Posteado por: M | 28 octubre 2014

Reelección de Rousseff en un Brasil fracturado

Los brasileños se pronunciaron por la continuidad, pero lo hicieron con escaso entusiasmo, como si quisieran indicar que el cambio es inevitable aunque lo confíen precavidamente a la actual presidenta Dilma Rousseff, del izquierdista y populista Partido de los Trabajadores (PT), que fue reelegida en segunda vuelta para un segundo y último mandato de cuatro años con el 51,64 % de los votos (54.501.118), en las elecciones presidenciales del 26 de octubre. El contrincante derrotado fue el senador centrista Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), que obtuvo el 48,36 % de los votos (51.041.156), aupado en los últimos meses por la mala situación económica del país y los escándalos de corrupción del poder que llegaron hasta la empresa estatal Petrobrás, verdadera joya de la corona energética e industrial.

“El resultado más estrecho de la historia de Brasil”, como subrayó el diario O Globo en su portada. Una diferencia de tres puntos (3 millones de votos) para una participación de 105 millones de electores. Un somero análisis del escrutinio confirma que persistió la hiriente fractura geográfica y social del país, pues Rousseff debe su triunfo a los votantes pobres y subsidiados del norte y noreste, mientras que el candidato opositor logró sus mejores registros en el sur industrializado y la aglomeración de Sâo Paulo, la capital económica y del estado homónimo, las regiones más prósperas y mejor preparadas para potenciar el desarrollo.

dilma

Dilma Rousseff

La excepción y la sorpresa se produjo en el estado de Minas Gerais, en el centro geográfico del país, entre Río de Janeiro y Bahía, con capital en Belo Horizonte, ex feudo de Neves, que cambió de bando para elegir a un gobernador del PT e inclinar la balanza global en favor de la presidenta. No obstante, los petistas (dirigentes y seguidores del PT) perdieron la gobernación del poderoso estado de Río Grande del Sur, fronterizo con Uruguay y Argentina, de manera que mantienen la precaria cosecha de 5 de los 26 gobernadores.

La estrecha victoria de la ex guerrillera Dilma Rousseff, el estancamiento de la economía, el impulso ganado por la oposición de centro-derecha y, sobre todo, la fragmentación extrema que prevalece en las dos cámaras del Congreso Nacional (Cámara de los Diputados y Senado), en las que el PT carece de mayoría, auguran grandes maniobras parlamentarias, una legislatura complicada y probablemente una rectificación de algunos aspectos de la política económica. El PT sólo cuenta con 70 diputados federales (perdió 18 con relación a 2010), por 66 del centrista Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB), 54 del PSDB de Neves y 37 del Partido Social Democrático (PSD), en una cámara baja con 513 escaños y nada menos 28 partidos representados.

En su primera alocución tras conocerse los resultados, Rousseff hizo un llamamiento a la unidad y la reconciliación. “Esta presidenta está abierta al diálogo”, prometió. Luego realizó su particular análisis de una victoria poco convincente, que le obligará a arduas negociaciones dentro y fuera del gobierno: “Entiendo que estas elecciones movilizaron ideas y emociones a veces contradictorias, pero impulsadas por un sentimiento común: la búsqueda de un futuro mejor para el país.” De sus palabras se infiere que los cambios son inevitables: “Algunas veces en la historia, los resultados muy ajustados producen cambios mayores y más rápidos que las victorias amplias”, recordó Rousseff.

El diario carioca O Globo, portavoz del principal grupo multimedia de Brasil, publicó un comedido y cauto editorial titulado “Los desafíos de Dilma”, en el que podía leerse: “Al mismo tiempo que las urnas expresan el deseo de continuidad de los programa sociales, una profunda expectativa de cambio del rumbo no puede ser descartada de la ecuación del poder. La economía necesita de ajustes y por eso se impone con claridad la necesidad de un equipo nuevo, capaz de restablecer el diálogo entre el Planalto [residencia presidencial en Brasilia] y los sectores productivos.” Nadie se atreve a precisar en qué puede consistir esa mudanza en los objetivos y estrategias del poder.

Los más acreditados medios de comunicación insisten en la conveniencia del diálogo, pero sin ofrecer fórmulas mágicas. En cualquier caso, el exorbitante poder de la presidenta, como corresponde a un régimen presidencial, se encuentra coartado por los imperativos de la coalición gubernamental con varios partidos y la dispersión del poder en los estados federados. O Estado de Sâo Paulo, un importante periódico vinculado con los círculos financieros, publicó un editorial titulado “Brasil entre la recesión y el estancamiento”, en el que abogaba por los cambios económicos, y en la tarde del lunes 27, en su versión digital, ya daba prioridad a la caída de la bolsa, el desplome de las acciones de Petrobrás (-12 %) y la depreciación del real (-2,7 %).

Un gigante dividido y como paralizado

El país está más dividido que nunca, polarizado al máximo y sermoneado hasta la náusea con un discurso populista, divisorio, de antagonismos de clase que se han mitigado en casi todo el mundo, pero que durante la campaña electoral, la más reñida y tumultuosa desde 1989, adquirieron tonos sectarios y casi belicosos, de confrontación entre ricos y pobres, sin matices, de manera que ambos candidatos encarnaron, probablemente a su pesar, dos modelos de vida y de práctica política aparentemente irreconciliables. Las acusaciones, los insultos y los pronósticos infamantes fueron moneda corriente entre los colaboradores de ambos candidatos, hasta el último minuto.

Los analistas de izquierda mantienen que el poder sigue residiendo en Sâo Paulo y los estados del sur, en los que se mueve el dinero y prosperan los negocios, con mejores infraestructuras que en el norte y noreste, las regiones donde viven los pobres. Desde que Lula empezó a gobernar (2003), las trasferencias de recursos del sur hacia el norte han sido considerables, pero no suficientes para rellenar el foso que separa a los dos Brasiles. Por lo tanto –sugieren desde el centro y la derecha–, hay que terminar con una política fracasada y probar un nuevo modelo para despertar al gigante latino-americano, “el país del futuro” de que habló Stefan Zweig antes de morir, exiliado, en Petrópolis, en 1942.

La polarización extrema explica que la candidata de una tercera vía, teórica valedora de las clases medias en ascenso, pero aún frágiles en sus cimientos y precarias en su situación, que fluctúa al compás del crecimiento económico, la ecologista Marina Silva, del Partido Socialista Brasileño (PSB), de confesión evangélica, quedara eliminada en la primera vuelta de las presidenciales, el 5 de octubre, en contra de los pronósticos, con sólo el 20 % de los votos, casi los mismos que había obtenido cuatro años antes. En la segunda vuelta, Marina Silva respaldó al opositor Aécio Neves, alegando que, tras doce años del PT en el poder, “la alternancia será buena para Brasil”, para evitar la parálisis y la recesión.

En la recta final de la campaña, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, figura carismática del Partido de los Trabajadores (PT), tuvo que salir a escena para apoyar enérgicamente a la que designó como su sucesora en 2010 y advertir a “los pobres” de que corrían el riesgo de perder lo que habían conseguido durante sus dos presidencias (2003-2010). Su aparición añadió vitriolo y mordiente a los mítines. Lula afirmó que el equipo de campaña del candidato opositor se había comportado “como los nazis durante la Segunda Guerra Mundial”. Aécio Neves replicó comparando al estratega jefe de Rousseff con Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler. Estas comparaciones tan estridentes confirman lo enconado de la batalla electoral y la victoria por la mínima. Para Rousseff, simplista y agresiva, su contrincante no era otra cosa que “el candidato de los banqueros”.

El Partido de los Trabajadores (PT), fundado en 1980, situado claramente a la izquierda pero de ideología confusa y populista, logró su respetabilidad nacional e internacional de la mano de Lula, elegido presidente en 2002 y reelegido en 2006, un sindicalista de escasa formación pero de acreditado olfato político, impulsor de unos programas sociales que ayudaron a salir de la extrema pobrezas a 35 millones de ciudadanos. Éstos pasaron a engrosar las filas de una clase media (llamada clase C en las estadísticas) que integra a más de 100 millones de personas, con rentas que oscilan entre los 681 y los 2.939 euros mensuales, y cuyos sufragios dirimen todas las contiendas electorales. Una clase media en expansión, pero muy dividida como consecuencia del estancamiento económico.

Los programas sociales constituyen hoy el principal crédito de Dilma Rousseff, una ex guerrillera, economista de profesión, de 67 años, que fue elegida como sucesora y albacea de Lula en 2010. La estrella de esos programas clientelares es la Bolsa Familia, un subsidio de 198 reales (65 euros) del que se benefician unos 50 millones de personas y ciudades enteras, con especial incidencia en las zonas deprimidas y semidesérticas del norte y el noreste, pero también en las favelas (barracas) de las grandes urbes. Este “salario de los pobres” llega a casi 50 millones de personas (unos 14 millones de núcleos familiares) empieza a ser criticado por las clases medidas que se quejan del alto nivel impositivo necesario para mantenerlo.

Las estadísticas revelan que aproximadamente el 70 % de los que reciben la ayuda siguen trabajando, aunque con empleos muy precarios. En cualquier caso, los resultados de esa gratuita transferencia directa de rentas, que sus detractores llaman bolsa esmola (bolsa limosna), permitieron que Brasil saliera este año del mapa del hambre trazado por la ONU, pero su eficacia para el desarrollo económico está en entredicho. En diez años, la pobreza se ha reducido prácticamente en el 50 %, peor los umbrales estadísticos son muy bajos. La Bolsa Familia no plantea problemas de financiación, pues apenas si consume el 1 % del PIB, y el gasto estatal en ese subsidio, en términos globales, es inferior al reembolso que representa para el consumo.

La Bolsa Familia y otros programas de ayuda social afianzaron la popularidad de Lula entre los pobres y funcionaron como estimulante del consumo y del comercio en los momentos del boom económico que hicieron de Brasil la primera potencia económica de América Latina, la séptima del mundo por producto interior bruto (PIB). Pero desde que Dilma Rousseff fue elegida en 2010, la economía empezó a desacelerarse y este año entró en recesión. En los últimos cuatro años, el crecimiento económico se situó en el 2 % de media, menos de la mitad del crecimiento del PIB de los llamados países emergentes. El problema esencial no es el mantenimiento del subsidio, sino la articulación de una estrategia económica que lo haga innecesario a corto plazo.

La llegada imprevista y funesta de la recesión, el aumento espectacular de los precios y en general el malestar económico dieron una oportunidad al senador Aécio Neves, un producto típico de las élites brasileñas, del centrista Partido Social Demócrata de Brasil (PSDB), con reputación de buen gestor como gobernador del estado de Minas Gerais (2003-2010), el segundo más poblado del país, que hizo campaña contra el excesivo intervencionismo estatal, la voracidad fiscal y los escándalos de corrupción que venían afectando a la presidenta saliente y líder del PT. Neves, de 54 años, es nieto del político Tancredo Neves, elegido presidente en 1985, como candidato de consenso, pero que no llegó a tomar posesión por graves problemas de salud.

Paradójicamente, la organización de la Copa del Mundo de Fútbol, la más cara de la historia, que finalmente se celebró en junio de este año, se convirtió en un rompecabezas para el poder político. Un vasto movimiento de protesta contra el gasto excesivo sacudió el país en junio de 2013, tras el aumento de las tarifas del transporte, hasta el punto de que el gobierno recurrió al ejército para contener la ola de violencia y garantizar la seguridad de los trabajadores en los estadios. Aunque con menor virulencia, las protestas de las clases medias se repitieron un año después, en vísperas de que empezara a rodar el balón y antes de la decepción generalizada que supuso la derrota del equipo nacional.

Los dividendos del partido bisagra

La presidenta tendrá que lidiar con un poder legislativo más fragmentado y conservador que nunca. Nada menos que 28 partidos (6 más que en 2010) se dan cita en el hemiciclo de la Cámara de Diputados (513 escaños), cámara baja del Congreso Nacional, que tiene la primacía legislativa. El Senado, integrado por 81 senadores de 16 partidos, representa a los 26 estados federados y el Distrito Federal (Brasilia). Un complejo sistema electoral (proporcional con un doble voto por candidato y por partido) favorece la dispersión y el caciquismo, cuando no el fraude. Muchos de esos partidos, en especial el Partido del Movimiento Democrático de Brasil (PMDB) –la minoría más numerosa en la Cámara de Diputados— apoyaron sucesivamente a Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma porque, al parecer, carecen de perjuicios ideológicos.

El PMDB, típico partido bisagra y caciquil, fue el verdadero vencedor de las elecciones, el verdadero “hacedor de reyes”, el que impone las grandes orientaciones. No sólo preservó su posición en el Congreso de los Diputados como segunda fuerza con más escaños, sino que en las llamadas elecciones estatales obtuvo un notable avance al pasar de cinco a siete gobernadores, manteniendo el poder en Río de Janeiro, que se prepara para los Juegos Olímpicos de 2016, y conquistando el de Río Grande del Sur, el segundo estado más poblado, con capital en Porto Alegre. En principio, el PMDB apoya a la presidenta, como parte del denominado “bloque gubernamental”, en nombre de la estabilidad y el reparto de canonjías, lo mismo que había hecho durante la presidencia de socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso (1995-2002).

El PMDB, que tiene sus orígenes en los años agitados que siguieron a la dictadura militar, a partir de 1985, acoge a las más diversas personalidades y parece dispuesto a apoyar a cualquiera que esté en el gobierno, eso sí, a cambio de favores. Un despacho diplomático norteamericanos de 2004, revelado por Wikileaks, contenía la más dura descripción del PMDB: “Un partido que sobrevive gracias a un vasto aparato caciquil construido alrededor de jefes regionales y una red de influencias que cultiva mediante su participación en gobiernos de coalición a nivel federal o estatal siempre que es posible (…) Sus miembros no están guiados por principios, sino por los fluidos beneficios de sus propios intereses.” Por los mentideros políticos brasileños circulaba durante la campaña electoral la siguiente ocurrencia: “No sabemos quién va a ganar la elección, pero sí sabemos que el PMDB estará en el gobierno.”

El ejemplo más característico del caciquismo del PMDB lo ofrece uno de sus dirigentes más veteranos, José Sarney, patriarca de una de las más poderosas familias brasileñas, cuyo feudo es Maranhâo, el estado probablemente más pobre del país. El gobernador del estado, los senadores y los diputados, los empleados públicos estatales y los contratos del gobierno se reparten entre los miembros de la familia Sarney y sus amigos y protegidos. La propaganda radiotelevisiva del clan corre a cargo de Mirante, una empresa multimedia. La influencia de Sarney, que por cuatro veces presidió el Senado, se extiende el estado vecino de Amapa, en el extremo norte del país, igualmente pobre y deprimido.

En su primer mandato (2003.2006), el presidente Lula se mostró reacio a la alianza con el PMDB, de difícil justificación ante sus huestes, pero su precaria situación parlamentaria acabó con un sonado escándalo de corrupción, conocido como “Mensalao”, cuando se supo que el PT había estado pagando un soborno mensual a varios diputados para garantizar su apoyo en algunas votaciones cruciales sobre los proyectos estelares de la presidencia. Un mes después de que estallara el escándalo de la compra de votos, en 2005, Lula entregó tres ministerios a sendos políticos del PMDB y forjó una alianza que se mantiene desde entonces y que explica la sordina puesta a algunas de las promesas más izquierdistas del PT, sobre todo, la distribución de tierras a los campesinos pobres.

En las elecciones de 2010, Dilma Rousseff se hizo acompañar por Michel Temer, del PMDB, como candidato a la vicepresidencia, cargo para el que resultó elegido y que aún mantiene. En el actual gobierno, cinco ministerios están regentados por hombres del partido centrista, al que el analista Hernán F. Gómez Bruera describe como “una organización política conocida por su oportunismo, sus prácticas clientelares y la corrupción de sus líderes”, en un libro titulado Lula, el Partido de los Trabajadores y el dilema de la gobernabilidad en Brasil, publicado en 2013. La cita la tomo de la revista norteamericana Foreign Policy.

La tensión electoral no decayó con la reelección de Rousseff. Brasil padece un grave problema de gobernabilidad que en gran parte se debe a las disfunciones del sistema político y electoral, del multipartidismo exacerbado y de las coaliciones forzosas entre fuerza contradictorias; pero la reforma política, tantas veces aplazada, no es para mañana, desde luego, ni será fácil de realizar con un Congreso tan dividido y errático. En cuanto a la mejora económica prometida por Rousseff en 2010, los datos confirman que ha sido frustrada por el estancamiento, la fatal subida de precios y los escándalos de corrupción.

El socialdemócrata Aécio Neves, el candidato derrotado, sostuvo durante la campaña que el modelo de subsidios, créditos baratos y estímulo del consumo de los más pobres está agotado y, en vez de remediarla, contribuye a ahondar y enconar la fractura ancestral del país. Los programas sociales liberan de la pobreza extrema, con una manera artificial de mantener bajos niveles de desempleo, pero, sin otras medidas que creen un clima favorable para los negocios, conducen al estancamiento. Quizá no sea conveniente regresar a las políticas de reducción del gasto y austeridad de los gobiernos de Cardoso, que en la década de los 90 sentaron las bases para el despegue; pero habrá que buscar otros estímulos que no se limiten al subsidio inevitable pero improductivo, favoreciendo a esa clase media (C) emprendedora que constituye el mejor sostén de la democracia y aporta el lubricante que necesita la economía.

Las incógnitas de la diplomacia

La reelección de Rousseff no despeja las incógnitas que se ciernen sobre la política exterior y sus consecuencias económicas. Podría pensarse que todo seguirá bajo el signo de la continuidad, pero igualmente lo reñido del resultado quizá propicie cambios que por el momento resultan imprevisibles. Una inflexión de la política económica, hacia un menor intervencionismo, se traduciría lógicamente en  una suave inflexión de las prioridades diplomáticas.

Durante el último decenio, la diplomacia estuvo fuertemente ideologizada, más cerca de La Habana que de Washington, y esa inclinación se tradujo en la financiación de costosos proyectos en Cuba, Venezuela y Bolivia, de retorno improbable, y una sujeción estricta a los programas proteccionistas de Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela), en detrimento de una integración más vinculada al librecambio, según el modelo defendido por la Comunidad Andina de Naciones (CAN) que forman Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador, con Chile como miembro asociado, y la Alianza del Pacífico (México, Colombia, Perú y Chile).

El candidato derrotado, Aécio Neves, por el contrario, defendió una acción exterior fundada en el pragmatismo y, sobre todo, en una alianza estratégica con Washington similar a la que mantienen otros países de parecidas ambiciones como la India, Turquía y Corea del Sur. Frente a la diplomacia personal inaugurada por Lula y proseguida por Rousseff, Neves abogó por devolver el protagonismo al palacio de Itamaraty, sede de la cancillería brasileña.

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