Posteado por: M | 30 septiembre 2014

Apunte sobre la crisis de la civilización árabe-islámica

Nada de lo que ocurre en el gran Oriente Próximo puede entenderse sin ponderar la fuerza del islam político, una ideología poderosa, “la fuerza más reaccionaria del mundo”, como creía Winston Churchill, y sin tener en cuenta el agresivo rebrote de la guerra de religión que sacude los cimientos del universo musulmán desde las luchas intestinas entre los descendientes directos del Profeta. El movimiento de politización del islam que comenzó en los años 30 del pasado siglo, marcadamente anticolonial, se encarnó en los Hermanos Musulmanes de Egipto, resurgió con el fracaso del nacionalismo laico (naserismo) y acabó por desembocar en Al Qaeda, nutrido y radicalizado por el wahhabismo, la corriente islámica férreamente preservada y exportada por la monarquía petrolera de Arabia Saudí, dominada por los numerosos descendientes de Ibn Saud, que lo mismo construye mezquitas que subvenciona a imanes iluminados o arma a yihadistas.

La proclamación del Estado Islámico (Daech por su acrónimo en árabe) y el sedicente restablecimiento del califato con Ibrahim al frente han quebrado los frágiles consensos de las sociedades árabe-musulmanas, con repercusiones innumerables y el encono sangriento de la guerra santa (yihad) contra los occidentales. Dos rehenes norteamericanos, un británico y otro francés fueron degollados y su martirio grabado en vídeo para ser utilizado como propaganda. Una rebelión enloquecida se extiende por todo el universo musulmán, como confirman las actividades de Boko Haram en el África occidental, de Shabad en África oriental (Somalia) o del Emirato Islámico en el Cáucaso (Chechenia-Dagestán), mientras jóvenes de todos los continentes, muchos de ellos europeos, se alistan en las brigadas internacionales que forman la vanguardia yihadista en Iraq y Siria.

Los protectores árabes del statu quo se estremecen, denuncian el peligro y forman, aunque no sin reticencias, una coalición con EE UU para combatir al Estado Islámico. Tras la decapitación de Hervé Gourdel, un montañero francés en Argelia, los representantes de todas las organizaciones islámicas de Francia (siete millones de musulmanes) pusieron el grito en el cielo y organizaron una manifestación en la Gran Mezquita de París para gritar: “¡No a la barbarie terrorista!” Mohamed Moussaoui, presidente de la Unión de Mezquitas, denunció enérgicamente a “esas bandas de terroristas que son los principales enemigos de la libertad común”. Una movilización excepcional recorrió Francia, pero con escasa incidencia en los suburbios de las grandes ciudades donde los imanes lanzan sus soflamas incendiarias contra el Occidente y se recluta a los yihadistas.

Tres movimientos profundos de signo contrario se agitan en el seno del mundo islámico. De una parte, las fuerzas del conservadurismo y la reacción, del puritanismo wahhabí, la confesión fundada por el saudí Mohamed Abd al-Wahhab, oficial en Arabia Saudí, de la que se nutren espiritual y financieramente los diversos grupos que predican la violencia, la redención y el martirio, desde Al Qaeda a Daech, que coinciden en la obediencia religiosa suní, aunque difieran en sus preferencia tácticas y bélicas o en su forma de vindicar un pasado glorioso. El arrebato místico-guerrero de los yihadistas y la resurrección de un califato, sin embargo, han originado una fractura de consecuencias imprevisibles.

El chiísmo, cuyo centro religioso se encuentra en Qom, en la República Islámica de Irán, también es un movimiento conservador, clerical, con una concepción teocrática del poder político que culmina en el Guía de la Revolución, Ali Jamenei, sucesor del ayatolá Jomeini. Los chiíes, minoritarios dentro del islam, sostienen un antagonismo secular con el sunismo, pues éste los considera herejes;  cuentan con una fuerte presencia en el Líbano, a través de Hizbolá (el Partido de Dios), y constituyen la mayoría y dominan el gobierno en Iraq. El dictador sirio Asad pertenece a otra minoría islámica, la de los alauíes, hegemónicos en el ejército, y pese a sus orígenes laicos y socialistas, según la doctrina del partido Baas, tiene sellada una alianza estratégica con los clérigos de Teherán.

Sobre esta enrevesada y conflictiva distribución de fuerzas, en permanente ebullición, la tercera corriente del pensamiento islámico, panárabe, laica y liberal, tiene escasas probabilidades de hacer valer sus puntos de vista entre las masas harto fanatizadas e iletradas, pero cuenta con algunos intelectuales y escritores que se expresan en los medios de comunicación occidentales, colaboran con algunos centros de reflexión (Think tanks) y tiene algunos ilustres representantes en el mundo académico. Los epígonos de esa corriente minoritaria no ocultan su horror ante la vesania criminal de los yihadistas del Daech y publican ensayos críticos sobre el presente y el problemático futuro de la civilización islámica.

Hisham Melhem, jefe de la oficina en Washington del canal de TV por satélite Al Arabiya, de propiedad saudí, competidor del canal Al Yazira, de Qatar, publicó en el diario digital norteamericano Politico, a mediados de septiembre, un resonante ensayo titulado “The Barbarians Within Our Gates” (“Los bárbaros están entre nosotros”), en el que se reflejaban todas las contradictorias agitaciones del universo musulmán enfebrecido.  Establecía Melhem un diagnóstico muy pesimista sobre la civilización árabe, a la que consideraba delicuescente, y llegaba a esta conclusión: “El mundo árabe actual, dirigido por el extremismo –el extremismo de los dirigentes tanto como el de la oposición— es más violento, inestable y fragmentado que en cualquier otro momento desde el colapso del Imperio otomano hace un siglo.”

Todas las esperanzas suscitadas por las revueltas árabes de 2010-2012, por la llamada primavera árabe, se han calcinado, y de sus rescoldos se apoderan el caos y la exasperación. La interpretación occidental de aquellos acontecimientos, emparentándolos con el fervor democrático, resultó completamente fallida. La democracia fue un espejismo, la tolerancia resultó impracticable, el fanatismo volvió por sus desafueros y los militares marcaron el camino tomando el poder en Egipto después de que los Hermanos Musulmanes, con el apoyo del presidente Obama, ganaran las elecciones y perdieran la legitimidad a causa de su sectarismo. Una vez más vuelve a plantearse con toda crudeza el problema de si la democracia y la modernización son compatibles con el islam político, refractario de las reformas.

No está claro, sin embargo, si los lamentos de Melhem y otros periodistas, cuyo trabajo depende estrictamente de los petrodólares saudíes o qataríes, están motivados por la alarma que los progresos del Estado Islámico y la proclamación del califa Ibrahim han desatado en las monarquías del golfo Pérsico y en todos los sectores conservadores del mundo árabe. Los dirigentes de esos países, llamados también “moderados” en razón de su alianza económico-estratégica con EE UU y Occidente, mantienen en realidad unas autocracias paternalistas y un simulacro de estabilidad. Las mismas monarquías que atizaron la guerra civil en Siria, en nombre del sunismo, y que ahora no saben como apagar el incendio, ni cómo justificar ante sus fieles los tremendos bombardeos ordenados por Obama.

Tras analizar la situación en los países implicados en la crisis, en un esclarecedor artículo publicado en el periódico árabe Al Hayat, editado en Londres, Hazem Saghied describe la crisis general “que no concierne sólo a los regímenes árabes llamados moderados, sino también a las clases medias musulmanas suníes y urbanas”, y acaba por denunciar “nuestra impotencia crónica para articular la lucha contra la tiranía con la que debemos llevar a cabo contra el subdesarrollo intelectual”. Un llamamiento más, esta vez apremiante, para la reforma religiosa y social aplazada desde hace siglos: “Toneladas de ideas fijas, de mitos y de falsas evidencias políticas y culturales que no nos atrevemos a poner en tela de juicio y que continúan repercutiendo en la enseñanza y en la práctica religiosa.”

Otros analistas expresan puntos de vista revolucionarios en la medida en que preconizan un cambio de ideas y de personas para resolver los problemas que atenazan a la civilización árabe. Ante el llamamiento del rey Abdalá de Arabia Saudí para luchar contra el Daech y su ideología, el también saudí Turki al-Hamad, desde el periódico londinenses Al Arab, apunta directamente contra la ideología wahhabí, puritana y antipluralista. “Son incapaces [esos dirigentes árabes] de hacer frente a los grupos que practican la violencia, el extremismo y el degüello público, no por cobardía o afán dilatorio, sino porque todos ellos comparten la misma ideología” que anima a los guerreros de la yihad.

La crítica más radical la formula un escritor libanés, Hanin Ghaddar, de confesión chií, que escribe en la web Now y pone el dedo en la llaga: “Para combatir al Estado Islámico y otros grupos radicales y prevenir el ascenso de nuevos dirigentes autocráticos necesitamos asumir la responsabilidad por los fracasos colectivos que han provocado todos estos terribles tiranos y fanáticos. Nuestros medios de comunicación y nuestro sistema educativo son dependientes del monstruo que ayudaron a crear.”

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Responses

  1. ¿Donde puedo acceder a escritos producidos por lo que te referis como un tercer movimiento del pensamiento árabe?
    Muchas gracias, excelente blog.


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