Posteado por: M | 28 septiembre 2014

La guerra de Obama contra el Estado Islámico  

Tras casi seis años en la Casa Blanca tratando de terminar con las guerras iniciadas por su predecesor en el cargo, como una exigencia ineludible de la democracia de opinión pública en que estamos inmersos, Barack Obama, premio Nobel de la Paz en 2009, acaba de declarar la guerra al autoproclamado Estado Islámico (EI), en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, el 24 de septiembre, luego de haber ordenado una intervención aérea, primero en Iraq, luego ampliada a Siria, sin que el Congreso haya debatido y en su caso autorizado la iniciativa bélica y los objetivos de los bombardeos. El presidente norteamericano reconoció “el fracaso de nuestro sistema internacional para cumplir su misión de un orden mundial interconectado”, pero no aportó ideas novedosas para afrontar los acuciantes desafíos.

El New York Times, hasta ahora el más firme defensor del presidente, se quejaba con énfasis de la ausencia de un debate público “antes de que esta nación se adentre en otro conflicto costoso y potencialmente prolongado en el Oriente Próximo”. El rotativo llegó a poner editorialmente en tela de juicio que el jefe del Ejecutivo esté legalmente autorizado para hacer lo que hace, habida cuenta de que corresponde al Congreso declarar la guerra y hacer la paz, según la Constitución. A pesar de los enormes avances tecnológicos, de los drones (aviones no tripulados), las bombas de racimo y otros ingenios bélicos, se sabe cómo comienzan las guerras, aunque sea de forma imprevista o accidental, pero jamás cómo acaban. La devastación se corresponde con el progreso tecnológico y nos acerca a la barbarie.

Obama notificó al Poder legislativo las acciones militares emprendidas en Iraq y Siria, según la resolución de Poderes de Guerra de 1973, sancionada bajo la presidencia de Richard Nixon, mas parece lógico pensar que la mera notificación no basta para suplir el refrendo constitucional. Al aceptar por omisión y sin rechistar la iniciativa de la Casa Blanca, ambas cámaras del Congreso abdicaron de sus responsabilidades, añadiendo más elementos de confusión a los febriles cabildeos del Capitolio, en medio de la emoción y la cólera desatadas por la decapitación televisada de dos periodistas norteamericanos por los carniceros islamistas.

En cuanto al reto del “extremismo violento”, proclamó el presidente que “el Estado Islámico debe ser degradado y finalmente destruido”, sin ofrecer detalles sobre la estrategia y los medios que se emplearán para lograr ese ambicioso objetivo. Inmediatamente después del discurso de Obama ante la Asamblea General de la ONU, ensalzado por sus partidarios como uno de los más relevantes de su carrera, el Consejo de Seguridad aprobó por unanimidad una resolución en la que apremia a todos los Estados miembros para que impidan la constante afluencia de extranjeros a las zonas de combate en Siria e Iraq. El prodigioso consenso internacional suscitado por la osadía del islamismo radical es el signo inequívoco de la inocuidad de la decisión.

Aunque no se hayan producido movilizaciones pacifistas en Europa y EE UU, siempre tan selectivas o parciales, la verdad es que estamos, pues, ante la guerra de Obama, distinta de las de Bush, pero una guerra al fin y al cabo en la que EE UU aparece, una vez más, como “el gendarme del universo”, aunque reticente o dubitativo, al frente de una coalición harto problemática, de contornos inciertos en cuanto al número de participantes y de aportaciones de dudosa eficacia. Los jefes de la coalición, debido a la superioridad complementaria de su poder militar, son dos líderes progresistas o socialdemócratas, los presidentes de EE UU y Francia, Obama y Hollande, respectivamente, sin apenas oposición política en el asunto, por más que las credenciales legales para los bombardeos sean endebles.

Tras el degüello de un cooperante británico por los esbirros del Daech, el primer ministro David Cameron, del Partido Conservador, pero con el apoyo de la oposición laborista, se adhirió a la coalición de los bombardeos  y obtuvo el respaldo de la Cámara de los Comunes para la campaña, pero descartó el envío de tropas en una misión que “llevará años”. Y añadió: “Habrá tropas en tierra, pero serán tropas iraquíes, tropas kurdas.” Olvidó decir que esas tropas de tierra de los países directamente implicados no serán suficientes para derrotar al Estado Islámico, bien pertrechado y mejor financiado, ni para liberar a las poblaciones sometidas a la férula ideológica y militar de los yihadistas. Su antecesor en el cargo, el laborista Tony Blair, al que persigue el fantasma de la muy denigrada intervención de 2003 en Iraq, advirtió de que los bombardeos no bastarán para erradicar la amenaza.

Cameron asumió la retórica de lo políticamente correcto, de la que Obama es su consumado adalid, al proclamar que los asesinos que degollaron al cooperante británico David Haynes “son monstruos, no musulmanes”, pasando por alto la doble evidencia de que los “guerreros del califato” actúan en nombre del islam, arengados por las autoridades religiosas y movidos por el odio hacia Occidente. Por bárbaras que sean sus acciones, éstas suelen estar legitimadas por los clérigos que predican, exhortan, conminan y pronuncian las sentencias contra los apóstatas y los impíos, en las mezquitas y en los nuevos púlpitos de las redes sociales.

El guirigay estratégico

Los militares norteamericanos también han expresado sus dudas en el Senado sobre la efectividad de los ataques aéreos para derrotar al Estado Islámico del autoproclamado califa Ibrahim. El guirigay estratégico es total, de manera que nadie se atreve a establecer ningún pronóstico sobre la duración de la campaña, sus efectos y su resultado final. “La guerra contra el terror”, centrada teóricamente en el combate contra el EI, también conocido como Daech (su acrónimo en árabe), es un objetivo plausible, pero inconcreto y de alto riesgo para los civiles de los dos países sobren los que caen las bombas y los misiles estadounidenses, víctimas propiciatorias de los tristemente reiterados “daños colaterales”.

El general David Petraeus, que dirigió la contrainsurgencia en Iraq, el combate exitoso contra Al Qaeda en Mesopotamia en 2007-2008, jefe de las tropas de la OTAN en Afganistán, también ex director de la CIA, declaró ante la prensa que “los avances no serán eficaces ni sostenibles sin el despliegue de fuerza de tierra”, precisamente la opción que Obama rechaza. No obstante, los consejeros de la Casa Blanca, el secretario de Estado, John Kerry, y los congresistas del Partido Demócrata repiten incansablemente: “No boots on the ground”, sin botas en la tierra, es decir, sin fuerzas de combate directo contra los guerreros del EI.

En tierra, por lo tanto, la coalición forjada por Obama, dependerá del ejército iraquí, tan numeroso como escasamente motivado, de ineficacia y corrupción más que probadas, en cuya formación Washington malgastó miles de millones de dólares, pero que en junio estuvo al borde del colapso; y de la milicia de la minoría kurda, los llamados peshmergas, que están animados por el señuelo de la independencia, mas precariamente armados, como se comprobó con sus derrotas en Mosul y Tikrit, así como en el norte de Siria, de junio a septiembre, que provocaron las ejecuciones sumarias de los supuestos infieles, el éxodo masivo de más de 500.000 personas hacia el Kurdistán iraquí y Turquía y el consiguiente desastre humanitario.

La historia demuestra que las guerras, en último extremo, se ganan o se pierden sobre el terreno que es necesario ocupar y administrar, sin aniquilar a las poblaciones a las que se pretende defender. El poderío aéreo no será suficiente para destruir a un enemigo correoso, de inagotable crueldad, que se mezcla y se confunde con la población civil. Porque en todas las contiendas, en la batalla decisiva, son los pelotones de infantería los que sacan a los terroristas de sus guaridas. Baste recordar que las bombas de napalm y los terroríficos bombardeos contra Vietnam del Norte, a principio de los años 70 del pasado siglo, no sirvieron para ganar la guerra, sino que probablemente contribuyeron a reforzar la determinación de los comunistas que a la postre se alzaron con la victoria.

No obstante, Obama insistió en que no enviará “tropas norteamericanas a ocupar tierras extranjeras” –el permanente latiguillo o dicterio contra Bush–, pero es de conocimiento público que los 2.000 asesores militares norteamericanos forman una especie de estado mayor de las mejores y más fiables unidades del ejército iraquí. La tragedia vietnamita comenzó también con el envío de asesores norteamericanos para adiestrar al ejército de Vietnam del Sur, al comienzo de la presidencia de John Kennedy (1961-1962).

El imperativo de las tropas en tierra lo expresa con claridad y contundencia el especialista Dov S. Zakheim, en un análisis en el semanario norteamericano Foreign Policy: “La Administración de Obama no destruirá al EI, ni derrotará a los extremistas. Sólo puede contenerlos, a menos que se derrumben o tengan que enfrentarse a unas poblaciones en rebelión abierta contra la tiranía islámica.” La situación sobre el terreno es de una inseguridad absoluta, tan cambiante como peligrosa, pues hace ya mucho tiempo que Siria e Iraq dejaron de ser países unitarios con ley y orden, aunque sean dictatoriales, para incorporarse a la siniestra cadena de Estados fallidos en los que las milicias de los grupos étnico-religiosos o tribales sustituyen a los ejércitos regulares. El pandemónium que preludia o acompaña el derrumbe de todas las instituciones.

Unos aliados árabes poco fiables

Los aliados son poco fiables. Dos razones poderosas explican las reticencias de los países árabes en lo que concierne a la intervención militar. La primera es que esos países están dirigidos por dictaduras militares o religiosas que apenas si pueden ocultar la efervescencia islamista y unos muy arraigados sentimientos antinorteamericanos. La segunda es el carácter esencialmente suní del Estado Islámico, apoyado por algunos nostálgicos del régimen de Sadam Husein, y su vinculación ideológica con las doctrinas más integristas del islam que irradian con dinero abundante desde Arabia Saudí, centro mundial del wahhabismo (una exégesis rigurosa y reaccionaria del Corán). Los clérigos y predicadores formados en el wahhabismo ejercen una influencia innegable sobre los sectores más radicales del islam político, los que condenan “la dominación extranjera” y preconizan la conjunción del poder político con el religioso que debe culminar con el restablecimiento del califato.

La prédica de Abu Bakr al-Bagdadi, autoproclamado califa con el apelativo de Ibrahim, procede del wahhabismo, “su más cercano pariente religioso”, según la opinión de Bernard Haykel, profesor de la universidad norteamericana de Princeton, el cual sostiene que “la violencia es parte inseparable de su ideología”. En el territorio dominado por el Estado Islámico, los textos de las escuelas proceden de Arabia Saudí y reproducen la interpretación wahhabí del Corán, una línea similar, aunque con  matices, a la que siguen los predicadores de Al Qaeda. Mientras éstos denuncian que los Estados árabe-musulmanes han caído en el pecado y la impiedad, por lo que deben ser redimidos, y relegan a un futuro impreciso el restablecimiento del califato, el autoproclamado califa Ibrahim y sus adeptos han precipitado los acontecimientos y preconizan la liquidación de los apóstatas y los infieles para purificar la comunidad de los creyentes (la umma). La limpieza étnica y la limpieza religiosa se mezclan de manera inextricable.

Los voceros de la Casa Blanca aseguran que Obama dispone de una estrategia para “derrotar y destruir” al Estado Islámico, pero los especialistas militares se muestran más bien escépticos sobre el desenlace de la campaña aérea. El presidente se refiere al EI como “un grupo terrorista”, “un cáncer” que hay que extirpar, pero esa restricción epistemológica, con el prurito de no molestar a los llamados islamistas “moderados”, resulta difícil de aplicar a una compleja organización cívico-militar que controla más de 90.000 kilómetros cuadrados (una extensión similar a la de Portugal) y más de 8 millones de personas, cuya fortuna asombrosa en metálico se cifra en más de 2.000 millones de euros, a los que habría que añadir el valor de las reservas petrolíferas, según las estimaciones que maneja el diario británico The Guardian.

El Daech es algo más que un grupo terrorista, más que “una red de la muerte”, como lo describió Obama de manera harto simplista, pues su ambición territorial y sus tareas administrativas, de policía fiscal y de costumbres en los territorios ocupados, o escolares, para el adoctrinamiento de los jóvenes, traducen una voluntad política que desborda claramente la actuación típica de las células dedicadas estrictamente a la comisión de los atentados letales o los secuestros. La exhibición de la barbarie, a través de los vídeos que recogen todos los detalles macabros de los degüellos de los rehenes occidentales, forma parte de una estudiada planificación del terror con la que los yihadistas pretenden no sólo intimidar a los occidentales y los infieles, sino galvanizar a sus milicianos y forzar la obediencia ciega de las poblaciones sometidas.

Según un especialista jordano citado por el Wall Street Journal, “el Estado Islámico dispone de una economía bastante estable en todo el territorio que ocupa en Siria e Iraq”, lo que le distingue de los otros grupos terroristas. A las donaciones que recibe de las monarquías petroleras del Golfo hay que añadir las extorsiones derivadas de los secuestros y los ingresos por el contrabando de petróleo o la venta de trigo y antigüedades a través de mercaderes chiíes y kurdos del Líbano e Iraq. Los funcionarios del Estado Islámico recaudan tributos entre las empresas, los agricultores, los transportistas y las minorías que decidieron permanecer su sus casas, como algunos cristianos.

La participación militar de los países árabes de mayoría suní, con la pretensión de legitimar la operación bélica dirigida por Washington, está muy debilitada por las innumerables contradicciones que hierven en el universo musulmán y la guerra no declarada pero muy sangrienta y prolongada desde hace siglos entre las dos grandes ramas del islam: suní y chií. La ambigüedad domina en los círculos dirigentes de los Estados del Golfo Pérsico, tradicionales aliados de Estados Unidos, como se desprende de las declaraciones del jeque Yusuf al Qaradaui, presidente de la Unión Internacional de Estudiosos Musulmanes, con sede en Qatar: “Nuestras diferencias ideológicas con el Estado Islámico no implican que estemos de acuerdo con un ataque norteamericano contra el grupo.”

El Estado Islámico no sólo aglutina a los enloquecidos yihadistas, entre ellos unos 3.000 ciudadanos europeos (principalmente franceses y británicos), sino también a amplios sectores de la población suní de Iraq, maltratados por el sectario gobierno chií, y a numerosos funcionarios igualmente suníes, supervivientes del partido Baas y del régimen de Sadam Husein, que son los encargados de administrar y recaudar los impuestos en las zonas conquistadas de Iraq y Siria, bajo el imperio, desde luego, de la ley coránica (sharia). La decapitación de los rehenes occidentales, según parece, está reservada a los más radicales, políglotas y sofisticados yihadistas que proceden de Gran Bretaña o Francia.

Desde la ofensiva del pasado mes de junio, que culminó con la conquista de Mosul y de varios campos petrolíferos, el EI demuestra una sorprendente capacidad de reclutamiento tanto en el terreno conquistado como en el extranjero. Las oficinas clandestinas de reclutamiento proliferan en los países de la Unión Europea y, por supuesto, en España, como se infiere de la desarticulación en Melilla de una célula terrorista dedicada a esos menesteres. Algunos grupos que pertenecieron a Al Qaeda en el Magreb se han pasado con armas y bagajes al Estado Islámico como “guerreros del califato”, que son los que se han atribuido el degüello de un turista francés en Argelia, la cuarta víctima occidental de la barbarie exhibicionista.

Las fuerzas del naciente califato

El 29 de junio, el jefe de los yihadistas, Abu Bakú al-Bagdadi, proclamó el restablecimiento del califato y advirtió de sus objetivos expansionistas: “borrar las fronteras” de Jordania y el Líbano, “liberar Palestina” y volver a conquistar Al Andalus (España). “Si Dios lo quiere, izaremos la bandera de Alá sobre la Casa Blanca”, fanfarroneó el portavoz del emirato, Abu Mosa, en conversación con un periodista norteamericano de la revista Vice. Por el momento, el naciente califato ha logrado borrar la frontera entre Siria e Iraq trazada por los franco-británicos tras la caída del Imperio otomano (1919). Algunas informaciones alarmantes, aunque de imposible verificación, dan cuenta de hasta qué punto los islamistas están infiltrados en los medios gubernamentales de Jordania.

Según las estimaciones de la CIA, el EI cuenta con unos 30.000 hombres en Iraq y Siria, y el secretario norteamericano de Defensa, Chuk Hagel, aseguró que los milicianos “compaginan perfectamente la ideología y la sofisticación militar”, el fanatismo y los fusiles de repetición, además de que disponen de “una increíble capacidad de financiación”, unos miles de millones de dólares que llegan de sus exportaciones de petróleo hacia Turquía o a través de numerosas fundaciones en Arabia Saudí y las petromonarquías del golfo Pérsico. Qatar cuenta con la más importante base norteamericana en la región, pero, al mismo tiempo, ofrece generosa ayuda a los radicales suníes de Siria e Iraq y a las milicias islámicas de Libia. Arabia Saudí nunca puso cortapisas a la recaudación de fondos efectuada por algunos jeques vinculados desde hace años a Al Qaeda.

Turquía, aliado de la OTAN, país abrumadoramente suní, presidido por el islamista Recep Tayyip Erdogan, se resiste a participar en una operación contra el Daech, igualmente suní, al que compra petróleo a buen precio, y en ningún caso desea armar a los resistentes kurdos por temor a que se fortalezca el separatismo dentro de sus fronteras. Aproximadamente el 15 % de la población turca es de origen kurdo y está muy concentrada en la frontera suroriental. Por Turquía discurre la vía de los voluntarios europeos que entran libremente en el país y se incorporan a las brigadas internacionales del califa Ibrahim.

La guerra civil en Siria, que se arrastra desde marzo de 2011, sigue dividiendo a la clase política de Washington y causa fricciones dentro del mismo Partido Demócrata en el poder después de que Hillary Clinton criticara a Obama por su indecisión en 2013. No se sabe cuál es la fortaleza real del régimen de Bachar Asad, el cual tiene, por lo menos, cuatro adversarios: el Estado Islámico, el grupo Al-Nusra (vinculado a Al Qaeda), los milicianos kurdos y el llamado Ejército Libre de Siria (ELS), apoyado por los occidentales. La prensa norteamericana se pregunta si los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria no suministrarán un nuevo balón de oxígeno para la dictadura de Damasco.

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