Posteado por: M | 4 octubre 2014

La democracia de Hong Kong y el fantasma de Tiananmen

Muchos de los jóvenes movilizados en Hong Kong en pro de la democracia, en unas manifestaciones sin precedentes, no habían nacido cuando se desarrollaron en Beijing unos acontecimientos similares en su designio, en mayo-junio de 1989, pero luctuosos en su desenlace. La primavera china fue sofocada de manera sangrienta por la intervención del ejército: miles de muertos al disparar los blindados contra los manifestantes desarmados pero tenaces en la plaza de Tiananmen, en el centro de la capital, en la madrugada del 4 de junio. La represión implacable se extendió por todo el país y afectó incluso a las más altas esferas del Partido Comunista (PCCh). Bajo la ley marcial, los líderes estudiantiles de la protesta pacífica pagaron la osadía con sus vidas o fueron degradados y/o encarcelados. El desarrollo chino se demoró por unos años, pero Europa no pasó de una restricción general y cínica de las relaciones.
La fotografía de un hombre de apariencia frágil plantado temerariamente delante de un tanque, en una avenida de Beijing, en junio de 1989, una instantánea que dio la vuelta al mundo, ha sido reproducida profusamente por los manifestantes de Hong Kong, que han armado con un paraguas al valeroso y solitario ciudadano, símbolo de “la revuelta de los paraguas” y las cintas rojas en la cabeza. Por el momento, los gases lacrimógenos y las contramanifestantes han sustituido a las ametralladoras de los blindados, lo que no deja de ser un notable progreso. Cada 4 de junio, miles de hongkoneses celebran una vigilia con velas encendidas para recordar a los caídos de Tiananmen, mientras que diversas marchas pacíficas para reclamar una genuina democracia se celebran anualmente el 1 de julio, fecha aniversario del traspaso de soberanía en 1997, tras 152 años de colonia británica.

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El hombre del tanque, Tiananmen, 1989.

El máximo dirigente de China hace 25 años era el “pequeño gran timonel”, el valetudinario Deng Xiaoping, el inspirador del milagro económico, el artífice de las reformas modernizadoras en 1977-1978, caído en desgracia y rehabilitado tras el fiasco de la revolución cultural maoísta (1965-1971), al que no le tembló el pulso a la hora de ordenar a los militares que utilizaran los tanques para acabar con la fiesta democrática. La plaza de Tiananmen quedó sembrada de cadáveres y el viento de la libertad amainó por muchos años, aunque la inmensa tragedia tuvo repercusiones en el comportamiento de los líderes comunistas, ahogó las veleidades de los cambios políticos e introdujo una sucesión ordenada y limitada en el tiempo (8 años) en los cargos de la dirección del PCCh, un modelo que prevalece desde entonces sin apenas controversia.

Las comparaciones y los recuerdos me parecen inevitables, pero las circunstancias son distintas, tanto en Hong Kong, que en 1989 era una colonia británica, como en Beijing, donde la dirección del PCCh vivía a la sazón alarmada por la perspectiva de “un Gorbachov chino” que, aprovechando la decadencia física de Deng, pudiera asumir la dirección del movimiento (perestroika) en favor de la democracia. Las tensiones estaban instaladas dentro del comité central y del comité permanente del politburó, la cúspide del sistema piramidal comunista. Corría la sospecha de que el secretario general del partido, Zhao Ziyang, otro superviviente de las purgas de la revolución cultural, abrigaba simpatías hacia la revuelta estudiantil y abogaba por el diálogo con sus líderes. Denigrado y purgado en junio de 1989, fue expulsado del partido y estuvo bajo arresto domiciliario hasta su muerte (2005).

Curiosamente, la muerte de Zhao Ziyang tuvo y sigue teniendo una especial repercusión en Hong Kong, territorio devuelto a la soberanía china en 1997, donde más de 15.000 personas asistieron en enero de 2014 a la vigilia organizada para honrar la memoria del añorado secretario general del PCCh, convertido en adalid de la libertad, en medio de una fuerte polémica con los dirigentes fieles a Beijing. Fue uno de los primeros y más numerosas desfiles de los adalides de la democracia en la región administrativa especial, amparados por el principio de “un país, dos sistemas” que implicó la aceptación por Beijing de los requisitos liberales propuestos por Londres para acelerar pacíficamente la retrocesión de la colonia, consumada el 1 de julio de 1997.

Un sistema político heredado de la colonia

El tratado chino-británico (1984) y la Ley Básica (1990) concordante establecieron “la región administrativa especial” de Hong Kong (Puerto Perfumado), dotada de amplios poderes (excepto en las políticas exterior y de defensa), y prometieron “un alto grado de autonomía”, el respeto del estado de derecho (rule of law), la protección de los derechos humanos, la judicatura independiente y el sufragio universal en el futuro para elegir a los dirigentes de las instituciones, incluidos los diputados del Consejo Legislativo y el jefe del Ejecutivo o primer ministro. El período de aplicación de esa legislación especial china, sin duda privilegiada, se fijó en 50 años.

El último gobernador británico de la colonia, Chris Patten, tuvo éxito en su empeño de mantener la plaza financiera, la tercera del mundo en importancia (tras Nueva York y Londres), como una isla de libertad y seguridad jurídica a pesar del sistema de dictadura comunista imperante en el continente. Ahora, ante el clamor de los manifestantes, Patten se ha permitido recordar sus responsabilidades al primer ministro británico, David Cameron, en lo que concierne a las promesas de Beijing sobre los derechos civiles de los hongkoneses.

La espera ha sido larga y sinuosa. Los ciudadanos de la aglomeración urbana de Hong Kong (la península y las islas), que cuenta con poco más de 7 millones de habitantes), llevan casi 15 años aguardando a que se cumpla la promesa del sufragio universal (un hombre, un voto), pero las elecciones del Consejo Legislativo (parlamento regional) de 60 miembros y del jefe del Ejecutivo, cargo equivalente al de gobernador bajo la colonia, están sometidas aún a fuertes restricciones. De los 60 miembros de la asamblea legislativa, la mitad son elegidos por sufragio universal, pero los otros 30 escaños se asignan invariablemente a políticos y dirigentes sociales obedientes al gobierno chino, acólitos de los planes y consignas del PCCh.

El actual jefe del gobierno de Hong Kong, cuya renuncia exigen los manifestantes, es Leung Chun-ying, un hombre de Beijing, quizá por eso mismo muy impopular, pero que cuenta con el apoyo de los magnates chinos que dirigen las grandes corporaciones y controlan el mercado bursátil, los cuales fueron recibidos colectivamente en Beijing por el presidente Xi Jinping, que es también el secretario general del PCCh. No obstante, y habida cuenta de que la crisis no se dirimirá en la calle, como ocurrió en Beijing en 1989, sino en los despachos, cabe pensar que el poco carismático Leung podría ser sacrificado para calmar las iras populares. Sería una demostración inequívoca de que el pragmatismo se apunta un nuevo triunfo.

La idea de que el jefe del Ejecutivo fuera elegido por sufragio universal fue recogida en la Ley Básica de 1990, junto con la promesa de que el nuevo modo de escrutinio se implantaría a partir de 2017. Pero he aquí que el 31 de agosto último, domingo, el comité permanente de la Asamblea Nacional Popular (ANP), máximo órgano legislativo, publicó la normativa que deberá regir la elección del primer ministro, a la que sólo podrán concurrir los candidatos seleccionados por el gobierno de Beijing, un procedimiento claramente dictatorial y previsible que provocó el rechazo y una fuerte indignación en los círculos democráticos de la región.

Los estudiantes iniciaron la protesta con el boicot de las clases el 22 de septiembre, con especial incidencia en el mundo universitario, signo evidente de que los jóvenes hongkoneses no desean ser tratados políticamente como sus coetáneos del continente, cualesquiera que sean las ventajas económicas que pudieran esperar. Los dos sistemas son, por el momento, irreconciliables. Ni la dictadura comunista puede plegar velas ante una supuesta provocación, un desafío de su autoridad, ni los ciudadanos de Hong Kong parecen dispuestos a sacrificar sus libertades civiles en el altar de una prometida prosperidad. El movimiento Occupy Central se inició tres días antes de la fecha inicialmente prevista, el 1 de octubre, la fiesta nacional china que conmemora la toma del poder en Beijing por Mao Zedong y los comunistas (1949).

La interpretación de la Ley Básica por las autoridades de Beijing confirma la intolerancia o especial alergia que el sistema experimenta ante cualquier acontecimiento susceptible de menoscabar la absorbente hegemonía política del PCCh. El ataque frontal contra el principio de “un país, dos sistemas” fue inmediatamente criticado por el Partido Demócrata de Hong Kong y por los líderes de la protesta conocida por Occupy Central (ocupa o toma Central), el distrito financiero, llamada así en recuerdo de la organizada contra las grandes empresas y los grupos empresariales de EE UU, iniciada en septiembre de 2011, bajo la consigna de Occupy Wall Street, con referencia a la calle del bajo Manhattan donde se ubica la bolsa de Nueva York.

Beijing dejó bien sentado que sólo las personalidades “patriotas y vinculadas a Hong Kong” podrán obtener el plácet para presentar su candidatura, y explicó que esa selección previa se justifica por imperiosas razones de seguridad nacional. La propaganda del PCCh subrayó que aún existen en Hong Kong algunos políticos que se niegan a aceptar la reunificación de 1997 y que, en connivencia con fuerzas extranjeras no designadas, tratan de hacer de la región administrativa especial una plataforma desde la que socavar el poder del partido comunista y perjudicar los intereses nacionales. En otras palabras: un primer ministro demócrata en Hong Kong, no sometido a la influencia de la dirección comunista, resulta inaceptable para Beijing, pues el efecto contagio en el continente podría desestabilizar los precarios equilibrios regionales que coadyuvan en el prodigioso desarrollo económico.

El modo de selección y escrutinio dictados por Beijing empeoran la situación actual. Hasta ahora, cualquier persona podía ser candidato si obtenía el apoyo de 150 de los 1.200 miembros de la comisión electoral. Aunque esa comisión estaba dominada por personalidades del mundo financiero y notables fieles a Beijing, los demócratas habían podido presentar fácilmente candidatos, obtener el escaño y llevar sus propuestas al Consejo Legislativo. Con el nuevo esquema anunciado, cualquier candidato deberá obtener el aval de al menos la mitad de los miembros de la nueva comisión de designación o selección, un dispositivo controlado por el PCCh.

La posición del PCCh y los riesgos de colisión

Las elecciones, por lógica consecuencia, viciadas en su origen, dejarán de ser realmente democráticas. Beijing guarda las apariencias y mantiene el sufragio universal, pero las restricciones sobre los candidatos convertirán las elecciones en una parodia, la farsa que siguen denunciando los manifestantes. Los dirigentes de la protesta, sin otra arma que la desobediencia civil, insisten en su reclamación de que se introduzca el sufragio universal sin restricciones, según lo prometido. Pero el presidente Xi Jinping, en un reciente discurso, dejó bien sentado que no tolerará nada semejante a la democracia de estilo occidental dentro de las fronteras del país, lo que incluye, desde luego, a Hong Kong, aunque también a otras dos regiones en perpetua agitación: Tíbet y Sinkiang.

La revuelta de los paraguas o el movimiento de los paraguas de la democracia, según las traducciones más frecuentes, se presenta muy problemática en su desenlace, habida cuenta la influencia exorbitante que los emisarios de Beijing y sus numerosos aliados ejercen en la región. El PCCh hizo una primera concesión, al propiciar el diálogo de los estudiantes con un delegado del primer ministro, Leung Chun-ying, pero éste se negó a dimitir como reclaman los líderes estudiantiles. Los residentes pro-Beijing de la zona central de la ciudad salieron a la calle, rompieron las líneas de la policía y atacaron a los estudiantes que mantenían la sentada en las principales calles, de manera que la perspectiva de una confrontación civil causó una considerable alarma en los círculos financieros. De todas maneras, nada parece indicar que la Civic Square (Plaza Cívica) hongkonesa vaya a tener el mismo destino trágico que la de Tiananmen en 1989. El sistema judicial funciona aún con el decoro suficiente para poner en libertad a los estudiantes que detiene la policía.

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El hombre del paraguas, Hong Kong, 2014.

Aunque pueda parecer paradójico, el enorme poder económico de China y la llegada masiva de chinos del continente a Hong Kong –para comprar cualquier cosa, incluso una vivienda, instalarse como residentes o pasar sus vacaciones— contribuyen al resentimiento de los hongkoneses, degradan su nivel de vida y empeoran su posición social relativa. Hong Kong ya no es la puerta ineludible y casi única para entrar y hacer negocios en China, su primacía como puente con Occidente están declive, pues ha perdido parte de sus atractivos en favor de Shanghai o Cantón. A medida que crecen las desigualdades sociales, las diferencias culturales se hacen más profundas y la crisis hiere, sobre todo, a las familias de clase media.

A pesar de la arrogancia de los chinos que llegan del continente con sus lujosos automóviles y sus abultadas carteras, los líderes intelectuales y los sectores más comprometidos con la protesta de los paraguas se consideran la vanguardia de la democracia, a juzgar por sus proclamas; enarbolan con orgullo la bandera de la libertad de expresión y reunión, y no parece que estén dispuestos a cambiar sus derechos cívicos por las promesas de prosperidad que exhiben los visitantes.

El generoso acuerdo comercial de 2003, firmado entre Beijing y las autoridades de Hong Kong, fue un salvavidas económico para la ciudad financiera en retroceso, pues varios magnates chinos invirtieron ingentes cantidades de dinero en tiendas que venden artículos libres de los impuestos que rigen en el resto del país; pero esa invasión económica de los ricos continentales, aunque pacífica, creó los inevitables problemas sociales, disparó los precios y animó al PCCh a tomar otras medidas que chocan con el sistema liberal heredado de los británicos, desde el intento fallido de imponer cursos de “patriotismo” en las escuelas a la pretensión en disputa de aplazar sine die la introducción del sufragio universal. Las aspiraciones democráticas han sido estimuladas por la protesta social.

Las autoridades de Beijing disponen de varias opciones para hacer frente a un movimiento que desafía los principios de un sistema comunista que ha dejado de serlo en la práctica, pero que trata de imponer una visión estrictamente confuciana del poder –el individuo supeditado a los intereses de la comunidad—, una ideología de sustitución que alcanza su pleno significado en la férrea autoridad del partido comunista para imponer una moral colectiva. En abierta contradicción, claro está, con la concepción liberal que anima a los manifestantes porque levanta barreras para proteger al individuo de las agresiones o exacciones del poder político. El compromiso entre ambas concepciones de la convivencia es muy poco probable.

Los comunistas tienen una gran experiencia en el control y la manipulación de las protestas, pero en Hong Kong carecen de una solución de recambio duradera que no pase por la consolidación de la democracia. La actividad creciente de los grupos de agitadores que atacan a los estudiantes y pretenden sembrar el caos, entre los que no faltan los grupos locales del crimen organizado, conocidos como triads (tríos), sugieren que el partido comunista se inclina por crear un clima de tensión susceptible de amedrentar a los comerciantes. Con esos grupos de reventadores, que se adornan con cintas azules en la cabeza y actúan aparentemente con la connivencia de la policía, se alinean también numerosos trabajadores que piensan que la agitación estudiantil amenaza la estabilidad de sus puestos de trabajo.

La región administrativa especial seguirá como escaparate de un sistema político que contradice de manera flagrante y permanente los principios de la dominación comunista, pero el PCCh maniobrará de mil maneras para evitar que la protesta se extienda al continente. No obstante, los riesgos de colisión son innumerables, aunque no es previsible que Beijing opte por el gran garrote, una intervención militar, con el pretexto de la estabilidad, que tendría un alto coste político y diplomático, como ya ocurrió en 1989.

No obstante, persisten en el PCCh algunos sectores que serían proclives a terminar de una vez por todos con el experimento político de Hong Kong, tan contaminado por el pensamiento occidental, aunque sólo fuera para evitar que el espíritu democrático se extienda por todo el país y desencadene las temibles tensiones centrífugas que tanto debilitaron a China en el pasado. Quiero esto decir que el desenlace de la crisis indicará claramente cuál es el verdadero poder de los sectores reformistas dentro de la estructura mastodóntica del PCCh, al mismo tiempo que nos orientará sobre los enigmas que rodean al presidente Xi Jinping y el destino de su campaña contra la corrupción, genuino flagelo de la burocracia comunista.

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