Posteado por: M | 14 diciembre 2014

Rusia, desafío y oportunidad para Europa

Entre Rusia y Occidente, las espadas están en lo más alto; los discursos inflamados, las sanciones económicas y los pronósticos pesimistas no conocen tregua. El descenso vertiginoso del precio del petróleo golpea el talón de Aquiles de la economía rusa, la exportación de hidrocarburos. El Kremlin aparece de nuevo como un enigma bajo el fuego cruzado de las invectivas de los occidentales, de Estados Unidos y sus aliados europeos de la OTAN, que anticipan la llegada del gélido invierno a la democracia rusa y vituperan el autoritarismo de Vladimir Putin. Si Rusia y Ucrania forman parte de Europa, de la Europa del Atlántico a los Urales, como la describió el general De Gaulle, parece evidente, 25 años después de la caída del muro de Berlín, que está de nuevo desgarrada. Ésa es la realidad geopolítica, desgraciada y desalentadora, corolario de un grave error diplomático y geopolítico de consecuencias aún imprevisibles.

El despropósito consistió en creer, por parte de EE UU y sus aliados europeos, que el avance constante de sus peones y su influencia hacia las fronteras occidentales de Rusia, iniciado inmediatamente después de la caída del muro de Berlín (1989) y la reunificación alemana, proseguiría sin contratiempos mayores, aunque con algún incidente, y que Putin, por más que protestara, acabaría por capitular y aceptaría la incorporación de Georgia, Moldavia y de toda Ucrania al bloque occidental y probablemente a la OTAN, reduciendo drásticamente la profundidad estratégica rusa. Si las tres repúblicas bálticas y ex soviéticas habían ingresado en la Alianza Atlántica, con sus importantes minorías rusas incluidas, ¿por qué no iba a ocurrir lo mismo con la pequeña Georgia e incluso la muy extensa y crucial Ucrania, donde la rusofobia es moneda corriente en una parte significativa de la población?

Los responsables de Washington y Bruselas no fueron capaces de reflexionar y sacar conclusiones sobre las diferencias ostensibles entre la muy debilitada Rusia de Boris Yeltsin y la más enérgica, orgullosa y disciplinada de Putin, reconstruida sobre algunos de sus pilares tradicionales tanto materiales como espirituales. Por lo visto, la simple idea de que el presidente ruso estuviera dispuesto a utilizar la fuerza para impedir la expansión hacia el este de la esfera de influencia occidental no había pasado por el caletre de los estrategas de Washington, Berlín y Bruselas, sin duda ofuscados por un idealismo rayano en la insensatez.

Desde la caída del comunismo y la desintegración de la URSS, las potencias occidentales pensaron en Rusia más como cliente dócil y suministrador de recursos naturales que como socio paritario en la empresa histórica de impulsar el desarrollo y la occidentalización eternamente aplazada de los 120 millones de rusos, del inmenso espacio euroasiático que llega hasta Vladivostok en el Pacífico. Las consecuencias de ese egoísmo ciego son desastrosas: el indeseado alejamiento de la Rusia de Putin que trata de recuperarse, la crisis y la guerra en Ucrania, la novísima fractura de Europa y las divergencias profundas entre las potencias occidentales.

Si fue Winston Churchill, cuando ya había dejado de ser primer ministro, el heraldo luctuoso de la caída del telón de acero (Iron curtain), en una conferencia en Fulton (Missouri, EE UU), el 5 de marzo de 1946, ahora correspondió al presidente de Rusia la formulación de un desagradable pronóstico. El 4 de diciembre, en su discurso sobre “el estado de la federación”, en el rutilante salón de San Jorge del palacio del Kremlin, Putin lanzó una diatriba en toda regla contra “los enemigos de ayer”, los de la guerra fría, a los que acusó de querer erigir “un nuevo telón de acero”. Un telón de acero levantado no por la URSS de Stalin, ni por la Rusia mesiánica y paneslava o euroasiática, sino por el Occidente de Obama, eje político, militar y tecnológico del neoliberalismo transnacional.

Golpe terrorista en Chechenia

En medio de los oropeles del Kremlin, entre la élite político-económica, el ambiente era bastante sombrío. Unas horas antes de que Putin perorara ante sus fieles, el terrorismo reapareció en Chechenia con la ferocidad habitual de los que pretenden instalar un emirato integrista en el Cáucaso y golpeó en la capital, Grozni, con un mortífero ataque que mató a una docena de policías. El presidente ruso no desaprovechó la ocasión para acusar a los occidentales de haber apoyado al separatismo y el terrorismo en Chechenia, y de tratar como “insurgentes” y sedicentes demócratas a los yihadistas que iniciaron la guerra en 1994 con el objetivo declarado de imponer la ley coránica y provocar una nueva mutilación territorial de Rusia. “Los enemigos de ayer –insistió el presidente— nos hubieran lanzado con gusto por la senda de la desintegración y la desmembración, como ocurrió en Yugoslavia.” Juicio de intenciones pero hechos probados.

Cuando no existían ni Al Qaeda ni el Estado Islámico, cuando aún no se había producido la hecatombe de las Torres Gemelas de Nueva York (11 de septiembre de 2001), los rebeldes chechenos islamistas, pese a su evidente ferocidad, fueron acogidos en muchos lugares y foros de Occidente como guerrilleros que trataban de liberarse del “imperialismo ruso”. Moscú necesitó dos guerras y miles de muertos para dominar la insurrección, y Putin no lo ha olvidado. Por eso, vituperó con sarcasmo a los líderes y la opinión pública occidentales: “Nos acordamos –declaró— de cómo recibieron a los terroristas al más alto nivel, como si fueran luchadores por la libertad y la democracia. Ya entonces quedó claro que, cuanto más retrocedemos y nos justificamos, tanto más descarados, cínicos y agresivos se muestran nuestros oponentes (…) Los asesinos que tenían las manos manchadas de sangre fueron tratados como insurgentes.”

Como respuesta a las presiones económicas, Putin adoptó un tono menos burocrático y más liberal. Anunció “vacaciones fiscales” para las empresas de buena reputación, prometió un clima más favorable para los negocios y concedió una amnistía fiscal y política para la repatriación de los capitales que emigraron ilegalmente hacia los paraísos fiscales, el sector inmobiliario londinense, los clubes de fútbol o la costa mediterránea española. Pese al latrocinio general organizado con las privatizaciones de las empresas estatales, durante las agitadas presidencias de Yeltsin (1991-2000), los famosos oligarcas (Berezovsky, Gusinski, Jodorkovsky, Projorov, etc.) se apropiaron de inmensas fortunas e incluso chantajearon al Estado, pero perdieron por completo la iniciativa o fueron encarcelados.

Según el análisis de Masha Gessen, publicado en el New York Times, los oligarcas son “un mito” que se ha esfumado; ciertamente encumbraron a Putin en 1999, como una garantía de orden tras los años tumultuosos de Yeltsin, pero fueron dominados por éste y alejados de cualquier veleidad política, de manera que ahora vegetan a la sombra del poder que emana del Kremlin en todas direcciones. Y añade: “En medio del intrincado sistema que fue tejiendo durante los últimos 15 años, Putin no corre ningún riesgo.” El círculo íntimo del jefe del Kremlin está integrado principalmente por los que fueron sus compañeros en el servicio de inteligencia (KGB) o sus colaboradores en el ayuntamiento de San Petersburgo, la nueva oligarquía o nomenklatura.

Pese a las inevitables restricciones económicas, con la mayoría de los medios de comunicación directa o indirectamente sojuzgados, Putin sigue gozando del aprecio o al menos el respeto de la mayoría de los rusos, según todas las encuestas. La prosperidad y las subvenciones no son todo, ni siquiera lo más importante, cuando están en juego el orgullo nacionalista, la restauración del poder, aunque lo detenten unos pocos, y la influencia de Rusia en el tablero geopolítico; los recuerdos de un pasado de sufrimiento y heroísmo. Como subraya el periódico Moskovski Konsomolets, “Putin utiliza la más potente de las armas retóricas a disposición de un político ruso, la referencia a la Gran Guerra patriótica” que permitió detener y luego derrotar a los potentes ejércitos de Hitler, de Stalingrado a Berlín.

No faltaron en el discurso las alusiones a la hostilidad de EE UU y sus aliados o clientes de la OTAN, al castigo indiscriminado de las sanciones económicas, la intervención en Ucrania. Sostuvo Putin: “En cuanto a las sanciones, no se trata sólo de una reacción nerviosa de EE UU y sus aliados por nuestra posición en lo que concierne al golpe de Estado sobrevenido en Ucrania, ni siquiera una reacción ante la primavera de Crimea. Estoy seguro de que incluso sin esos acontecimientos, habrían encontrado un pretexto para atajar el poderío creciente de Rusia.” Los aduladores del presidente, que son muy numerosos en los medios, echan mano de la metáfora náutica para advertir de que será necesaria “una disciplina de hierro entre la tripulación para que el navío resista cualquier tempestad”

El primer gran aviso de las intenciones de la nueva Rusia de Putin llegó en agosto de 2008 con la guerra de la república caucásica de Georgia, cuando su presidente, Mijail Saakashvili, actuando como aprendiz de brujo, desencadenó una ofensiva militar con el objetivo de restablecer su autoridad en la región rebelde de Osetia del Sur, de población rusófoba y tributaria de Moscú. La respuesta y la intervención rusas fueron fulminantes, hasta provocar la derrota militar y la humillación de las huestes de Saakashvili. Las protestas occidentales fueron meramente retóricas, y la adhesión a la OTAN quedó aplazada sine die. Le intervención rusa consagró la mutilación de Georgia, que perdió de facto las regiones de Osetia del Sur y Abjasia, el 20 % del territorio nacional, convertidas en protectorados moscovitas.

Revueltas y guerra en Ucrania

Con mayor entusiasmo si cabe, los occidentales respaldaron y estimularon por dos veces la revuelta de Kiev contra Rusia y sus aliados o protegidos en Ucrania, primero en 2004 (la denominada revolución naranja) y luego en 2013. Porque la verdadera línea de fractura histórica y geopolítica no pasa por Chechenia, ni por Georgia, desde luego, sino por Ucrania, por sus regiones orientales e industriales de Donets y Lugansk, de población rusa o rusófila, fronterizas con Rusia, la cuenca carbonífera del Donbass, bajo el flagelo de una guerra civil que ha causado más de 4.000 muertos expulsado de sus hogares a más de medio millón de personas, según los cálculos de varios organismos internacionales.

La situación se deteriora desde hace un año, desde que en la plaza central de Kiev (Maidan) comenzaron las manifestaciones tumultuosas contra el presidente Viktor Yanukovich, aliado de Moscú, luego de que éste se negara a firmar un acuerdo de asociación negociado con la Unión Europea, en una borrascosa reunión en Vilna, capital de Lituania, el 28 de noviembre de 2013, fiasco diplomático cuya responsabilidad está muy repartida. La revuelta popular o el golpe de Estado –las dos interpretaciones contradictorias— que derrocó al presidente Yanukovich y aupó en el poder a los proeuropeos y antirrusos en Kiev, en febrero de 2014, fue un espejismo que no pudo enmascarar las tensiones subyacentes que finalmente condujeron a la anexión de Crimea por Rusia, tras un plebiscito en marzo, la insurrección de las regiones orientales y a la postre la guerra civil, como una reproducción a gran escala de lo ocurrido en la Bosnia-Herzegovina multiétnica en 1991-1992.

Porque el cese de hostilidades acordado el 5 de septiembre, bajo el patrocinio de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), varias veces violado y renovado, no es una solución, sino sólo una tregua frágil cuya efectividad depende esencialmente de la buena voluntad de Moscú. Por eso los más optimistas abogan por el mantenimiento del statu quo en las regiones de Donets y Lugansk y una difícil coexistencia entre Moscú y Kiev, o lo que es lo mismo, un conflicto congelado o larvado, de baja intensidad, que implicaría lógicamente el desarme de los nacionalistas ucranianos más radicales y de los rusos irredentos. Nadie en Washington, Londres o Berlín tiene la más mínima idea de cómo actuar o qué podría hacerse para arrebatar esas regiones al control protector de Moscú.

Las elecciones de un nuevo presidente (25 de mayo), Petro Poroshenko, oligarca del chocolate convertido a la democracia, según la balsámica visión occidental, y de un parlamento (Gran Rada) dominado por los partidos preeuropeos, en las legislativas del 26 de octubre, no sirvieron para estabilizar y mejorar la situación económica, pero subrayaron, en razón de la escasa participación electoral (sólo el 51 % del censo), la profunda división del país, mientras la guerra civil proseguía y se recrudecía en el este. El partido del presidente y el Frente Popular del primer ministro, Arseni Yatseniuk, bajo las banderas proeuropea y antirrusa, lograron prácticamente la mitad de los sufragios y se repartieron el poder. Nada más conocer su elección, Poroshenko declaró una obviedad desdeñada torpemente por algunos de sus patronos occidentales: “Sin Rusia no es posible una verdadera seguridad.”

Sobre la anexión de Crimea, enmascarada con un plebiscito, Putin recurrió a la emoción patriótica para subrayar su carácter irreversible: “Los que viven en Crimea son nuestros compatriotas, y el territorio tiene una importancia estratégica en tanto que fuente espiritual tanto de la nación rusa en su diversidad y su unidad como del Estado ruso centralizado. Fue precisamente en Crimea donde fue bautizado Vladimiro el Grande, primer paso para la evangelización de toda Rusia.” Para resaltar la conjunción del nacionalismo ruso con la cristiandad ortodoxa, el presidente comparó la significación espiritual de Crimea para los rusos con la de Jerusalén para los fieles de las tres religiones del Libro. La anexión de Crimea es la primera expansión territorial de Rusia desde la desintegración de la URSS en 1991.

En una minuciosa reconstrucción de los hechos que condujeron al “fracaso histórico” de Vilna, el semanario alemán Der Spiegel tituló su informe: “Como la Unión Europea perdió Rusia por causa de Ucrania.” Cuando el presidente Yanukovich declaró que necesitaba varios miles de millones de euros, los dirigentes europeos pusieron oídos sordos, como ante una petición meramente retórica, cuando en realidad era un ultimátum. El semanario dedicó palabras muy duras para la cancillera Angela Merkel y otros dirigentes europeos que ahora se encuentran con el rechazo de Moscú y, al mismo tiempo, sin capacidad de maniobras para buscar una solución en Ucrania. Como señaló el comisionado de la UE para la ampliación y la política de buena vecindad hacia el este, Stefan Füle, “fuimos incapaces de encontrar y acordar una política de aproximación hacia Rusia”.

Las informaciones en Occidente sobre el estado de la economía rusa comenzaron a ser alarmantes. Ante la espectacular disminución de los ingresos por la venta de petróleo, debido al hundimiento de los precios del crudo en el mercado mundial, el rublo perdió el 40 % de su valor con respecto al dólar, el interés de los bonos estatales a diez años escaló hasta el 13 %, la bolsa de Moscú retrocedió de manera aparatosa y la economía se encaminaba hacia la recesión. Las reservas de divisas quedaron bajo mínimos, en parte como secuela de la fuga permanente de capitales que practican los llamados oligarcas o sus imitadores en la función pública. Rusia no es un país deudor, sino acreedor, pero su problema consiste en que gran parte de las divisas que llegan por la venta de los hidrocarburos y las remesas financieras posteriormente escapan del país por el contrabando de una élite corrupta.

Humillación histórica y pragmatismo

Putin están persuadido de que la desintegración de la URSS fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, una humillación sin precedentes que la intelligentsia rusa no acaba de asumir, lo cual quiere decir que sólo a regañadientes aceptará o fingirá aceptar las fronteras surgidas en 1991. El corolario de ese pensamiento, muy arraigado entre los burócratas del Kremlin y la intelectualidad nacionalista rusa, exige la protección de los rusos que habitan en “el extranjero próximo”, los territorios de las que fueron repúblicas soviéticas, y la preservación de la profundidad geoestratégica exigida por las lecciones de la historia, las invasiones devastadoras de Napoleón y Hitler.

Putin es más un pragmático que un ideólogo, aunque a veces aparezca cautivado por la retórica del paneslavismo y el imperio euroasiático. Pero la expansión de la Unión Europea y sobre todo de la OTAN por ese “extranjero próximo” resulta intolerable para cualquier patriota ruso y, por supuesto, para los estrategas del Kremlin, los de la Rusia de siempre, esa inmensa llanura sin defensas naturales desde los Urales hasta el Dniéper o el Vístula. Frente a esa mentalidad tan arraigada entre los rusos, los occidentales, sin una estrategia de largo alcance que les atraiga hacia la “casa común” europea, recurren al método anacrónico y contraproducente de las sanciones, que sólo sirve para infligir un castigo indiscriminado a una población a la que supuestamente se pretende liberar del despotismo. Una vez más, el grito de “Rusia es culpable” resulta tan injusto como simplista.

El ex presidente Mijail Gorbachov, que sueñe mostrarse poco complaciente con el autoritarismo de Putin, en unas declaraciones a la revista Time, culpó a EE UU por haber desencadenado “una nueva guerra fría” y a Occidente en general “por aislar a Rusia y transformarla en un espacio atrasado, una especie de provincia (…), en situarla fuera de la geopolítica.” Tras defender a Putin, “que actuó en el interés de la mayoría” en lo que concierne a la anexión de Crimea, el impulsor de la perestroika, sin embargo, abogó por la recuperación del diálogo. “Tenemos que proseguir la tarea que iniciamos al final de la guerra fría”, concluyó.

Dado que nadie en Occidente se atreve a idear o sugerir un plan para obligar a los rusos a hacer las maletas en Crimea, Donets o Lugansk, donde siempre estuvieron, sería quizá conveniente que cesara la guerra de propaganda, que dejaran unos y otros de atizar los rescoldos de la guerra fría. Parte de la prensa occidental presenta a Putin como un autócrata peligroso, un imitador de los peores métodos soviéticos, al que se compara con Stalin o Hitler y al que habría que responder, según dicen, con el lenguaje del poder y de la fuerza. Pero a la pregunta de cómo hacerlo, nadie responde con un plan coherente y factible. ¿Acaso alguien en el muy conformista Occidente, o en una Europa militar y moralmente desarmada, está dispuesto a morir por Crimea?

El temor a la confrontación paraliza a los occidentales. Entre la escalada de los que en Occidente denuncian incansablemente “el imperialismo” de Putin, como hace la revista Time con gran despliegue tipográfico, y los terminales del Kremlin que desgranan una retahíla de agravios e insisten en “el golpe de Estado de Kiev”, la prudencia aconseja una reflexión para eludir la permanente debilidad geoestratégica de nuestro continente. Como señala Carolina Galactéros en la revista francesa Le Point, “al humillar a Rusia no hacemos sino inflamar su patriotismo, elevar la popularidad de su jefe y fortalecer la resistencia de su pueblo”.

El presidente Obama piensa más en el Pacífico que en Europa –al menos, esa es la cantilena que se oye ritualmente en Washington—, pero al mismo tiempo comprende la importancia de la cooperación de Rusia para el combate contra el islamismo radical o salafismo en todo el Oriente Próximo, desde Turquía a Afganistán. No obstante, bajo la presión de los republicanos más radicales en el Congreso, que le acusan de ser un apaciguador nato, el jefe de la Casa Blanca se siente alternativamente obligado a prestar  atención a esos extremistas de Kiev que presentan a Ucrania –toda Ucrania, se entiende, Crimea incluida— como la última trinchera de Europa frente a “la barbarie neosoviética”, cuando el presidente Poroshenko y su primer ministro deberían dedicarse, ante todo, a combatir la corrupción en el país más corrupto de Europa para sacarlo de la bancarrota y la miseria.

Los líderes europeos están divididos sobre qué hacer con Rusia y cómo hacerlo. Bastó con que la cancillera Merkel endureciera su retórica hacia Putin y sus “ambiciones imperiales” para el que presidente de Francia, François Hollande, se presentara inopinadamente en un aeropuerto moscovita y se entrevistara con Putin. Ambos presidentes conversaron sobre Ucrania, según dijeron los portavoces oficiales, pero en realidad buscaron una salida al enojoso asunto de los dos portahelicópteros Mistral que Rusia ha pagado en parte y que París demora la entrega pese a las indemnizaciones económicas que comportaría el incumplimiento del contrato por valor de 1.200 millones de euros. “Tenemos que evitar que otros nuevos muros nos separen”, advirtió el presidente francés.

En vez de buscar el restablecimiento de la confianza, la asociación estratégica y la conjunción de intereses, en la Unión Europea, como es notorio, prevalece la visión más claramente antirrusa de la crisis, bajo la presión constante de EE UU y sus aliados incondicionales de las repúblicas bálticas y Polonia, cuyos representantes integran el grupo más sensible a la exposición constante y poco meditada de los agravios históricos hacia Rusia, de la visión desastrosa pero muy interiorizada y generalizada en la Europa oriental de los cosacos entrando en Varsovia y arrojando por el balcón el piano de Chopin. O de las tropas de choque del mariscal Zhukov, los brutales “Ivanes” irrumpiendo con furia en  Berlín en abril de 1945. Las dudas comienzan cuando se trata de prorratear y pagar la factura de Ucrania.

La elección del polaco Donald Tusk como presidente del Consejo Europeo, representante de un país que no pertenece a la eurozona, señaló al mismo tiempo la orientación favorable a Washington y más opuesta a Moscú de la estrategia comunitaria y el reparto de responsabilidades. Berlín utilizó su influencia para que el petróleo y el gas quedaran fuera de las sanciones contra Rusia, por ser vitales para la industria alemana, y Gran Bretaña logró la exclusión de los servicios financieros, esenciales para los negocios de la City. Varios comentaristas franceses deploraron la actitud claramente perdedora o claudicante de París y lógicamente recordaron algunos de los principios de la diplomacia del general De Gaulle, de su vocación neutral y mediadora entre Washington y Moscú en los tiempos más tempestuosos de la guerra fría.

Los occidentales esgrimen con frecuencia y contra Putin el principio de la intangibilidad de las fronteras en Europa, fundamento desde 1975 de la coexistencia pacífica. Una verdad a medias que con frecuencia se convierte en soflama propagandística. Las fronteras volaron por los aires con la desintegración de la URSS y de Yugoslavia. Europa y EE UU aplicaron y mantienen el principio de la integridad territorial en Bosnia-Herzegovina, contra la voluntad de sus grupos étnicos, pero violentaron las fronteras de Serbia, aliado tradicional de Rusia, para imponer la independencia de Kosovo fundada en el azaroso criterio de la homogeneidad étnica que se niega a sus vecinos bosnios, a sabiendas de que la manía de crear Estados étnicamente uniformes conduce inexorablemente a la desestabilización y la guerra.

La amenaza de una nueva guerra fría y el hundimiento de los precios de los hidrocarburos están forzando una profunda reflexión en Putin y sus consejeros. El modelo neoliberal adoptado en la época de Yeltsin –exportación de materias primas e importación de productos de consumo— se halla en una crisis irreversible. Los estrategas del Kremlin se vuelven hacia el modelo asiático que compagina el autoritarismo con una industrialización selectiva y un mayor control de los flujos del capital. ¿Qué hará la Unión Europea ante esta coyuntura que favorece un viraje histórico en el desarrollo de Rusia y su aspiración a igualar los niveles de vida de Occidente? Rusia ofrece grandes oportunidades en todos los órdenes, pero, por el momento, en la Unión Europea reinan el desorden y las políticas de corto alcance, un asunto del que deberé ocuparme en futuros artículos.

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