Posteado por: M | 10 noviembre 2014

Una Alemania hegemónica en el corazón de Europa  

Resulta difícil sustraerse a los encantos de las conmemoraciones cuando se trata de un acontecimiento feliz e insólito que acabó con la horrenda  e inmensa cicatriz, en forma de muro de cemento, minas y alambradas, que dividía a Berlín y a Europa entera, símbolo de la confrontación ideológica, económica y estratégica que padeció el continente desde que Winston Churchill anunciara en 1947 “la caída del telón de acero”, desde Tallin en el Báltico a Trieste en el Mediterráneo. Desaparecido el muro, liquidada la guerra fría, y en contra de algunas profecías optimistas, Europa se enfrenta a muy graves problemas de toda índole, desde la parálisis integradora de la Unión Europea (UE), su carencia de poder militar (hard power) autónomo, a las relaciones con EE UU y Rusia, amalgamadas en la crisis de Ucrania.

Veinticinco años después de que el muro se derrumbara, como por ensalmo y con estrépito, cuando toda la Europa oriental estaba en ebullición, la Alemania unificada y triunfante, hegemónica en Europa, instaló 8.000 globos de helio biodegradables a lo largo de más de doce kilómetros para formar una Lichtgrenze, o frontera de la luz, un gran anuncio resplandeciente por los lugares que atravesaba la siniestra valla de 153 kilómetros levantada a partir de agosto de 1961. Un reguero de luz encendido el 9 de noviembre para recordar los 28 años de tinieblas y crueldad, subrayar los cambios deslumbrantes y rendir tributo a las 138 personas que murieron entre los fosos del muro de la vergüenza cuando intentaban huir de la dictadura comunista.

Alemania realizó una tarea titánica para integrar a los cinco Länder que entonces formaban la República Democrática Alemana (RDA). La conjunción de ambos Estados alemanes, que comenzó con la unión  monetaria e institucional, en contra de la opinión de los técnicos, prosiguió con el cierre o reconversión de las ruinosas empresas estatales legadas por el comunismo, la decisión política de equiparar los salarios del este con los del oeste, por motivos humanitarios y electorales, y un costoso proceso de saneamiento y privatización de miles de conglomerados industriales típicamente estalinistas, lo que generó una deuda de más de 100.000 millones de euros. El proceso de unificación se aceleró, para culminar legalmente el 3 de octubre de 1990, y los alemanes soportaron sin rechistar los sacrificios y el retroceso temporal de su bienestar.

Los resultados de la empresa unificadora son dignos de encomio, pero Europa se resintió del esfuerzo, de manera que Alemania y Francia, aunque formaban la locomotora de la integración, vulneraron el llamado pacto de estabilidad y sembraron los vientos que desembocarían en la tempestad de la crisis de la deuda. El renacer del nacionalismo y los progresos del populismo, empujados conjuntamente por la globalización y la inmigración, son los dos fenómenos que ensombrecen el panorama continental. Los intereses nacionales inmediatos de Alemania pasan por delante de las exigencias de la integración.

Como subraya el analista alemán Josef Janning, en un artículo para el Consejo Europeo de Relaciones Internacionales, “Alemania es mucho más poderosa en su contexto europeo, pero mucho menos europeísta”. Al rechazar un mayor compromiso, parece evidente que Alemania debilita la cohesión político-diplomática del conjunto y, al mismo tiempo, perjudica su reputación internacional. Como subrayó un político polaco, Radek Sikorski, cuando era ministro de Asuntos Exteriores, en un discurso pronunciado en Berlín en 2011: “Temo menos al poder alemán de lo que estoy empezando a temer a la inactividad alemana.”

La cuestión alemana vuelve a estar en el candelero, revoloteando por las cancillerías, aunque formulada en nuevos términos: ¿Cómo ejercer su hegemonía en una Europa cada día menos unida, cada día más alejada de los ideales de la integración como fueron concebidos y plasmados en el tratado de Roma (1957)? Cuando aumentan las reticencias y los desafíos de una Gran Bretaña crecientemente euroescéptica, las esperanza de adhesión de Turquía y Ucrania se encuentran congeladas.

El 25 aniversario de la caída del muro ha servido para confirmar que los progresos materiales de Berlín son espectaculares, como capital de la potencia hegemónica de Europa, de manera que los amargos recuerdos del muro parece que se difuminan en medio de los edificios singulares, las tiendas y los cines rutilantes que se concentran en torno de la Potsdamer Platz. En un solo año (2013) se crearon unos 45.000 puestos de trabajo, de manera que se aproximó a los 4 millones de habitantes. La ciudad “pobre, pero sexy”, según su alcalde, se ha transformado en un gran centro tecnológico y cultural, un polo de atracción no sólo para muchos europeos orientales, sino incluso para los judíos que paradójicamente abandonan Israel en busca de horizontes menos problemáticos.

El gran impulso de la integración europea, la contrapartida exigida, sobre todo, por Francia, para asumir sin resquemor la unificación alemana, se consagró en el tratado de Maastricht que entró en vigor el 1 de noviembre de 1993 y que alumbró la unión monetaria con el euro como divisa común y el nacimiento de la Unión Europea. Luego, la cohesión comunitaria se diluyó o resquebrajó con el ingreso masivo de 10 nuevos Estados miembros, la mayoría de la Europa oriental, varios de ellos muy alejados de los criterios de convergencia, con la entrada en vigor del tratado de Atenas, el 1 de mayo de 2004, del que surgió la Europa de los Veinticinco, aumentada a 27 con la entrada de Bulgaria y Rumanía en 2007.

Alemania quedó hasta geográficamente situada en el centro del proyecto paneuropeo, una bendición económica para su industria exportadora, pero un quebradero de cabeza político y diplomático. Las ansiedades y los problemas no han dejado de crecer desde entonces, hasta desembocar en la llamada crisis de la deuda que estalló en 2008 y que situó a tres Estados (Irlanda, Portugal y Grecia) bajo una especie de protectorado financiero. La política económica directa o indirectamente dictada por Berlín forzó unos draconianos programas de austeridad que pusieron a prueba la solidez y la viabilidad del llamado Estado del bienestar. Con el avance de los movimientos populistas y euroescépticos, la empresa europea empezó a surcar los mares del marasmo político, la atonía moral y la incertidumbre.

Invitado de honor en las ceremonias conmemorativas de la caída del muro, el último presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, declaró en Berlín que el mundo se encuentra al borde de “una nueva guerra fría”, y añadió: “No puede haber seguridad en Europa sin una asociación germano-rusa.” De esta forma, el líder de la perestroika, el hombre que impidió que el Ejército rojo destacado en Alemania actuara contra los manifestantes de Leipzig y Berlín en 1989, apuntó a una de las tentaciones permanentes de la política exterior alemana: la Ostpolitik, la Drang nash Osten, la apertura, empuje o marcha hacia el este, que tantos temores suscitó en los pueblos eslavos expuestos al expansionismo germánico, pero que hoy está depurada de sus connotaciones militares.

En general, los alemanes vienen haciendo buenos negocios con la Rusia de Vladimir Putin, y esperan seguir haciéndolos. La piedra angular de esa “asociación estratégica” por la que aboga Gorbachov la colocó el socialdemócrata Gerhard Schröder, canciller de 1998 a 2005, con la firma de un acuerdo para instalar un gasoducto bajo el Báltico, exclusivamente entre Rusia y Alemania. Unos días después de que cesara como canciller, sin importarle el escándalo, Schröder pasó a integrarse como presidente en el consorcio ruso-alemán, dirigido por la empresa rusa Gazprom, para la construcción y explotación del gasoducto.

La cancillera Angela Merkel, sucesora de Schröder, puso sordina a las emociones rusófilas de éste, a veces en contra de la opinión dominante en Alemania y de los intereses de sus grandes consorcios industriales. Aunque no puede decirse que haya estado a la cabeza del movimiento para imponer sanciones a Rusia, el gobierno de gran coalición  de Berlín lo ha acompañado sin vacilar luego de que el avión de la Malaysian Airlines fuera abatido en territorio ucraniano, en el pasado mes de julio. No obstante, conviene distinguir entre las sanciones contra Rusia, fácilmente esquivables, y la ayuda sin reservas al nuevo gobierno de Ucrania para que pueda salir del atolladero, la asignatura pendiente de la Unión Europea.

Alemania vuelve a estar simbólica y materialmente en el corazón de la Europa del futuro, como “potencia indispensable”, pero no sabemos aún si su hegemonía se va a manifestar en algo menos ingrato que en imponer, aunque sea con buenos modales, la estrategia del rigor presupuestario y la austeridad, tan mal explicada a muchos europeos que empiezan a apuntar hacia Berlín para señalar de manera harto simplista a la que reputan principal culpable de sus dificultades y penurias. Algo más se espera de los dirigentes alemanes para sacudirse ese molesto sambenito y situarse de nuevo en la senda europeísta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: