Posteado por: M | 31 agosto 2014

Reparto de cargos en Bruselas bajo el signo de la mediocridad  

Otra vez el parto de los montes y el cambio de cromos en sus versiones bruselenses. El laborioso proceso de selección parió un resultado mediocre. En un momento de graves problemas, de estancamiento económico, de exacerbación populista en muchos países, de querellas internas y desafío en sus fronteras, los 28 jefes de Estado y gobierno de la Unión Europea (UE), reunidos en Bruselas, el 30 de agosto, se pusieron rápidamente en sintonía y alcanzaron con un mes de retraso el acuerdo para nombrar como presidente permanente del Consejo a Donald Tusk, hasta ahora primer ministro polaco, y a la italiana Federica Mogherini como jefa de la diplomacia. Ambos entrarán en funciones el 1 de noviembre, tras dos meses de azarosa interinidad.

El sentido del equilibrio, de protección del statu quo, de la aversión por el riesgo volvieron a manifestarse con crudeza. El nombramiento del polaco Tusk, conservador notorio, miembro del Partido Popular Europeo (PPE), procedente del legendario sindicato Solidaridad que tanto contribuyó a socavar el imperio soviético, parece responder al prurito de enseñar los dientes al Kremlin, por más que la decisión pueda resultar ridícula vista desde Moscú. Ni calmará los temores de los vecinos de Rusia, sobre todo los países bálticos, ni hará reflexionar dos minutos a los estrategas que rodean a Vladimir Putin y lucubran sobre los límites del “extranjero próximo”, espacio geoestratégico y económico circunscrito a las ex repúblicas soviéticas, con fuerte presencia de rusos, es decir, que no incluye a Polonia.

El nombramiento de la italiana Mogherini, de 41 años, con escasa o nula experiencia diplomática, tiene un carácter claramente compensatorio. Se trata del puesto que corresponde a los socialdemócratas en el organigrama de la UE, perfectamente subalterno, para calmar la insistencia del jefe del gobierno de Roma, Matteo Renzi, que tiene el viento a su favor y que alcanzó el mejor resultado posible en las elecciones para el Parlamento Europeo en el pasado mes de mayo. Los eurodiputados italianos (31) forman el grupo más numeroso dentro del Partido Socialista Europeo (PSE), el segundo en escaños tras el Partido Popular Europeo (PPE), los dos conglomerados que se reparten el protagonismo del relato histórico y las sinecuras.

Algunos medios europeos, sobre todo, los italianos, tratan de convertir a Renzi en el jefe de los socialdemócratas europeos, quizá porque fue el único con capacidad para frenar al movimiento populista del cómico Beppe Grillo en las elecciones europeas. La moneda de cambio es el compromiso de llevar a cabo las reformas económico-sociales que Bruselas reclama desde hace tiempo, sin ningún éxito, a los sucesivos gobiernos italianos, campeones del endeudamiento. Tras el seísmo político de Francia y la indiferencia creciente de Gran Bretaña, la germanización de la empresa europea avanza sin pausa aunque con parsimonia.

El cargo de jefa de la diplomacia europea es doblemente compensatorio. El cónclave comunitario quiso poner una cara tan joven como amable para el Kremlin, hasta el punto de que la presidente de Lituania, Dalia Grybauskaite, no se cortó en julio pasado al declarar que Mogherini era “pro-Kremlin oriented” (lo dijo en inglés para que lo entendiera todo el mundo). “No puedo cambiar mi edad –declaró la italiana ante los periodistas, al conocer el premio–, pero la verdad es que llevo veinte años trabajando en las cuestiones internacionales.”

No obstante, cualquiera persona medianamente informada sobre los entresijos de la política europea sabe que los ministerios de Asuntos Exteriores de Francia, Gran Bretaña y Alemania, organismos de gran tradición y acreditados intereses, que guardan celosamente su libertad de maniobra, no se plegarán en ningún caso a la jefa de una diplomacia común que no acaba de cuajar y cuya titular sólo puede actuar como amigable componedora y coordinadora, sin iniciativa propia. De hecho, la política hacia Rusia la dirige Berlín, a veces con el acompañamiento de París.  La cancillera Merkel ha dado a entender que la federalización de Ucrania –-como exige el Kremlin– podría señalar el principio de una solución.

“La designación de la señora Mogherini demuestra que los líderes europeos no tienen ningún interés en nombrar un peso pesado en Bruselas para dirigir la política exterior común”, declaró Jan Techau, director del Carnegie Europa, un importante centro de reflexión radicado en Bruselas, citado por el New York Times en su edición europea. En el caso del periódico norteamericano, se trata del truco informativo de poner en boca de alguna persona relevante o especializada una clamorosa obviedad.

Con los nombramientos de Tusk y Mogherini se completa el trío o directorio de la Unión Europea para el próximo quinquenio. El presidente de la Comisión Ejecutiva, el luxemburgués Jean Claude Juncker, perteneciente al Partido Popular Europea, fue elegido en la cumbre de julio último. Dos conservadores y una progresista, según la jerga utilizada para el reparto de cargos. Tanto Juncker como Tusk –el primero dirige la eurocracia y el segundo establece la agenda del Consejo– contaron desde el primer momento con el respaldo de la todopoderosa Angela Merkel. El líder polaco debutó con unas declaraciones gratas a los oídos de la cancillera: “El crecimiento y el rigor presupuestario son perfectamente compatibles.”

El directorio que se instalará en los despachos de Bruselas el 1 de noviembre refleja la relación de fuerzas políticas en el Parlamento Europeo, pero también los equilibrios geográficos este-oeste y norte-sur, sin olvidar la paridad hombres/mujeres, aunque el centro de gravedad se desplaza ligeramente hacia el este. Por primera vez, uno de los grandes cargos comunitarios estará en manos del dirigente de un país de los que ingresaron en la UE en la tan criticada macroampliación de 2004. Las decisiones sobre Rusia, una vez más, quedaron aplazadas hasta una próxima cumbre a mediados de septiembre. Por el momento, la germanización se reputa irreversible.

 

 

 

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