Posteado por: M | 27 agosto 2014

Hollande y Valls descabezan a la izquierda socialista

La “bomba Montebourg”, que fue anunciaba hace un mes por el semanario Le Nouvel Observateur, de clara orientación socialista, estalló en plena canícula, el 25 de agosto. Las discrepancias entre los socialistas sobre las medidas que deben adoptarse para sacar a Francia del marasmo económico alcanzaron tal resonancia mediática que el presidente François Hollande no tuvo más remedio que intervenir y cambiar de gobierno cinco meses después de que Manuel Valls fuera nombrado primer ministro y cuatro meses después de que éste hubiera presentado ante la Asamblea Nacional un severo y ambicioso plan de reformas y austeridad que incluyó una reducción del gasto público nada menos que de 50.000 millones de euros en tres años.

La crisis se venía fraguando desde el mismo día en que Valls fue designado primer ministro (1 de abril) y se recrudeció al presentar un plan de recortes (29 de abril) que fue aprobado in extremis por la Asamblea Nacional en una votación tormentosa por la abstención de 41 diputados socialistas, alentados por Arnaud Montebourg, ministro de Economía, y algún que otro compañero de gabinete y de viaje. La ruptura de la solidaridad ministerial llegó a su paroxismo cuando Montebourg, en una entrevista con el diario Le Monde, el 23 de agosto, abogó por “trasladar a un segundo plano la reducción dogmática del déficit, que nos conduce a la austeridad y el paro”. El debate era legítimo, pero no su planteamiento, ni podía dirimirse en la prensa. Una provocación y una andanada en la línea de flotación del Ejecutivo que Hollande y Valls no podían tolerar sin una pérdida aparatosa de la autoridad y el decoro gubernamentales.

En un movimiento coordinado, Valls presentó la dimisión de todo el gobierno el 25 de agosto y Hollande le pidió que formara otro inmediatamente, “un equipo coherente con las orientaciones que él mismo [el primer ministro] ha definido para el país”, según el comunicado del palacio del Elíseo. La Constitución de 1958 establece que los ministros los nombra el jefe del Estado a propuesta del primer ministro. Al día siguiente, se anunció el nuevo elenco ministerial, del que desaparece Montebourg, al que acompaña en la desgracia el ministro de Educación, Benoît Hamon, igualmente crítico con la política económica y que, al apoyar las declaraciones de aquél en Le Monde, atacó directamente a la cancillera alemana, Angela Merkel, en una clara manifestación de populismo de la peor especie.

El nuevo ministro de Economía es Emmanuel Macron, asesor económico de Hollande, secretario general adjunto de  la Presidencia, ex directivo en la Banca Rothschild, que no está afiliado al PS y al que los comunistas fustigan con un latiguillo oxidado: “el hombre clave de los bancos”. La cartera de Educación pasa a Najat Vallaud-Belkacem, la primera  mujer que ocupará el cargo, muy criticada por su feminismo a ultranza y cuyo ascenso se considera en las filas de la derecha como “una provocación”. También ha sido eliminada la ministra de Cultura, Aurélie Filippetti, que expresó su solidaridad con Montebourg y Hamon, y que será sustituida por Fleur Pellerin. Otra izquierdista notoria, Christiane Taubira, más prudente en sus manifestaciones, sigue en el gobierno como ministra de Justicia. El reducido alcance del cambio era previsible porque la mayoría de los ministros llevan en funciones tan sólo cinco meses.

El pequeño reajuste gubernamental entraña, sin embargo, un  gran paso hacia la derecha o, como asegura el epítome de Le Monde, “el reemplazo de la línea social-demócrata inicial por un posicionamiento social-liberal asumido”, por más que no queda claro qué es lo que el diario entiende por socialiberalismo, si es un híbrido, una mezcla ponderada de socialismo y liberalismo, o si , por el contrario, confirma el triunfo de “los axiomas ideológicos de la derecha alemana”, para decirlo en la jerga supuestamente progresista de Montebourg. El discurso del ministro ahora defenestrado invocaba “la responsabilidad colectiva de interrumpir ese hundimiento económico por la austeridad” y una estrategia de “apoyo del consumo en toda Europa”. Una estrategia de estimulo de la demanda.

La irritación es visible en amplios sectores del gobernante PS, pero no se espera que los diputados provoquen el harakiri colectivo que entrañaría una disolución anticipada de la Asamblea. Habrá nuevas batallas aparentemente ideológicas, los sindicatos cavarán la trinchera de las huelgas en los servicios públicos, pero el socialismo puro y duro es una reminiscencia, un elemento residual en la marcha del tándem Hollande-Valls hacia la inevitable reforma del estado del bienestar, como hizo el socialdemócrata Gerhard Schröder en Alemania, a principios de siglo, forzando la mano de los sindicatos, persuadido de que la globalización era inexorable y de que los sistemas fundados en los déficits y la deuda serían insostenibles a corto plazo.

La alianza en Berlín de la derecha de Merkel con los socialdemócratas, en un gobierno de gran coalición, simboliza y resume bien la nueva situación, al mismo tiempo que consolida los criterios de la potencia dominante en la Unión Europea (UE), con amplia resonancia en Bruselas. Más allá de las protestas y de las salvas retóricas, en París han llegado a la conclusión de que sólo las reformas pueden evitar el naufragio, de manera que un gobierno socialista asume por primera vez que la austeridad no es una pócima nociva, sino una necesidad inesquivable para salvar los muebles de un edificio que amenaza ruina. Lo que temen algunos medios, como el alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung, es que Montebourg, luego de haber sufrido una derrota inapelable, pretenda convertirse en “el mártir de la izquierda” y llevar sus rencores hasta la Asamblea Nacional a fin de comprobar que la mayoría con la que fue elegido Hollande ha dejado de existir.

En el Reino Unido, las reacciones y los comentarios de la prensa son bastante prudentes, sin ocultar algún reflejo antialemán debido al creciente y visible poder de la coalición berlinesa y la germanización de la UE. Sorprende comprobar, sin embargo, cómo el diario londinense The Guardian, que representa a la izquierda ilustrada, no se anda por las ramas y censura acremente al rebelde Montebourg, al que trata de “ministro marginal” y político oportunista. El mismo diario recuerda que Hollande llegó en 2012 al poder como el anti-Merkel, pero, dos años después, “ella es más fuerte que nunca y él nunca fue tan débil”. El liberal The Economist no está muy seguro de la evolución en curso en París, pero toma nota de que “Hollande rompe al fin con el ala izquierda del partido y refuerza su equipo con moderados”.

En España, las novedades, aunque vengan de París, llegan con retraso o a destiempo, como sugieren las últimas propuestas del líder socialista, Pedro Sánchez, que parecían calcadas de las posiciones de Montebourg, el perdedor, el purgado, por sus críticas contra la austeridad y cancillera Merkel, pese a que ésta era huésped del gobierno español en Santiago de Compostela. Al solicitar medidas de estímulo –ya pregonadas por el Banco Central Europeo— y proponer nada menos que un plan de estímulo para los países con más paro y la devaluación del euro, el secretario general del PSOE parece estar mal informado o desconocer los enrevesados mecanismos de decisión en la Unión Europea, como ya se sospechaba cuando, faltando a la palabra dada a nivel europeo, ordenó a los eurodiputados socialistas que votaran en contra de la investidura de Jean-Claude Juncker como presidente de la Comisión.

En todo caso, Pedro Sánchez se identificó con los perdedores en Francia antes de que se produjera su expulsión del gobierno, con un mensaje entre anacrónico y populista, cuando debería esforzarse por comprender que ésas, las del populismo anti-Merkel, no son las maneras más idóneas para hacer amigos en Europa, ni las que se esperan de un líder político que, en vez de remedar a los radicales y marginales de las pancartas insultantes contra la cancillera, debería ejercitarse en la ética de la responsabilidad. Y que no haga el ridículo ofreciendo a Merkel algunos consejos arbitristas que no le fueron solicitados, ni olvide o finja ignorar que sus correligionarios socialdemócratas forman parte del gobierno de Berlín.

La doble crisis económica y política

Con la purga de los díscolos del gobierno y la formación de otro más coherente y compacto, igualmente dirigido por Manuel Valls, el presidente Hollande recupera la iniciativa, restablece el orden y el concierto y supera algunas contradicciones flagrantes, pero no resuelve la doble crisis económica y política que los observadores menos complacientes identifican como sistémica, que apunta aparentemente al corazón de la Quinta República y se encona en el seno del Partido Socialista, desgarrado en varias facciones en cuyas rencillas intestinas se mezclan los grandes problemas nacionales, la orientación socialdemócrata, socioliberal o paleosocialista, la estrategia económica de la Unión Europea y las ambiciones personales.

En el diario Le Monde, aunque encuadrado claramente en la órbita socialista, Françoise Fressoz subrayó el carácter estructural de la crisis y lanzó una diatriba contra toda la izquierda, empezando por Hollande, cuya autoridad considera en entredicho: “Se trata de una crisis que demuestra la debilidad de la izquierda, su amateurismo, su falta de preparación frente a la crisis, su incapacidad para superarla colectivamente. Una izquierda en la que cada uno actúa por su cuenta, una izquierda de sálvese quien pueda (…) La bomba quizá era de efecto retardado, pero devastadora.” La bloguera Fressoz coloca a Hollande a la defensiva y le tacha de imprudente por haber prometido en mayo de 2012, cuando llegó al Elíseo, un retorno inminente del crecimiento en nombre de “la teoría de los ciclos”. Pronóstico fallido, desde luego, y dos años perdidos en cabildeos y disputas internas.

Aunque esta cuestión parece secundaria en la dramatización del cambio de gobierno, las relaciones personales entre Hollande y Montebourg nunca fueron buenas. En 2007, el ex ministro de Economía apoyó la candidatura de Ségolène Royal para las elecciones presidenciales de aquel año y llamó la atención de la prensa con unas declaraciones desconsideradas para con el actual jefe del Estado. “Royal sólo tiene un inconveniente –declaró Montebourg–, que es su compañero.” En aquella época Royal y Hollande formaban una pareja estable con cuatro hijos que se deshizo después de la amplia derrota de la primera frente a Sarkozy en la segunda vuelta. Ahora se anuncia un libro en el que Montebourg, según la prensa francesa, presenta a Hollande como un mentiroso compulsivo.

En las elecciones primarias de los socialistas en 2011, el centrista Hollande obtuvo el 39 % de los votos, por delante de Martine Aubry (30 %) y Montebourg (17 %), en una votación que ya reveló la existencia de varias corrientes, algunas de ellas irreconciliables, entre el crudo pragmatismo del vencedor y el neomarxismo extrañamente nacionalista del tercero en discordia.  En la segunda vuelta, Hollande obtuvo el 56 % de los votos y venció a Aubry, también situada en la izquierda, pese a que ésta, alcaldesa de Lille, era la secretaria general del partido y la hija del añorado Jacques Delors, que fue presidente de la Comisión Europea. Valls también participó como candidato en esas primarias, pero sólo logró el 5 % de los sufragios.No obstante, y aunque militaba en la corriente más centrista del partido, en la campaña para las elecciones presidenciales de 2012, y con el objetivo de derrotar al presidente Nicolas Sarkozy, el aspirante Hollande exhibió un aparatoso giro a la izquierda para crear en la segunda vuelta una especie de frente popular electoral que incluyó al tribuno y también candidato en la primera vuelta Jean-Luc Mélenchon (Partido de Izquierda), los Verdes y los comunistas, una coalición heteróclita que no ha resistido la dura prueba del declive económico del país, el déficit creciente de las cuentas públicas, la deuda galopante, dos años de estancamiento y los apremios de Bruselas. Dos años después del retorno de un socialista al Elíseo, la mayoría presidencial está completamente dislocada.

Cuando Hollande organizó su segundo gobierno con el incoloro Jean-Marc Ayrault como primer ministro, ofreció algunas compensaciones a la izquierda del partido y nombró ministro de Reindustrialización a Montebourg. En abril de este año, en el primer gobierno formado por Valls, Montebourg fue ascendido a ministro de Economía, pero fue en ese preciso momento, coincidiendo con la promoción de un primer ministro situado claramente a su derecha, cuando recordó sus credenciales izquierdistas y recrudeció las críticas contra la política de austeridad y rigor presupuestario. A propósito de su conformismo inicial y su combatividad de ahora, le ajustan las cuentas por ese cambio táctico en el semanario Le Point: “Con una mezcla de cinismo, hipocresía y provocación, el inquilino de Bercy [sede del ministerio de Economía] rompió la solidaridad gubernamental que el jefe del Estado había erigido en línea infranqueable y que supondría la exclusión del que la traspasara.” Como efectivamente ocurrió.

El estancamiento económico del país, el retroceso industrial, una elevada tasa de paro para los estándares franceses (algo más del 10 %) y el acoso implacable de las encuestas que sitúan a Hollande como el presidente más impopular de la Quinta República dibujan un panorama sombrío para cualquier gobierno. Francia, segunda economía de la eurozona, está a la cabeza del gasto público y la fiscalidad, pero su competitividad es decreciente y desde 1974 viene gastando más de lo que ingresa. El último sondeo sugiere que Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional (FN, derecha populista), definitivamente alejada de las truculencias fascistoides de su progenitor, derrotaría a Hollande y Sarkozy en unas hipotéticas elecciones presidenciales en 2017. Valls obtiene mejor nota que el presidente, pero tampoco supera el respaldo del 36 % de los encuestados.

Una estructura social antirreformista

La política centrista preconizada desde el Elíseo, según el “pacto de responsabilidad” anunciado por Hollande en diciembre de 2013, parte de una premisa básica: “No podemos vivir más tiempo por encima de nuestras posibilidades”, como dijo Valls al iniciar el debate parlamentario sobre el plan de austeridad., y se atiene al corolario de que las reformas son más importantes que la austeridad. El primer ministro expuso un catálogo de buenas intenciones cuya realización se reputa problemática en un país tan refractario a los cambios, proclive a los enfrentamientos ideológicos, aunque sean ficticios o artificiales, en el que prevalece entre las élites, derecha e izquierda confundidas, una visión estatista de la economía, mercantilista en muchos casos, y en el que los dos tercios de la población viven directa o indirectamente del sector público. Una coalición de intereses y una estructura social nítidamente antirreformistas, causas fundamentales del endémico “malestar francés” y la rápida usura de los gobiernos.

Para ahorrar esos 50.000 millones de euros hay que mantener la política de oferta (suprimir los frenos del crecimiento), reducir el déficit y dinamizar el sistema mediante reformas de gran calado, empezando lógicamente por meter en cintura y reducir a la mitad a las regiones, recortar el hipertrofiado aparato burocrático y del sector público, reanudar las privatizaciones y llevar a cabo otras reformas susceptibles de atacar la componente estructural del paro, la que no cede incluso cuando la economía crece. Todo ello acompañado por la congelación inédita de las pensiones y de los sueldos de los funcionarios, además de un recorte de 10.000 millones en el desbocado gasto sanitario y la rebaja de las cotizaciones empresariales para favorecer la competitividad, medidas que encrespan a los sindicatos enquistados en la función pública y el sector de las numerosas y deficitarias empresas estatales.

Nadie se atreve a pronosticar sobre el destino de las reformas Hollande-Valls. El hasta ahora más ambicioso plan de reformas y privatizaciones lo presentó la derecha cuando ganó las elecciones legislativas de 1986 y forzó por primera vez la llamada cohabitación, con Mitterrand (socialista) como presidente y Jacques Chirac (derecha) como primer ministro. La oposición presidencial y las huelgas en el sector público y de los transportes recortaron considerablemente el alcance de las reformas, definitivamente enterradas tras la reelección de Mitterrand en abril de 1988. Con estos antecedentes, siempre hay que volver al pensamiento del general De Gaulle: “Francia es un país que no hace reformas si no es con ocasión de las revoluciones.”

Una nota final sobre la guerra interna de los socialistas

No podemos saber con certeza si Montebourg provocó su despido en un arranque de dignidad, luego de cinco meses de aparente complacencia, o si, por el contrario, se marcha para preparar su retorno al primer plano como líder de una izquierda distinta, aunque problemática, o para preparar la batalla dentro del PS, cuando Valls se presente ante la Asamblea Nacional. No se puede estar, al mismo tiempo, en el gobierno y en la oposición, dentro y fuera del poder político. En cualquier caso, su dimisión hubiera sido más coherente que su despido fulminante por causa de su deslealtad.

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Responses

  1. ¿Que pasaría en Francia,si hubiese una MAFÍA DE TARJETONES ROBANDO MILLONES,como aquí en españa?


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