %). La Europa de la Libertad y de la Democracia (EFD), que agrupa a los populistas de derecha, aunque no a todos, consiguió 48 diputados (6,3%). Un Parlamento Europeo bastante fraccionado en el que los grupos parlamentarios deben estar integrados como mínimo por 25 diputados pertenecientes a 7 Estados.

Con esa relación de fuerzas parlamentarias, la designación de Juncker como  presidente de la Comisión, que ahora deberá obtener la mayoría absoluta de los 751 eurodiputados del Parlamento, era prácticamente inevitable, pese a lo cual el primer ministro británico, el conservador David Cameron, con una obstinación digna de mejor causa, se empecinó en perder un simulacro de batalla, al forzar una votación con el único acompañamiento de su homólogo húngaro, Viktor Orban, oveja negra de la Europa apaciguadora, a quien los socialdemócratas y la izquierda en general denigran por autoritario, como si fuera un apestado.

Ni siquiera los nacionalistas polacos y checos, que comparten grupo parlamentario con el Partido Conservador británico, pudieron acompañar a Cameron en su derrota anunciada. Por primera vez desde el 1 de enero de 1973, fecha de ingreso del Reino Unido en la UE, un primer ministro británico pierde la votación y los galones en el seno del Consejo, pese a sus amenazas y a la feroz campaña desatada por la prensa británica contra el aspirante luxemburgués, al que llegó a reprochar su supuesta afición al tabaco y el alcohol. “Una derrota que es una afrenta no sólo para el primer ministro, sino igualmente para todo el país”, según la conclusión pesimista del moderado y conservador The Daily Telegraph.

“El hombre más peligroso de Europa”

El sensacionalista londinense The Sun no se anduvo por las ramas al titular con una foto de Juncker: “El hombre más peligroso de Europa.” Otros recogieron la amenaza de Cameron: “Lo lamentarán.” Las críticas se extienden por otros sectores. La izquierda censura a Juncker por haber sido, como ministro de Finanzas de Luxemburgo desde 1989, el principal obstáculo para aprobar una legislación comunitaria que combatiera eficazmente la evasión fiscal de la que su país era el mayor beneficiario.

Por primera vez, los jefes de Estado y de Gobierno de los 28 países de la UE, reunidos en Bruselas el 26 y 27 de junio, pusieron oídos sordos a las imprecaciones británicas y aprobaron por 26 votos contra 2 la designación del controvertido Jean-Claude Juncker, de 59 años, primer ministro de Luxemburgo durante casi 20 años (1995-2013), como candidato a la presidencia de la Comisión Europea, jefe de una burocracia poderosa y multinacional de 25.000 funcionarios, pingües emolumentos, voracidad reglamentista, cosmopolitismo impostado, endogamia ideológica y la administración de un presupuesto multimillonario.

Cameron no impresionó a sus homólogos con el argumento de que Juncker no es precisamente la persona más indicada para contrarrestar las tendencias burocráticas de la Comisión que tantas críticas suscitan. Como presidente del poderoso Consejo de Ministros del Eurogrupo (los ministros de Economía de la eurozona), desde enero de 2005 a enero de 2013, el representante luxemburgués fue un defensor a ultranza de la estabilidad del euro, de la reducción de la deuda y de la política de austeridad impuesta a los países rescatados (Grecia, Portugal e Irlanda), siguiendo las indicaciones de Alemania, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.
“Es un mal día para Europa porque la presencia de Juncker hará más difíciles las reformas que la Unión precisa”, exclamó Cameron tras encajar la derrota. Quiere decir, desde luego, que habrá más burocracia, escasa o nula devolución de competencias en aplicación del criterio de la subsidiariedad y menos liberalización de los servicios.

La UE no avanzará mucho por el sendero federal, pero la pretensión de Cameron de renegociar algunos de los principios comunitarios resulta bastante ilusoria. Con Juncker al frente, la Comisión seguirá sobre los raíles del federalismo teórico aunque éstos estén corroídos por el nacionalismo, las secuelas de la crisis económico-financiera, las contradicciones entre el norte y el sur, la parálisis de la locomotora franco-germana y la hegemonía cada día más evidente de Alemania.

Juncker no suscita ningún entusiasmo, ni es un abanderado de las reformas, sino un vieux routier (perro viejo) de los cabildeos comunitarios, curtido en mil batallas oscuras para salvar la mala reputación de su país de origen como paraíso fiscal o sede privilegiada de las denostadas sociedades de inversión colectiva. “Le revenant” (el resucitado), como le llama Le Monde en un retrato sin concesiones, por su segura adhesión a las costumbres arraigadas, el secreto bancario entre otras, muy alejado del espíritu de innovación que debería presidir las instituciones europeas en esta época conflictiva e indecisa.

Juncker, además, es una personalidad política con aristas, un maestro de la táctica, pero sin estrategia; un leguleyo en la interpretación de los tratados. Todavía se recuerda la respuesta sarcástica que ofreció a los periodistas que le preguntaron por lo que podía ocurrir si Grecia no pagaba la deuda contraída con sus rescatadores financieros: “Si el asno fuera un gato, cada día se sentaría en lo alto del árbol.” Nadie se atrevió a traducir el exabrupto. O la broma pesada, ante las cámaras, que gastó al flamante ministro español de Economía, Luis de Guindos, al que agarró por el cuello, simulando ahogarlo, en el momento en que el fantasma del rescate revoloteaba por Madrid.

Los efectos de la elección de Juncker sobre la estrategia y el calendario político endiablado de Cameron son impredecibles. Las elecciones generales están previstas en la primavera de 2015, y dos años después, el prometido referéndum sobre la “Brexit”, es decir, la salida de Gran Bretaña de la UE. La opinión dominante dentro del Partido Conservador es que, con independencia de la elección de Juncker, Gran Bretaña debe renegociar su estatuto dentro de la UE para oponerse a las tendencias federalistas que se observan en el continente, como viene haciendo sin mucho éxito desde 1973. Los tories abogan por una nueva relación que preserve la unión aduanera, e incluso amplíe la zona de librecambio, y poco más, sin ninguna nueva cesión de soberanía.

En cualquier caso, y al margen del futuro político personal de Cameron, los resultados de las recientes elecciones europeas en Gran Bretaña, con el espectacular triunfo del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), antieuropeo furibundo, sugieren que los electores británicos están cada día más lejos de esa Europa “cada día más unida” que proclaman los tratados, pero que carece de la cohesión y del impulso político necesarios para superar las crecientes dificultades de la integración. No cabe duda de que la designación de Juncker y la derrota de Cameron suministran munición dialéctica a los numerosos y populistas adversarios de la burocracia de Bruselas, chivo expiatorio del patriotismo insular y de la nostalgia de las relaciones transatlánticas.

La elección de Juncker deja algunas heridas abiertas y varios problemas candentes por abordar. Sabido es que la cancillera Angela Merkel aceptó finalmente la designación del luxemburgués para cerrar el paso a su principal adversario en el campo conservador, el francés Michel Barnier. Los periódicos de París aseguran que, antes de aceptar al luxemburgués como presidente de la Comisión, Merkel sondeó a la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), la francesa Christine Lagarde, a la que puso el veto el presidente francés, François Hollande. El desequilibrio de poder en favor de la Alemania de la gran coalición –la estabilidad sin fisuras– zahiere a los dirigentes franceses y torpedea cualquier intento de fraguar un nuevo impulso integrador o federalista.

La crisis económica-financiera de la eurozona, junto con la reluctancia francesa a las reformas, por temor a sus costes políticos y sociales, han fortalecido el poder de Alemania, prácticamente inundada por el dinero barato que huía de otros países, y han quebrantado el principio general de “la unión entre iguales”, hasta el punto de que las tácticas obstruccionistas de Cameron, los celos mal reprimidos de París y las declaraciones enigmáticas de la cancillera germana tras la designación del grisáceo Juncker dieron pábulo a la vieja idea arbitrista de la Europa de dos o más velocidades, aunque nadie se atreve a fijar los criterios para formar los diversos círculos de la nebulosa. El nuevo presidente de la Comisión no emociona a nadie y no parece ser la persona más idónea para dirigir ambiciosos proyectos, sino más bien el garante del statu quo.

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