Posteado por: M | 11 agosto 2014

Obama reticente en el atolladero de Iraq  

Al enviar sus aviones a bombardear las posiciones de las milicias del Estado Islámico (EI) en el norte de Iraq, el 7 de agosto, Barack Obama se ha visto envuelto en “la guerra estúpida”, o equivocada, que denunció incansablemente en su triunfal campaña electoral de 2008. La tragedia de los yazidíes y los cristianos, que huyen despavoridos e indefensos de la brutalidad de los fanáticos musulmanes, y, sobre todo, la amenaza militar sobre Erbil, capital del Kurdistán y sede de las compañías petroleras norteamericanas, sacaron a la Casa Blanca del sopor estival y sorprendieron a un presidente que siempre se muestra reticente ante las intervenciones exteriores, quién sabe si por mor de sus galardones pacifistas. Y cuando toma una decisión militar, lo hace con retraso evidente, como forzado o desbordado por los acontecimientos. y sin una estrategia meditada y coherente ante el incendio que se propaga por todo el Oriente Próximo.

Las reflexiones sobre el coloso reticente (The Reluctant Colossus) inundaron los periódicos y fraguaron en varios libros durante la presidencia de Bill Clinton (1993-2001), para subrayar los vaivenes geoestratégicas de éste, a pesar de que no vaciló en los bombardeos de Serbia e Iraq; pero aquellas lucubraciones fueron arrinconadas o enterradas por el cataclismo terrorista del 11 de septiembre de 2001, la destrucción de las Torres Gemelas, y el intervencionismo sin complejos que propiciaron los neoconservadores durante los dos mandatos de George W. Bush (2001-2009). Galardonado con el premio Nobel de la Paz sólo unos meses después de instalarse en la Casa Blanca, Obama ahondó en las mismas conjeturas de Clinton, volvió a plantear el vetusto dilema de los cañones o la mantequilla y ordenó un repliegue general que implicó la retirada completa y apresurada de Iraq a finales de 2011, la única promesa electoral realmente cumplida.

Obama es el cuarto presidente que interviene en Iraq. El primero fue George Bush padre, en 1990, con EE UU al frente de una coalición militar internacional, autorizada por la ONU para la liberación de Kuwait de las garras de Sadam Husein. Fue la primera guerra del Golfo, mediante la operación Tempestad del desierto. El segundo fue Bill Clinton, sin aval de la ONU, que en 1998 ordenó una serie de bombardeos contra los objetivos militares iraquíes para mantener una zona de exclusión aérea para la protección de los adversarios del dictador. Luego ser produjo la invasión anglo-norteamericana de 2003, la operación Liberación de Iraq, ordenada por George W. Bush y el primer ministro británico, Tony Blair, sin autorización de la ONU, y que levantó una fuerte polémica diplomática por la tenaz oposición de Rusia, China, Francia y Alemania. La ocupación militar norteamericana duró 9 años.

Los escrúpulos, las flaquezas, las dudas y la irresolución de Obama están muy bien documentados, en Libia, en Siria y ahora en Iraq. Han trascurrido dos meses desde que los yihadistas del Estado Islámico de Iraq y Levante (EIIL) tomaron Mosul (10 de junio) y amenazaron con llegar a Bagdad, forzando el éxodo de miles de cristianos hacia el Kurdistán, signos evidentes de la degradación brutal de la situación y de los efectos desastrosos de la estrategia norteamericana de repliegue general. Aunque presionado por los republicanos, Obama se negó a intervenir y recomendó al primer ministro iraquí, el chií Nuri al Maliki, sectario notorio, que dialogara con sus oponentes (suníes y kurdos) y formara un gobierno de concentración nacional. Un consejo no pedido ni escuchado. El llamado soft power (poder blando) está de capa caída en esa región turbulenta y el presidente se consolida como “el guerrero reticente” que siempre fue, ahora visiblemente encanecido por el poder.

Los franceses son los que mejor han documentado la volta-face de Obama sobre la intervención en Siria, cuando todo estaba preparado para el ataque después de que el ejército sirio hubiera bombardeado con armas químicas un suburbio de Bagdad, reducto opositor. Cuando el presidente francés, François Hollande, llamó  a la Casa Blanca para la decisión final y la orden de atacar, se encontró con un Obama que se echó literalmente para atrás con el pretexto de que debía consultar con el Congreso. Eso fue el 31 de agosto, sábado, de 2013, según el informe diplomático posterior (compte-rendu) publicado por Le Monde (15 de febrero de 2014) con el siguiente titular: “Intervention en Syrie: Comment les Américains ont lâché les Français” (Como los americanos han dejado tirados a los franceses). La oposición siria moderada fue condenada a la impotencia y no ha podido levantar cabeza desde entonces, superada, inmovilizada y maltratada por las muy dinámicas milicias de la yihad o guerra santa.

Una operación larga pero limitada

En su conferencia de prensa del 9 de agosto, al iniciar sus vacaciones de verano, Obama volvió a mostrarse cauteloso sobre los bombardeos contra los yihadistas, una campaña aérea, sin tropas sobre el terreno, que será larga y estratégicamente condicionada a la formación en Bagdad de un gobierno de unidad nacional, “inclusivo”, según la jerga norteamericana, es decir, que incluya a los suníes y los kurdos, las dos minorías más numerosas. Según el relato de la misma Casa Blanca, los bombardeos ordenados contra los islamistas no pretenden derrotar al Estado Islámico, ni siquiera detener su sangriento avance en Iraq y Siria, sino simplemente proteger al personal norteamericano instalado en Erbil y socorrer a los desplazados de las minorías religiosas perseguidas. Objetivos muy poco ambiciosos.

Los yazidíes, aunque étnicamente kurdos, son una minoría religiosa, integrada por unas 80.000 personas, que profesa un credo sincrético (adoran al ángel caído y redimido por Dios) y recoge ritos muy diversos, desde el sufismo al zoroastrismo, pasando por el cristianismo. Antes de la invasión estadounidense, en 2003, 1,2 millones de cristianos vivían en Iraq, clase media y profesional, de los que hoy apenas quedan 300.000, la mayoría seguidores de la Iglesia católica caldea, o de las iglesias asiria o nestoriana. También hay algunos ortodoxos, armenios y protestantes. La violencia sectaria llevó a cientos de miles de cristianos a emigrar a otros países. El último éxodo se produjo cuando los islamistas tomaron Mosul, en junio último, de manera que Erbil, la capital del Kurdistán, se convirtió en el refugio cristiano por antonomasia.

Como señalaba un editorial del The Washington Post, “ya es hora de que Obama abandone una política tan minimalista como poco realista”. O lo que es lo mismo, que no se aferre a la ilusoria presunción de que la empresa de los yihadistas es “un asunto interno” iraquí que debe ser resuelto por el nuevo gobierno que se forme en Bagdad. El gobierno de Maliki, como es notorio, es radicalmente sectario, discrimina a los suníes y los kurdos y se ha convertido en un obstáculo insalvable para el funcionamiento de las instituciones estatales. Algunos militares norteamericanos con experiencia en la región, consultados por The Daily Beast, aseguran que la división de Iraq “podría ser la mejor solución”. “Para que Iraq se rehaga es preciso descartar a Nuri al Maliki”, asegura el antropólogo Osham Dawod, en un artículo en Le Monde.

El presidente norteamericano mantiene su reconcomio, expresado metafóricamente en un discurso en la academia de West Point, en mayo próximo pasado: “El hecho de que tengamos el mejor martillo no quiere decir que todos los problemas sean como unos clavos”. En esta ocasión, al ordenar los bombardeos, volvió a las reticencias: “No debemos ni podemos intervenir cada vez que hay una crisis en el mundo”, dijo ante los periodistas, pero añadió: “En este caso, creo que EE UU no puede cerrar los ojos.” En una larga entrevista con un periodista del New York Times, coincidiendo con el inicio de los bombardeos, Obama advirtió de que no tolerará la instalación de un califato entre Siria e Iraq, pero que tampoco convertirá a la US Air Force “en el ejército del aire iraquí”.

En su conferencia de prensa antes de las vacaciones, Obama se refirió a los primeros éxitos y rehusó hacer un pronóstico sobre el fin de las operaciones militares en Mesopotamia, “ese cementerio de las ambiciones estadounidenses”, según la lúgubre metáfora de Peter Baker, un comentarista del New York Times. No obstante, el presidente señaló que se trata de un proyecto “a largo plazo”, que no podrá concluir en “tan sólo unas semanas”, y desveló los fallos de previsión sobre el Estado Islámico: “No hay duda de que su avance, su movimiento en los últimos meses ha sido más rápido que las estimaciones de la inteligencia y las expectativas de los políticos.” La Casa Blanca actúa persuadida de que la gran mayoría de los norteamericanos sigue oponiéndose a las intervenciones militares en el Oriente Próximo.

Los defensores de la estrategia de Obama creen que ésta es “the right war”, la guerra acertada o justa, como asegura el columnista Ross Douthat en el New York Times. En Libia, en Siria e incluso en Iraq hace unos meses existían “buenas razones para dudar” de la intervención. EE UU no podía intervenir en Libia, habida cuenta de la confusa situación sobre el terreno; ni hacerlo para derrocar a Bachar Asad sin estar seguro de en qué manos caería después el poder en Siria, ni ordenar los bombardeos de las posiciones del Estado Islámico en Iraq para fortalecer a un gobierno tan sectario como el de Nuri al-Maliki, aliado de los ayatolás de Teherán y verdadero culpable de que las tribus suníes y los restos del partido Baas hayan hecho causa común con las milicias islamistas en su avance hacia Bagdad.

¿Hacia un protectorado en el Kurdistán?

La situación ahora es distinta, según Douthat y su benévola interpretación de las previsiones de la Casa Blanca. La acción humanitaria urgente, para proteger a unas minorías martirizadas o amenazadas de aniquilación, está estrechamente relacionada con el objetivo militar de salvar a los jefes kurdos que gobiernan en el Kurdistán iraquí y que han dado pruebas fehacientes de ser unos aliados fieles de Washington. La protección y estabilidad del Kurdistán son un objetivo prioritario. “Un Kurdistán independiente, seguro y bien armado –escribe Douthat – podría reemplazar a un Iraq inestable, perpetuamente fragmentado, como plaza fuerte de la influencia estadounidense en la región.” Ahí queda por confirmar, desde luego, la pretensión de Obama de organizar un protectorado en el Kurdistán, desde el que iniciar la reconquista del terreno perdido, con el petróleo como acicate.

El mismo Obama proclamó que era necesario “evitar un genocidio” e hizo ante los periodistas el elogio de los kurdos: “Creo que los kurdos aprovecharon el tiempo que les concedieron los sacrificios de nuestras tropas en Irak. Hicieron buen uso de ese tiempo y hoy la región kurda es funcional y como nos parece que debe ser. Tiene una tolerancia con otras sectas y otras religiones que nos gustaría ver en otros lugares”. La creación de un Estado kurdo bajo protección norteamericana –“no como modelo, pero sí como refugio”—resolvería algún problema de intendencia o de ayuda humanitaria, pero crearía nuevas tensiones en toda la zona, desde Turquía a Irán.

Para los adversarios tradicionales de la guerra de Iraq, los pacifistas y los demócratas no intervencionistas, la decisión de la Casa Blanca es un primer paso arriesgado que podría comprometer de nuevo a EE UU en una aventura destructiva. El semanario Time se pregunta si se puede acusar al presidente de haber cambiado de chaqueta, recuerda sus declaraciones pacifistas durante la campaña electoral de 2008 y formula finalmente una pregunta retórica: “¿Por qué no en Siria? ¿Por qué no en la República Democrática del Congo, en la República Centroafricana o cualquier otro lugar donde personas inocentes mueren a diario.” Según la visión de Obama, la actuación militar no procede porque se trata de conflictos en los que “EE UU no puede intervenir de manera rápida con objetivos alcanzables”.

Como es evidente, con Obama es muy difícil salir de la ambigüedad o de los ejemplos tramposos. Una vez más, en la Casa Blanca, la táctica, la visión a corto plazo se impone sobre el objetivo estratégico nebuloso de impedir que se consolide el fantasmagórico califato, la institución abolida por el líder turco Mustafá Kemal en 1924. Ante los avances del Estado Islámico, cuya fuerza es muy superior a la que tenía Al Qaeda en 2001, Obama se contenta con lanzar una operación de socorro humanitario.

Los republicanos y un sector relevante de la opinión independiente le reprochan la ausencia de una estrategia global que incluya a Siria e Iraq y sus conflictos estrechamente relacionados. El Washington Post le exige que “no minimice la implicación norteamericana para derrotar a las fuerzas que están destruyendo la región”. El senador John McCain, que fue candidato presidencial, arguye: “Estamos pagando el precio de la inacción y el precio por la retirada.” Y el senador republicano Bob Corker, figura destacada del Comité de Relaciones Exteriores, resume en un artículo periodístico: “Obama no es un aliado fiable.”

 

 

 

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