Posteado por: M | 23 agosto 2014

El degüello de un periodista  

El salvaje y horripilante asesinato del periodista norteamericano James Foley, de 40 años, cuya decapitación fue grabada en vídeo y difundida mundialmente por los esbirros del Estado Islámico (EI), el 19 de agosto, no sólo es un acto vil de propaganda y chantaje, sino que también refleja la voluntad de los grupos islamistas de extender y recrudecer su guerra contra Occidente, suscitar una reacción emocional en Estados Unidos y contribuir a la confusión y la cólera que rodean tanto a Barack Obama como a los líderes de los dos partidos en el Congreso. Por el momento, Washington se propone seguir con los bombardeos y mantener el criterio mayoritariamente compartido de “no boots on the ground”, sin tropas sobre el terreno. Pero la situación es absolutamente imprevisible, y el desenlace de los bombardeos, muy problemático.

La muerte cruel de un audaz periodista, que arriesgó su vida para cumplir con su tarea de contar lo que acontece, subraya la indigencia moral y el sadismo de sus verdugos, esos grupos de fanáticos de la yihad o sedicente “guerra santa” que han convertido el secuestro de personas inocentes y el cobro de un rescate por su libertad en una fuente de financiación y un medio de propaganda. Esa horrible práctica es muy antigua, pero su utilización reciente fue llevada a sus últimas consecuencias por los seguidores de Bin Laden y uno de sus lugartenientes, el jordano Abu Musab al Zarqaui, jefe de Al Qaeda en Iraq, conocido como “el jeque de los degolladores” por haber decapitado a numerosos cautivos, que resultó muerto en territorio iraquí por un bombardeo norteamericano en junio de 2006.

Los padres de James Foley hicieron público a través de Global Post un e-mail recibido de sus captores en el que éstos proclamaron que seguirán degollando norteamericanos y confirmaron que habían exigido un rescate de 100 millones de euros (132 millones de dólares). El mensaje del Estado Islámico en Iraq y Siria fue dirigido “al gobierno norteamericano y sus ciudadanos aborregados”, denunciaba los bombardeos ordenados por Obama y concluía: “Hoy, nuestras espadas están desenvainadas contra vosotros, gobierno y ciudadanos, contra todos, y no pararemos hasta que calmemos nuestra sed con vuestra sangre.” El periodista desapareció en el norte de Siria en noviembre de 2012.

Después de haber leído recientemente a John Gray (Sobre el progreso y otros mitos modernos), creo que el progreso confiado e ininterrumpido es una ilusión peligrosa y que, como se infiere del degüello televisado del periodista estadounidense, la barbarie retorna con desconcertante frecuencia e idénticas escenas abominables. Han pasado más de cuatro siglos desde que las guerras de religión devastaron Europa, pero los yihadistas sacralizan su causa en el Oriente Próximo, imponen la ley coránica, decretan que dos más dos son cinco, persiguen a los infieles y sustituyen la hoguera o la horca por la decapitación por cuchillo. El islam plural y variado de su época gloriosa, ahora llamado moderado, al que muchos líderes europeos se aferran como a un clavo ardiendo, se bate en retirada o permanece silencioso ante el avance de los bárbaros.

El pago del rescate plantea un inextricable dilema moral y político a los gobiernos de todo el mundo. Los de EE UU y Gran Bretaña, probablemente los más afectados, rechazan sistemáticamente el someterse al chantaje de los terroristas, alegando que, si la negativa se generalizara, el secuestro dejaría de ser una industria floreciente. En su reunión del pasado año, los líderes del G-8 se comprometieron a no pagar más rescates, pero es evidente que varios gobiernos europeos, incluido el español, siguieron plegándose a la extorsión por razones humanitarias y por la obligación moral y legal de recuperar sanos y salvos a sus nacionales.

 El desafío viene de muy lejos y comenzó a fraguarse mucho antes de que los kamikazes de Al Qaeda estrellaran los aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. El choque de civilizaciones, la guerra subrogada, el terrorismo y la propaganda ya estaban en la atmósfera internacional en los años 70, pero ahora son las metástasis innumerables y sangrientas del cáncer del islam extremista, político e irredento, en todos los continentes y países, desde los confines del oeste de China hasta las calles de Boston, con el gran Oriente Próximo como zona en ebullición, campo propicio para la guerra de guerrillas y el martirio, pero también para la eliminación de los musulmanes tibios o moderados y de los últimos infieles, ya sean yazidíes o cristianos, en la vieja Mesopotamia, una de las cunas de la civilización. 

 A pesar del horror, Obama mantiene la calma y su proverbial aversión al riesgo, paralizante según sus adversarios políticos, dentro de un establishment crecientemente aislacionista. La actitud norteamericana engloba una mezcla de reticencia, temor y recuerdos luctuosos, los ingredientes que componen la lección amarga de la ocupación de Iraq (2003-2011), como una repetición de lo que ocurrió con el síndrome de Vietnam tras la guerra atroz y la retirada humillante de 1975. Nixon se entrevistó con Mao Zedong en Beijing (febrero de 1972) para abrir una nueva etapa geopolítica en Asia, pero Obama carece de una estrategia precisa y de un interlocutor fiable capaz de garantizar la estabilidad en el Oriente Próximo. Una situación que ayuda a comprender la radicalización creciente de Israel.

 Si hemos de creer al New York Times, siempre tan favorable a las posiciones de Obama, “el Congreso se muestra prudente ante la expansión militar de EE UU”, pero en las filas republicanas crecen la irritación y las críticas luego de que la Casa Blanca filtrara a la prensa el fracaso de una operación aerotransportada para liberar a Foley con el objetivo de justificarse y demostrar la preocupación oficial por la suerte de los rehenes. Varios congresistas exigieron inmediatamente una investigación parlamentaria para saber quién la ordenó y cómo se produjo la filtración.

 Al Qaeda y el nuevo califato

 Al Qaeda y sus franquicias son una nebulosa tan peligrosa como inasible, de la que el Estado Islámico es su última encarnación, levantado en armas contra los gobiernos de Damasco y Bagdad, pero con ambiciones universales: la consolidación de un califato, institución en la que se confunden el poder político con el religioso, regido por un califa y bajo el imperio de la sharia o ley coránica. No se conoce el número exacto de milicianos, pero se supone que son unos 3.000, muy bien pertrechados y financiados. Numerosos europeos, entre ellos el verdugo del periodista Foley, a juzgar por su acento londinense, configuran una verdadera brigada internacional muy ducha en el manejo de las armas y los terminales informáticos y catódicos.

El Estado Islámico fue en sus comienzos Al Qaeda en Iraq (AQI) y después, tras el estallido de la guerra civil en Siria (marzo de 2011), cambió de escenario y de nombre. Nació entonces el Estado Islámico en Iraq y Siria (EIIS), frecuentemente traducido como Estado Islámico de Iraq y Levante (EIIL), para confirmar sus ambiciones transnacionales. En junio último, los combatientes del grupo, que pasó a denominarse Estado Islámico, derrotaron a las tropas regulares iraquíes y se apoderaron de dos grandes ciudades, Faluja y Mosul, estableciendo un control militar y burocrático a ambos lados de la frontera. 

El 29 de junio de 2014 (primer día del Ramadán del año 1435 de la hégira, 622 de la era cristiana, cuando Mahoma huyó de La Meca a Medina), uno de los líderes de los yihadistas, Abu Bakr al-Bagdadi, se proclamó “Ibrahim, imán y califa de todos los musulmanes”. La proclama leída desde el púlpito de una mezquita supuestamente iraquí, titulada “Ésta es la promesa de Alá”, provocó un efecto llamada en muchos aspirantes de yihadistas residentes en países musulmanes, pero también en los suburbios de las grandes ciudades europeas. La traducción del texto de la promesa, en la que se mezclan la poesía con las amenazas, asegura que “ha terminado al largo sueño en la oscuridad del abandono” y que los infieles están aterrados, con razón, pues “los musulmanes dominarán el mundo” y someterán tanto a Oriente como a Occidente.

Las gentes que en el norte de Iraq padecen la violencia y las exacciones de los grupos islamistas son las víctimas premonitorias de ese choque de civilizaciones que fue anunciado en 1996 por un universitario norteamericano, Samuel P. Huntington, y que suscita en Occidente la indiferencia o la rechifla de los progresistas, pero también la cautela o el sordo rumor de los neoconservadores, como corolario del fiasco estratégico que supusieron la invasión de Iraq en 2003 y el desastroso desarrollo de la ocupación militar estadounidense hasta finales de 2011.

 Las amenazadas de exterminio por el proclamado califato son comunidades yazidíes o cristianas cuyos antepasados estaban allí antes de que llegaran los guerreros del islam en la séptima centuria de nuestra era. Los huidos de Mosul y refugiados en Erbil y otras localidades del Kurdistán, en medio de la gran tribulación de que habla el Apocalipsis, aún no han perdido la esperanza y escriben en inglés que “Jesús es la luz del mundo”. Los europeos occidentales, tan aparentemente sensibles ante otras desgracias, hasta ahora asistieron indiferentes a la tragedia que se abate sobre los cristianos en Siria, Iraq y otros países musulmanes.

 Por eso no es de extrañar que adquieran consistencia algunas teorías más o menos conspirativas o alarmistas como la que defiende la escritora británica Bat Ye´or (Hija del Nilo en hebreo), de origen egipcio-judío, que denuncia sistemáticamente la inacción de la Unión Europea ante las masacres, los saqueos, la persecución de los cristianos o su sometimiento en tierras del islam, la inmigración incontrolada de musulmanes y los procesos de islamización forzosa, fenómenos que ha examinado en sus libros Eurabia (2006) y El declive de la cristiandad bajo el islam (2009).

Según Bat Ye´or, en declaraciones al periódico italiano Il Foglio, de centro-derecha, “la política mediterránea de la Unión Europea desde 1973 se ha fundado sobre la doctrina de la tolerancia, el amor por la paz y los principios humanitarios del islam”, para lo cual fue preciso reinterpretar la historia, desde la conquista de Al Andalus (principios del siglo VIII) en adelante. El corolario utópico de esa doctrina debe ser la integración de las comunidades cristianas en las sociedades musulmanas, su arabización inexorable, y la tolerancia y hasta la alianza entre las culturas. Los resultados de ese buenismo no pueden ser más decepcionantes: los cristianos, de nuevo ante el dilema de la conversión o el martirio; perseguidos abiertamente por los yihadistas en Siria e Iraq o discretamente por los poderes establecidos en todo el mundo árabe-musulmán, desde el norte de Nigeria a Sudán, Egipto y Pakistán.

El sufrimiento de los cristianos

Los temores y las advertencias han dejado de ser doctrinales para ocupar las pantallas de la televisión o las páginas de los periódicos. El arzobispo católico y caldeo de Mosul, monseñor Emil Nona, expulsado de su sede por los islamistas, refugiado en Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, declaró al diario italiano Corriere della Sera, el 9 de agosto: “Nuestros sufrimientos hoy son el preludio de los que ustedes, europeos y cristianos occidentales, también sufrirán en el futuro (…) Los radicales islámicos nos quieren convertidos o muertos.”

 Tras apelar a los medios de información occidentales, “para que traten de entendernos”, el arzobispo Nona añadió una admonición bastante obvia, dirigida a la opinión occidental: “Ustedes piensan que todos los hombres son iguales, pero eso no es verdad. El islam no dice que todos los hombres son iguales. Los valores de ustedes no son los valores de ellos [los islamistas]. Si no entienden esto lo suficientemente pronto, se convertirán en víctimas del enemigo que han recibido en su casa”. Quizá por eso el papa Francisco hizo un urgente llamamiento para detener el avance de los yihadistas, aunque se mostró muy cauteloso en cuanto a los medios que puedan emplearse.

 Al producirse la invasión anglo-norteamericana, en 2003, había en Iraq 1.200.000 cristianos, ahora reducidos a menos de 400.000. Los católicos caldeos o caldeo-asirios cuentan con un patriarca ya exiliado que tenía su residencia en Mosul y varios obispos. Aunque sólo representaban al 5 % de la población, los cristianos desempeñaron un destacado papel político de mediación entre los suníes y chiíes de Iraq desde el fin de la dominación otomana y la abolición del califato por Mustafá Kemal (1924). El partido Baas (renacimiento en árabe), fundado en Damasco en 1943, que abogaba por un nacionalismo laico, panárabe y progresista, tanto en Iraq como en Siria y Líbano, tuvo entre sus fundadores e ideólogos al cristiano Michel Aflaq. Entre los dirigentes del Baas descolló el católico Tariq Aziz, que fue viceprimer ministro y ministro de Exteriores en el régimen de Sadam Husein, y que sigue encarcelado en Bagdad, cumpliendo una condena de 15 años de prisión.

El silencio, la hipocresía o la inoperancia de Europa y de los occidentales en general para proteger a los cristianos fueron fustigados desde las páginas del New York Times por Ronald S. Lauder, presidente del Congreso Judío Mundial, en un artículo significativamente titulado Who will stand up for the christians? (¿Quién defenderá a los cristianos?). Las preguntas son tan numerosas como hirientes ¿Cómo vencer la indiferencia general ante el éxodo de 200.000 arameos que abandonan sus hogares ancestrales en la histórica Nínive? Copio un párrafo especialmente punzante: 

“Los historiadores que estudien este período quizá se pregunten si las gentes habían perdido los principios nobles que orientan las conductas. Pocos periodistas se han traslado a Iraq para ser testigos de la ola de terror de estilo nazi que se extiende por todo el país. Las Naciones Unidas permanecen en silencio. Los líderes mundiales parece que están absorbidos por otros asuntos en este extraño verano de 2014. No hay flotillas [humanitarias] que se dirijan a Siria o Iraq. ¿Por qué el asesinato de cristianos no activa las antenas sociales de las bellas celebridades y las envejecidas estrellas del rock?”

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