Posteado por: M | 15 noviembre 2014

La fiesta del populismo en una Cataluña fracturada

El nacionalismo burgués del que abominara el marxismo, en cuanto ideología que enmascaraba los intereses de la burguesía, se ha transformado en Cataluña en un nacionalismo populista o un populismo nacionalista que dinamita todas las precauciones burguesas –la ley y el orden, el respeto de las leyes, la separación de poderes y las formas esenciales de la democracia— y moviliza a las masas para quebrantar el sistema legal establecido y legitimado por las elecciones periódicas, competitivas y de resultado incierto. En los regímenes populistas, la Constitución, las leyes y el espíritu democrático quedan preteridos y marginados por las invocaciones del pueblo por parte del poder político, el pensamiento único en el espacio público y el ímpetu de un voluntarismo frenético, propagados y encauzados por unas élites uniformadas y generosamente subvencionadas con fondos públicos.

Todos los populismos, de izquierda y derecha, del fascismo nacionalista al caudillismo de balcón, justifican su impostura con apelaciones al pueblo para que los líderes y sus conmilitones puedan situarse por encima de las leyes o violentarlas. Ahora tenemos nuevos protagonistas del nacional-populismo en su versión catalana. Después de más de 30 años de régimen, las élites burguesas de los industriales que iniciaron el movimiento hace más de un siglo, con su cohorte de abogados, arquitectos, médicos, periodistas y otros profesionales, han sido sustituidas por los funcionarios patrióticos, con menos intereses, pero más proclives al sectarismo, remedo de los de la revolución (Komintern), que no vacilan en prosperar e imponerse con trampas, ilegalidades, malversación de caudales públicos, falsas promesas de futuros radiantes y apropiación abusiva de las identidades complejas del “pueblo”.

Los frutos del populismo son amargos y entrañan un grave riesgo para la democracia. Como atinadamente escribió en El País el profesor Antonio Elorza, “lo que estuvo y está en peligro en Cataluña es la democracia, antes que la independencia”, en un ambiente asfixiante, sedicioso, de presión horizontal e injuriosa sobre el discrepante, al que se tilda de anticatalán. La herida abierta en el sistema democrático español por la parodia de consulta en Cataluña será difícil de restañar, y los ánimos encrespados de tirios y troyanos no podrán apaciguarse fácilmente.

Hemos visto cómo el gobierno central y los tribunales toleraban la celebración de un acto que habían prohibido, cómo el Estado se cruzaba literalmente de brazos ante el desafío de los secesionistas y disparaba las sospechas de una componenda que no desarma a los separatistas pero irrita profundamente a mucho españoles, y muy especialmente a los que viven en Cataluña, abandonados éstos a su suerte en medio de la pleamar del nacionalismo disgregador. El presidente Mariano Rajoy repitió hasta el hartazgo que un referéndum de autodeterminación en Cataluña no puede encajarse en la Constitución española, ni es, por lo tanto, negociable, afirmación tan obvia como insuficiente.

Escribo este artículo para llamar la atención sobre dos cuestiones que reputo relevantes: el arraigo del populismo en Cataluña y su osadía renovada en medio de una situación económica e internacional que le sirve de acicate o plataforma para sus aspiraciones. El populismo catalán y la hispanofobia paralela prosperaron en los momentos de crisis de la Segunda República, de depresión económica y agudización de la lucha de clases que tanto contribuyeron a fraguar la tragedia de la guerra civil. Ahora, cuando persiste la tormenta económica, el nacional-populismo catalán progresa con precipitación y, además, esgrimiendo, aunque sea de manera subliminal, el fantasma de la decadencia de la región y la calumniosa consigna del “España nos roba”.

Hay motivos para la preocupación, pero no precisamente para una separación que sin duda sería problemática, dolorosa para muchos y empobrecedora. Los datos económicos y financieros son poco favorables para el proyecto de la república catalana como “nuevo Estado de Europa”, según el sueño del nacionalismo tantas veces aplazado o convertido a veces en pesadilla. La Generalidad está en quiebra, sin poder financiarse en los mercados y necesita las periódicas inyecciones de fondos del gobierno central para pagar las facturas y seguir adelante. Ante la oleada de recortes en los servicios públicos, mientras se mantiene o aumenta el gasto consultivo y simbólico de la cabalgada separatista, el gobierno regional pisa el acelerador de la revuelta para desviar la atención de los graves problemas sociales con la promesa de un porvenir radiante tras el logro de la independencia. Una maniobra ideológica, manipuladora y del más crudo oportunismo.

La presunción de que la independencia sería algo así como el bálsamo de Fierabrás, el curalotodo milagroso, resulta ilusoria, no se corresponde en absoluto con el desastre financiero que se abatiría sobre una Cataluña desgajada de una España traumatizada. Diversos estudios académicos subrayan la pérdida de posiciones de Cataluña con respecto al resto de España, el retroceso de su contribución al PIB nacional y la caída de la renta disponible entre los ciudadanos de la región, una tendencia agravada por las tensiones que provoca el separatismo radical con su manía exhibicionista. No obstante, en una fuga aparatosa de la realidad, en vez de propiciar una reflexión serena y una negociación leal con el gobierno de Madrid, la Generalidad lleva dos años en abierta rebeldía contra el Estado que lo sostiene y al que representa.

Repercusiones de la crisis económica

Como ya indiqué en otro artículo de este blog (El populismo cabalga por Europa y se enquista en Cataluña), siguiendo la reflexión de Pierre-André Taguieff, el tradicional discurso populista adquiere una virulencia especial cuando sus banderas son tremoladas por partidos identitarios, en Escocia, Cataluña, el País Vasco, Flandes, Córcega o Galicia. El populismo catalán vive incrustado en el sistema, subvencionado en todas sus manifestaciones y se nutre del presupuesto de la Generalidad. Las dos principales asociaciones promotoras del movimiento sedicioso, del llamado “proceso soberanista”, Omnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana, dejaron de ser grupos de presión para actuar como las correas de transmisión de los designios y los intereses del gobierno de Artur Mas.

La situación económica internacional, como secuela de la crisis de la deuda y la recesión iniciada en 2008, favorece la aparición y el crecimiento impetuoso de movimientos populistas en todo el mundo occidental, trampolín para el medro de ambiciosos políticos que movilizan a las masas en oposición del establishment, designado despectivamente como “la casta”, término llegado a España con mucho retraso y estrechamente relacionado con las tendencias oligárquicas que algunos estudiosos detectaron en el sistema de partidos, entre los que descuella el sociólogo Robert Michels y su tesis célebre sobre “la ley de hierro de la oligarquía”.

Esos movimientos de protesta populista y con frecuencia demagógica se producen tanto a la derecha como a la izquierda de las fuerzas políticas tradicionales. La extrema derecha en Francia (Frente Nacional), Gran Bretaña (Partido de la Independencia), Dinamarca, Austria, Suecia, Finlandia, Italia (Liga Norte) e incluso Estados Unidos (Tea Party), y la extrema izquierda en Grecia (Syriza), España (Podemos) y tal vez Italia (Movimiento Cinco Estrellas). Todos los populismos han capitalizado la alarma y los sentimientos de rechazo que la inmigración masiva suscitaba entre los autóctonos e instalados, un fenómeno de honda repercusión por la oleada inmigratoria de los años 60 del pasado siglo que trajo a Cataluña a más de un millón de españoles, andaluces en su mayoría, en tan sólo diez años.

Según sostiene el profesor Yascha Mounk, de la Universidad de Harvard, en un ensayo publicado en la revista norteamericana Foreign Affairs (número de septiembre-octubre de 2014), el resurgir del populismo en los países desarrollados y democráticos se explica por dos razones fundamentales: el declive general del nivel de vida de las clases medias (proletarizadas o en vías de proletarización, aseguran otros analistas) y la crisis de identidad derivada de las fuertes corrientes inmigratorias y el crecimiento imparable de la globalización y las organizaciones supranacionales. “Durante este período de declive económico –escribe Mounk–, los ciudadanos de las democracias prósperas han tenido que hacer frente a nuevos desafíos para sus identidades nacionales”. La homogeneidad social, aunque fuera relativa, ha dado paso a una ciudadanía heterogénea por su origen, sus creencias y sus perspectivas o proyectos. Y la pretensión de crear sociedades cultural o étnicamente homogéneas, como ya vimos en Yugoslavia, conduce inexorablemente a la guerra.

Memoria de la revuelta del 6 de octubre de 1934

El populismo está vinculado al nacionalismo catalán desde los años 30 del pasado siglo. La marea populista fue protagonizada por Esquerra Republicana (ERC) y Estat Català (EC), dos partidos mesocráticos, y alcanzó su paroxismo en el intento de golpe de Estado del 6 de octubre de 1934 dirigido por el entonces presidente de la Generalidad, Lluís Companys, líder de ERC. Ese populismo, que tuvo su primer caudillo en Francesc Macià, fue estudiado con inteligencia y minuciosidad por el historiador Enric Ucelay da Cal y expuesto en un libro por desgracia inencontrable desde hace varios años: La Catalunya populista: Imatge, cultura i política en l´etapa republicana, 1931-1939 (1982).

Los dos partidos entonces en el gobierno de la Generalidad, ERC y EC, junto con algunos grupúsculos radicales de orientación claramente fascista (Nosaltres Sols), las juventudes y los escamots (comandos militarizados), se adueñaron del espacio público y mediático y movilizaron a la clase media baja, la pequeña burguesía de que hablaban los comunistas (leguleyos, tenderos, empleados de comercio, funcionarios, campesinos acomodados), en un movimiento antiespañol y sedicioso que llevó a Companys a proclamar “el Estado Catalán de la República Federal Española” y que sólo duró diez horas, según el relato de un testigo de los hechos, el periodista Enrique de Angulo, corresponsal de El Debate en Barcelona, en su libro-reportaje Diez horas de Estat Català (1934).

La abstención clamorosa de la anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT), sindicato hegemónico entre los obreros de Cataluña, que no secundó la asonada, y la firme actitud del gobierno de la República, cuyo presidente era Alejandro Lerroux, resultaron decisivos para el fracaso y la represión de la intentona golpista. Companys proclamó el Estado Catalán desde el balcón de la Generalidad, pero entró en una profunda depresión tras saber que el general catalán Domingo Batet y Mestres (Tarragona, 1872-Burgos, 1937), jefe de la guarnición de Barcelona, en ningún caso estaba dispuesto a ponerse a sus órdenes, tras un patético requerimiento e intercambio de mensajes.

La insurrección, sin verdadero respaldo popular, fue dominada en muy pocas horas por la guarnición de Barcelona. Pese a los apremios de los facciosos, el general Batet declaró el estado de guerra, obedeció en todo momento al gobierno de Madrid y colocó dos baterías en la plaza de San Jaime (entonces, plaza de la República) que bastaron para obtener la rendición de los insurrectos. Todos los historiadores coinciden en que el general Batet actuó con tacto y eficacia en defensa de la legalidad española arteramente conculcada. Según Enrique de Angulo, las refriegas causaron 46 muertos y 117 heridos, de los cuales 18 muertos y 75 heridos pertenecían a las fuerzas de orden público. Otras fuentes elevan a 74 el número de muertos en toda Cataluña, a pesar de que los separatistas de hoy tratan de presentar los hechos como un levantamiento patriótico y pacífico.

Como consecuencia del fracaso de la intentona sediciosa, Companys y los consejeros de la Generalidad, juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales, fueron condenados a 30 años de prisión cada uno y encarcelados (6 de junio de 1935), excepto el huido Josep Dencàs, consejero de Gobernación, refugiado en la Italia fascista. Los militares que dependían de la Generalidad fueron condenados a muerte en juicios sumarísimos, pero el indulto les salvó del pelotón de fusilamiento. Unas 5.000 personas fueron detenidas. Quien desee profundizar en este episodio tan insensato como deplorable puede leer con provecho el muy reciente, exhaustivo y ponderado estudio del profesor Alejandro Nieto titulado La rebelión militar de la Generalidad de Cataluña contra la República (Editorial Marcial Pons, Madrid, 2014).

Los pilares del pujolismo

El populismo muy pronto se confundió o se integró en el pujolismo. Con la pasividad, la indiferencia o la connivencia de los sucesivos gobiernos españoles desde 1980, Jordi Pujol, actuando como un caudillo mesiánico, logró en mala hora y con artimañas, mediante la añagaza de la gobernabilidad, que el imperio de la ley y la jerarquía de las normas quedaran abolidos en Cataluña, de manera que la justicia dejó de ser la primera virtud de las instituciones, como exige el paradigma elaborado por John Rawls como pilar de la democracia. La seguridad jurídica y los derechos de una parte considerable de los ciudadanos de Cataluña fueron subordinados a los sentimientos identitarios, la sutil xenofobia, los supuestos agravios colectivos, la conveniencia y los intereses de un sector de la población –-un tercio, según todos los resultados electorales– que siempre retuvo el poder constituido regional aunque no fuera mayoritario. Ahora pretende además arrogarse el poder constituyente.

Un populismo abrumador y con frecuencia ofensivo, proclive a los referendos y las encuestas, las hogueras simbólicas contra los disidentes y las manifestaciones multitudinarias, armas predilectas de los regímenes autoritarios, se convirtió en ingrediente esencial de “la democracia a la catalana”, es decir, al gusto del nacionalismo. Para conseguir sus objetivos, la Generalidad pujolista allegó unos poderes sin precedentes –de la enseñanza a la policía– y los utilizó de manera artera, pero eficaz. El proselitismo nacionalista se extendió por todos los ámbitos sociales, el virus particularista se inoculó en la escuela monolingüe y, sobre todo, en las universidades, en los círculos académicos o mediáticos en los que se fragua y desde los que se difunde el relato sectario y victimista del particularismo.

El mantra del novedoso “derecho de decidir”, presuntamente en un referéndum de autodeterminación, concebido para hacer jirones de la soberanía nacional española, fue puesto en circulación por el separatismo en 2010, como elixir embriagador que remedia todas las frustraciones; pero es evidente que, al darse de bruces con la legalidad española, desembocó en una farsa presuntamente consultiva y una vulneración de las normas democráticas, una gran mascarada y una huida hacia delante para escapar de manera tartarinesca de los rigores de la crisis económico-financiera, con gran derroche de fondos públicos sustraídos de la caja común y presuntamente malversados con descaro por la Generalidad y las asociaciones satélites.

El populismo está instalado en Cataluña desde hace más de 30 años como componente importante del pujolismo. El otro factor esencial para la consolidación del régimen fue la corrupción, en un porcentaje variable, del 3 % que denunció Pasqual Maragall al 15 %, un fenómeno extendido por los albañales del poder y con especial incidencia en los negocios de la gran familia de Convergencia y Unión (CiU) que se suponía ejemplar y resultó venal y avariciosa, con Pujol, su esposa e hijos a la cabeza. Artur Mas, el heredero y albacea de los Pujol, se puso al frente de la singladura hacia la independencia, con acentos mosaicos, como caudillo autodesignado que está por encima de las leyes, y trató de justificar el desafuero hablando “en nombre del pueblo catalán” dentro del cual, como demuestran todas las elecciones y encuestas, coexisten ciudadanos de identidades múltiples o complejas y adscripciones o pertenencias diversas, que difícilmente se pueden reducir al “hombre nacionalista”.

La farsa de las urnas de cartón

A pesar de los 34 años de régimen nacionalista-populista, de su dictadura lingüística y de su  hegemonía cultural e ideológica; pese al esfuerzo propagandístico sin precedentes, la consulta ilegal, la farsa antidemocrática del 9 de noviembre confirmó que el “pueblo catalán”, cuando se manifiesta en las urnas, aunque éstas sean de cartón, no coincide en absoluto con el conjunto de los ciudadanos de Cataluña. El pueblo de las proclamas de Artur Mas es una abstracción que idealizan, fabrican, acicalan e invocan los escribas del poder, duchos en utilizar la figura retórica conocida por sinécdoque que designa el género por la especie o el todo por la parte, es decir, que confunde la porción exigua de los separatistas con el todo que forman los ciudadanos.

Si hemos de creer los datos facilitados por la misma Generalidad, lastrados por múltiples irregularidades, con fundadas sospechas no sólo de parcialidad, sino de manipulación y trampas, el pueblo de los nacionalistas quedó bastante mermado en el simulacro y apenas si pasó de los dos millones entre los más de seis millones de votantes potenciales del sucedáneo de censo. Algo así como un tercio de todos los ciudadanos. El mismo tercio que ya votó a los partidos favorables al derecho de decidir en las últimas elecciones autonómicas, el 25 de noviembre de 2012. El mayor peso electoral correspondió a la abstención, a la llamada mayoría silenciosa integrada por los que suponen con buen criterio que las convocatorias separatistas solo conciernen a los propagandistas y sus allegados, los convencidos y los arrastrados.

El número de votantes que apostaron por el “sí” en las dos preguntas –-que Cataluña sea un Estado y, en caso afirmativo, que sea independiente– coincide grosso modo con los votos que obtuvieron todos los partidos declaradamente separatistas (CiU, ERC, ICV y CUP) en las últimas elecciones autonómicas (2012), en torno a los dos millones. Los altavoces de la propaganda atronaron el espacio catalán durante las tres últimas celebraciones de la Diada, la conmemoración del 11 de septiembre de 1714, con una cifra similar. Conviene recordar, no obstante, que los cálculos de los organizadores de las manifestaciones siempre constituyen un desafío de las leyes de la física, pues resulta imposible encajar en los metros cuadrados del escenario elegido a todos los actores supuestamente concurrentes.

En algunas poblaciones de la aglomeración barcelonesa (L´Hospitalet, Badalona, Santa Coloma, Cornellá), el “pueblo catalán” quedó reducido al 15-20 % del hipotético censo. La Generalidad aseguró que votaron 2.305.290 ciudadanos de los 6.228.531 que podían hacerlo, incluidos los jóvenes de entre 16 y 18 años y los extranjeros que acreditaran una residencia de dos años. La secesión –-la opción de Cataluña como “Estado independiente”— fue respaldada por 1.861.752 votantes, es decir sólo el 29,89 % de los integrantes del censo de fortuna elaborado para la ocasión. Otras 232.182 personas marcaron sí en la primera pregunta –que Cataluña se convierta en un Estado–, pero rechazaron la segunda opción, la de que ese Estado sea independiente. Según los mismos datos, 104.772 electores optaron por el no en ambas preguntas, es decir, participaron en el aplec o reunión de personas para una fiesta separatista, pero para aguarla. Quizá éstos fueron los arrastrados por motivos muy diversos, desde familiares a laborales y vecinales.

Las irregularidades o los episodios bananeros de la llamada consulta participativa, simulacro del referéndum imposible, fueron innumerables y ofrecieron algunos aspectos chocantes y hasta denigrantes. Fue como el banquete de Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. Fue un espectáculo narcisista de una parcialidad uniformada. Un desacato multitudinario del que Artur Mas se hizo responsable, en plan tartarinesco. Los que manejaron las urnas de cartón y contaron los votos fueron los 45.000 “voluntarios”, según la jerga oficial, patriotas entusiastas o funcionarios apaciguadores o amedrentados. En el colmo de la desfachatez y el histrionismo, Oriol Junqueras, jefe supremo y omnipresente de ERC, tradicional partido separatista, fue juez y parte, compaginó su condición de alcalde con la de presidente de una mesa electoral y vigilante de todo el proceso en su pueblo. Ni en el franquismo actuaban los alcaldes con tal desenvoltura. No hay líder de república bananera capaz de superar esa representación vergonzosa.

En los barrios periféricos de Barcelona, con mayoría de población inmigrada, en los que el nacionalismo penetra con dificultad, la ausencia de votantes fue suplida por los “voluntarios” con papeletas previamente marcadas con los dos síes. El típico pucherazo, digno de los burgos podridos y del caciquismo más descarado. En un instituto de Nou Barris, por ejemplo, los 145 votantes efectivos se convirtieron mágicamente en 3.500 a la hora del recuento. Algunos enloquecidos separatistas exhibieron fotografías para demostrar que habían votado varias veces. Los supuestos colegios electorales no disponían de cabinas de votación y estaban adornados con propaganda nacionalista.

Una musulmana con el pañuelo en la cabeza exhibió ante las cámaras de televisión un letrero en árabe con el que probablemente incitaba a la participación o cantaba las maravillas de una Cataluña independiente. Ése es “el islam catalán” con el que especuló Carod-Rovira cuando era vicepresidente de la Generalidad, empeñado en catalanizar a todo bicho viviente. Me consta, por el contrario, que muchos extranjeros o españoles de origen eslavo o latinoamericano, de confesión cristiana, no se sintieron concernidos por la ceremonia consultiva, pese a las promesas de la propaganda, un nuevo episodio del regalo de “los papeles para todos”. Su explicación es que vinieron a trabajar a España y ahora corren el riesgo de quedar fuera de España y de la Unión Europea si Cataluña alcanza la independencia.

Los días previos resultaron frenéticos para los voluntarios y sus mentores. En los distritos con más población nacionalista, los vecinos de muchos inmuebles tuvieron que soportar durante varios días, en las zonas comunes y hasta en los ascensores, las consignas y las instigaciones perentorias de la propaganda oficial: “A pesar de los obstáculos que nos pone el Estado español, votaremos”, rezaban los pasquines colocados en los portales y zonas comunes, entre la arrogancia y el victimismo. El mismo día de la consulta, las preguntas se sucedían en los bares, coercitivas: ¿Has ido ya a votar? ¿A qué esperas para ir a votar? Escuché que un maquinista de RENFE jubilado replicaba a su interrogador: “No concurro a los actos ilegales.” Votaron muchos, desde luego, pero al margen de la ley y en condiciones precarias e ilegítimas.

Otro espectáculo estridente y antidemocrático fue protagonizado por varios consejeros de la Generalidad que participaron en una exhibición telefónica de incitación al voto, mediante llamadas a los particulares y de cara al público, machaconamente difundida por TV-3, la televisión pública, utilizada como ariete del más crudo separatismo. Con motivo del llamado “proceso soberanista”, la TV-3, “la nostra” quemó los últimos cartuchos de una credibilidad hundida y mancillada por la parcialidad, la brocha gorda y el encono. El consejero Francesc Homs, portavoz y propagandista del gobierno de Mas, especialista de la trapacería mil veces repetida, fue captado por las cámaras en el momento en que el ciudadano al otro lado del hilo telefónico le decía que no estaba interesado en la consulta. Homs no dijo cuáles fueron las palabras del ciudadano asaltado telefónicamente, pero no cabe duda de que la escena televisada en directo resultó humillante para un ministro de propaganda.

Dos de los males del siglo –nacionalismo y populismo— se confunden en Cataluña hasta niveles insospechados e inquietantes, como escenificaron el presidente de la Generalidad, representante de la menguada burguesía nacionalista, y Daniel Fernández, jefe de las Candidaturas de Unidad Popular (CUP), un grupo antisistema, supuestamente de extrema izquierda, emparentado con el brazo político de ETA, al fundirse en un abrazo captado por unas cámaras asombradas el mismo día en que se produjo el simulacro de referéndum o “consulta participativa”, el 9 de noviembre. El abrazo de Mas con Fernández hubiera podido dar la vuelta al mundo si no fuera porque los asuntos catalanes tienen escasa repercusión internacional. A Cambó no se le hubiera ocurrido nunca retratarse con el jefe de la CNT-FAI.

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David Fernández (CUP) y Artur Mas (CiU) el 9N

Ventaja electoral y hegemonía cultural

La pregunta que sigue flotando en el ambiente es por qué los partidos separatistas, que se nutren de un tercio de los ciudadanos del censo, alcanzan la mayoría absoluta en el parlamento de Cataluña y amenazan con una declaración unilateral de independencia (DUI), al estilo de Kosovo. Esa discrepancia entre el censo y la representación parlamentaria, chirriante en cualquier democracia, tiene fácil explicación en Cataluña. En primer lugar, por la fuerte abstención que se produce en todas las elecciones regionales, entre el 30 y el 40 por ciento, y que incide abrumadoramente en la zona metropolitana de Barcelona donde se concentra el grueso de los españolistas o unionistas, los llegados en los años 60 y sus descendientes.

En segundo lugar, por las veleidades de un sistema electoral, amañado por el pujolismo, que otorga una gran ventaja a los sufragios de la Cataluña interior, de las zonas agrarias de las provincias de Gerona y Lérida, que recibieron una inmigración menor y que fueron, en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX, la cuna del tradicionalismo en general y del carlismo en particular. Ahora están soliviantadas por la llegada de la inmigración magrebí y son fácil presa de la extrema derecha xenófoba de Plataforma por Cataluña. Sólo en algunas poblaciones de esas zonas (Vic, Olot, Tárrega), los participantes en la consulta del 9 de noviembre superaron ligeramente el 50 % del censo. Gerona, pese a que se considera el centro cultural y étnico de “la Cataluña catalana”, con la que sueñan los nacionalistas, no llegó al 50 %.

La hegemonía nacionalista se explica no sólo por las injusticias y la discriminación del modo de escrutinio, sino, sobre todo, por la primacía cultural que tanto preocupó a Antonio Gramsci y que el pujolismo logró imponer contra viento y marea, por coerción, acatamiento o comodidad. Lo que llaman “vivir en catalán de la cuna a la tumba” se adueñó del espacio público, de la escuela a la universidad, y ahí sigue, dominador y arrogante, prácticamente sin competencia. Los intelectuales, escritores, profesores y periodistas que no compartían las visiones del nacionalismo fueron expulsados del oasis en los años febriles (1980-1984), forzados al silencio o incluso colaboraron con el poder para eludir la intemperie y la polémica.

El sociólogo Pau Mari-Klose, profesor de la Universidad de Zaragoza, en un artículo publicado en El Periódico de Catalunya (4 de diciembre de 2013), escribió: “Cataluña ha vivido lo que la socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann denomina espiral del silencio, donde muchos ciudadanos (académicos e intelectuales incluidos) han adaptado su comportamiento a las actitudes predominantes sobre aquello que es y no es aceptable decir y defender. Los relatos pseudocientíficos generados por la vanguardia intelectual del soberanismo han contribuido poderosamente a este silencio.” Una espiral del silencio que cabe atribuir en gran medida a la traición de la izquierda que se pasó con armas y bagajes al nacionalismo.

El pujolismo se coronó con un triunfo inapelable del nacionalismo sobre la izquierda, a pesar de que ésta resultó ser claramente mayoritaria en las urnas desde las primeras elecciones generales de 15 de junio de 1977. Sin desmelenarse, logró la sumisión ideológica de sus adversarios electorales, todos ellos, a la postre, enrolados en una especie de movimiento nacional catalanista que consiguió desactivar las diferencias de intereses, las contradicciones de clase y la discriminación social en favor de los autóctonos. El pujolismo impuso su retórica del oasis, es decir, un territorio sin conflictos sociales, bucólico, unánime, mientras que la izquierda socialista y comunista plegó todas las banderas con la hoz y el martillo, sustituyendo la Internacional por Els Segadors, para formar obedientemente detrás de las enseñas separatistas. El frente nacionalista sofocó inmediatamente cualquier rebrote de la dialéctica de la lucha de clases. En las manifestaciones multitudinarias de gentes uniformadas con el rojo y gualda de las cuatro barras, los obreros en paro desfilaron con el mismo uniforme que los Pujol, los hijos del que fue presidente de la Generalidad y de todos sus sicofantes.

Una de las incongruencias más chocantes de la política catalana radica en el sometimiento de la izquierda en general y de los sindicatos en particular a los objetivos y estrategia del nacionalismo. Las fuerzas políticas catalanas traicionaron no sólo el internacionalismo, sino también la tradición intelectual que consideraba el nacionalismo como un fenómeno propio del capitalismo ascendente y confiaba en el pronóstico de Engels sobre la desaparición de “las naciones sin historia”, su inhumación simbólica en el basurero que recoge los restos del pasado. La reflexión teórica quedó olvidada y muchas veces sacrificada en aras de las necesidades tácticas, fiel reflejo de una izquierda sin historia intelectual y sin ideas.

El otro factor que contribuyó al triunfo cultural del pujolismo fue la progresiva desaparición del Estado en la región, el entreguismo o seguidismo de sus medios de comunicación (TVE en Cataluña) y hasta la desaparición notoria de sus fuerzas policiales. Con motivo de la actitud pasiva del gobierno español ante el desafío de la consulta separatista, la diputada Cayetana Álvarez de Toledo, uno de los promotores de la asociación constitucionalista Libres e Iguales, escribió: “Profunda sensación de desamparo ante el silencio del gobierno de mi nación.” Desde 1980, los sucesivos gobiernos españoles oscilaron en Cataluña entre apaciguar a los nacionalistas o desistir de sus funciones.

Las encuestas confirman que más del 30 % de los catalanes que no son separatistas se sienten muy incómodos si por cualquier motivo deben expresar sus ideas u opiniones políticas. El mimetismo, la corrección política o el prurito de integrarse en la corriente dominante explican muchas claudicaciones y silencios. La mordaza es una buena metáfora de la situación. La resistencia fue valerosa, abnegada, pero a todas luces insuficiente. Quien desee seguir su odisea podrá hacerlo en el magnífico y emotivo compendio escrito por uno de sus protagonistas, Antonio Robles: Historia de la resistencia al nacionalismo en Cataluña, 1979-2006, editado por Crónica Global, Barcelona, 2014.

Los historiadores y escribas del nacionalismo escribieron el relato de la Cataluña mítica y lo difundieron por encargo del poder en todos los medios de comunicación públicos o concertados. Una Cataluña artificialmente separada de España, de la que siempre formó parte. Una distinción maniquea entre buenos y malos catalanes, según su grado de adhesión al nacionalismo.

La prensa está generosamente subvencionada y, por ende, muy influida y hasta coartada por el poder político, mientras que los tribunales aparecen ante la opinión pública en vías de contaminación o sometimiento, de manera más acusada en Cataluña que en el resto de España. Hace tiempo que las instituciones catalanas de la democracia dejaron de funcionar o están gravemente menoscabadas en su independencia, en insurrección permanente contra el Estado, avasalladas por el populismo, que encuentra los más variados pretextos para violar la legalidad en nombre de una espuria legitimidad. En cualquier caso, como siempre ocurrió en Europa, resulta evidente que el nacionalismo vigila, degrada o suspende la democracia.

La sátira o simplemente la crítica se esfumaron del panorama político-literario de Cataluña, desfigurado por la corrección política, la parcialidad cultural y la pasión nacionalista. El acerbo humorístico de otras épocas parece haberse agostado bajo las exacciones de los inquisidores del Pujolato. Los dibujantes de viñetas o tiras han pervertido su función y se dedican con ahínco a criticar no al poder, como es su obligación profesional, sino a los adversarios del poder regional, invariablemente a los señores de Madrid o los escasos disidentes de Cataluña. El enemigo de los plumillas y los caricatos, en todos los medios de comunicación, está más allá del Ebro. Un humor con muletas, subvencionado, adolece de una zafiedad y una xenofobia insuperables. La censura mejor o peor encubierta viene de muy lejos.

Y ya se sabe que “Sans la liberté de blâmer, il n’est point d’éloge flatteur” (“Sin la libertad de crítica no existe ningún elogio halagador”), como clamaba Fígaro, el personaje de Beaumarchais que da nombre a un periódico francés. “Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, que no puede limitarse sin perderse”, sentenció Thomas Jefferson, el redactor de la Declaración de Independencia de EE UU. Nuestro inmortal Quevedo ser rebelaba contra la coerción y el silencio impuesto. Ahora bien, la prensa libre ha desaparecido prácticamente de Cataluña, sofocada por el régimen oligárquico-populista del nacionalismo, y esa es una de las claves, quizá la más importante, de cuanto nos ocurre. Me permito parafrasear a Mariano José de Larra, uno de los grandes del periodismo español, en su célebre artículo del “Día de difuntos de 1836”, para decir que “el cementerio está dentro”… de Barcelona.

El nacionalismo-populismo ejerce en Cataluña una hegemonía cultural, social y política incontestable, y está ahí, en todas las instituciones y presupuestos, para perpetuarse. Porque ha construido un régimen que excluye a gran parte de la ciudadanía. El problema no tiene solución, ni la tuvo nunca, desde luego, ya que Cataluña, incluso aceptando que sea una nación, como dicen los nacionalistas, es “una nación dividida”, como explica el profesor Juan Díez Medrano en su excelente monografía: Naciones divididas. Clase, política y nacionalismo en el País Vasco y Cataluña (Centro de Investigaciones Sociológicas, 1999).

Esa división, que adquiere los niveles de fractura por la agresividad del separatismo desde 2010, sólo podrá mitigarse, para superar la crisis y restablecer la convivencia, si el Estado y los grandes partidos nacionales coinciden en un relato histórico y una empresa cultural y política que preserve y refuerce entre la población catalana los valores comunes de todos los españoles, empezando por el idioma español o castellano, actualmente proscrito en la enseñanza y arrojado a las tinieblas de la marginalidad en todo el espacio público catalán. Por desgracia, ese viraje histórico no está en los programas y mucho menos en los objetivos inmediatos de las fuerzas políticas españolas. Habrá que seguir coexistiendo pacíficamente y esperando.

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