Posteado por: M | 7 agosto 2014

Balance sin esperanza de la guerra de Gaza

Tras un mes de bombardeos, horrores, sirenas de alarma, muertos y ruinas por doquier, televisadas en riguroso directo, muchos israelíes se preguntan: ¿Hasta cuándo?, o pronostican luctuosamente: ¿Cuándo comenzará otra vez la guerra de Gaza? La tregua de 72 horas y el repliegue de los tanques israelíes provocaron momentos de fuerte incertidumbre, de recapitulación y reflexión, de los anhelos de paz como un imposible, de la incapacidad de todos, pero, sobre todo, de Israel, para romper el círculo infernal de la violencia. La sexta operación del Ejército hebreo desde que en 2005 se retiró del territorio devastado no aporta solución a los problemas de fondo, ni garantiza la seguridad de los israelíes, ni mejorará la situación de los desesperados de la franja, sometidos al bloqueo y una doble dictadura militar e ideológica.

Mientras los gazalíes retornan a lo que queda de sus hogares en escombros y de sus familias diezmadas, comienza en Israel el ritual debate sobre la guerra, sus quebrantos físicos y morales, y sus consecuencias. Las cifras del conflicto que se recrudeció a partir del 8 de julio, con la invasión de la franja por el Ejército hebreo, son espeluznantes, pero por debajo de la desgracia se agita la controversia sobre si las víctimas son civiles o combatientes. Los muertos palestinos suman 1.865, la mayoría de ellos civiles (el 72 %, según la ONU) y muchos niños. Las Fuerzas de Defensa de Israel (Tsahal) aseguran que mataron a 900 “terroristas”, militantes de Hamás o de la Yihad Islámica, pero no ofrece datos sobre los daños colaterales. Israel reconoce que perdió 64 soldados y 3 civiles.

El balance militar dista mucho de ser concluyente. El Ejército israelí dice haber destruido 32 túneles, no todos, pero es notorio que no ha quebrantado el poder que Hamás ejerce sobre los desgraciados gazalíes. La desmilitarización de Gaza que reclama el gobierno israelí y el levantamiento del bloqueo que exige Hamás están sobre la mesa de negociación en El Cairo, aunque se trata de dos objetivos difícilmente conciliables, sobre todo, si no van acompañados de otras medidas que mejoren la vida de los palestinos y contribuyan a restablecer la legitimidad, actualmente desquiciada, de la Autoridad Palestina.

“El último ciclo sangriento”

Continuará por mucho tiempo la que el New York Times llama “la batalla sobre las estadísticas de las víctimas”, también sobre la proporcionalidad del castigo colectivo, el carácter indiscriminado de los bombardeos o el lanzamiento de cohetes y, por ende, la comisión de crímenes de guerra por ambas partes. En el fragor de los combates, en una zona tan densamente poblada, resulta evidente que actuaron sin preocuparse por las víctimas civiles o el respeto de las leyes de la guerra. La distinción clara entre “mártires” y “terroristas” no puede mitigar el horror, pero por primera vez en este tipo de operación contra grupos islamistas radicales, designados como terroristas, la opinión internacional publicada en Occidente ha basculado en contra de Israel.

Una encuesta del diario israelí Haaretz y la opinión de dos ilustres personalidades judías, el novelista David Grossman y el político retirado Abraham Burg, ayudarán a comprender los vientos que soplan en Israel, la potencia militarmente dominante en la región; el pesimismo, la ansiedad de la opinión pública y las escasas probabilidades de encontrar una salida para el endemoniado conflicto del medio siglo transcurrido desde la victoria de Israel en la guerra de los seis días, en junio de 1967, y la ocupación militar de Cisjordania y Gaza, hasta entonces bajo administración de Jordania y Egipto, respectivamente.

Del sondeo del diario Haaretz, realizado inmediatamente después de que cesaran las hostilidades (5 de agosto), se deduce que la mayoría de los israelíes (51 %) piensa que nadie ganó la guerra (51 %) y que no se alcanzaron los objetivos del gobierno (56%), pese a las proclamas de victoria del primer ministro, Benyamin Netanyahu, y los partes de los jefes militares sobre la destrucción de los cohetes y los túneles de Hamás. El periódico reflexiona: “Ellos [los israelíes] saben que el final de cada operación contiene las semillas de la próxima. Esas operaciones no puede producir ni grandes victorias ni aplastantes derrotas.” Paradójicamente, los mismos encuestados que vacilan en cuanto a lo ocurrido sobre el terreno apoyan mayoritariamente el desempeño de Netanyahu (77 %) y del jefe de Tsahal, el general Benny Gantz (83 %).

Los resultados de la encuesta, al elogiar la supuesta prudencia y la frialdad del primer ministro ofrecen un contraste muy acusado con el descrédito que se abatió sobre el político que ocupaba el mismo cargo, el también derechista (Likud) Ehud Olmert, acusado de improvisación y previsiones erróneas, tras la segunda guerra del Líbano, en julio de 2006, contra la guerrilla y los cohetes de Hizbulá (el Partido de Dios). La discrepancia de la opinión puede explicarse, al menos parcialmente, por el mayor número de víctimas israelíes (116 soldados muertos) en 2006 y el efecto de los cohetes que causaron víctimas y graves daños en el norte de Israel.

¿Acaso se trata de una victoria pírrica de un Ejército poderoso contra una guerrilla armada con cohetes y lanzagranadas, dispuesta a los más terribles sacrificios? Como ya ocurrió en la guerra del sur del Líbano, los blindados israelíes, hasta ahora invencible en una batalla convencional, no se mueven con la misma eficacia en los combates contra un enemigo que se confunde con la población civil, como pez en el agua entre dos millones de palestinos reducidos a la miseria y condenados a la desesperación. Las reiteradas operaciones contra Gaza desde 2006, con especial virulencia en diciembre de 2008-enero de 2009, confirman la imposibilidad de obtener una victoria decisiva sobre Hamás, el movimiento de la resistencia palestina que EE UU y la Unión Europea consideran una organización terrorista.

El artículo publicado por David Grossman en el New York Times (27 de julio) se tituló muy significativamente: “Un Israel sin ilusiones”, en el que describió la trágica situación de dos pueblos prisioneros en “lo que parece ser una burbuja herméticamente sellada”, dentro de la cual “cada uno se afana por encontrar sofisticadas justificaciones para cualquier acto que cometa”. Brillante metáfora para describir el gran problema que no radica en los horrores que ocurren diariamente dentro de la burbuja, sino en esta pregunta inquietante: “¿Cómo puede ser que nos estemos ahogando juntos dentro de esa burbuja desde hace más de un siglo? Ésa es para mí la verdadera cuestión, la esencia del último ciclo sangriento.”

Luego de lamentar retóricamente la ausencia de diálogo y las innumerables ocasiones perdidas para la paz, Grossman subraya el contraste entre “un Estado de Israel brillantemente creativo, ingenioso, audaz, pero que durante casi un siglo siguió actuando como encadenado a la rueda de molino de un conflicto que podría haberse resuelto hace muchos años”. Mi impresión es que no hay forma humana de medir la distancia sideral entre los grandes logros materiales y militares del que fue concebido hace un siglo como “hogar nacional” del pueblo judío y sus fallas manifiestas en el orden moral, en el trato colonial de los palestinos, en la incapacidad manifiesta para hacer la paz con sus vecinos.

Muchos menos convincente resulta el optimismo de Grossman sobre la capacidad de los israelíes y los palestinos –“con mesura, sin ilusiones”– para superar la situación, “para encontrarse en torno a unos pocos puntos de acuerdo para resolver el conflicto con nuestros vecinos”. Quizá olvida el admirado novelista hebreo que el primer ministro israelí, un halcón declarado, ha estado sometido dentro del gobierno a las presiones de otros líderes políticos laicos y religiosos situados a su derecha y mucho más intransigente. Gregg Carlstrom escribiendo desde Tel Aviv para la revista norteamericana Foreign Policy, describe con todo lujo de detalles “como los halcones israelíes intimidan  y silencia a los últimos reductos de la izquierda antibelicista”.

La conclusión que expresan otros analistas extranjeros destacados en Jerusalén es que la sociedad israelí se muestran más intransigente que nunca, persuadida de que la guerra de guerrillas contra Hamás tiene un carácter existencial. Que lo que está en juego no es la paz con los vecinos, sino la existencia del Estado de Israel, ahora más amenazada que nunca. El viejo Partido Laborista, bajo la dirección vacilante de Isaac Herzog, se ha comportado como un propagandista del esfuerzo bélico, sin mala conciencia y sin matices. Carece de alternativa para la escalada militar. Las escasas y poco numerosas protestas de los pacifistas, con los manifestantes sosteniendo pancartas con el lema “Gaza es un cementerio”, especialmente en Tel Aviv, se dispersaron siempre tras la intervención agresiva de los ultranacionalistas.

Una de las pocas voces que se han alzado contra el coro belicista es la de Abraham Burg, que fue presidente de la Kneset o parlamento israelí (1999-2003), miembro del movimiento Paz Ahora, que denuncia incansablemente la ocupación militar y la pretensión de definir a Israel como un “Estado judío”. Entrevistado por una periodista del diario Le Monde sobre la escalada del conflicto en Gaza, Burg respondió: “Una guerra después de otra, sin solución. Muchos israelíes tienen confianza en el ejército para que aporte una solución. Pero nosotros pensamos hoy que el ejército no tiene solución porque la dirección política carece de visión. La guerra es una pérdida de energía que no conduce a ninguna parte.”

En cuando a las causas inmediatas del conflicto, Burg no se muerde la lengua: “Nosotros somos todavía el ocupante. Mantenemos [con los palestinos] una relación de dueño y esclavo. La Autoridad Palestina se ha convertido en el subcontratante de la ocupación israelí.” Nada de extraño puede parecer que la guerra de Gaza haya disparado las simpatías hacia Hamás y la Yihad Islámica en Cisjordania, mientras que el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abas, arrastre el estigma de la colaboración con el ocupante. En los momentos de la desgracia de la guerra, la radicalización se produce a ambos lados de la línea verde del armisticio de 1949.

 

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