Posteado por: M | 10 septiembre 2014

Rusia y Ucrania, entre el acomodo y el conflicto permanente  

El desenlace provisional de la guerra de Ucrania con la derrota de los gubernamentales y la apertura de negociaciones sugiere un desequilibrio de fuerzas en favor de Rusia y sus peones en la región de Donbas, los territorios situados al este del Dniéper, habitados mayoritariamente por rusos y/o rusohablantes que militan por el separatismo o la federalización. Si el ejército ruso dejó de ser la temible máquina de guerra que fue, el ucraniano es tan sólo una estructura burocrática cuyo armamento es tan escaso como obsoleto y que carece de los efectivos necesarios para una operación militar de envergadura contra los rebeldes apoyados por Moscú. La disolución de la URSS en 1991 tuvo efectos demoledores en el aparato militar, de manera que las repúblicas ex soviéticas quedaron prácticamente inermes y desnuclearizadas.

 La desintegración militar soviética se repitió en otros sectores. Los acontecimientos que desgarran Ucrania, como antes ocurrió en Georgia, Moldavia, Azerbaiyán y Kazajistán, como sigue ocurriendo en las repúblicas bálticas, serían incomprensibles si no tuviéramos en cuenta que, tras la implosión de la URSS, varios millones de personas que se identificaban como rusos quedaron separados por nuevas fronteras políticas, a veces sometidos a un estatuto discriminatorio y vengativo. El tercer mandato presidencial de Putin, iniciado en mayo de 2012, se caracteriza precisamente por una nueva inquietud protectora de los rusos que viven en el llamado “extranjero próximo”, es decir, las repúblicas ex soviéticas, como es el caso de las regiones del oriente ucraniano.

El craso error del presidente Petro Poroshenko y sus asesores militares consistió en creer que podrían derrotar en pocos días a los insurgentes, a los que llaman “terroristas”, antes de que Rusia interviniera. Cálculo de aprendiz de brujo. Ucrania está muy cerca de ser un Estado fallido y Putin no podía permitir una derrota de los prorrusos que hubiera sellado un fracaso estratégico con repercusiones inmediatas en el frente interior y en todas las repúblicas ex soviéticas del Cáucaso en crisis latente, desde Chechenia a Georgia, Armenia y Moldavia. El ardor guerrero de los manifestantes en la plaza central de Kiev y la propaganda nacionalista y antirrusa se compadecían mal con las carencias de los soldados en el frente.

El ejército ucraniano, pese a las arengas y las noticias falsas de su impasible portavoz desde Kiev, galán diario con sus bulos desde el atril en todas las televisiones occidentales, no pudo desalojar de sus principales bastiones a los separatistas, ni controlar la extensa frontera por la que entraban a diario las armas enviadas por Moscú o directamente los militares y blindados rusos camuflados. Tampoco logró izar la bandera nacional en Donetsk y Lugansk, las dos plazas fuertes de las autoproclamadas repúblicas populares rebeldes, en las que vivían más de siete millones de personas. Las soflamas no bastan para galvanizar a las tropas, ni amedrentan al enemigo, aunque provoquen miles de refugiados o desplazados.

La debilidad militar ucraniana era tan palpable que el oligarca Igor Kolomoyskyi, gobernador de la región de Dnepropetrovsk, que mantiene estrechas relaciones con Poroshenko, aprovechó el marasmo para organizar una milicia y tomar varios enclaves en la zona. En una extravagante exaltación, Kolomoyskyi propuso la construcción de un muro de separación, erizado de alambradas, a lo largo de los casi 2.000 kilómetros de frontera. Otros oligarcas (Ajmatov, Firtash, Zhevago) son más prudentes y juegan sus cartas en silencio, si bien mantienen vínculos sospechosos con el poder y se preparan para la sórdida puja por las empresas estatales que Poroshenko se comprometió a privatizar, vestigios obsoletos del “socialismo en un solo país”.

La ofensiva militar contra los “terroristas” lanzada por Poroshenko se recrudeció luego de que un avión de línea de Malaysia Airlines, en un vuelo de Ámsterdam a Kuala Lumpur, con 298 personas a bordo, se estrellara en territorio ucraniano controlado por los rebeldes, el 17 de julio, presumiblemente derribado por un misil. No hubo supervivientes. Tanto Kiev como los occidentales culparon a los secesionistas de haber abatido el avión con un misil facilitado por Moscú, pero éstos negaron su implicación en el desastre y acusaron, a su vez, al ejército ucraniano. Las investigaciones, dirigidas por técnicos de los Países Bajos, siguen su curso y no han llegado a resultados concluyentes sobre los autores del acto terrorista deliberado o por error.

Durante toda la crisis, Putin mantuvo una actitud ambigua y un doble lenguaje, a veces con tonos provocativos. Preconizó la paz y el entendimiento ante sus interlocutores occidentales, en Normandía o en Minsk, logrando que algunos de ellos, como la cancillera Angela Merkel, respaldaran su propuesta federal para Ucrania; pero, al mismo tiempo, no vaciló en mover los hilos de la revuelta, mantener los movimientos de tropas en la frontera, suministrar armas y acudir en ayuda de los insurgentes cuando éstos se vieron en dificultad ante la presión del ejército ucraniano tras la toma de posesión de Poroshenko, a partir de junio.

Putin fanfarroneó telefónicamente con José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, al que aseguró que podría conquistar Kiev en menos de 15 días, aunque todo parece indicar que los planes del Kremlin no incluyen una guerra contra Ucrania que tendría funestas consecuencias para todos los implicados. Rusia no está en condiciones de asumir la pesada carga de sacar a Ucrania del marasmo político y la ruina económica, lo que le granjearía las furias y las sanciones de medio mundo; pero tampoco desea en su frontera una plataforma-vigía de la OTAN, ni en Kiev un púlpito de los arraigados sentimientos antirrusos. Por eso aceptó la elección de Poroshenko como presidente luego de haber batallado incansablemente contra el golpe de Estado que derrocó al presidente Yanukovich. Así abrió una puerta a la negociación. 

Las divergencias en Occidente, la derrota de Kiev

La Unión Europea y la OTAN mostraron sus divergencias sobre la cuestión ucraniana y vacilaron en las sanciones contra Rusia por haber violado supuestamente la legalidad internacional. Sin ninguna duda, las represalias de Moscú pueden afectar a las frágiles economías europeas, sobre todo, en el sector agrícola; pero también Rusia tendrá muchas dificultades para sustituir a Europa como receptora de sus hidrocarburos y como suministradora de bienes y servicios. El quid de la cuestión estriba en que algunos países, con Alemania a la cabeza, codician el gas ruso y tienen en Rusia un mercado floreciente para sus productos industriales y tecnológicos. Como señala Le Monde, “las sanciones contra Moscú quedan reducidas a su función denunciadora”.

A finales de agosto, la intervención directa rusa, aunque negada por Moscú, tuvo un efecto inmediato e hizo retroceder a las tropas de Kiev en todos los frentes. En realidad, el cese de hostilidades anunciado el 5 de septiembre por el presidente Poroshenko reflejó el desequilibrio de fuerzas, fue el corolario del fracaso militar del ejército ucraniano en su intento de reconquistar el terreno perdido en las regiones rusófonas y detener a los rebeldes cuando éstos, espoleados por los refuerzos rusos, avanzaban impetuosamente hacia el estratégico puerto de Mariupol, en el mar Negro. Los portavoces de la OTAN declararon que estaban convencidos de que las unidades de élite del Ejército ruso estaban detrás de los duros castigos infligidos a las ucranianas. La aceptación del alto el fuego, en términos similares al plan de paz de Putin, se pareció mucho a una capitulación. La revista británica The Economist concluyó sin ambages: “La derrota militar llevó al presidente Poroshenko a la mesa de negociación.”

Una amarga derrota que gran parte de la prensa occidental trató de esconder o enmascarar, pese a que ningún analista bien informado creyó que el ejército ucraniano con sus limitados medios pudiera alcanzar la victoria. Las potencias de la OTAN, confundiendo sus deseos con la realidad, aceptaron las presunciones reiteradamente optimistas del primer ministro ucraniano, Arseny Yatseniuk, prototipo telegénico del antirruso visceral, y recurrieron a la más cruda propaganda para incitar a los nacionalistas, los elementos más belicosos de Kiev, de manera que el presidente Poroshenko arengó a sus menguadas huestes “contra los terroristas” en una ofensiva poco meditada que sonó como una amenaza en el Kremlin y que sólo podía conducir a la derrota que efectivamente se produjo.

El objetivo último y obvio de los estrategas de Putin consiste en impedir que Ucrania corte definitivamente el cordón umbilical paneslavo y se estabilice como un Estado miembro de la Unión Europea (UE) y la OTAN, un proyecto que mermaría peligrosamente la profundidad estratégica y la seguridad de Rusia, destruyendo, por ende, sus ambiciones de gran potencia y los proyectos de un bloque euroasiático, económico y militar. El discurso oficial, sin embargo, se limita a insistir en “la defensa de los derechos de las poblaciones rusófonas”, supuestamente amenazadas por la nueva situación política creada en Kiev tras el golpe de Estado que derrocó al presidente Yanukovich en febrero último.

A juzgar por el plan de paz cuya aplicación se negocia, la descentralización o autonomía de la región de Donbas garantizará los derechos lingüísticos y culturales de los rusohablantes en el marco de una estructura federal del Estado ucraniano que permitirá al Kremlin el ejercer algún tipo de veto sobre la incorporación de Ucrania a la OTAN. Si este objetivo no pudiera concretarse, Putin siempre podrá congelar el conflicto, promover la independencia ficticia de las zonas rebeldes y crear una situación parecida a la de las repúblicas de Abjasia y Osetia del Sur, desgajadas de Georgia y fieles a Moscú, cuya independencia no reconoce la comunidad internacional.

Rusia se enfrenta a muy arduos problemas para enderezar su demografía declinante y lograr un desarrollo sostenido de su economía –dependiente en exceso de las exportaciones de hidrocarburos–, pero las sanciones de Occidente, al menos en el corto plazo, tendrán un efecto limitado que Putin podrá contrarrestar o mitigar con un nacionalismo estridente e imperial, además de unas represalias para la galería. La opinión pública conocida de Rusia, al margen de los círculos ultranacionalistas o de algunos dignatarios de la Iglesia ortodoxa, no expresa el menor interés expansivo y se muestra reticente ante una intervención militar en Ucrania, por más que apoye a Putin en unos movimientos estratégicos y oportunistas que se interpretan como una venganza por las humillaciones pasadas.

En contra de las apariencias, algunas encuestas sugieren que la mayoría abrumadora de los rusos están por la paz y el desarrollo, rechazan la exhibición del músculo militar y reciben consternados los primeros ataúdes que llegan de Ucrania. No están seguros de que la ansiada modernización pueda llegar de la mano de un régimen que se preocupa más de reforzar los aparatos del Estado que del bienestar de los ciudadanos. Putin cabalga sobre esas tendencias, menos seguro de lo que aparenta, pero escudado en el patriotismo y el mesianismo. Como es tradición, “el arcano envuelto en un misterio”, que intrigaba a Churchill, dificulta cualquier intento de aproximarse a lo que ocurre detrás de los muros que delimitan la fortaleza del Kremlin. Como en los peores tiempos de la guerra fría, la kremlinología es una ciencia en auge irresistible.

Los dirigentes rusos lo han probado todo en sus relaciones con Occidente: la complacencia suicida de Gorbachov, la sumisión del primer Yeltsin, la europeización burocrática y retórica de Medveded y ahora la aparente rudeza o agresividad de Putin, el palo y la zanahoria para los vecinos. Los resultados siempre fueron decepcionantes. La idea de una “Rusia a la europea”, especulación recurrente en los círculos de Bruselas, no ha podido resistir la prueba de la desgracia de Ucrania, que será necesario reconstruir moral y materialmente, pero que fue parcialmente seducida por el dinero occidental y las proclamas del nacionalismo durante las fiestas patrióticas de la plaza de la Independencia en Kiev.

La historia y los enigmas del Kremlin

¿Quién pagará la enorme factura de la reconstrucción? ¿Qué hay que hacer para que la democracia triunfe algún día en el espacio postsoviético? Preguntas incómodas que EE UU y la Unión Europea no se atreve a plantear. Como acaba de reflexionar Thomas Graham, especialista del grupo Kissinger Associates, dirigido por el que fue secretario norteamericano de Estado, Rusia se preocupa por lo que ocurre en Ucrania mucho más que los países occidentales. La historia ofrece múltiples explicaciones para esa inquietud nacida de la proximidad, geográfica, la afinidad cultural, el parentesco étnico y las desgracias comunes de 75 años de régimen soviético.

El reputado analista Boris Kagarlitsky, director en Moscú del Instituto de Globalización y Movimientos Sociales, acaba de escribir en el New York Times: “La lógica occidental hacia Ucrania está basada en la inercia de la guerra fría, propulsada por la crisis económica (…) Occidente se equivoca al ver a Putin y sus consejeros como enemigos. Los hombres que tienen el poder en Moscú son tan liberales y prooccidentales como permiten el temple y la situación del país. Su único objetivo es ser amigos de Occidente, y enviar a sus hijos y su dinero a Londres o Zurich.”

Hay que expurgar de ese diagnóstico balsámico la hipérbole debida a la proximidad del poder, tan acuciante en la vida intelectual y periodística moscovita. Una opinión radicalmente distinta puede leerse en la Gazeta.ru, un periódico escrito en Moscú que, al hacer un balance de los dos años del tercer mandato de Putin, considera que éste protagoniza una ruptura radical con el objetivo de la occidentalización. Denuncia los recortes presupuestarios en salud, educación e investigación, que pasan a engrosar los gastos militares, y ofrece un retrato vitriólico de la dictadura que llega: “Nuestro dirigente [Putin] es de hecho nuestra única institución pública. Sólo él determina las vías que seguirán nuestras políticas exterior e interior, y cuáles serán nuestros enemigos y nuestros aliados. Sólo él traza los límites entre el bien y el mal (…) Nos enfrentamos con una nueva fractura revolucionaria.”

Los rusos están escaldados con las revoluciones y los enigmas del Kremlin son indescifrables. Quizá por eso no está claro si Putin había concebido un plan para someter o desmembrar Ucrania, pieza clave de su proyecto de Unión Euroasiática, o si actuó al compás de los acontecimientos, primero con el arma del gas, luego con la anexión del eslabón más débil, la antigua región rusa de Crimea, y finalmente con la mezcla habilidosa del apaciguamiento diplomático y la escalada militar. En el intercambio de dicterios y propaganda con Occidente, sin embargo, Putin llegó a referirse a las regiones orientales de Ucrania como “Novorosiya” o “Nueva Rusia”, el nombre del territorio cuando pertenecía al imperio zarista, que reclama “un estatuto estatal”.

No obstante, detrás de todos los movimiento del Kremlin en Ucrania, por contradictorios que puedan parecer, se divisa un horizonte de nubarrones y una nueva ambición geopolítica que consiste en unir a todo “el mundo ruso”, postsoviético y ortodoxo, por encima de las fronteras estrictas de la Federación Rusa. Una atmósfera enrarecida que Occidente no sabe cómo interpretar. El neoimperialismo latente descansa sobre dos pilares, si hemos de creer la veracidad de lo que escribe Rossia v Globalnoi Politiké. El primero es que “Rusia es una gran potencia independiente, un valladar que agrupa a todas las fuerzas conservadoras contra las revoluciones, el caos y las ideas liberales propagadas por Europa y EE UU.” El segundo es que existe “un vasto mundo ruso y una civilización rusa, diferente de la civilización occidental”. 

El “protocolo preliminar” firmado en Minsk entre el gobierno de Kiev y los rebeldes de las regiones de Donetsk y Lugansk establece un plan de doce puntos que insiste en la “descentralización del poder”, la retirada de las tropas ucranianas de las zonas conflictivas, diversas medidas para mejorar la situación humanitaria y el intercambio de prisioneros. El documento prevé igualmente “la autogestión en determinadas regiones de las provincias de Donetsk y Lugansk”, como paso imprescindible para acabar con la violencia, pero sin llegar a la federalización. El acuerdo no ofrece detalles sobre su aplicación en un terreno minado por la radicalización de las milicias combatientes de ambos bandos y las maniobras de los oligarcas. Así, pues, ni ha terminado la sangría –casi 3.000 muertos— ni será fácil la negociación sobre el reparto de poder.

El protocolo del cese de hostilidades levantó ampollas en los círculos nacionalistas de Kiev, hasta el punto de que Yuri V. Lutsenko, uno de los principales asesores de Poroshenko, publicó un resonante artículo en la Ukrainska Pravda para denunciar que la creación de una zona autónoma en el este del país, como demandan Rusia y sus aliados, se convertiría en “un tumor cancerosa en el organismo ucraniano”. Los separatistas, por su parte, reclaman un estatuto especial de autonomía que les permita mantener relaciones económicas con Moscú y hasta integrarse en la unión aduanera de la que forman parte Rusia, Bielorrusia y Kazajistán. No cabe duda de que hay mucho que negociar en un clima poco propicio para restañar las heridas y aceptar un compromiso.

La creación de una región autónoma en el este de Ucrania puede ser un trago amargo para los nacionalistas de Kiev por cuanto contradice el relato espurio que vienen construyendo sobre un país unido que nunca existió y que tampoco ha nacido milagrosamente de las manifestaciones antirrusas que comenzaron en noviembre del año pasado. Pero no deja por ello de ser una solución razonable, como acaban de confirmar los últimos acontecimientos militares, habida cuenta de que la OTAN, pese todas las proclamas, no parece dispuesta a combatir para defender la libertad de la parte de Ucrania más sensible a los cantos de sirena de la occidentalización.

El profesor Anatol Lieven, de la universidad de Georgetown, autor de Ucrania y Rusia, una rivalidad fraternal, acaba de escribir en un artículo publicado en el New York Times: “La elección es entre una Ucrania con una región autónoma de Donbas, que ofrecería una oportunidad real de desarrollo de la democracia y de la economía en la dirección occidental, o una Ucrania enfangada en un conflicto intermitente y semicongelado  que hundiría todas las esperanzas de progreso.”

 

 

 

 

 

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