Posteado por: M | 4 julio 2014

En Japón, el nacionalismo se impone al pacifismo

Bajo el impulso de un primer ministro nacionalista y conservador, Shinzo Abe, Japón se aleja del pacifismo que abrazó después de la hecatombe de 1945, y lo hace con una polémica y novedosa interpretación del precepto constitucional que prohíbe a las Fuerzas de Autodefensa combatir allende sus fronteras. Una revisión estratégica de gran calado que gravita sobre una tensa situación geopolítica en los mares de China y suscita alarma o comprensión matizada entre todos los países de la cuenca del Pacífico. La resolución adoptada por el gobierno de Tokio el 1 de julio, pendiente de ratificación parlamentaria, autorizará el uso de la fuerza para defender a otro país que haya sido o vaya a ser atacado y con el que Japón mantenga estrechas y amistosas relaciones.

Al reinterpretar el artículo noveno de la Constitución, el gobierno de Abe proclama su voluntad de “normalizar” la situación del país y se otorga el derecho de ejercer “la autodefensa colectiva” en el exterior, aunque sólo en el caso de que “la existencia del país se vea amenazada o exista un claro peligro de que afecte a los derechos del pueblo, su vida, su libertad y su búsqueda de la felicidad”. Altisonantes y cautelosas palabras para enmascarar un revisionismo puro y duro, que provocó diversas manifestaciones de protesta en Tokio y otras ciudades. Un hombre se suicidó a lo bonzo, en una de las principales estaciones de metro de la capital japonesa, tras proferir una diatriba contra la decisión gubernamental.

En vez de proponer una enmienda constitucional según el procedimiento establecido en la misma Constitución –aprobación parlamentaria por una mayoría de dos tercios, seguida por un referéndum–, el gobierno decidió presentarla a la Dieta (parlamento) como si se tratara de una legislación ordinaria, ya que dispone de una mayoría confortable en ambas cámaras. No podrá, sin embargo, frenar las protestas que se extienden por todo el país. Según el resultado de las recientes encuestas de Kyodo News, el 55 % de los japoneses se opone a que el país participe en operaciones militares exteriores y el 57,7 % rechaza el procedimiento del gobierno, un mero cambio de interpretación de un precepto fundamental.

El viraje estratégico y la revisión histórica, sin duda con el beneplácito de la administración de Barack Obama, entrañará una rápida modificación del equilibrio de poderes en el continente y está estrechamente relacionado tanto con el creciente poderío militar chino –más de un millón de soldados y significativos progresos tecnológicos– como con las disputas territoriales en el mar de China meridional que afectan a dos cadenas de islas y arrecifes semidesérticos, las Paracelso y las Spratley, a la altura de Vietnam y el norte de Filipinas, con importantes caladeros de pesca y potenciales reservas de petróleo y gas natural. El conflicto se recrudeció recientemente en torno a las islas deshabitadas de Sansaku/Diayou, sus denominaciones en japonés y mandarín, respectivamente, bajo control de Japón desde 1972, cuando le fueron restituidas por EE UU, pero que ahora son reclamadas por China.

Tras la catástrofe atómica y la rendición sin condiciones (15 de agosto de 1945), la nueva Constitución fue redactada por el ocupante en 1946 y aceptada por la Dieta en 1947. La llamada Ley Fundamental, promulgada bajo el protectorado de facto de EE UU, mantuvo la institución imperial, aunque despojada de su carácter divino y de su poder político, y adoptó un régimen parlamentario bicameral calcado del británico. Las dos cámaras (de Representantes y de Consejeros) son elegidas por sufragio universal para una legislatura de cuatro años. Japón no recuperó su independencia hasta el 8 de septiembre de 1951, fecha de la firma del tratado de paz de San Francisco que puso fin a la ocupación norteamericana.

La Constitución consagró la renuncia unilateral y definitiva a la guerra como instrumento de la política exterior, condicionando toda la acción diplomática de los sucesivos gobiernos y la estrecha alianza militar con EE UU. El ejército fue depurado, drásticamente reducido en sus efectivos y adoptó el nombre eufemístico de Fuerzas de Autodefensa, cuya constitucionalidad aún se discute, con la estricta misión de proteger al país. El general Tojo Hideki fue juzgado como criminal de guerra, condenado a muerte y ejecutado en la horca (1948). Quedó expresamente proscrito el uso de la fuerza militar para resolver los conflictos con otras potencias.

Mientras el pacifismo se extendía entre la población superviviente del cataclismo provocado por el nacionalismo imperialista, humillada por la derrota, el rearme moral y militar, de la mano del fulgurante desarrollo económico, tuvo que realizarse de manera semiclandestina, favorecido por la toma del poder por los comunistas en China en 1949 y el estallido de la guerra de Corea (1950), bajo fuerte presión de Washington.

Japón y EE UU mantienen en vigor el pacto de seguridad y asistencia mutua firmado en 1960 y varias veces prorrogado. Aunque la isla de Okinawa volvió a la soberanía japonesa en 1972, el Pentágono mantiene una base aérea y unos 50.000 militares en el archipiélago. La Casa Blanca dio la bienvenida a la iniciativa del gobierno de Tokio que facilitará, entre otras acciones, que las tropas japonesas acudan en ayuda de un navío norteamericano atacado o destruyan en el aire un misil lanzado por Corea del Norte contra California. Lo que más temen los japoneses, según las encuestas, es que su país se vea arrastrado como aliado de EE UU a una intervención militar incluso lejos de la cuenca del Pacífico.

La manipulación o blanqueo de la historia

Esa desmilitarización total y constitucional, que prohibía cualquier aventura militar en el exterior, fue una manera de mitigar los sombríos recuerdos del expansionismo, pero planteó algunos problemas diplomáticos al ser de difícil conciliación, por ejemplo, con las sanciones militares que podrían derivarse de las resoluciones de la ONU, de la que Japón es miembro. La primera participación de las Fuerzas de Autodefensa japonesas en un conflicto internacional se produjo en 1990-1991, con motivo de la intervención patrocinada por la ONU para liberar al emirato de Kuwait ocupado por las tropas del dictador iraquí Sadam Husein.

No obstante, el nacionalismo que fue especialmente agresivo está de vuelta, o quizá es que siempre permaneció agazapado en las estructuras del poder. Un sector importante del Partido Liberal Demócrata (PLD), claramente hegemónico, al que pertenece el primer ministro Abe, mantuvo fuertes reticencias hacia el pacifismo y ahora patrocina una revisión constitucional de consecuencias imprevisibles en Asia, sutilmente acompañada por una reescritura de la historia que entraña la práctica absolución de la mística imperial y del culto militarista, además del olvido programado de las atrocidades cometidas por el imperialismo nipón en diversos países asiáticos, comenzando por China. Abe oficializó el culto de los héroes de la historia japonesa con su visita en diciembre de 2013 al santuario de Yasukuni, donde se rinde homenaje al soldado japonés y en cuyos muros siguen grabados los nombres de algunos notorios criminales de guerra.

El nacionalismo sigue vivo, y hermanado con el sintoísmo, aunque oficialmente sólo se manifieste de manera esporádica u oblicua. Los manuales de historia han sufrido tergiversaciones sustanciales, hasta el punto de que la agresión y ocupación de Manchuria (1931) y la invasión de China (1937) se describen como “avances”, mientras que los movimientos de liberación emprendidos por los coreanos en 1919 se consideran meros “motines” contra el ocupante. El revisionismo del gobierno ya había llegado hasta el cine para reducir los crímenes de guerra perpetrados en varios países asiáticos ocupados a “incidentes” aislados que se atribuyen ritualmente a algunos soldados “víctimas” de una concepción rígida del deber.

Los mismos sectores nacionalistas que se empeñan en manipular la historia, en ocultar los hechos más brutales o en eludir las responsabilidades, llegando a negar la espantosa masacre cometida por las tropas japonesas en Nanking en 1937, al comienzo de la invasión. Las autoridades chinas aseguran que unas 300.000 personas fueron asesinadas en Nanking, entonces la capital política del país, pero un tribunal aliado que juzgó los hechos después de la guerra fijó en 142.000 el número de víctimas.

Los medios gubernamentales de Tokio sugieren que el creciente poder de China, el paralelo deterioro de las posiciones estratégicas de Washington y la creciente militarización de todos los países del Pacífico justifican la revisión constitucional. Richard J. Samuels, director del Centro de Estudios Internacionales del Massachussets Institute of Technology (MIT), citado por el New York Times, afirmó que la decisión del gobierno nipón “implica el reconocimiento [por los países vecinos] de que los medios militares de EE UU desplegados en la región ya no son lo que eran”, ni ofrecen las mismas garantías.

Como no podía ser de otra manera, los países vecinos recibieron el viraje estratégico con una fuerte división de opiniones. Mientras el presidente de Filipinas, Benigno Aquino, durante su reciente visita a Tokio, se mostró comprensivo, China y Corea del Sur hicieron saber que el rearme del Japón les suscita amargos recuerdos y una irrefrenable irritación. La agencia estatal china Xinhua aseguró que el primer ministro Abe “está jugando con el fantasma de la guerra” y el portavoz del ministerio de Exteriores, en Beijing señaló: “Desde hace mucho tiempo, el gobierno japonés está alimentando la polémica sobre asuntos históricos”, en alusión a la visita de Abe al santuario de Yasukuni.

El Partido Comunista de China (PCCh) mezcló la protesta con la amenaza de publicar “algunos documentos históricos conteniendo detalles del comportamiento de las tropas japonesas durante la Segunda Guerra Mundial”, según declaró el responsable de relaciones exteriores del comité central, Lin Xiaoguang, quien añadió: “Los tribunales chinos podrán aceptar también las denuncias y reclamaciones relacionadas con los sufrimientos padecidos durante la guerra” por la represión del ocupante nipón. Los Archivos Centrales de Beijing empezaron a publicar en internet, el 3 de julio, algunos documentos, bajo el epígrafe “confesiones”, sobre las atrocidades cometidas por los japoneses.

El lenguaje se enconó inmediatamente en todos los medios de comunicación chinos, en los que la propaganda supera siempre a la información. El subdirector de los Archivos Centrales señaló que se proponen ampliar la difusión de los documentos en internet, aunque previamente publicados, a fin de corregir lo que describió como un intento del primer ministro japonés de “blanquear” o encubrir la historia. Y añadió: “Desde que el gobierno de Abe llegó al poder, ha confundido abiertamente la verdad con el error para despistar al público en un intento de blanquear la historia de la agresión externa y el colonialismo”. En su opinión, los documentos son “una irrefutable prueba de los odiosos crímenes cometidos por los agresores militaristas japoneses contra el pueblo chino”.

El más importante diario inglés de Hong Kong, el South China Morning Post, siempre moderado en sus opiniones, publicó el 3 de julio un duro ataque contra la decisión del gobierno nipón: “El orgulloso pacifismo de Japón han sido sacudido por un seísmo. El gabinete del primer ministro Shinzo Abe ha ignorada a la mayoría de los japoneses y las inquietudes de China y otros países asiáticos con su decisión de acabar con la prohibición de que las tropas combatan fuera de sus fronteras. Erosiona la Constitución y agrava las tensiones. La iniciativa señala un hito por su desprecio de la Constitución, de la voluntad popular y de los sentimientos de la región sobre la agresión bélica japonesa. Se trata de una deplorable decisión que sólo servirá para empeorar las relaciones con sus vecinos.”

Las maniobras diplomáticas

Los movimientos diplomáticos se multiplican en la cuenca del Pacífico, objetivo prioritario para Obama. El presidente de Filipinas, Benigno Aquino, que estuvo en Tokio y se entrevistó con Abe el 25 de junio, respaldó explícitamente la reforma constitucional japonesa, a cambio de una sustanciosa ayuda económica. También se espera que Vietnam, receloso siempre del poderío chino, se muestre comprensible hacia el revisionismo. Pero la diplomacia china se muestra muy activa en toda la región. El presidente de China, Xi Jinping, rompiendo la tradición de privilegiar las relaciones con Corea del Norte, aterrizó el 3 de julio en Seúl para iniciar una visita oficial a Corea del Sur, un aliado vital de EE UU, en devolución de la que Park Geun-Hye, presidente surcoreana, realizó a Beijing en junio de 2013.

Según los observadores diplomáticos citados por los periódicos norteamericanos, China pretende aprovechar la tensión regional creada por la iniciativa constitucional de Tokio para deteriorar la alianza de EE UU con Corea del Sur. El recuerdo del despiadado colonialismo japonés en la península coreana dificulta las relaciones entre Japón y Corea del Sur, los dos principales pilares de la estrategia norteamericana en Asia nororiental. “¿Podrán Beijing y Seúl llegar a ser socios estratégicos?”, se pregunta Scott A. Snyder, del influyente Council of Foreign Relations norteamericano. La respuesta es prudentemente negativa, pero el análisis confirma los temores suscitados en Washington por el viraje del aliado Abe.

Si el siglo XXI será el de Asia, con el epicentro en la cuenca del Pacífico –The Pacific Rim se llama la nueva inquietud de la prensa norteamericana–, se me antoja inevitable que los actores principales tomen posiciones para la encarnizada competencia que ya está en marcha. EE UU, China y Japón son las tres primeras economías del mundo, situación de esplendor que puede suscitar algunos conflictos. Ante el despertar del nacionalismo nipón, la respuesta enérgica de Beijing encontrará ecos innumerables en el continente, especialmente en el ámbito coreano. China es la única potencia con influencia en el Pyongyang enigmático de la dinastía comunista de los Kim y la única que podría promover y garantizar una reunificación pacífica de las dos Coreas.

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