Posteado por: M | 20 julio 2014

El odio y la venganza en la guerra de Gaza

El odio y la venganza campan a sus anchas en Tierra Santa, donde sigue el derramamiento de sangre y se fortalecen los extremistas a ambos lados del muro inhumano levantado contra el terrorismo. Los dos nacionalismos enfrentados en la Palestina histórica han creado una deletérea cultura del rencor y la muerte que desborda la aviesa pasión política para devenir un rechazo existencial del otro, del vecino más próximo. Las consecuencias más visibles de esa atmósfera moralmente irrespirable son el impacto psicológico de los cohetes de Hamás en la población judía, las luchas intestinas entre palestinos, las repetidas y casi rutinarias operaciones militares de Israel contra la franja de Gaza, la devastación física del territorio más poblado del mundo, también uno de los más pobres, y los inquietantes daños colaterales en forma de incontables víctimas civiles.

El echar leña al fuego de Gaza comenzó en realidad el 12 de junio con el secuestro y asesinato de tres jóvenes israelíes cerca de Hebrón, en la Cisjordania ocupada, seguido por una venganza aparentemente ritual: la tortura y muerte de un adolescente palestino a manos de unos fanáticos judíos. Casi al mismo tiempo, mientras arreciaban las detenciones en busca de todos los asesinos, las cámaras de las televisiones globales en Jerusalén nos mostraron a otro joven palestino de nacionalidad norteamericana con el rostro desfigurado por la paliza brutal propinada por la policía hebrea. Estos episodios confirman, por si fuera necesario, que la violencia es un mal endémico, que el sectarismo prospera y que el proceso de paz está sepultado desde hace mucho tiempo.

Todos los indicios sugieren que el gobierno israelí supo muy pronto que los tres jóvenes secuestrados estaban muertos, pero mantuvo la incertidumbre y la esperanza, “la hipótesis de que están vivos”, durante 18 días, hasta que los cadáveres fueron descubiertos el 1 de julio, a fin de realizar centenares de detenciones para tratar de desmantelar las células de Hamás en Cisjordania. Si hemos de creer la información de Forward (semanario de los judíos de Nueva York) y otros medios, el gobierno de Benyamin Netanyahu sabía también que la orden de secuestro y asesinato no había partido de la dirección de Hamás en Gaza, sino que de un clan familiar de Hebrón afiliado a la organización islamista, pero actuando por su cuenta.

En realidad, el odio y la violencia que genera están muy extendidos y pueden rastrearse en el tiempo hasta llegar a la famosa Declaración Balfour de 1917, cuando el ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, Arthur James Balfour, en una comunicación enviada a Lord Rothschild, a la sazón líder del sionismo, prometió el establecimiento de “un hogar nacional” para los judíos en Palestina, un territorio que entonces estaba bajo la soberanía del Imperio otomano, habitado por árabes. La creciente llegada de los sionistas a la tierra prometida encolerizó a los autóctonos, que vieron peligrar su hegemonía; pero el éxodo de los supervivientes judíos hacia Palestina, pese a la oposición británica, se aceleró después del Holocausto y del fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

El prestigioso historiador israelí Zeev Sternhell, autoridad mundial en la historia de los movimientos totalitarios europeos, acaba de publicar un artículo en el diario liberal Haaretz en el que condenó implícitamente el desprecio por el otro y abogó por un tratado de paz con los palestinos, de aplicación inmediata. En su opinión, el sionismo o nacionalismo judío siempre encontró dificultades para comprender a la otra nación, la palestina, que ya vivía en la tierra prometida, y añade: “Después de 1949 y especialmente después de 1967 [cuando empezó la ocupación de Cisjordania y Gaza], la incapacidad –o la mala voluntad—de entender al otro ha sido la causa de una parálisis moral y políticamente desastrosa.”

El primer ministro israelí, el derechista Netanyahu, tronó contra “las bestias humanas” que habían asesinado a los tres jóvenes judíos, alumnos de una escuela talmúdica, pero el diario liberal Haaretz, de Tel Aviv, en un resonante editorial, amonestó severamente a todos los israelíes: “Los asesinos de Abu Khdeir [el muchacho árabe] no son extremistas judíos. Son los descendientes y constructores de una cultura de odio y venganza.” Resulta muy fácil el sentirme identificado con esa justa admonición en pro de una convivencia fundada en la comprensión y el respeto recíprocos, pero no es menos cierto que las bellas palabras no pueden llenar el vacío de un plan de paz promovido por EE UU y respaldado por la Unión Europea.

Las masivas detenciones de militantes y simpatizantes islamistas en Cisjordania precedieron al lanzamiento de cohetes desde la franja de Gaza. Siempre al borde de la bancarrota, dependiente de los subsidios de la caridad internacional, el Movimiento de la Resistencia Islámica (Hamás) creyó que había llegado el momento de dar señales de vida, revolverse contra el ocupante y galvanizar a sus huestes. La alternativa de cruzarse de brazos equivalía a debilitar aún más su posición o hundirse en su aislamiento, en beneficio de otros grupos extremistas como la Yihad Islámica. Además, el rechazo de la Liga Árabe y la pérdida del poder por los Hermanos Musulmanes en Egipto sitúan a Hamás literalmente entre dos fuegos, una vez cerrada la frontera sur de la franja en Rafah, y en una clara situación de aislamiento. La ayuda internacional resulta cada día más problemática porque EE UU y las potencias europeas siguen incluyendo a Hamás en la lista de las organizaciones terroristas.

Por todos esos motivos, persuadidas de que el tiempo corre en su contra, las brigadas Izzaddin al-Qassam, brazo armado de Hamás, creadas en 1992, iniciaron sus fuegos de cohetería contra Israel. Netanyahu, ante las exigencias de los halcones de su gobierno y de una opinión pública encrespada, y pese a su interés por el statu quo, no tuvo más remedio que llamar a los reservistas e iniciar una vasta operación de represalias denominada Margen Protector –otras traducciones posibles del hebreo son “barrera protectora” y “acantilado consistente”–, un castigo colectivo y fatalmente indiscriminado, que culminó con la invasión terrestre de la franja en la noche del 18 al 19 de julio, con el propósito de destruir la red de túneles de Hamás que sirven tanto para el contrabando de armas como de arsenales y para infiltrarse en territorio israelí.

La muerte filmada en directo

El 8 de julio, los aviones y la artillería israelíes empezaron a machacar Gaza, ese atormentado territorio, mísero, polvoriento y sofocante, un pasillo costero entre Israel al norte y Egipto al sur, de sólo 360 kilómetros cuadrados y 1,8 millones de habitantes, donde las lanzaderas de cohetes, las minas, los túneles y las trincheras de los milicianos islamistas proliferan y se mezclan inextricablemente con las viviendas de la Ciudad de Gaza y los campos de refugiados, de manera que los bombardeos, pese a la precisión y las precauciones humanitarias que adoptan las Fuerzas Armadas de Israel, frecuentemente provocan la carnicería de civiles, mujeres y niños.

La novedad informativa sobre la nueva catástrofe que se cierne sobre Gaza es la presencia de periodistas de todo el mundo, la actuación de los canales internacionales de TV, siguiendo la estela de Al Yazira, propiedad del emirato de Qatar, e incluso la retransmisión en directo de los bombardeos o, por lo menos, de la llegada de los heridos a los hospitales y las declaraciones de los médicos. La tragedia de los cuatro niños palestinos que murieron en una playa de la Ciudad de Gaza, por disparos de la marina israelí, fue filmada en directo y causó una fuerte conmoción en todo el mundo. La batalla informativa que Israel siempre ganó a los árabes está ahora mucho más equilibrada, de manera que la opinión pública occidental comienza a vacilar.

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Gaza bombardeada

Repasando la prensa internacional, me encuentro en el periódico norteamericano The Nation con el siguiente titular: “Por qué la oposición al lobby de Israel ya no es un suicidio político.” El meollo de la cuestión es que la opinión pública norteamericana empieza a interrogarse por las razones del gobierno de Israel, el más nacionalista de su historia. “Israel podría golpear a sus enemigos con un furor cada día más sangriento –escribe el londinense The Economist –, pero el aplastante uso de la fuerza, que siempre deja muchos más palestinos que israelíes muertos, con frecuencia resulta excesivo para los observadores externos, de manera que perjudica gravemente la posición internacional de Israel, un asunto que preocupa a los israelíes moderados.”

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Mujer palestina en Gaza

Luego de que comenzara la invasión terrestre, Haaretz publicó un editorial en el que propugnaba “una incursión limitada”, para destruir los túneles y las rampas de lanzamiento de los cohetes, y expresaba temores parecidos: “La frustración por el rechazo continuado de Hamás no debe traducirse en la muerte masiva de civiles (…) El número de niños muertos es particularmente preocupante.” La distancia es abismal entre los extremistas de Hamás, que disparan indiscriminadamente y cometen atentados terroristas, y muchos israelíes que se preguntan si sus Fueras Armadas están violando las convenciones internacionales y las leyes de la guerra.

No obstante, la retórica de ambas partes responde fielmente a los sentimientos enconados y persistentes de odio y venganza, y sólo sirve para recrudecer los combates o torpedear las negociaciones. Un periódico hebreo, propiedad del magnate del juego Sheldon Adelson, postuló que Gaza fuera devuelta “a la edad de piedra”, y un ministro del gobierno de Netanyahu llegó a pedir en 2012 que se hiciera retroceder a la franja hasta la Edad Media, por la fuerza de las armas. Los barbudos predicadores de Hamás, epígonos de los Hermanos Musulmanes, no se quedan atrás en la exaltación fanática, profieren insultos o falsas acusaciones y se refieren siempre a “la entidad sionista” para mostrar su rechazo del reconocimiento de Israel, una cortina de humo para su indigencia gubernativa y su lunática disyuntiva del ataúd o la maleta.

Tras los bombardeos por tierra, mar y aire, la atención informativa se centra en la descripción casi pornográfica del horror, el desfile de cadáveres, el llanto de las mujeres enlutadas y veladas, el deambular entre las ruinas, los hospitales de Gaza atestados y la niña herida que simbólicamente yace junto a su muñeca. La visión sería insoportable si la reiteración de imágenes similares no hubiera embotado la sensibilidad de los espectadores. El conformismo de lo déjà-vu. La tragedia tiene siempre idénticos personajes en el mismo escenario. Cuando escribo este comentario (19 de julio), las agencias de prensa aseguran que más de 250 palestinos murieron en Gaza y más de 1.300 resultaron heridos desde que Israel inició sus bombardeos por tierra, mar y aire.

Entre el castigo de Israel y la dictadura islamista

Todo el Oriente Próximo está en llamas, los cohetes de Hamás tienen un mayor alcance, hasta llegar a las grandes ciudades de Israel; los israelíes se sienten lógicamente amenazados y recurren a las represalias, al castigo colectivo de sus vecinos, con una violencia mayor de la que ellos sufren. Los disparos de cohetes y los bombardeos se suceden sin tregua y sin que la comunidad internacional haga otra cosa que sentirse impotente y consternada por la carnicería. Mientras los israelíes y los palestinos están enloquecidos y anegados por la sangre tantas veces derramada, las cancillerías occidentales, empezando por la de EE UU, están paralizadas, respaldan la operación militar israelí, esgrimiendo el derecho de autodefensa, o mantienen una neutralidad escrupulosa.

Desde que las tropas y los colonos israelíes se retiraron de Gaza en septiembre de 2005, por orden del entonces primer ministro, Ariel Sharon, la hostilidad de las soflamas y los cohetes lanzados por los milicianos de Hamás han provocado o meramente justificado varias represalias israelíes, seguidas por precarios acuerdos de cese de hostilidades. Y vuelta a empezar. Las operaciones Lluvias de Verano y Nubes de Otoño en 2006, pero, sobre todo, la terrestre y aérea denominada Plomo Fundido, desde el 27 de diciembre de 2008 al 18 de enero de 2009, una verdadera guerra que causó la mayor matanza de palestinos en los últimos 40 años: 1.300 muertos y 5.000 heridos, en su mayoría civiles. También murieron 13 israelíes. Las dos operaciones más recientes datan de marzo y noviembre de 2012.

Sobre la opinión pública y las autoridades israelíes pesa aún el famoso Informe Goldstone, solicitado y aprobado por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2009, que, tras una investigación sobre el terreno, condenó severamente a las Fuerzas de Defensa de Israel y Hamás por haber cometido crímenes de guerra durante el conflicto armado de diciembre de 2008-enero de 2009.

Para hacerse una idea aunque sea aproximada de la situación en Gaza conviene recordar que la ocupación militar israelí no concluyó en 2005, como afirma el gobierno de Netanyahu, sino que persiste. El ejército hebreo controla algunos aspectos importantes de la vida de los habitantes de la franja (1,8 millones), desde el registro del estado civil hasta las aguas territoriales, el espacio aéreo y la única terminal comercial. La marina hebrea mantiene un férreo bloqueo, como demuestran varios incidentes internacionales con las flotillas que se declaran pacifistas y las ONG que pretenden entregar ayuda humanitaria. El gobierno estadounidense considera que Israel aún ocupa Gaza pese a haber retirado a sus colonos.

Entre el cerco israelí y la dictadura islamista impuesta por Hamás, entre el terror y el chantaje, los habitantes de la franja viven hacinados, dominados por el miedo y la zozobra, y sin esperanza. Un organismo especial de la ONU (UNRWA) tiene a su cargo la supervivencia de los refugiados en campos cuya instalación se remonta a 1948, tras la primera guerra árabe-israelí y la independencia de Israel. Muchos gazalíes no comparten el integrismo religioso de Hamás, su pedagogía del odio, su militarización y su aventurerismo estratégico, pero lo sufren injustamente, como podía colegirse de las declaraciones de algunos desesperados ante las cámaras de la TV con motivo de los últimos bombardeos. La UNRWA atiende a cinco millones de refugiados palestinos en Gaza, Cisjordania, Líbano, Jordania y Siria.

No hay respuesta fácil, empero, para la pregunta de por qué la clase media palestina, de profesionales y comerciantes bien educados, se deja fácilmente arrastrar hacia el abismo, hacia batallas fútiles que sólo sirven para elevar la mortandad entre sus allegados y agravar el sufrimiento, y a veces, contradictoriamente, para favorecer la estrategia del teórico enemigo. El mito de la resistencia contra “la entidad sionista” no ha servido en todo caso para promover una genuina liberación. ¿Para cuándo un Mandela palestino?

Tras el fracaso de la enésima iniciativa negociadora, esta vez patrocinada por Barack Obama y abandonada en abril último; cuando la paz parece más inviable que nunca, los hechos aparentemente aislados, los asesinatos sectarios y las venganzas, al producirse en una situación potencialmente explosiva, desencadenan una espiral de violencia y encienden la mecha de la guerra. Por eso resulta prácticamente imposible, en medio del horror y la confusión, adivinar las verdaderas intenciones de los contendientes, ya se trate del disparo de cohetes por parte de Hamás como de la contundente y desproporcionada respuesta militar israelí.

En esta ocasión, el análisis se complica porque la crisis estalló cuando estaba en vía de ejecución el acuerdo entre los palestinos, entre las facciones de Hamás y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), sellado el pasado 23 de abril, y que teóricamente estaba destinado a acabar con la partición de hecho del territorio teóricamente asignado a la Autoridad Palestina (Cisjordania y Gaza) por los acuerdos de Oslo (1993) que pusieron en marcha el proceso de paz definitivamente abortado. El gobierno palestino de “consenso nacional”, formado a principios de junio, prometió unas elecciones parlamentarias, las primeras desde el triunfo de Hamás en las de 2006.

Desde que Hamás se hizo con todo el poder en Gaza, mediante un audaz golpe de mano, en 2007, la Autoridad Nacional Palestina sólo ejercía su poder parcialmente en Cisjordania, ya que el ejército israelí conserva sus posiciones estratégicas a los largo del valle del Jordán y en torno de las colonias, además del Jerusalén oriental anexionado. El presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, es un líder cansado, sin carisma, que no pudo contrarrestar con una administración eficaz las diatribas de sus adversarios, que lo acusan de colaborar con el ocupante. Un dirigente desacreditado que no podría asumir las dolorosas decisiones que serían necesarias para que pudiera nacer un Estado palestino viable. Bien es verdad que Israel no ha mitigado lo más mínimo la ocupación para mejorar el desempeño de Abas y su gobierno.

Los cohetes y su tortuoso camino

La superioridad militar y estratégica de Israel es abrumadora, sin parangón desde que comenzó la ocupación en junio de 1967; pero los arsenales de cohetes de que disponen Hamás y otros grupos extremistas como la Yihad Islámica plantean un nuevo desafío a Tsahal, las Fuerzas Armadas de Israel (IDF). Se trata de cohetes, no de misiles; es decir, artefactos con carga explosiva pero que no incorporan un mecanismo de guía y precisión. Muchos de ellos son de fabricación artesanal y otros llegan por intrincados caminos que los servicios secretos israelíes no han sido incapaces de descubrir y anular. Esos cohetes pueden ser de corta distancia (15-20 kilómetros), de media distancia (hasta 80 kilómetros) y de larga distancia (75-2000 kilómetros).

Tsahal cree que Hamás cuenta con unos 6.000 cohetes, la Yihad Islámica dispone de unos 3.000 y otros grupos extremistas también están involucrados en esta frenética y suicida carrera armamentista que incluye la creciente producción in situ. Los cohetes de más largo alcance son de fabricación iraní (Fajr-5), con una cabeza explosiva de 90 kilos, de los que existe una versión local (M-75), como los lanzados sobre Tel-Aviv e interceptados por el escudo protector israelí. Según informaciones de procedencia israelí, muchos de esos cohetes proceden de Irán y Siria, a pesar del bloqueo impuesto por Israel y Egipto en sus fronteras respectivas con Gaza, en las que los islamistas han cavado un laberinto de túneles para el contrabando masivo.

La hipótesis más repetida por los especialistas es que los cohetes procedentes de Irán y Siria se concentran en Sudán, donde gobiernan los islamistas, antes de emprender su tortuoso camino hacia Gaza, presumiblemente a través de los túneles excavados entre la frontera egipcia con la franja de Gaza y algún punto del Sinaí, pese a la vigilancia redoblada por las fuerzas egipcias desde la derrota de los Hermanos Musulmanes, la destitución de su presidente, Mohamed Morsi, y llegada al poder del general Abdel Fattah el-Sisi tras el golpe de Estado militar de julio de 2013.

La mayor parte de esos cohetes artesanales e imprecisos no pueden superar la barrera defensiva de la cúpula de hierro o escudo antimisiles instalado por Israel con tecnología norteamericana, pero provocan un fuerte impacto psicológico en la opinión pública, permanentemente instalada en un gueto de la victoria o sufriendo el síndrome del búnquer. La miniaturización y facilidad de disparo de las armas de destrucción masiva altera los cálculos estratégicos y condiciona la negociación política. Antes de que comenzara la operación contra Gaza, Guy Bechor, un reputado comentarista judío, sacando las lecciones de lo que estaba ocurriendo en Iraq (la toma de Mosul por los islamistas), escribió en el diario Yediot Aharonot de Tel-Aviv, el 15 de junio:

“Mañana, si las Fuerzas Armadas de Israel se retiraran de un solo metro cuadrado de Judea-Samaria [Cisjordania], los grupos yihadistas las reemplazarían inmediatamente, como ya ocurrió en Gaza. Desde las colinas amenazarían el aeropuerto Ben Gurion y ningún avión osaría aterrizar. Después, amenazarían Tel-Aviv, Jerusalén y Haifa. Sería el fin de la historia para el Estado judío.”

Tan trágica profecía resulta ser hegemónica en la opinión israelí y suele ser uno de los argumentos preferidos de Netanyahu y, en general, de la derecha israelí que ostenta una confortable mayoría en la Kneset o parlamento. A la tantas veces anunciada bomba demográfica –la población árabe superará a la hebrea en 2025, según diversas prospecciones–, se añaden los avances tecnológicos que van a otorgar unos poderes exorbitantes a los grupos islamistas más radicales, como los que dominan en Gaza, y que fácilmente ganarían la batalla a las fuerzas moderadas, pero incompetentes o corruptas, que gobiernan en Cisjordania, acusadas por los radicales de colaboracionismo con el ocupante.

El trasfondo político-estratégico

Una vez más, al comenzar la crisis y el lanzamiento de los cohetes desde Gaza, el primer ministro israelí, que nunca ocultó sus reticencias hacia la solución de los dos Estados que patrocina la comunidad internacional, dejó bien sentado: “Israel no aceptará ningún acuerdo ni situación que implique la renuncia al control de la seguridad del territorio al oeste del río Jordán”. Según las informaciones de los periodistas que acompañaron al secretario de Estado norteamericano, John Kerry, en sus denodados e inútiles esfuerzos por concretar un acuerdo entre Israel y la Autoridad Palestina, Netanyahu se negó sistemáticamente a abordar el asunto de las fronteras del futuro Estado palestino e insistió, por el contrario, en que “el control de Cisjordania por Israel continuaría para siempre”.

Esa posición del primer ministro israelí –el rechazo del Estado palestino y el objetivo último del Gran Israel–, junto con la realidad conflictiva de las colonias de población, confirman que el gobierno de Jerusalén rechaza abiertamente la idea de la formación de un Estado palestino viable y digno de tal nombre, aunque desmilitarizado. El principio de “paz por territorios”, pilar de todo el proceso de negociación que comenzó en Oslo en 1993, sólo puede aplicarse en las condiciones que dicte Israel por razones de seguridad. Por eso John Kerry provocó un gran escándalo en Israel al pronunciar la palabra apartheid para describir la situación.

Esa exigencia estratégica israelí lleva a Peter Beinart, comentarista de Haaretz, a preguntarse “si Netanyahu está combatiendo a Hamás, para proteger a su pueblo, o también la solución de los dos Estados”. Otro prestigioso analista, Roger Cohen, en el New York Times, asegura que el primer ministro israelí no desea otra cosa que “preservar el statu quo” de Israel como poder hegemónico en la zona, mantener a raya a Hamás en Gaza, con el movimiento palestino dividido y una Cisjordania en calma, bajo un gobierno desacreditado, situación que se supone muy propicia para la expansión de las colonias y la consolidación de la prosperidad.

El abandono de la solución de los dos Estados enfrenta al gobierno israelí con su protector norteamericano y la comunidad internacional. Esa posición anexionista de Netanyahu indica claramente que los bombardeos de Gaza no son sólo un instrumento para la defensa de los israelíes, sino también de conquista, para la construcción problemática del Gran Israel en todo el territorio de la Palestina histórica, desde el Jordán al Mediterráneo. Ése es el objetivo político-estratégico fundado sobre el mantenimiento del statu quo y de los hechos consumados de la colonización, aunque sea recurriendo a un muro de protección levantado en contra de la justicia internacional y, por supuesto, en violación flagrante de los derechos de muchos palestinos.

En todo caso, la congelación del proceso de paz aplaza los problemas de fondo –seguridad, fronteras, colonias, estatuto de Jerusalén, refugiados— y los encona, como si israelíes y palestinos estuvieran condenados a vivir sobre un polvorín por los siglos de los siglos, aunque los primeros mantengan el dominio militar, estratégico y de todos los recursos (por sobre todos, el agua). A juzgar por lo que dicen las urnas y las encuestas, la mayoría de los israelíes prefiere vivir en pie de guerra en vez de abordar los espinosos asuntos que entrañaría un genuino proceso de paz. El país “normal” con el que sueña Netanyahu es una entelequia. El secretario de Estado norteamericano, tras fracasar en las negociaciones, dejó bien sentado que la actual situación es “insostenible”.

Israel tiene el ejército más poderoso y eficaz de la región, pero la fuerza militar no resuelve los problemas, sino que su utilización, aunque ofrezca una seguridad y tranquilidad temporales, acaba siempre en tragedia. Los yihadistas de Al Qaeda u otras organizaciones terroristas tomarían sin duda el relevo de Hamás en el caso de que ésta aceptara una derrota infamante. Algunos de los enemigos tradicionales de Israel –Iraq, Siria y Libia— han sido destruidos por las guerras, pero en el horizonte se perfila la silueta de un enemigo nuevo y sumamente peligroso: el terrorismo de la Yihad globalizada, de la guerra santa, susceptible de sembrar el caos para el que no existe remedio.

 

 

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