Posteado por: M | 1 diciembre 2014

Stalin, el estalinismo, la seducción del mal y el torrente bibliográfico

Desde el famoso texto de Isaiah Berlin, “Generalissimo Stalin and the Art of Government”, publicado con seudónimo en la revista Foreign Affairs, en enero de 1952, en plena exasperación de la guerra fría, la bibliografía sobre el dictador soviético, su corte y sus esbirros, su régimen despótico, sus crímenes innumerables, alcanza una dimensión inabarcable. El análisis de Berlin prestó especial atención las evoluciones del tirano para salir triunfador de las luchas intestinas y proteger a su régimen tanto de las tendencias termidorianas que escoltan o tuercen cualquier proceso revolucionario cuanto de la amenaza de aniquilación planteada por la invasión de Hitler en 1941, pero no puso el énfasis en los pormenores del terror y los errores de bulto que alcanzaron su paroxismo en las purgas de 1937-1938 y se prolongaron hasta las batalla de Stalingrado.

Los estudios sobre Stalin y el estalinismo vuelven a los escaparates, quizá alentados por las disputas y las contradicciones que suscita en Occidente el autoritarismo de Vladimir Putin, presentado como un nuevo déspota por gran parte de la prensa anglosajona. La extraordinaria floración bibliográfica tiene raíces oscuras, lindantes con la fascinación del mal, pero indudablemente relacionada con la atracción fatal por el comunismo, el proyecto utópico que prometía un radiante porvenir y que funcionó en Occidente como “El opio de los intelectuales”, para decirlo con el título del libro que mi admirado Raymond Aron publicó en 1955, extrañamente inédito en España hasta 2011 (Editorial RBA).

terror y utopia

Ahora acaba de publicarse en España un libro que parece definitivo sobre el periodo más terrible del estalinismo, cuyo autor es el profesor alemán Karl Schlögel: Terror und Traum, traducido al español por Terror y utopía. Moscú en 1937, en edición de Acantilado con versión ardua y esmerada de José Aníbal Campos. Esta investigación germánica, que ha merecido numerosos elogios en la prensa occidental, ofrece datos definitivos para cuantificar el terror dentro del partido, pero que afectó igualmente a los ciudadanos corrientes, y sobre el que se asentaron la tiranía y el culto de la personalidad. Al menos 650.000 personas fueron ejecutadas, víctimas directas pero no únicas de la vesania totalitaria, miembros del partido, sus familiares y allegados.

El libro del profesor Schlögel, de la Universidad Europea de Viadrina (Francfort del Oder), especialista de la historia rusa, recopila en mil páginas de tipografía apretada una investigación académica que se acompaña con un enorme aparato crítico y bibliográfico (100 páginas de notas, agrupadas al final del texto, y 30 de una selección de libros sobre el tema), lo que nos permite obtener una idea aunque sea aproximada del interés que despertó y sigue despertando entre los historiadores y periodistas “The dream that failed”, el sueño que falló, como quedó plasmado en el título de un interesante libro del historiador Walter Laquear; la utopía que se desmoronó muchos años después de haberse convertido en una pesadilla; “el imperio del mal”, el régimen sanguinario de la requisitoria de Aleksandr Zinoviev.

Aunque de lectura a veces fatigosa, por su misma profundidad y variadas ramificaciones, el libro de Schlögel nos ofrece un retrato minucioso del Moscú de 1937, uno de los momentos cruciales en la historia de la ciudad, la tercera Roma de una religión teóricamente establecida para la liberación del proletariado, pero que resultó criminal y despiadada. El gran mérito del libro es que no se limita a narrar el desarrollo de las purgas, las denuncias, las confesiones inauditas de los pecados no cometidos, los arrepentimientos vergonzosos, las sospechas, los juicios amañados, sino que expone igualmente, con delectación o abominación, con todo lujo de detalles, la vida cotidiana de los moscovitas, lo que ocurría fuera de las murallas del Kremlin.

El libro comienza de manera brillante con “Una navegación: el vuelo de Margarita”, que es una yuxtaposición literaria, una alegoría del terror y una descripción meticulosa del Moscú de 1937 a través de la novela satírica y fantástica, con elementos grotescos y absurdos (¿realismo mágico?), El maestro y Margarita, de Mijail Bulgakov (1891-1940), que éste terminó en 1937 y corrigió ligeramente en 1940, pero que no pudo publicarse hasta 30 años después (1967), en condiciones precarias, estúpidamente mutilada. Margarita, la protagonista, que tiene una especie de pacto con el diablo, como Mefistófeles, se convierte en una bruja y emprende sus vuelos sobre la ciudad, se eleva prodigiosamente y transmite innumerables referencias sobre lo que acontece en los más recónditos lugares, registrando hasta los ruidos y rumores de las calles y las viviendas.

Escribe Schlögel: “En el vuelo [de Margarita] pasamos por los nichos y las catacumbas de la intelligentsia en Arbat [calle], los espectáculos de variedades y los lugares de la cultura de masas soviética, los pisos de seis habitaciones de los privilegiados, los pisos comunitarios en los que la antigua población moscovita queda hacinada con los inmigrantes recién llegados, procedentes de las zonas rurales, las escaleras anónimas y los pasillos, los centros comerciales de los privilegiados, la publicidad para los sanatorios especializados en las vías respiratorias, en el Cáucaso, y los sanatorios en los alrededores de Moscú y las colas delante de las tiendas (…).”

Los hechos y los datos compilados por Schlögel, ya se refieran a la contabilidad siniestra de las purgas, ya aborden los esfuerzos del régimen soviético para encubrir el terror estatal de una magnitud inimaginable, resultan abrumadores. La farsa siniestra e implacable, alimentada por la paranoia del líder, y que se desarrollaba dentro del Kremlin, no llegaba a los periódicos, cuyas páginas se llenaban, por el contrario, con la espuma y el resplandor de las celebraciones culturales, las reseñas de los conciertos de Shostakovich, las cifras hinchadas de la industrialización acelerada, la impostura de algunos intelectuales, rusos y visitantes extranjeros confundidos en la hipérbole, o el esfuerzo gigantesco de las obras del metro de Moscú o del canal Moscú-Volga. Capítulos diversos dan cuenta de los hechos más destacados en los campos del arte, la arquitectura, la música y la literatura, bajo la omnipresencia de los agentes de la NKVD, la policía secreta que precedió al KGB.

El capítulo sexto, titulado “A la luz del fuego: España y otros frentes”, está dedicado a recoger las reacciones de los medios de propaganda soviéticos ante la guerra civil española, con crónicas de personajes tan relevantes como Mijail Koltsov, corresponsal de Pravda en Madrid, muy influyente dentro del Partido Comunista de España (PCE), e Ilia Ehrenburg, consejero del mismo Stalin, que escribió largo y tendido sobre la tragedia española, pero que rápidamente se apuntó al “deshielo” después de la muerte del dictador en 1953. Ninguna novedad que reseñar sobre la solidaridad del Kremlin con el bando republicano, salvo la confirmación de que las batallas de la guerra española se libraban a diario, con profusión de mapas, en las primeras páginas de los periódicos moscovitas.

Como Schlögel no ofrece ninguna reflexión personal, sino más bien un relato aséptico, el análisis de la prensa soviética de la época puede inducir a la confusión de la propaganda y las maniobras internacionales del poder con los verdaderos sentimientos populares y lo que realmente ocurría en España. Quien desee conocer algo más interesante sobre el papel de Stalin y su régimen en la guerra civil española tendrá necesariamente que dirigirse a otras fuentes.

Como Schlögel reconoce en el prólogo, “este libro, si se tiene en cuenta el inabarcable torrente de la bibliografía, de memorias e investigaciones recientes, llega con tardanza”, una demora que achaca, ante todo, “a la desolación ante un acontecimiento histórico en el que parecen esfumarse todas las diferenciaciones simples y las relaciones causales”. Si a esto se añade la ingente información acumulada, la abrumadora extensión del libro y quizá sus excesivas preocupaciones académicas, se comprenderá que yo lo recomiende con la máxima cautela, persuadido de que para iniciarse en la comprensión del régimen totalitario y su sanguinario proceder habría que comenzar por una obra de más fácil lectura, de un planteamiento menos ambicioso documentalmente, con reducción drástica de las citas, y con un capítulo final de resumen y conclusiones que se echa de menos en la magistral investigación de Schlögel.

El libro pionero de Conquest

Los prejuicios detestables de la izquierda europea y norteamericana, junto con la alianza victoriosa contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial, demoraron los estudios sobre el estalinismo y “the uncle Joe”, el tío Joe a que se refería Roosevelt. Hubo que esperar a la primera edición de The Great Terror, el libro pionero del historiador, ex militante comunista, espía y poeta británico Robert Conquest, que vio la luz en 1968, para empezar a comprender en toda su inmensidad las locuras y crímenes del estalinismo, “un instrumento indispensable en la imaginación política de cualquiera que reflexione acerca del comunismo”, según el profesor Timothy Garton Ash. Las estimaciones provisionales de Conquest cifraron en al menos 20 millones de personas las víctimas mortales de las purgas, las deportaciones y las hambrunas organizadas por Stalin, con especial intensidad en Ucrania.

Muerto Stalin en 1953, el libro de Conquest fue posible gracias a las informaciones y al nuevo clima político, el famoso “deshielo” que se produjo en la URSS, preconizado por Nikita Jruschov después de su rotunda denuncia de “los crímenes de Stalin” y el culto de la personalidad en el informe que presentó ante el vigésimo congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en febrero de 1956, un acontecimiento único y un informe que hizo temblar las columnas del universo comunista en todo el mundo.

El libro de Conquest suscitó una enconada polémica por sus diatribas contra los intelectuales de la izquierda en Occidente, acusados genérica e individualmente de haber permanecido “ciegos” ante el terror y el totalitarismo implantados por Lenin y su máximo heredero, Stalin. En una edición revisada –The Great Terror. A Reassessment, en la Oxford University Press, en 1990–, alentado por la apertura parcial de los archivos durante la glasnost (transparencia) de Mijail Gorbachov, Conquest sostuvo que “el total de muertes causadas por todo el terror del régimen soviético no puede ser inferior a 15 millones”. Para Conquest, Stalin, el Vozhd (líder) actuó como el jefe de una gigantesca organización criminal, un verdadero maestro del terror.

El veredicto del yugoslavo Milovan Djilas, citado en El gran terror, es demoledor: “Stalin fue, en general, un monstruo que, aunque comulgaba con ideas abstractas, absolutas y fundamentalmente utópicas, no tenía otro criterio que el éxito, y esto significaba violencia y exterminio físico y espiritual.” Con nuevos documentos y reflexiones, Conquest reiteró en 1990 su tesis esencial: el estalinismo y sus horrores no eran sólo una aberración, como había proclamado Jruschov, sino el terrible corolario del sistema establecido por Lenin tras la revolución de 1917 y, por ende, la degeneración de los ideales, el retraso económico y la pérdida de la iniciativa histórica, conclusión confirmada por el hundimiento del comunismo y la desintegración de la URSS en 1991.

La edición española del libro de Conquest –El gran terror. Las purgas stalianianas de los años treinta— fue publicada por Luis de Caralt, en Barcelona, en 1974, seis años después de la inglesa. El retraso en la edición española fue debido, entre otras causas, a la resistencia intelectual y editorial, muy acusada en la España bajo la dictadura de Franco, ante cualquier libro que pudiera ser interpretado como un ataque contra la izquierda en la oposición clandestina, entonces dominada por un partido comunista estrechamente dependiente de Moscú, donde seguía viviendo su presidenta, Dolores Ibárruri, Pasionaria, un icono de otra época.

El libro de Conquest, que hoy es todo un clásico, en el sentido de permanente fuente de información e inspiración, fue publicado exactamente cuatro años antes de que empezara a conocerse en Occidente las primicias de El archipiélago Gulag, el gran  monumento histórico y literario del sufrimiento ruso y la devastación del estalinismo, minuciosamente redactado por Aleksandr Solzhenitsin. La visión desde el interior de la URSS fue completada por el historiador disidente Roy Medvedev, expulsado del PCUS en 1969, que en 1972 publicó en Nueva York Let History Judge, cuya edición española apareció en la editorial Destino: Que juzgue la historia (1977).

Después de la caída

La caída de la URSS y la tumultuosa y confusa transición presidida por Boris Yeltsin liberó al pensamiento cautivo y puso alas a los investigadores especializados en el régimen soviético, de manera que se multiplicaron los testimonios, algunos de ellos muy conmovedores –Evguenia Guinzburg, Nadezhda Mandelstan, Vasili Grossman, Varlam Shalamov— sobre el infierno blanco de Kolima, Vorkuta, Magadan y otros lugares infernales del universo inhumano de los campos de concentración, cuyo epítome trazó muchos años después con mano firme la periodista norteamericana Anne Applebaum en su Historia de los campos de concentración soviéticos (traducción española en las editorial Debate, en 2004).

Fue una genuina avalancha bibliográfica, en medio de la cual estalló “la bomba Sudoplatov”, el libro de Pavel y Anatoli Sudoplatov (padre e hijo) titulado Operaciones especiales. Memorias de un maestro de espías soviético (edición española de Plaza-Janés, en 1994), probablemente el testimonio más importante sobre la naturaleza, los tentáculos exteriores y los procedimientos del régimen soviético procedente de la misma Rusia en el último medio siglo, con revelaciones esenciales sobre el espionaje atómico en EE UU, la eliminación de Beria inmediatamente después de la muerte de Stalin (1953) y el asesinato de León Trotski en México, en 1940, por el español Ramón Mercader.

El historiador británico Robert Service, que ya había publicado una excelente biografía de Lenin, completó sus investigaciones con Stalin. Una biografía (edición española en Siglo XXI, Madrid, 2006), en la que trató de combinar un exhaustivo recuento de la vida del dictador con su visión de la naturaleza y evolución del régimen que implantó con mano de hierro. El sovietólogo Moshe Lewin, afincado en EE UU, aunque sin aportar grandes novedades, inventarió las principales etapas del régimen, desde las purgas y el terror al estancamiento económico, la evolución social y el comportamiento de las élites, en su libro El siglo soviético. ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética? (Editorial Crítica, 2006). La investigadora francesa Lilly Marcou escribió sobre las peripecias más íntimas y cotidianas en su libro Stalin. La vida privada (Espasa, 1997), un recorrido por los pasillos íntimos, pero no menos crueles y sombríos, del dictador.

El más prolífico probablemente de los escritores sobre Stalin, el estalinismo y el régimen soviético es el historiador y periodista británico Simon Sebag Montefiore, autor de obra tan extensa como interesante: La corte del zar rojo (Crítica, Barcelona, 2004), que se nutre fundamentalmente de los archivos soviéticos y que presenta al dictador soviético como un maestro del terror, con especial hincapié en los aspectos de su personalidad y la de sus principales colaboradores. El autor describe con toda clase de detalles los cambios de humor y de estrategia política del Vohd, de un líder paranoico que instauró la purga permanente en las filas del partido. Además del terror, sus errores garrafales en la conducción de la política militar tuvieron efectos trágicos, pues hasta el último momento, y pese a numerosos informes en contrario, sostuvo con empecinamiento que Hitler no atacaría a la URSS.

Como apunté al principio de esta reseña, la publicación en España del libro del profesor Schlögel (primera edición alemana en 2008) coincide con lo que parece ser un renovado interés por los estudios sobre Rusia en general y el estalinismo en particular. Así se desprende de la aparición del primer volumen de una monumental biografía de Stalin que se anuncia como definitiva, en tres tomos, fruto de la investigación del profesor Stephen Kotkin, de la Universidad de Princeton (EE UU), con el siguiente título: Stalin. Volumen 1, Paradoxes of Power, 1878-1928, con 949 páginas, editado por la editorial Penguin y que cuesta 40 dólares, acogida elogiosamente por una crítica del New York Times.

El primer volumen de la nueva biografía de Stalin coincide en las librerías con Putin´s Kleptocracy. Who Owns Russia? (La cleptocracia de Putin. ¿A quién pertenece Rusia?), la invectiva escrita por el profesor Karen Dawisha, de la Universidad de Miami en Ohio. Un veredicto implacable y quizá exagerado sobre un sistema de “colosal corrupción”, propiciado por los aparatos del Estado, del que se supone que el presidente ruso es el principal beneficiario.

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