Posteado por: M | 6 noviembre 2014

Más dura fue la caída de Obama

ANÁLISIS

Las elecciones legislativas norteamericanas del 4 de noviembre, conocidas como de la mitad del mandato presidencial, confirmaron el desastre que se venía cerniendo sobre la autoridad de Barack Obama. Los periódicos de la costa atlántica, muchos de ellos defensores a ultranza del primer presidente negro, no pudieron ocultar su ofuscación y su desencanto: oleada republicana, repudio de un presidente, fin de una era y batacazo de las esperanzas fueron algunas de las reflexiones más repetidas en los medios. Acertaron los candidatos del Partido Demócrata que rehuyeron fotografiarse con el presidente durante la campaña para no perjudicar sus expectativas electorales. Fue un veredicto contra la Casa Blanca y contra Washington, contra el Big Government, el Gran Gobierno, asimilado con frecuencia al Gran Hermano, y la presidencia imperial que preconizan los progresistas y maldicen los conservadores.

El Partido Republicano, aunque dividido y sin un claro líder nacional, desgarrado por pugnas intestinas, no sólo repitió y amplió su mayoría en la Cámara de Representantes, sino que también pasó a controlar el Senado, por primera vez desde 2007, de manera que Obama tendrá que hacer frente a un Congreso reticente u hostil que incluso pretenderá revisar algunos de los programas presidenciales, empezando por el de sanidad (los seguros médicos). La inquietud por la situación económica, pero, sobre todo, la falta de liderazgo del presidente determinaron la sweeping victory, la muy amplia victoria de los republicanos o conservadores, especialmente en el sur y el medio oeste, pero incluso en algunos bastiones progresistas como los estados de Massachussets, Maryland e Illinois. Un verdadero “democalypse”, el apocalipsis de los demócratas, como resumió la muy conservadora Fox News; las elecciones más destructivas para el Partido Demócrata desde 1945, según sugieren muchos analistas.

En la Cámara de Representantes (435 escaños), elegida en su totalidad, los republicanos añaden una decena de escaños a su mayoría, de manera que alcanzarán previsiblemente los 245, la más amplia de su partido desde los tiempos del presidente Harry S. Truman (1948). En el Senado (100 senadores), del que se elegía un tercio, los republicanos arrebatan al menos siete escaños a los demócratas y pasarán de 45 a 52, una ventaja exigua pero suficiente para bloquear cualquier iniciativa presidencial. El senador republicano Mitch McConnell, de Kentucky, que fue reelegido sin problemas, hasta ahora jefe de la minoría, se convertirá previsiblemente en el nuevo jefe de la mayoría y será uno de los principales interlocutores de Obama. McConnell se apresuró a declarar: “El hecho de que tengamos un sistema bipartidista no significa que tengamos que estar en perpetuo conflicto”.

Aunque el presidente dijo a sus íntimos que no se sentía “repudiado” por los resultados, la verdad es que fue probablemente el día más amargo de su presidencia, entre la soledad, la decepción de sus partidarios y la reprobación. No cabe duda de que fue Obama el que mordió el polvo de la derrota.

El mapa electoral sufrió un vuelco radical, una mudanza más acusada que la que presagiaban los pronósticos. Según las encuestas a pie de urna, seis de cada diez electores expresaron su frustración o su irritación con la Administración de Obama. En general, los votantes se mostraron muy pesimistas sobre el futuro inmediato del país, como si se hubieran contagiado por las previsiones sombrías de los llamados decadentistas, es decir, los numerosos profetas de la decadencia que han sido reunidos en su último número por la influyente revista Foreign Affairs para proclamar a los cuatro vientos que EE UU es “una tierra de decadencia y disfunción”.

Uno de los artículos de Foreign Affairs está firmado por el famoso Francis Fukuyama, el teórico fallido que declaró “el fin de la historia” cuando se derrumbó el muro de Berlín, y se titula: “La decadencia de América. Las fuentes de la disfunción política”, en el que pasa revista, con una perspectiva histórica, al origen y evolución de los defectos más notorios del sistema norteamericano, desde las instituciones políticas inadecuadas a la burocracia invasora, la omnipresencia de los grupos de presión, la justicia discriminatoria y las guerras dentro de los partidos políticos, con especial énfasis en “la crisis de la representación” que está en la raíz del desdén, la inhibición o la desafección de los ciudadanos.

La doble mayoría republicana

El mapa electoral se tiñó de rojo, el color del Partido Republicano. La fortuna sonrió igualmente a los republicanos en las elecciones de los gobernadores de los 36 estados en liza, al vencer en Florida (Rick Scott) y Wisconsin (Scott Walker), dos de los estados que se consideran claves para la elección presidencial de 2016. Los republicanos desbancaron en tres estados a los demócratas, por lo que la distribución de gobernadores está aún más desquilibrada: 31 republicanos por 17 demócratas. En el momento de redactar este artículo no estaban completos los resultados de dos estados. Una de las mayores sorpresas se produjo en Carolina del Norte, donde el republicano Tom Tillis, pese a los pronósticos en contra, batió a la senadora demócrata saliente Kay Hagan. Dos estados de tendencia tradicionalmente demócrata como Iowa y Colorado pasaron al campo republicano.

La situación no es nueva y encaja perfectamente en las prudentes decisiones que adoptaron los constituyentes en el siglo XVIII para instaurar una república con rígida separación de poderes, movidos por el prurito de que “el poder frene al poder”, de impedir cualquier proclividad autoritaria o centralizadora. Fue la doctrina sostenida, ante todo, por James Madison. Un sistema de equilibrio de poderes (checks and balances) y cooperación entre ellos que viene asegurando las libertades individuales, la iniciativa privada, la autonomía de los estados federados y el respeto de las minorías. Casi dos siglos y medio de estabilidad política y progreso material.

Como consecuencia de las dos guerras mundiales y de los intereses globales de la superpotencia, el equilibrio de poderes acabó por inclinarse en favor del presidente, sobre todo, en la dirección de la política exterior, hasta crear lo que se ha venido describiendo como “una presidencia imperial” desde que Raymond Aron introdujo la expresión en unos ensayos inolvidables. En la medida en que Obama dirige un repliegue casi general, liquidando el costoso intervencionismo de su predecesor, se supone que el Congreso pugna por convertirse de nuevo en el centro del sistema político, “la piedra angular del establishment de Washington”, según la metáfora del politólogo Morris P. Fiorina, profesor de la universidad de Stanford.

La verdadera novedad radica en que Obama, que a partir de enero será el convencional “pato cojo” –-cuando el jefe del Ejecutivo se enfrenta a un Congreso dominado por la oposición—, será más cojo que otras veces porque ha dilapidado en seis años todo el entusiasmo que había suscitado en 2008, dentro y fuera de Estados Unidos, cuando fue elegido por una consistente mayoría popular (53 % de los votos). Ahora deberá afrontar una situación incómoda que a veces adquirió proporciones oprobiosas, como ocurrió con el republicano Eisenhower en su segundo mandato y un Congreso dominado por los demócratas en 1957-1961. Situaciones semejantes tuvieron que soportar el republicano Richard Nixon en 1975, que dimitió ese mismo año, y el demócrata Bill Clinton en 1995, sometido al infamante proceso de impeachment o destitución, aunque logró sobrevivir.

El problema no radica tanto en la aritmética parlamentaria, porque las mayorías son muy flexibles y heterogéneas dentro del sistema, sino en el hundimiento del carisma y de la popularidad del presidente, quien “no tiene amigos y muy pocos aliados en la colina del Capitolio”, como remachaba después del escrutinio del 4 de noviembre el analista Jay Cost, de la prensa menos complaciente (The Weekly Standard), en un punzante artículo titulado “El fin de la era de Obama”, en el que se presenta a éste como un político amortizado: “El presidente tendrá mucho tiempo libre durante los dos próximos años, que puede utilizar para reflexionar sobre esta verdad: no haya mayorías permanentes en la política norteamericana.”

Ante esa relativa soledad política, Obama tiene a su disposición dos estrategias alternativas: el apaciguamiento o acomodación con el adversario y la confrontación. El presidente, en una conferencia de prensa celebrada al día siguiente de la derrota en la Casa Blanca, declaró que había recibido el mensaje y que estaba dispuesto a cooperar con los republicanos. Pero sus palabras encerraron también el germen del conflicto: “El Congreso aprobará leyes que no sancionaré y yo decidiré acciones que no les gustarán.” Los fantasmas de los decretos-leyes y los vetos presidenciales auguran un tiempo tempestuoso que pondrá a prueba la estabilidad del sistema.

Aunque poco inclinado a entenderse con los republicanos –la discordia ideológica resulta paralizante–, el presidente podría hacer de la necesidad virtud, olvidar su irritante autismo e intentar aproximarse a la nueva mayoría para consensuar algunos asuntos pendientes, de interés común y no necesariamente conflictivos, como la reforma fiscal, la reducción de los déficits y los acuerdos de libre comercio con la Unión Europea u otros países. Por el contrario, en la esperanza de galvanizar a sus huestes, a las minorías que ahora desertaron de las urnas, Obama podría radicalizar sus posiciones con el prurito de polarizar aún más la vida política y favorecer al candidato demócrata en las presidenciales del 2016, probablemente Hillary Clinton.

No se sabe cuál será la actitud de los republicanos, reforzados por la victoria, pero tan divididos como antes. Un conglomerado en el que coexisten desde los moderados centristas y pragmáticos a los populistas radicales del Tea Party, pasando por los libertarios y los cristianos mesiánicos. Los partidarios de Obama desacreditan al Partido Republicano como “el partido del no”, del obstruccionismo, y lo culpan de la parálisis legislativa. Pero los republicanos responsabilizan a Obama de haber roto algunos de los consensos básicos del país para sacar adelante unos proyectos que, con independencia de sus resultados, causaron fuertes tensiones, como el Obamacare o sistema sanitario obligatorio, en vigor desde el 1 de enero de este año, calificado de “socialista” por sus adversarios.

Una política exterior frustrada

Flota en el ambiente de estos días en Washington, tan duros para los demócratas, la incómoda pregunta de por qué razón el hombre que fue un icono mundial en 2008, elegido como un líder providencial, con un entusiasmo sin duda exagerado, se encuentra ahora hundido en la estimación de los ciudadanos, a pesar de que su gestión económica puede considerarse exitosa en muchos aspectos. No parece que haya sido decisiva la economía, como creyó Bill Clinton en ocasión memorable, en su debate frente a Bush padre en 1992. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, gurú de los intervencionistas y socialdemócratas, se ha deshecho en elogios en la revista Rolling Stone, en un artículo titulado “En defensa de Obama”, apuntando en su haber la reforma sanitaria, la reforma financiera y la política medioambiental.

¿Qué ha fallado, entonces, para que Obama fracase en su intento de reformar la política y la sociedad norteamericanas? Las opiniones son muy variadas y a veces contradictorias, desde las complejidades exteriores a las lagunas en el capítulo vidrioso de la comunicación, el estilo frío y distante o el evidente fiasco en el prurito de cambiar las prioridades y los comportamientos del establishment de Washington. El presidente encaneció aparatosamente al mismo tiempo que disminuían sus contactos con el público y se polarizaba el debate mediático. El rey del teleprompter, de los discursos arrebatadores, el profeta del “Yes, we can” sale maniatado del último envite.

Algunos comentaristas creen que su talón de Aquiles fue la política exterior, su deplorable fracaso en los varios intentos de resolución del conflicto palestino, las pésimas relaciones con el gobierno israelí, la vacilante gestión de la guerra de Siria, el apaciguamiento con Irán, sin resultados tangibles, y las indecisiones en la crisis de Ucrania después de haber alentado la caída del presidente Yanukovich. El gran designio de la cuenca del Pacífico no pudo resistir el embate de las rivalidades regionales. Prueba concluyente de la incompetencia exterior de él y su vicepresidente, Joe Biden: despertaron la cólera de Israel, pero sin por ello reconciliarse con los árabes como había prometido en su famoso discurso de El Cairo (2009).

Como apuntó Aaron David Miller en The Washington Post, “con independencia de lo que se piense de la política de Obama, existe un abismo entre las esperanzas que suscitó –incluidas las suyas—y la realidad de su presidencia.” Le sobró cautela y la faltó el coraje de un Kennedy para afrontar las dificultades. Obsesionado por desacreditar a su antecesor en la Casa Blanca, se retiró de los campos de batalla sin disponer de una estrategia de recambio. Como ocurrió a otros presidentes, sus ambiciosos objetivos chocaron con la limitación de los recursos disponibles. Buscó la grandeza y decepcionó a demasiada gente al mismo tiempo.

Un editorialista del Wall Street Journal, portavoz de los círculos financieros, sostuvo que la retirada de Estados Unidos ordenada por Obama condujo a una situación internacional catastrófica. Con evidente sarcasmo, el periodista Bret Stephens resumió así el mensaje esencial de la presidencia: “No tengáis miedo de EE UU, no confiéis en EE UU y no esperéis que venga en vuestra ayuda.” Ya se sabe que si el león no ruge ni enseña los dientes, los espectadores suponen que ha sido drogado.

Una publicación francesa, Courrier International, en un informe especial antes de las elecciones, titulaba en grandes caracteres: “Obama, le mythe en miettes”, el mito hecho trizas, el espejo roto, y concluía con este diagnóstico severo: “Barack Obama quería restaurar la imagen de su país, pero no ha logrado otra cosa que disminuir el peso de EE UU en el mundo”. No, no parece que haya sido la economía, sino una cuestión inextricable de moral, voluntad y coraje. Le quedan dos años para mejorar su posición en la exigente clasificación histórica de los presidentes.

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