Posteado por: M | 21 septiembre 2014

Los destrozos del nacionalismo en Escocia

El Reino Unido superó el desafío de Escocia, de manera que conservará su integridad territorial, pero no es seguro que la derrota de los nacionalistas, por una diferencia mayor de la que preveían las encuestas, acabe con las tensiones dentro del sistema político británico. Una mayoría considerable del electorado escocés, que acudió en masa a los colegios electorales (84,59 % de participación), se pronunció inequívocamente en el referéndum del 18 de septiembre contra la independencia de Escocia (55,3 % de los votos), mientras que el 44,7 % lo hizo a favor, una ventaja de los unionistas superior a diez puntos. Como tantas otras veces en la historia británica, y tras una campaña apasionada, la reforma por llegar se impuso a la ruptura apresurada.

El primer ministro británico, el conservador David Cameron, salió escaldado de su estúpido desafío, luego de jugar con fuego y exhibir sin decoro una emoción torpe y una incomprensible actuación como aprendiz de brujo que estuvo a punto de dar al traste con el Reino Unido, cuya unidad nacional estaba obligado a defender contra todos sus enemigos externos e internos. Pese a la derrota del separatismo, el mal del referéndum está consumado, sus consecuencias serán duraderas y perniciosas para la convivencia en todos los plazos y los únicos beneficiarios de tan craso error político no pueden ser otros que los más radicales, los albaceas de Alex Salmond, primer ministro regional y presidente del Partido Nacional Escocés (SNP), que se apresuró a dimitir y pasar el testigo a las generaciones más jóvenes.

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Como sabemos en España, las derrotas galvanizan a los separatistas, especializados en la falsificación o tergiversación de la historia para hacerla coincidir con los objetivos del presente. Tras un paréntesis de reflexión, aunque derrotados y frustrados en sus expectativas de poder y medro, los nacionalistas mantendrán e incluso exacerbarán la agitación, encendida la llama perenne de la reivindicación inacabable. La unión ha sobrevivido, pero podemos vaticinar que será atacada de nuevo, con más saña si cabe. El escrutinio y las manifestaciones posteriores confirman que casi la mitad de los votantes escoceses se sentirán decepcionados. En su alocución de despedida, Salmond advirtió de que “the dream shall never die” (el sueño no morirá jamás).

No obstante, la continuidad del Reino Unido extendió una sonrisa de complicidad y alivio por toda Europa, de Bruselas a Berlín, de París a Madrid. Los mercados también reaccionaron positivamente, aunque sin entusiasmo. Una profunda crisis política en Londres, con sus inevitables repercusiones financieras, militares y hasta nucleares, hubiera colocado negros nubarrones sobre el panorama de una Unión Europea (UE) estancada en su crecimiento, sin líderes prestigiosos, y titubeante en sus principios. También se temía en algunas capitales, con Madrid, París y Bruselas a la cabeza, que el triunfo de los nacionalistas escoceses pusiera nuevas alas a los movimientos separatistas y populistas que han abierto sendos frentes contra el sistema establecido.

En un resonante artículo publicado en el New York Times, el mismo día en que se celebraba el referéndum escocés, Neil Irwin sostuvo la tesis de que el avance de los nacionalismos disgregadores y los populismos demagógicos era la manifestación inequívoca de “una crisis global de las élites”. Tras citar los ejemplos del secesionismo catalán o de los partidos xenófobos de países tan distintos como Francia, Grecia y Suecia, Irwin advertía: “Lo que distingue al momento actual es que el descontento por la manera en que van las cosas ha alcanzado tal altura que pone a prueba la tolerancia del pueblo con las instituciones políticas existentes.”

Los motivos de Cameron y sus secuelas

Todavía no está claro por qué oscuros motivos decidió Cameron autorizar un referéndum a medida de los nacionalistas, un procedimiento extraño para la tradición política británica y que ni siquiera preconizaban los más radicales, para decidir por mayoría simple, y de manera irreversible, un asunto tan peliagudo y trascendental como la desintegración del Reino Unido, la amputación del Estado británico y la entrega de Escocia a los separatistas. ¿Cómo es posible que un primer ministro británico muestre una ignorancia tan supina sobre las semillas del odio, la historia, la naturaleza y modos de actuación del nacionalismo?

La crisis palpable, debida en gran medida a la situación marginal de los tories en Escocia, quizá hubiera encontrado un paliativo rápido en la concesión de mayores poderes al parlamento de Edimburgo, demanda inicial de los secesionistas. La devolución de poderes era factible sin menoscabar un ápice la soberanía de la Cámara de los Comunes. Debe recordarse que las prerrogativas de que gozan Escocia y el País de Gales dentro del Reino Unido son inferiores a las que tienen la mayoría de las autonomías españolas.

Pero es que, además de constituir un procedimiento más típico de las dictaduras que de las democracias, los referendos, como las armas, las carga el diablo. Probablemente el primer ministro británico creyó que la consulta sería algo así como un paseo con arco de triunfo en la meta que permitiría al Partido Conservador recuperar parte del prestigio totalmente perdido en Escocia, pero sin duda olvidó o menospreció la fuerza de un nacionalismo emocional, reivindicativo, permanentemente agraviado e impulsado por los vientos de la crisis económica. El anuncio del referéndum, en vez de calmar los ánimos, exacerbó las pasiones, estimuló a los separatistas y ahondó la fractura entre los escoceses, en medio de la inquietante indiferencia de los ingleses, sus más numerosos y más ricos vecinos del sur.

Un estropicio general cuya factura pagarán todos los británicos, todos ellos de alguna manera afectados por la tormenta, el odio inoculado por el nacionalismo, la logomaquia de los demagogos y los gastos imprevistos. Quizá ignoró Cameron que el nacionalismo descansa sobre la reclamación permanente y la propaganda frenética, los bandos enloquecedores, los uniformes, los desfiles y las banderas, en un movimiento continuo. Y el primer ministro volvió a errar cuando, tras conocerse el resultado, pronosticó: “Este debate se ha cerrado durante una generación o tal vez para siempre.” También The Times se precipitó al anunciar “el fin del sueño de Salmond”, rápidamente desmentido por éste.

La idea arriesgada del referéndum, ¿fue una salida arrogante del primer ministro ante el desafío planteado por los nacionalistas, un mero capricho o un intento de debilitar a su principal adversario, el Partido Laborista, que tiene en Escocia uno de sus feudos tradicionales? El director de la campaña poco imaginativa de los unionistas, con el lema Better together (Mejor juntos), fue el ex primer ministro laborista Gordon Brown, un  escocés de pro, pero que está reñido con la telegenia y el mercadeo electoral. No era el más indicado para apagar el fuego encendido imprudentemente por Cameron. En descargo del establishment británico cabe aducir que “nadie hubiera imaginado ni de lejos que esto podría ocurrir”, según pudo leerse en el Financial Times. Pero el fiasco de la élite londinense seguirá pesando como una losa sobre el futuro del país. Los secesionistas, acompañados por todos los descontentos, fueron más ruidosos y exhibicionistas, tocaron la fibra sensible, pero quizá menospreciaron la intendencia –el desastre económico pronosticado– que movilizó a la mayoría silenciosa en el último minuto.

En el colmo del oportunismo, luego de haber sido el máximo responsable de las tensiones centrífugas desencadenadas, con las lágrimas a punto de saltar en sus últimos llamamientos, Cameron sorprendió a todo el mundo al presentarse el 19 de septiembre, tras conocer el resultado del referéndum, desde el número 10 de Downing Street, como el aglutinador del Reino Unido, confundiendo su salvación política in extremis con una cohesión nacional que sin duda sale deteriorada del osado experimento. No sé que epíteto de oprobio reservará la historia para un primer ministro que se pavonea por haber situado al país al borde del abismo. Dadas las voces críticas que se levantan en el grupo parlamentario de los tories, el futuro político de Cameron dependerá mucho de su habilidad para llevar a cabo las reformas prometidas en Escocia sin herir las susceptibilidades de un electorado inglés que se mantuvo al margen pero que está muy poco inclinado a aceptar las concesiones fiscales o las discriminaciones presupuestarias.

El territorio escocés (78.772 kilómetros cuadrados) ocupa un tercio del total nacional, pero su población (5.300.000 habitantes) es sólo el 8 % del Reino Unido (64 millones), incluyendo Inglaterra, Escocia, País de Gales e Irlanda del Norte (Ulster), los cuatro territorios bajo soberanía británica. El producto interior bruto (PIB) escocés alcanza los 138.000 millones de euros, también el 8 % del total. Acudieron a las urnas 3.619.915 electores, el 84,59 %.

La izquierda y los separatismos

El Partido Laborista, que llevó el peso de la campaña contra el separatismo por ser el partido con más diputados escoceses en la Cámara de los Comunes (40 de un total de 59), salió malparado del escrutinio. Glasgow, la ciudad más poblada de Escocia, feudo laborista, fue uno de los pocos lugares en que triunfaron los nacionalistas. Según los cálculos de la prensa británica, el 30 % de los electores laboristas votó en favor de la independencia. La izquierda británica, como la europea en general, encandilada por el wilsonismo, la doctrina del presidente norteamericano Woodrow Wilson que en 1918 prendió la mecha del polvorín encerrado en el derecho de autodeterminación de los pueblos, se muestra incapaz de resolver sus contradicciones porque el debate nacionalista suele enmascarar o aplazar las tensiones sociales que antes fueron la lucha de clases. La socialdemocracia exhibe una actitud ambigua ante el nacionalismo, a veces se alía con él –una alianza siempre contradictoria–, y suele reaccionar tarde y mal ante los desafíos separatistas.

El primer secretario del Partido Socialista Francés (PSF), Jean-Christophe Cambadélis, en una reciente entrevista periodística, aseguró que “las izquierdas europeas hemos perdido el debate cultural” precisamente por haberse dejado arrastrar por la manía de la identidad, “la identidad de mi pueblo, de mi región, de mi país frente a Europa, la mundialización, la nación”. Y concluyó: “La gran dificultad de todos los partidos progresistas europeos es volver a centrarnos en el tema de la igualdad, y eso cuando las circunstancias hacen imposible la distribución.” Como español y europeo residente en Cataluña, mucho me agradaría comprobar que los socialistas catalanes se aplican el cuento y dejan de acompañar al nacionalismo en sus reiterados desvaríos y estrategias de diversión.

Tras un primer intento fallido en 1979, cuando la participación en el referéndum sobre la autonomía de Escocia no llegó al 40 % exigido, el primer ministro laborista Tony Blair, escocés de nacimiento, llevó a buen puerto en 1997 el programa para establecer un parlamento regional con sede en Edimburgo y poderes restringidos. El proyecto fue aprobado en un referéndum en el que el 74 % de los votantes se pronunció en favor de la “devolution”, la recuperación de las competencias supuestamente perdidas cuando la creación el Reino Unido en 1707. En esa fecha tan lejana, el parlamento escocés votó a favor de la unión con Inglaterra y luego se disolvió.

En medio de la tormenta populista que sacude Europa, de la excitación que dio el triunfo al Frente Nacional francés y al británico United Kingdom Independent Party (UKIP) en las elecciones paneuropeas de mayo de este año, el primer ministro británico no fue capaz de entender los riesgos de su envite político, de manera que la incompetencia se añadió a su tremendo error de cálculo. También resultó sorprendente que la Unión Europea, escudada en una impostada neutralidad y esgrimiendo la falsa premisa del “asunto interno”, permaneciera silenciosa ante las maniobras de los nacionalistas de toda laya, presentes en el Europarlamento y bien situados en los engranajes de la eurocracia, que menoscaban tanto la integridad de los Estados miembros como el objetivo europeísta de “una unión cada día más estrecha”.

El populismo aliado con el nacionalismo constituye un peligro para la estabilidad y el progreso unificador de Europa, aunque no quieran enterarse los eurócratas. Ya lo proclamó Mitterrand en su discurso de despedida en el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, el 17 de enero de 1995: “Le nationalisme, c´est la guerre.” Y si los líderes de la UE ceden ante los que no ocultan su voluntad de destruirla, podemos dar por cierto que tendremos “la deshonra y la guerra”, como recriminó Churchill a Neville Chamberlain cuando éste regresó de Múnich en 1938 creyendo que había alcanzado la paz al ceder a Hitler el territorio de los Sudetes, lo que entrañó el inmediato despedazamiento de Checoslovaquia y meses después el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Ahora quizá no tendremos la guerra, aunque el recuerdo de la destrucción de Yugoslavia obliga a la cautela; pero es seguro que nos acosarán la disgregación y el tribalismo.

Aunque no se trataba legalmente de un referéndum de autodeterminación, sino de una opción por la independencia que debería ser negociada en sus términos y pormenores entre la Cámara de los Comunes y el parlamento de Edimburgo, no cabe duda de que el dilema fue planteado por tirios y troyanos de manera que el veredicto de las urnas sería de obligado cumplimiento. El desastre político se consumó antes de que las urnas dictaran un veredicto balsámico, pero que ni siquiera preserva el statu quo, ya que Cameron deberá negociar con los nacionalistas las promesas que formularon en un manifiesto patético y tardío los líderes de los tres principales partidos británicos (conservador, liberal-demócrata y laborista).

Las “naciones divididas” y el titular de la soberanía

Los especialistas de la ciencia política no se ponen de acuerdo en dilucidar si Escocia, Québec, Bretaña, Baviera, Flandes, Córcega, el País Vasco, Galicia o Cataluña son naciones, naciones al menos culturales ya que no políticas; pero incluso aceptando que esas regiones sean naciones de cultura diferenciada, resulta irrefutable que son “naciones divididas”, en precaria u obsesiva construcción, desgarradas entre su élite nacionalista y muchos de sus ciudadanos corrientes, según terminología empleada por el profesor Juan Díez Medrano (Divided Nations, 1995) en su estudio sobre los nacionalismos periféricos en España.

En esos territorios de poblaciones heterogéneas, de orígenes diversos, cuyas identidades son complejas y múltiples, las lenguas y las tradiciones diferentes con frecuencia han sido utilizadas por los escribas del poder para crear leyendas falsamente antagónicas que enardezcan a las muchedumbres. Aunque el gaélico cuenta con muy pocos hablantes en Escocia (unos 50.000), los antepasados de los escoceses fueron irlandeses y las falditas plisadas de los patriotas son un invento comercial del siglo XIX, los predicadores nacionalistas y sus acólitos prefieren refugiarse en las fantasías de sir Walter Scott. La invención del “pueblo escocés” se debe a dos conspicuos falsarios, James y John Macpherson.

La cuestión esencial radica en ponderar si una parte de los escoceses está moral y políticamente legitimada para decidir el destino de su nación y destruir una unión de 300 años. “Una decisión de tal gravedad –alegaba el progresista diario londinense The Guardian— debería ser la voluntad establecida de una nación, pero el hecho incontrovertible es que la profunda división que se observa en la opinión escocesa debilita la aspiración de la independencia.” En último extremo, la ruptura o continuidad del Estado británico, de pasado imperial e hitos históricos que están en la memoria de todos –la resistencia y la victoria final contra el nazismo— no debe quedar en manos de una minoría respetable pero a todas luces insuficiente.

En un resonante artículo titulado “La tragedia moral de la independencia escocesa”, publicado en la revista norteamericana Foreign Policy, el estratega militar escocés Emile Simpson planteó el problema con la acuidad y la emoción tributarias de su origen:

“La muerte de un Estado es un asunto que va más allá de la política; fundamentalmente es una cuestión de justicia. Escocia es libre para abandonar la unión si así lo desea. Sin embargo, el reconocer la justicia del derecho de Escocia a elegir su futuro simultáneamente entraña el reconocimiento de la injusticia de que todos los otros ciudadanos británicos no tengan voz democrática en el futuro de su propio Estado.”

La injusticia afecta por supuesto a todos los británicos, incluidos los que residen fuera del Reino Unido, y muy especialmente a los 830.000 ciudadanos nacidos en Escocia pero que no viven allí, que no tenían derecho de voto, a pesar de que el censo se había ampliado de manera extravagante para incluir a los jóvenes entre 16 y 18 años, un intento fallido de inflar los sufragios en favor de la ruptura. También resulta incongruente que no pudieran votar los más de 700.000 ciudadanos británicos de origen escocés que viven en Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte.

Ante un reto tan radical e irreversible –el cambio de nacionalidad y la amputación del Estado–, que afecta no sólo a los escoceses, sino a todos los británicos, las virtudes democráticas expresadas en el referéndum flaquean ostensiblemente cuando se vulneran las normas más elementales sobre el sujeto indeclinable de ese proceso democrático: los ciudadanos libres e iguales representados en la Cámara de los Comunes, depositaria de la soberanía.

El referéndum escocés también fue criticado por exigir sólo una mayoría simple (la mitad más uno) para decidir sobre un asunto trascendental. Como es notorio, las constituciones del mundo democrático establecen unas mayorías cualificadas (2/3 o 3/5, generalmente) o minorías de bloqueo para la aprobación de las leyes de mayor calado o la revisión constitucional. Para hacer frente al desafío secesionista de la provincia de Québec, el Tribunal Supremo y el Parlamento canadienses, éste mediante la llamada Ley de Claridad, promulgada en junio de 2000, establecieron unos requisitos mínimos para que pueda prosperar una nueva acometida de los separatistas.

Según la Ley de Claridad, la Cámara de los Comunes de Canadá, o Parlamento federal, tiene un poder decisorio sobre la pregunta sometida a referéndum, para evitar las ambigüedades o el oscurantismo. La misma cámara determinará qué mayoría cualificada o reforzada sería necesaria para validar el resultado de un referéndum de secesión, en el caso de una nueva convocatoria en Québec o cualquiera otra provincia. El Parlamento de Ottawa, en fin, podrá anular cualquier decisión alcanzada por referéndum si estima que se vulneraron algunos de los principios que informan la Ley de Claridad.

“El nacionalismo mezquino no es escocés”

Durante la campaña para al referéndum en Escocia, hemos oído y leído a escoceses notables que expresaban opiniones divergentes sobre el destino de su país de origen o de adopción. Todo el mundo sabe que el actor Sean Connery está a favor de la independencia, aunque no pague sus impuestos en el país amado; pero el prestigioso historiador y economista Niall Ferguson, también de origen escocés, publicó un resonante artículo en el New York Times en el que adujo razones de peso contra la independencia y exhortó a los escoceses residentes a decir que no a la propuesta de secesión planteada por el nacionalismo.

Para reforzar su argumentación, Ferguson recurrió a la autoridad de otro escocés ilustre, el filósofo David Hume, quien fustigó “el vulgar motivo de la antipatía nacional” y resaltó en 1764: “Yo soy un ciudadano del mundo.” El historiador de Harvard, tras citar al también escocés Adam Smith, concluyó su reflexión entre escoceses: “El nacionalismo mezquino no es escocés (…) En toda la Europa continental, en los siglos XIX y XX, el nacionalismo fue utilizado por ambiciosos subalternos para promocionarse. Escocia fue una excepción. Esperemos que persevere en ese camino.” Los electores han asumido el recuerdo y la lección.

Otros relevantes ciudadanos británicos, algunos de ellos de origen escocés, se pronunciaron contra la independencia, desde el científico Stephen Hawking al beatle Paul McCartney, la novelista J. K. Rowling y el entrenador de fútbol Sir Alex Ferguson. La actriz Emma Thompson pronunció unas palabras atinadas que merecieron la cita del periódico Daily Telegraph: “¿Por qué querer a todo precio establecer una nueva frontera entre los humanos, cuando el mundo se empequeñece de día en día y cuando todos encontramos crecientes dificultades para vivir juntos?”

El nacionalismo, “la peste del siglo”, según el lamento de Stefan Zweig, y el patriotismo como “el último refugio de un bribón”, según el célebre apotegma de Samuel Johnson, operan sobre los sentimientos y las pasiones, muy destacadamente la pasión del odio, acompañados por los agravios y el resentimiento, para dirigir la voluntad de las multitudes hacia objetivos problemáticos, cuando no imposibles, generando unas frustraciones que se transmiten por generaciones. El nacionalismo es una fuerza destructiva que identifica a los vecinos e incluso a los compatriotas como el enemigo, el causante de todas las desgracias reales o fingidas. En Escocia hemos presenciado como los argumentos económicos y políticos en contra de la independencia eran literalmente arrollados por las pasiones exacerbadas, los gritos, los uniformes y las pancartas. Primero se habló de decidir el futuro, pero se terminó cavando una fosa entre los escoceses.

Numerosos y destacados economistas de inclinaciones ideológicas muy diversas, desde el liberal Alan Greenspan al keynesiano Paul Krugman, alertaron sobre las consecuencias negativas de una Escocia independiente. Barry Eichengreen, de la Universidad de California en Berkeley, recordó las incertidumbres que se ciernen sobre los recursos naturales de Escocia, es decir, las reservas petrolíferas. Otros concretaron los problemas de la divisa (con o sin la libra esterlina), de la reducción de las inversiones, de las dificultades para sufragar las pensiones o la deuda e incluso de los ingresos declinantes del petróleo del mar de Norte o el derrumbe del precio de los inmuebles. Si se excluye el petróleo, el sector público escocés arrastra un déficit del 11 % del producto interior bruto, más elevado que el de Grecia o Irlanda.

Los unionistas advirtieron también de que una Escocia independiente quedaría fuera de la Unión Europea (UE), al menos temporalmente, si bien este argumento fue contrarrestado por la otra promesa de Cameron: un referéndum sobre el futuro del Reino Unido en la organización. El consenso entre los analistas económicos es que la independencia es un objetivo político excesivamente caro, pero Daniel Altman se detuvo en el análisis de todo “lo que los economistas no entienden acerca de los escoceses”, desde un supuesto espíritu republicano a “una cultura fundamentalmente distinta” –una afirmación que se presta a todo tipo de matizaciones— o la falta de sintonía del centro-izquierda escocés con la clase política que domina en la Cámara de los Comunes. En resumen, “el orgullo nacional por encima del riesgo económico”, según el perspicaz cronista norteamericano Steven Erlanger.

Los principales grupos financieros anunciaron que degradarían o suprimirían sus sedes en Escocia en caso del triunfo del “sí”, y la clase política europea también estuvo en contra de la independencia, con pocas excepciones. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, ya había reiterado a propósito no sólo de Escocia, sino también de Cataluña, que un nuevo Estado desgajado de otro quedaría automáticamente fuera de la UE. Hasta el presidente Barack Obama publicó un tuit en el que podía leerse: “El Reino Unido es un socio extraordinario para EE UU y una fuerza para el bien en un mundo inestable. Espero que seguirá fuerte, poderoso y unido.”

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No hay argumentos que valgan porque el nacionalismo sigue empecinado en hurgar en los supuestos agravios, atizar el rencor y presentar la independencia como un medicamento milagroso de todos los males presentes y pretéritos. Los nacionalistas ensalzan los supuestos beneficios y minimizan los riesgos evidentes. Lo explicó bien un directivo financiero escocés, Colin McLean, citado por el New York Times: “En términos psicológicos la independencia representa una forma de pensamiento mágico. Sin entender el preciso mecanismo, este simple cambio representa un curalotodo para unas aspiraciones harto conflictivas que van desde el crecimiento a la distribución.”

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