Posteado por: M | 8 septiembre 2014

Finlandia y Ucrania, un símil imposible

 Durante la guerra fría, en los ambientes diplomáticos, se puso de moda el término “finlandización” para referirse a la posición de la Finlandia democrática y liberal frente a la poderosa Unión Soviética, una espinosa cuestión abordada con cautela, ponderación y espíritu de supervivencia. La paz, la democracia, la economía de mercado y la independencia de Finlandia fueron garantizadas por los sucesivos gobiernos mediante una política exterior neutralista, de equilibrio entre los dos bloques entonces antagónicos. Finlandia nunca fue un vasallo ni una marca del imperio soviético, aunque ciertamente su libertad de maniobra se consolidó tras la muerte de Stalin (1953), la denuncia del estalinismo por Jruschov (1956) y la presidencia larga de Leonid Brezhnev (1964-1983), cuando el régimen soviético se estabilizó bajo el signo de la coexistencia pacífica, el fin de las purgas internas y el estancamiento.

Varios factores coadyuvaron en la preservación de las libertades y la soberanía de Finlandia. El primero es que, al revés de lo ocurrido en la Europa centro-oriental, el Ejército Rojo fracasó por dos veces en el intento de doblegar a los bravos finlandeses (en 1939 y 1944). Tras superar el Vístula, las tropas soviéticas avanzaron impetuosamente y consiguieron llegar a Berlín antes que los occidentales, en abril de 1945. El segundo fue la acreditada habilidad de los gobiernos finlandeses y en especial de su jefe de Estado, Urho Kekkonen, que persuadió a los soviéticos de lo mucho que perderían en caso de volar su natural puente económico-financiero con Occidente. Pero el factor más importante, sin duda, fue el éxito educativo, social y económico de Finlandia, una historia brillante de resistencia moral, prudencia política y eficacia material.

 Helsinki se acomodó con Moscú para mantener una soberanía diplomáticamente limitada, pero a cambio de una completa autonomía interna que garantizó las libertades democráticas, el avance tecnológico, el desarrollo económico y el progreso social. Nada que ver con lo ocurrido en el bloque soviético ni, por supuesto, con la tragedia de Hungría en 1956, la erección del muro de Berlín en 1961 o la invasión de Checoslovaquia en agosto de 1968, cuando Brezhnev oficializó la doctrina de la soberanía limitada y el socialismo blindado.

 Algo muy distinto sucedió en Ucrania, sometida desde su independencia y el colapso de la URSS (1991) a la incuria administrativa y el desastre económico, bajo la férula de unos gobiernos corruptos y unos oligarcas que pugnan aún, en medio de la desolación y la guerra, por el pillaje de los escasos recursos públicos. Una situación agravada por la ruptura de la fraternidad eslava y las tensiones crecientes entre prorrusos y antirrusos, con el país partido literalmente en dos por la línea de fractura histórica que sigue el curso del Dniéper, el río que, procedente de Rusia, atraviesa Kiev y desemboca en el mar Negro, formando un amplio estuario. Una historia desgraciada que forzó la emigración de centenares de miles de personas y desembocó este año en un golpe de Estado, la guerra civil y la intervención militar de Rusia.

Vuelve la retórica maniquea de la guerra fría

Con ocasión de la crisis ucraniana, iniciada en noviembre de 2013 con la revuelta de Kiev contra el presidente Viktor Yanukovich, luego de que éste rechazara un acuerdo previsto con la Unión Europea, hemos asistido a un revival del lenguaje maniqueo de la guerra fría, asumido incluso por los periódicos y las emisoras más respetables, súbitamente en excitación antirrusa y, sobre todo, visceralmente anti-Putin. El presidente ruso igualó en ferocidad a Hitler en las páginas del Washington Post, en un análisis de Anne Applebaum, reputada especialista de los asuntos soviéticos, recordando desde Varsovia, con intención aleccionadora, la invasión nazi-soviética de Polonia en septiembre de 1939.

En el New York Times, el analista Ben Judah, dirigiéndose claramente a la Casa Blanca, y con retórica militar, planteó un dilema escalofriante: “Armar a Ucrania o rendirse”, y anunció apocalípticamente la desaparición de la OTAN, el hundimiento de Europa e incluso de la democracia liberal, en el caso de que los occidentales permanecieran de brazos cruzados ante la invasión rusa. De esa forma, el cronista del Times igualó los planteamientos de los lunáticos rusos y paneslavos, como Vladimir Zhirinovsky, miembro de la Duma y jefe de un partido ultranacionalista, que llegó a amenazar a los países bálticos y Polonia, a los que apostrofó como “Estados enanos”, con el empleo de armas atómicas.

Numerosos analistas norteamericanos desarrollaron a propósito de Ucrania agresivas teorías sobre cómo “Confronting Putin´s Russia”, cómo salir airosos de una confrontación con la Rusia de Putin, incluyendo en la panoplia de instrumentos las sanciones económicas, el aislamiento diplomático y la congelación de las exportaciones de tecnología para impedir una mayor eficiencia en la explotación de los enormes recursos naturales, especialmente energéticos, como propuso, entre otros, Michael A. McFaul, destacado asesor de Obama en cuestiones de defensa que fue embajador norteamericano en Moscú, vociferante adalid de romper cualquier tipo de cooperación con el Kremlin.

El prestigioso historiador británico Robert Service, uno de los mejores conocedores occidentales de la historia rusa y en especial del estalinismo, lanzó un contundente ataque contra “La locura zarista de Putin”, al que comparó con el zar Nicolás I, refractario de las reformas, cuyos ejércitos fueron humillados por los franco-británicos en la Guerra de Crimea (1853-1856). Service aseguró en abril pasado que la anexión de Crimea fue “un desastre para la política exterior de Putin”, una afirmación apresurada que probablemente no podría confirmar cuatro meses después. En todo caso, el destino final de Crimea y de su anexión por Rusia cada día parece menos problemático.

No obstante, la situación difiere mucho de la que prevaleció durante la mayor parte de la guerra fría. Putin recibe un trato generalmente infamante por parte de los medios de comunicación occidentales, que le tildan de autócrata a pesar de haber sido elegido tres veces sin necesidad de hacer trampas. Pero la Rusia actual carece del atractivo y la peligrosidad exterior (al menos, en teoría) que tuvo cuando aparecía como cabeza del comunismo, la tercera Roma de los movimientos proletarios, la capital de un imperio temible antes de que se demostrara que tenía los pies de barro. Los partidos comunistas occidentales, teledirigidos desde el Kremlin, caballos de Troya en el orbe democrático, han desaparecido o están en vías de extinción. El Ejército Rojo que evocan los nostálgicos ha perdido por completo el aura de invencible que ganó en Stalingrado, Kursk y Berlín, pero que empezó a eclipsarse en Afganistán en 1979 y que no ha podido recuperar. Los aliados de la época soviética se han esfumado, forman una compañía estrambótica y poco recomendable (Corea del Norte, Cuba) o se mantienen a la expectativa, como China o las potencias emergentes.

El conflicto se planteó infructuosamente en la ONU. El Consejo de Seguridad quedó paralizado por el veto ruso cuando abordó el asunto de la anexión rusa de Crimea tras el referéndum del 16 de marzo que arrojó una mayoría forzada y abrumadora en favor de la integración en la Federación Rusa. En la Asamblea General, el gobierno de Kiev presentó una resolución patrocinada por los occidentales, el 27 de junio, para denunciar el plebiscito y la anexión. El resultado fue el típico de la guerra fría entre los 193 Estados miembros: 100 votos a favor (EE UU y sus aliados europeos, árabes y asiáticos), 11 votos en contra (Rusia, Bielorrusia, Corea del Norte, Armenia, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Zimbabue, Sudán y Siria) y 58 abstenciones (China, Argentina, Brasil, India, Pakistán, Egipto y África del Sur, entre otros). Las resoluciones de la Asamblea General no admiten el veto, pero tampoco son coercitivas.

Una vez más, el orden de la posguerra fría, con EE UU como única potencia hegemónica, está en entredicho por la aparente negativa de la Rusia de Putin a conformarse con un papel secundario o simplemente paritario en el gran bloque transatlántico cuyo brazo armado es la OTAN. Los pronósticos optimistas de Francis Fukuyama sobre “el fin de la historia” y el triunfo definitivo de la democracia liberal en todo el mundo vuelven a estar en entredicho. Tampoco se ha consolidado el vaticinio de que la globalización económica y la prosperidad, aunque muy mal repartidas, sentarían las bases de una rocosa estabilidad. El último ensayo de Fukuyama, anticipo de un libro de inminente aparición –sobre el que habré de volver—se titula significativamente America in Decay (La decadencia de EE UU). ¿No tendrá esa presunta decadencia algo que ver con la arrogancia y la desenvoltura mostradas por Putin en la crisis ucraniana?

 

 

 

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