Posteado por: M | 19 diciembre 2014

Obama tiende la mano pero los Castro no desarman

Un intercambio de espías, como en los peores tiempos de la guerra fría, confirmó el súbito deshielo entre Estados Unidos y Cuba después de más de medio siglo de hostigamiento, crisis innumerables y glaciación ideológica. En una alocución televisada, el 17 de diciembre al mediodía, el presidente Obama anunció la inminente apertura de negociaciones para el pleno restablecimiento de las relaciones diplomáticas, así como el levantamiento de algunas restricciones para que los norteamericanos puedan viajar y enviar dinero a Cuba. Un histórico viraje estratégico que culminará con la supresión del embargo comercial que pesa sobre las exportaciones a Cuba, un asunto vidrioso que deberá ser aprobado por el Congreso norteamericano.

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Obama telefoneando a Raúl Castro desde la Casa Blanca, 2014

La revisión estratégica, sin embargo, es más bien modesta, pues hace tiempo que Cuba dejó de ser un problema internacional y hasta global –desde Bolivia hasta Angola, Rusia y Vietnam– para convertirse en una mera cuestión electoral norteamericana que Obama aborda cuando su futuro político ya no depende de ninguna cita electoral. Prevaliéndose de su condición de “pato cojo” o presidente amortizado, pretende recuperar en el frente exterior los muchos galones perdidos en el interior. Está por ver, no obstante, cuáles serán las repercusiones en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBATCP), el grupo de países de Caribe, de orientación antiimperialista, forjado por los presidentes Fidel Castro y Hugo Chávez, jubilado aquél y desaparecido éste.

Tampoco entraña ningún cambio sustancial la aserción de Obama de que EE UU no tiene ningún interés en empujar a Cuba hacia el colapso. ¿Acaso desea evitar el caos tras la muerte del dictador? Quizá está pensando en una transición controlada por el partido comunista, como en China o Vietnam. Hace ya años que Washington abandonó la estrategia del gran garrote en América Latina, la que mantuvieron todos los presidentes hasta Ronald Reagan, con diversos pretextos. La política de “cambio de régimen”, promovida por el desembarco de los marines o la subversión interna encomendada a la CIA, tan impopular y onerosa, fue reemplazada por otras formas más sutiles de presión económica, ayuda logística y prestaciones tecnológicas.

Además del intercambio de espías –tres cubanos por uno norteamericano, éste encarcelado en Cuba desde hace 20 años–, las autoridades cubanas liberaron igualmente, “por razones humanitarias”, al contratista estadounidense Alan Gross, de 65 años, en prisión desde 2009 y en delicado estado de salud, que fue detenido en La Habana cuando se disponía a instalar un sistema de acceso a internet para la exigua comunidad judía de la isla. Fue acusado nada menos que de participar en un complot para “destruir la revolución” y prácticamente secuestrado tras un juicio inicuo (condenado a 15 años de prisión) como moneda de cambio. La Habana parece haber aceptado ahora la presunción norteamericana de que Gross no era un espía, sino un técnico al servicio de una causa decente. Washington se apresta a borrar a Cuba de la lista de países que promueven el terrorismo.

En un comentario publicado en este blog el 13 de octubre último, titulado “Los cubanos siguen huyendo de Cuba”, aludí a un editorial publicado por el New York Times dos días antes, en inglés y español, en el que instaba al presidente Obama a levantar “un embargo insensato” que pesaba sobre el régimen de los hermanos Castro desde tiempo inmemorial. Ahora está claro que el periódico no hacía sino presionar, en la dirección deseada por la Casa Blanca, para que las negociaciones en marcha entre Washington y La Habana, con la mediación de Canadá y la bendición del papa Francisco, llegaran a buen puerto y derribaran el penúltimo muro de la guerra fría. El último se levanta aún en la frontera intercoreana del paralelo 38.

Unos 18 meses de idas y venidas, cabildeos y conversaciones secretas entre los enemigos de siempre para acabar con los prejuicios y las suspicacias, los penosos intercambios de dicterios que alimentaron uno de los errores más persistentes de la diplomacia norteamericana. Medio siglo de embargo comercial y hostilidad global, de crisis repetidas que en una ocasión, en octubre de 1962, situaron al mundo al borde del abismo de la guerra nuclear, debido a la instalación y posterior retirada de misiles soviéticos en la isla. En vez de debilitar al férreo régimen de Fidel Castro, la estrategia del aislamiento resultó completamente inútil y contribuyó a reforzar ideológicamente la cruel dictadura paleocomunista a que está sometido el pueblo cubano desde hace más de medio siglo.

La enfática escenificación del acuerdo entre los presidentes Obama y Raúl Castro, mediante discursos simultáneos en Washington y La Habana televisados en directo, al mediodía del 17 de diciembre, puso de relieve el fiasco de una estrategia política mantenida durante medio siglo. Fue el reconocimiento tardío del empecinamiento inútil en que estuvieron atrapados ocho presidentes de la superpotencia mundial por antonomasia. Porque el objetivo del embargo comercial y de la ruptura de relaciones diplomáticas desde 1961, tras la confiscación de las empresas y los bienes de los ciudadanos estadounidenses en la isla, no era otro que precipitar la caída del régimen castrista. No obstante, la dictadura sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso, como una pesadilla en el ocaso, desde luego, pero resistiendo la erosión del tiempo.

“Estos 50 años han demostrado que el aislamiento no ha funcionado”, reconoció Obama desde el despacho oval. Añadió que EE UU se había quedado solo en su política de aislamiento y que las sanciones “han tenido poco efecto más allá de dar argumentos al gobierno cubano para las restricciones contra su pueblo”. ¡Cuánto circunloquio para no nombrar a la dictadura por su nombre! Raúl Castro, de verde oliva, le replicó desde La Habana, recitó el catecismo inamovible del régimen y advirtió de que ambos países mantienen “profundas divergencias, fundamentalmente en materias de soberanía nacional, democracia, derechos humanos y política exterior”, es decir, que su régimen se reserva el derecho de seguir persiguiendo a los disidentes y meterlos en la cárcel. Obama tiende la mano pero parece obvio que los Castro no están por el desarme.

Los resultados del gran garrote en su versión de la guerra fría fueron devastadores: tras los inicios sangrientos del poder guerrillero de Sierra Maestra, la fallida invasión de bahía Cochinos, preparada por Eisenhower y autorizada por Kennedy en abril de 1961; la rápida sovietización del régimen, la supervivencia en la más espantosa penuria, bajo el estado de excepción económica, en los años 90; la represión implacable, las detenciones arbitrarias, la propaganda y la militarización; el horror cotidiano, el laberinto de las dos monedas, los salarios del miedo, la degradación social, la tragedia de los balseros y la huida del país de más de tres millones de personas.

La superpotencia asistió impotente a la instalación de un descarado y desafiante despotismo militarizado a la vista de la península de Florida, durante mucho tiempo un abismo marítimo de 90 millas. La tormenta sobre el azúcar sobre la que lucubró Jean- Paul Sartre por aquellas calendas ofrece medio siglo después un balance de horror y miseria, pero la amenaza geopolítica, la Cuba envalentonada de los misiles soviéticos y la exportación de la revolución, la que pretendía crear muchos Vietnams contra el imperialismo, perdió progresivamente su legitimidad revolucionaria y devino un parque temático para turistas en busca de emociones tropicales, tráficos diversos y situaciones anacrónicas.

El embargo fue un descalabro para EE UU, pero igualmente para una revolución que se presentó como liberadora y acabó por esclavizar al pueblo, no tanto por culpa de la perfidia norteamericana, como arguye sin descanso la propaganda oficial, sino por los sucesivos dislates económicos, la supresión de las libertades, los gastos militares y la corrupción o la indolencia de la élite dirigente del partido comunista, ahora definitivamente enfrentada al veredicto severo de la historia. Las medidas adoptadas por ocho presidentes norteamericanos se estrellaron contra una realidad berroqueña y una propaganda incansable, de manera que la denigración persistente de EE UU, presentado como el mal absoluto del imperialismo, acabó por fraguar como uno de los pilares de la dictadura castrista.

Espada política y escudo de los Castro

Varios periodistas estadounidenses, en una crónica desde La Habana para glosar el viraje histórico, publicada por el New York Times, resumieron muy bien esa característica de la dictadura: “Durante décadas, el embargo de Cuba fue la espada política y el escudo de los Castro, al que éstos culparon de obstaculizar el desarrollo de su nación, de privar al pueblo de los bienes básicos, y con el que justificaron su estricto control sobre todos los aspectos de la vida social.” Ahora tendrá la dictadura que rectificar o poner sordina a su propaganda y acomodarse a la erosión definitiva del embargo impuesto en 1962 y recrudecido con varias disposiciones, entre ellas, la ley Helms-Burton (1996) que previó sanciones para todos los países que comerciaran con Cuba, nunca aplicada por completo.

La reflexión en Washington sobre la ineficacia de su estrategia, incluso después de que Rusia abandonara sus subvenciones a La Habana (1990), chocó sistemáticamente con los intereses del potente lobby de los exiliados cubanos instalados en Miami, hasta el punto de que el progresista Obama, que en 2004, en su campaña electoral para el Senado, defendió el fin de las sanciones económicas, cuatro años después, en 2008, cuando aspiraba a la presidencia, abogó, contradictoriamente, por mantener las medidas coercitivas que hacían el juego a la dictadura. Una encuesta de la Universidad Internacional de Florida entre la comunidad cubano-norteamericana, publicada en julio último, arrojó una mayoría (52 %) en favor del levantamiento del embargo. El 68 % de los interrogados deseaba el restablecimiento de las relaciones diplomáticas.

Obama creyó que había llegado el momento de claudicar oficialmente, bajo la presión discreta de las grandes empresas globalizadas, especialmente las de telecomunicaciones, que no quieren verse suplantadas por sus rivales chinas o coreanas en la era del ciberespacio y que esperan hacer buenos negocios con “el desembargo”, pese a la modestia del mercado cubano: 10 millones de personas sin hábitos de consumo, generalmente con una educación media superior a los estándares latinoamericanos.

El presidente dio pocos detalles sobre sus negociaciones secretas ni ofreció ningún motivo de esperanza sobre las promesas o el comportamiento previsible de Raúl Castro y sus conmilitones. Pronunció una frase bonita aunque poco original en español –“Todos somos americanos”–, pero una cosa es terminar con un embargo anacrónico, inútil y contraproducente, y otra muy distinta elaborar una estrategia de recambio que no figura entre las preocupaciones crepusculares del jefe de la Casa Blanca. En sus seis años como presidente, Obama no se mostró especialmente preocupado por los problemas de América Latina, el patio trasero del gendarme cada día más reticente, y no parece probable que vaya a cambiar de prioridades, aunque sus adversarios políticos, en el caso de Cuba, denuncien su molicie moral.

El principal argumento de la Casa Blanca –la ineficacia del embargo y las penalidades infligidas al pueblo cubano— es el fruto de un fracaso y no garantiza, por lo tanto, el éxito de una operación diplomática supuestamente liberadora. “Liberarse de las cadenas del pasado para buscar un futuro mejor”, declaró Obama con el exceso habitual de retórica. Raúl Castro, vestido de general, dejó bien sentado que no había hecho ninguna concesión relevante, que la soberanía quedaba intacta y que el régimen salía reforzado. Quiere esto decir que la apertura de Obama deberá ser juzgada no por las intenciones, que son miríficas, sino por sus resultados, harto problemáticos, habida cuenta la bunquerización ideológica y la burocracia invasiva que caracterizan al castrismo.

Las otras razones aducidas por Obama –las relaciones con otros países comunistas, como China y Vietnam— son poco convincentes, pues se trata de dos países asiáticos muy lejanos e inmersos desde hace tiempo en un proceso de desarrollo económico acelerado en el que participan numerosas empresas norteamericanas. La diferencia esencial entre los asiáticos y Cuba radica en los tres millones de cubano-norteamericanos que huyeron de la dictadura comunista para establecerse principalmente en el estado de Florida y convertirse en un importante factor de presión económica e influencia electoral.

Los republicanos, en pie de guerra

Tras conocer la noticia, la Pequeña Habana de Miami se debatía entre la resignación y la indignación. Los más radicales clamaron ante los micrófonos contra “la traición” del presidente. El moderado diario en español El Nuevo Herald se preguntó: “¿Dónde está Fidel Castro?”, ausente de la cita histórica con Obama. En el mismo periódico, el respetado analista Andrés Oppenheimer aseguró que “el discurso de Obama no cambia mucho a corto plazo”, caviló sobre el rechazo del Congreso y recordó que cuando el presidente Carter tendió la mano a Fidel Castro, éste desató el éxodo de Mariel en 1980 y provocó una grave crisis.

Las reacciones en EE UU son muy variadas, aunque predominan las que ponen reparos a la iniciativa presidencial, incluso entre los demócratas, y tildan a Obama de apaciguador compulsivo. El New York Times, siempre detrás del presidente, insiste en que la política punitiva “fue ampliamente contraproducente”; pero el otro gran periódico liberal de la costa atlántica, The Washington Post, se muestra mucho menos complaciente con ese pragmatismo descarnado y arguye que “lo que Obama ha hecho es dar a un régimen viejo de 50 años una nueva esperanza de vida que le permitirá mantener indefinidamente el sistema totalitario”. El senador demócrata Robert Menéndez, que preside el Comité de Relaciones Exteriores, aseguró que “las acciones del presidente Obama justifican el brutal comportamiento del gobierno cubano”.

Los republicanos en ambas cámaras del Congreso, en las que tendrán mayoría a partir de enero próximo, se han puesto en pie de guerra para boicotear la iniciativa del presidente en aquellos asuntos que requieran la aprobación parlamentaria, como es el caso de las leyes que refuerzan el embargo. Como en otras cuestiones relevantes, Obama se comporta como si tuviera mayoría, actúa sin consultar con sus adversarios políticos y se expone, por lo tanto, a un recrudecimiento de las hostilidades. El senador Marco Rubio, republicano de Florida, de origen cubano, anticipó sin ambages: “Este Congreso no levantará el embargo.”

No todos los líderes norteamericanos han superado el espíritu de la guerra fría. Para convencerse de esa predisposición de ánimo poco apaciguadora basta con leer el artículo publicado por el senador Ted Cruz, republicano por Tejas, en la revista Time, titulado “Hay que ayudar a la oposición cubana, pero no a los Castro”, en el que escribe muy en serio: “Los Castro son el demonio y no podemos hacer ningún trato con un régimen maligno.” Por supuesto, también hace un llamamiento para que el Congreso impida que Obama levante el embargo.

El gobierno cubano organizó las consabidas manifestaciones de sus esbirros y sus fieles para saludar con alborozo el nuevo “triunfo” de la revolución; pero en la escasa opinión publicada por parte de la disidencia se manifestaban la sorpresa, el escepticismo y la indiferencia. “Tanto las declaraciones de Obama como las de Castro tuvieron el dejo de la capitulación”, escribió la esforzada bloguera Yoani Sánchez. Y terminaba su artículo: “Mientras no se den pasos de esa envergadura –la liberación de todos los presos políticos y el fin de la represión política— muchos seguiremos pensando que la fecha esperada no está cerca. Así que a guardar las banderitas, no se pueden descorchar las botellas todavía y lo mejor es seguir presionando para que finalmente llegue el día D.”

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