Posteado por: M | 12 enero 2015

Tres días que conmocionaron a Francia

Los tres días de terror, sangre sudor y lágrimas que conmocionaron a Francia, entre el 7 y el 9 de enero, los más violentos desde el fin de la ocupación nazi (1944), magnificados globalmente por el conocido decorado parisiense en que se escenificó la barbarie, confirmaron una vez más que la amenaza del terrorismo islamista es una trágica realidad europea. Los soldados de la guerra santa o yihadistas son europeos de segunda o tercera generación, marginados, inadaptados o simplemente radicalizados o captados por las redes de Al Qaeda o el Estado Islámico, y la Unión Europea carece de un plan conjunto para hacer frente solidariamente al desafío. Tres terroristas muertos y 17 víctimas inocentes constituyen un balance desolador que incita a la reflexión sobre el fanatismo y la crueldad de los yihadistas, pero también sobre las causas del mal, la estrategia política y los medios de seguridad para prevenir o mitigar los efectos e impedir la extensión de la peste que se cierne sobre el continente.

En un vídeo del Estados Islámico que empezó a circular por internet en septiembre último, con el fondo de imágenes de varias ciudades norteamericanas, una voz en off en excelente inglés lanzaba una inquietante advertencia: “Estamos ya entre vosotros”, y añadía: “En realidad, siempre estuvimos”. Estas palabras volvieron a sonar de manera trágica en mi imaginación en la mañana del 7 de enero, mientras se sucedían precipitadamente en la pantalla las escenas de horror y repulsión del cobarde ataque contra el semanario satírico Charlie Hebdo, en el corazón de París, incluyendo el disparo a boca de jarro de unos de los terroristas encapuchados para rematar a un policía herido (también de origen argelino) que yacía en la acera. Fue un ataque brutal y meticuloso, en el que los yihadistas demostraron una frialdad y una rapidez en la ejecución poco comunes, adquiridas sin duda durante su entrenamiento militar como integrantes de una brigada internacional.

La policía francesa se desplegó masivamente (88.000 agentes) en los dos escenarios de la tragedia, quizá con un exceso de testigos y cámaras de televisión ofreciendo en directo “la caza del terrorista” y los asaltos simultáneos a sus reductos, a las 5 de la tarde del día 9, con el riesgo de entorpecer la operación o trivializar el llanto y las otras secuelas del terror. Los autores de la matanza de Charlie Hebdo, los hermanos Said y Cherif Kouachi, de origen argelino, fueron abatidos al salir disparando de la imprenta en que se habían atrincherado, y su rehén liberado, en una pequeña localidad de Sena y Marne, cerca del aeropuerto Charles De Gaulle. El tercer terrorista, Amedy Coulibaly, negro de origen africano, resultó muerto por la policía en la intervención en el supermercado judío de la Puerta de Vincennes, en París, pero también perdieron la vida cuatro de sus rehenes, sin que se conozcan con exactitud los detalles del sangriento desastre que causó una fuerte impresión en la comunidad judía y en Israel. Coulibaly fue también el asesino de una policía municipal el día 8, en Montrouge, al sur de París.

Los tres terroristas dijeron estar relacionados, en declaraciones telefónicas a emisoras de televisión, pero los hermanos Kouachi aseguraron que pertenecían a Al Qaeda, mientras que el tercero se declaró miembro del ejército del Estado Islámico. Como es notorio, la hidra del terrorismo islámico es una nebulosa de numerosos grupos que con idéntica inspiración actúan  de forma autónoma en función de las circunstancias. Said Kouachi recibió entrenamiento militar por parte de Al Qaeda en el Yemen, la organización creada por el incendiario predicador islamista norteamericano Anuar al Aulaki, que en septiembre de 2011 fue muerto por un avión sin piloto (drone) de la CIA, cuando estaba considerado como el jefe operativo de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA).

“Charlie Hebdo” en la prensa internacional

De los doce asesinados en el primer ataque, ocho pertenecían a la redacción de Charlie Hebdo, incluyendo a su director, Stéphane Charbonnier, conocido por Charb, que, ante las amenazas de los yihadistas, imitó a la española Pasionaria para proclamar: “No tengo hijos, ni esposa, ni coche, ni deudas. Puede parecer un poco presuntuoso pero prefiero morir de pie que vivir de rodillas”, reiterando su rechazo más absoluto del chantaje a que lo habían querido someter desde 2005 los islamistas, radicales y moderados confundidos, para que no publicara más caricaturas mordaces y hasta blasfemas sobre Mahoma, el Corán y sus fieles, en particular las que aparecieron en serie inicialmente en 2005 en el periódico danés Jyllands-Posten, que sufrió varios atentados fallidos. Ahora, ante el asalto asesino contra los colegas franceses, el diario danés decidió no publicar ninguna viñeta de Mahoma apelando a “la responsabilidad hacia sí mismo y sus trabajadores”, en momentos de grave dificultad.

Una actitud similar a la que adoptaron la mayoría de los periódicos importantes norteamericanos, que tildaron a Charlie Hebdo de “irreverente y vulgar” (The Washington Post), “ateo de izquierdas” (The Wall Street Journal), y de muchos medios europeos que se abstuvieron precavidamente de publicar las caricaturas del Profeta en nombre de una sedicente corrección política o con el pretexto de no herir las susceptibilidades de los mahometanos. O simplemente porque el miedo es libre, Interpelado sobre la cuestión, el New York Times señaló que no publicaba las viñetas incriminadas porque “describir las caricaturas daría a los lectores la información suficiente”. Las cadenas de televisión, como de sólito, estuvieron poco combativas. La norteamericana NBC informó de que Charlie Hebdo es “un magacín de izquierda que no tenía ningún escrúpulo para zaherir a cualquiera”.

Algunos medios de comunicación dejaron huella inmediata de su capitulación intelectual y moral ante el terror. Así, la agencia Associated Press (AP), la más importante de Estados Unidos, nada más conocerse lo ocurrido en París, eliminó de su página informativa en internet las imágenes que reproducían algunas de las páginas y dibujos de Charlie Hebdo. Fue una reacción tan rápida y espontánea como lamentable, que demuestra hasta qué punto la intimidación islamista ha calado en las agencias noticiosas y las publicaciones occidentales.

Hoy sabemos que el periodismo, compañero de la Ilustración, nació y sólo sobrevivirá para zaherir al poder, a todos los poderes. La complacencia con los que mandan conduce invariablemente al envilecimiento moral y el descrédito. Un riesgo más que añadir a los muchos que plantea el terrorismo. La libertad de prensa, como figura en todas las constituciones, es un componente esencial de la libertad de palabra, la libertad de conciencia y, por ende, de la democracia. Desde que en 2005 estalló la crisis de las caricaturas de Mahoma, el gobierno francés pidió en varias ocasiones a Charlie Hebdo que dejara de publicar aquellas ilustraciones que pudieran herir la sensibilidad del islamismo radical, pero no se le ocurrió una gestión similar sobre el Papa o los máximos representantes de otras confesiones cristianas, blancos habituales de las iras antirreligiosas de la revista. ¿Cuál es la diferencia?

Seis periódicos relevantes de Europa (de centro-izquierda), incluyendo El País, publicaron el 8 de enero un editorial conjunto titulado “Seguiremos publicando”, fruto de una calculada ambigüedad, ya que ninguno de ellos reprodujo en su día una caricatura de Mahoma de las que están en el origen del asesinato múltiple de París, pese a que una viñeta de Charlie Hebdo hubiera sido, desde luego, el mejor homenaje dedicado a las víctimas. La guinda del pastel conformista, de autocensura programada y justificada, la colocó el Financial Times, sedicente portavoz de la City o de los restos de la socialdemocracia–hay disputa sobre el asunto–, cuyo redactor jefe, Tony Barber, calificó de “estúpida” y “provocadora” la línea editorial de la revista francesa en un texto desgraciado, chirriante con todos los valores del periodismo, que fue retocado en la edición electrónica tras suscitar la cólera de algunos lectores.

Pese a la distancia espiritual que me separa del ateísmo de traca y otros parti pris de Charlie Hebdo, rindo homenaje al coraje del director y los tres caricaturistas más célebres de la publicación, víctimas de la vesania islamista: Bernard Velhac, más conocido por Tignous; Jean Cabut, Cabu, y Georges Wolinski, “soldados, desarmados, de la libertad”, si se me permite la expresión utilizada en otros obituarios, en la que introduzco la precisión o variante de que estaban desarmados o, para decirlo con exactitud, con sólo un lapicero o un rotulador entre las manos, sur le marbre, en la platina o el tajo, en uno de esos consejos de redacción sobre el contenido del próximo número. Muertos en el campo del honor y la profesión. “Mártires del humor”, “reporteros de guerra”, como escribió Bernard-Henri Lévy de manera hiperbólica. La inteligencia no sometida, libérrima, blasfematoria, pero, una vez más, asediada y silenciada por la barbarie. Con la nación conmocionada, un lector espontáneo de Le Monde concitó la esperanza con un comentario lacónico: “Matan periodistas, pero no abatirán la libertad.”

Milicianos clandestinos de la guerra santa

La matanza de París confirma que los bárbaros están entre nosotros, como milicianos clandestinos de Al Qaeda o del Estado Islámico (EI), tanto monta, las organizaciones transnacionales que actúan en toda Europa, la segunda ahora instalada territorialmente en el norte de Siria e Iraq, en Mesopotamia, la cuna de nuestra civilización, que se nutre de jóvenes europeos, musulmanes de segunda o tercera generación, pero de nacionalidad francesa, británica, belga o española, que entran y salen con facilidad de la Unión Europea, tan liberal, democrática, garantista y sin fronteras, o con fronteras muy porosas, convertida en terreno propicio para la prédica y el reclutamiento en nombre de una ideología, el islam político, anunciadora del nuevo califato, que ofrece soluciones para todo y opera con éxito precisamente en el vacío creado por la muerte o el ocaso de las grandes ideologías que se disputaron el fervor político de los europeos durante más de un siglo de violencia extrema, lucha de clases o de naciones, revoluciones y guerras.

Los yihadistas son, pues, aunque resulte paradójico, “los hijos del Occidente” al que pretenden combatir y someter; son los predicadores, guerrilleros o funcionarios, nacidos en los suburbios europeos, de un nuevo proyecto radical, el del islam político, que confunde la vida religiosa con la civil, que ofrece el paraíso a sus mártires –-más asequible y mejor pertrechado que el radiante porvenir del marxismo-leninismo– y un férreo sistema de valores o contravalores, tan simple como imperativo, que contrasta con las incertidumbres, el escepticismo, la inopia, las disputas y las vacilaciones que prevalecen en Europa. No sólo en Europa, sino en todo el Oriente Próximo, coincidiendo con la delicuescencia de algunos Estados, la guerra de religión y la proliferación de los grupos extremistas que crecen “como champiñones tóxicos”, para decirlo con las palabras de un palestino claramente alarmado, Hassan Khader, que escribe en el periódico electrónico Shaffaf.net.

Según leo en sitio árabe Al Hayat, editado en Londres, el fenómeno de los yihadistas europeos se explica, ante todo, por el fracaso al menos parcial de las políticas de integración de las comunidades musulmanas en los principales países europeos en los que se concentran las más numerosas: Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, España. Unos 25 millones de mahometanos están instalados En la Unión Europea (UE). Probablemente los yihadistas fueron entrenados en Iraq, Siria e incluso el Líbano, Libia, el Yemen o Gaza, pero su radicalización se produjo en Europa antes del viaje iniciático hacia el terror. Las sociedades europeas de acogida son muy tolerantes, multiculturales, pero claramente incapaces de inculcar en esos jóvenes los valores de la democracia liberal, el imperio de la ley y el respeto de los derechos humanos.

El fracaso del multiculturalismo en Europa fue reconocido explícitamente por la cancillera Merkel en 2010, inmediatamente emulada en su palinodia por el presidente francés, a la sazón Nicolas Sarkozy, y el primer ministro británico, David Cameron, en medio de un borrascoso debate sobre la oleada inmigratoria. Las ideas expresadas por Hollande, Sarkozy, Merkel, Cameron y tantos otros sugieren que los inmigrantes, cualesquiera que sean sus creencias, deben adaptarse a la cultura, las tradiciones y los valores de los países de acogida, y respetar sus leyes. Hermosa teoría del rule of law, del Estado de derecho, de la religión colocada al margen del espacio público, como ocupación o vinculación estrictamente privada, a pesar de las fuertes tradiciones cristianas de todos los países europeos.

Así, pues, el fracaso radica en la práctica consuetudinaria, en la situación social que prevalece en los guetos de los suburbios degradados, en los que ni siquiera entra la policía y en la que los imanes extremistas imponen la ley coránica (sharia), someten a las mujeres, decretan la endogamia, ordenan los matrimonios, se lucran con diversos tráficos y lanzan sus diatribas y sus burdas consignas antioccidentales, mientras las autoridades hacen la vista gorda. Los testimonios de esa realidad son tan numerosos como irrecusables. La escuela republicana laica, uno de los mitos fundadores y pilares de la República Francesa, ya no cumple su función integradora, laicista e igualitaria en esos barrios abigarrados de la banlieue parisiense, ni actúa tampoco como palanca del ascenso social. Los yihadistas son pocos, relativamente, pero cuentan con un buen colchón de seguridad y comprensión, de simpatía y complicidad, que les protege de las sospechas o la hostilidad de los infieles.

En las ciudades europeas más importantes, también en Madrid y Barcelona, proliferan esos espacios de impunidad y exclusión, en los que la ley coránica sustituye subrepticiamente a las del país. En los suburbios de las grandes ciudades inglesas, las autoridades han llegado a aceptar la sharia en los negocios privados, quebrantando el sacrosanto principio de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El profesor y académico Serafín Fanjul, notable conocedor de la cultura árabe-islámica, lo tiene claro: “Para lograr la integración de los musulmanes hay que acabar con la endogamia y con los guetos”. No cabe duda, empero, de que propone una tarea ciclópea, que desborda a los gobiernos europeos, y de resultados problemáticos, habida cuenta la proclividad gregaria de los inmigrantes de todas las épocas y lugares.

No hay respuesta satisfactoria para la pregunta más inquietante: “¿Por qué nos odian?” Las minorías rectoras del universo árabe-musulmán vuelven demagógicamente contra Occidente la decepción popular, de manera que el terrorismo encubre un proyecto reaccionario contra la modernización y la liberación de las poblaciones sometidas, parapetado tras la confusión místico-guerrera que promete la dominación universal o el paraíso anticipado. Europa hace mucho tiempo que es un terreno abonado para el proselitismo de los imanes, para que los terroristas tracen sus planes y en algunos casos los ejecuten, situación evidente desde que la denominada “célula de Hamburgo” desempeñó un papel destacado en la preparación de los atentados del 11 de septiembre de 2001 que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York.

Las divergencias dentro de la Unión Europea

Europa y su opinión publicada están profundamente divididas sobre el fenómeno de la inmigración, el islam y el terrorismo. Fiscales y abogados defensores del islam o de los musulmanes en general no acaban de llegar a un consenso mínimo para defender los derechos de los inmigrantes, desde luego, pero, al mismo tiempo, para proteger a la democracia, sus valores y sus instituciones del asalto del islamismo fundamentalista. Entre los nacionales más necesitados empieza a cundir el desánimo y crece la peligrosa presunción de que los recién llegados reciben un mejor trato. Así se explica el crecimiento exponencial del voto de los partidos populistas en toda la Unión Europea.

Los gobiernos europeos no saben qué política de inmigración adoptar, ni cómo hacer frente a la arribada clandestina, tironeados entre la necesidad de la mano de obra barata, el riguroso invierno demográfico que sufre todo el continente –la peste blanche de la bajísima natalidad y el envejecimiento galopante—, la acogida de los que huyen del hambre, la violencia o la guerra, y la estrategia restrictiva que preconizan los diferentes partidos populistas, los que avanzan electoralmente explotando los temores y los prejuicios de los restos de la clase obrera y de las clases medias proletarizadas por la crisis. Lo anticipaba la italiana Oriana Fallaci en sus sombríos vaticinios sobre “el suicidio de Europa” y el nacimiento de Eurabia: “Para conquistarnos no necesitan pulverizar nuestros rascacielos o nuestros monumentos: les basta nuestra debilidad y su fertilidad.” Los vientres de nuestras mujeres y las bayonetas de nuestra mezquitas, como proclamaba el presidente de Turquía, Recep Tayyik Erdogan, antes de alcanzar la respetabilidad de la púrpura.

Hace muchos años que las cuestiones del islam y la emigración ocupan el centro del debate político, pero los gobiernos optan sistemáticamente por la táctica del avestruz y la retórica de la corrección política, dos formas de enmascaramiento de los problemas reales, con algunas excepciones durante las campañas electorales para contrarrestar el ascenso del populismo descalificado ritualmente con el estigma de la xenofobia o islamofobia y arrojado al infierno de la extrema derecha. El debate entre islamófobos e islamófilos se está recrudeciendo tanto en Francia como en Alemania, debido a los progresos electorales del Frente Nacional de Marine Le Pen y a las manifestaciones de Dresde y otras ciudades alemanas promovidas por esa inquietante alianza de “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente” (Pegida, en su acrónimo alemán).

“¿El fin de la tolerancia?”, se preguntaba la revista alemana Der Spiegel, al dar cuenta de las manifestaciones, “el movimiento anti-musulmán que sacude Alemania”, asegurando que se estaba fraguando “una sociedad paralela y radical”, pero admitiendo que muchos ciudadanos a los que no se debe calificar de xenófobos o extremistas, ni mucho menos de neonazis, han llegado a la conclusión de que los políticos y los principales medios de comunicación rehuyen tratar con la seriedad que merece el asunto vidrioso de los efectos sociales de la inmigración, un tema tabú, candente, pero sofocado por la corrección política y en Alemania por el peso abrumador de un pasado terrible. El negacionismo del conflicto, como es lógico, fomenta las más disparatadas teorías de la conspiración.

En Francia, el mismo día en que se produjo el ataque terrorista contra la redacción de Charlie Hebdo apareció en los escaparates el último libro del polémico escritor Michel Houellebecq, una novela de política-ficción titulada Sumisión (traducción libre de islam en árabe), una sarcástica distopía que sitúa en 2022 la llegada a la presidencia de la República de un tal François (Mohamed ben Abbes), profesor de literatura convertido al islam para practicar la poligamia, tras una campaña electoral en la que la izquierda y la derecha del sistema apoyan en la segunda vuelta al aspirante de la Fraternidad Musulmana frente a Marine Le Pen, del Frente Nacional. Tan dramático viraje entraña el sometimiento de una Francia conformista, moralmente anestesiada, a la sharia, la islamización de la Sorbona, las jubilaciones apresuradas o conversiones en masa, sobre todo, de los profesores e intelectuales, así como el retorno de las mujeres al hogar y la procreación. Ahora recuerdo la profunda impresión que me causó la lectura de La peste, de Albert Camus, del combate contra un mal imprevisto pero insidioso, que agarrota a toda una sociedad.

La portada del último número de Charlie Hebdo estaba precisamente dedicada a “Las predicciones de Houellebecq”, el escritor-mago, feo y valetudinario, al que los caricaturistas le hacían vaticinar: “En 2015 pierdo mis dientes, en 2022 practico el ramadán”. La desgraciada coincidencia de la salida del libro con el atentado terrorista provocó que el escritor decidiera suspender todos los actos programados para la promoción del libro y ausentarse de París. Una revista de derecha, Valeurs Actuelles, con la imagen de una mujer cubierta con un velo tricolor, titulaba en su portada: “Miedo en Francia, ¿y si Houellebecq llevara razón?”

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Houellebecq debe andarse con cuidado, desde luego, porque el terror islámico hace mucho tiempo que está instalado en Europa, sin que los gobiernos hayan hecho nada efectivo para erradicarlo y proteger la libertad de sus ciudadanos. El angloindio Salman Rushdie vive prácticamente en la clandestinidad desde 1988, cuando el ayatolá Jomeini pronunció una sentencia de muerte contra él por haber publicado Versículos satánicos. El cineasta holandés Theo van Gogh fue asesinado por un islamista de origen marroquí en Ámsterdam, en 2004, por haber rodado un documental, con guión de la somalí Ayaan Hirsi Ali, llamado también Sumisión, para denunciar la mutilación  genital de las mujeres musulmanas y los crímenes de honor.

La controversia es claramente popular y afecta a todos los países europeos, a todos los sectores sociales, inevitablemente agudizada por la crisis económica, y las referencias axiológicas son inevitables. En el extremo más lunático del arco político se encuentran lo que creen que el islam autóctono podría ser la salvación para una Europa decadente, o al menos, “una oportunidad para Europa”, según las asociaciones francesas de jóvenes musulmanes y sus imitadores españoles. En el mismo sector militan los denigradores sempiternos de Occidente, de su historia colonial, de sus valores y de su sistema liberal-democrático, sobre cuyas anchas espaldas cargan todo el peso de la responsabilidad de las guerras de religión en el Oriente Próximo, la miseria de los guetos o las hambrunas de África. Los progresos del terrorismo en Europa no son una consecuencia casi mecánica de la situación social en que viven sus autores, que en ningún caso exime de la responsabilidad moral o actúa como eximente de la barbarie.

El centro-izquierda islamófilo, confundido frecuentemente con la socialdemocracia, resulta ser partidario de una Europa más diversa y no sólo cristiana. Elabora una corriente de pensamiento hegemónico, y a veces único, muy bien propagado en los medios de comunicación de masas, de la que se nutren las mismas fuerzas políticas que lograron excluir de la fallida Constitución europea cualquier referencia a “las raíces cristianas de Europa”, para no molestar a los mahometanos. Una opinión dominante, difusa, que vitupera con razón los prejuicios contra los musulmanes, sin duda existentes, o ataca despiadadamente a Houellebecq; pero que construye sofismas innumerables con la obviedad de que no todos los musulmanes son terroristas, al mismo tiempo que rechaza las críticas del islam con el pretexto de no favorecer electoralmente a la extrema derecha.

Por supuesto, el terrorismo no es un fruto inevitable del islam, sino su más grotesca e inquietante distorsión; pero detrás del simplismo de los asesinos late una ideología reaccionaria, el wahhabismo, un integrismo vigente en Arabia Saudí, del que Osama bin Laden fue un adepto, que predica un misoneísmo radical, un rechazo de cualquier innovación o reforma. Ese islam tradicional y arcaico exhorta a los musulmanes a ser obedientes, no a ser ciudadanos libres y responsables, y deviene una ideología de la conservación social. Como subrayó el novelista egipcio Naguib Mahfuz, premio Nobel de Literatura, “la mezcla de religión y política es explosiva”.

Esa izquierda bienpensante y políticamente correcta aparece como adalid de la inoperante “alianza de civilizaciones”, cuyo único objetivo consiste en contrarrestar con retórica manida y superficial los argumentos poderosos desgranados por el profesor Samuel Huntington en El choque de civilizaciones (edición española de 1977). Uno de los promotores de la alianza fue Rodríguez Zapatero, jefe del gobierno español, quien en 2006 firmó un artículo con Recep Tayyik Erdogan, publicado en el International Herald Tribune, en el argüían que la publicación de las caricaturas de Mahoma “debería ser rechazada desde un punto de vista moral y político” en nombre del “respeto por las sensibilidades diferentes”, afirmación que lo que mismo sirve para un roto que para un descosido y que en Turquía se ha utilizado para perseguir a los periodistas.

El presidente de Francia, François Hollande, en una alocución televisada, llevó ese pensamiento socialdemócrata a su expresión más radical al asegurar que los terroristas eran “iluminados, fanáticos, que nada tienen que ver con la religión islámica”, afirmación por lo menos inexacta, pronunciada pensando sin duda en la Gran Mezquita de París o el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM), las asociaciones que figuran como interlocutores del poder político, que se declaran pacifistas y tolerantes, pero que persiguieron judicialmente en 2007, aunque sin éxito, al anterior director de Charlie Hebdo por haber publicado las caricaturas de Mahoma, acusado de insultar al Profeta, es decir, que son partidarias de limitar la libertad de expresión en función de sus creencias religiosas.

El discurso del presidente Hollande resulta absolutamente decepcionante en lo mucho que tiene de refutación o mutilación del espíritu crítico que caracterizó al pensamiento ilustrado francés, y muy especialmente al de Voltaire, cuya tragedia El fanatismo o Mahoma está prácticamente proscrita en los escenarios. Como si fuera posible y deseable regresar al siglo XVIII. El presidente francés y los que le acompañan en el razonamiento no podrán ocultar que los salafistas matan y cometen atentados suicidas en nombre de la religión, para vengar al Profeta, como gritaron los atacantes de Charlie Hebdo. A nadie se le ocurre negar que las Cruzadas y la Inquisición son un producto del espíritu religioso de su época.

El llamamiento a la unidad nacional formulado por Hollande en momentos de gran tribulación resultó fallido porque el Frente Nacional, que representa al menos al 20 % del electorado, quedó excluido de la gran manifestación que el domingo 11 de enero recorrió el trayecto clásico de la izquierda política y sindical entre las plazas de la República y la Nación. Un cortejo variopinto de líderes mundiales entre los que no faltó alguno poco amigo en su país de la libertad de prensa que se encomiaba con la consigna más repetida entre los manifestantes: “Je suis Charlie.” Unos líderes europeos preocupados, ante todo, por cerrar el paso al Frente Nacional y sus afines, a los que se supone beneficiarios de la gran convulsión terrorista.

Cuando se trata del islamismo, la socialdemocracia y la izquierda en general se muestran sumamente comedidas, prudentes y como acobardadas; reniegan implícitamente de su laicismo o su anticlericalismo, que forman parte de sus señas de identidad, todavía esgrimidos con frecuencia contra la Iglesia católica, y colocan en el basurero el dogma del catecismo marxista según el cual “la religión es el opio del pueblo”, que genera el odio contra los infieles y carga las metralletas y las bombas, a pesar de que su utilización sería pertinente en cualquier análisis crítico de las teocracias que proliferan por el mundo árabe-musulmán, reductos del salafismo y banqueros generosos de los yihadistas.

“C´est la guerre” de Manuel Valls

El primer ministro francés, el también socialdemócrata Manuel Valls, hombre enérgico y que no tiene pelos en la lengua, se apartó claramente del discurso políticamente correcto para asegurar que Francia está en guerra contra el islamismo radical o salafismo. “Es una guerra contra el terrorismo, contra el yihadismo, cuanto todo lo que pretenda romper la fraternidad, la libertad y la solidaridad”, declaró en un discurso en Évry, al sur de París, el día 10. Palabras semejantes a las que pronunció George W. Bush tras la hecatombe del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, pero que su sucesor, Barack Obama, ha desterrado muy cuidadosamente de su retórica, ya que no por completo de su estrategia.

La declaración de Valls fue como un eco del artículo editorial de Alexis Brézet, director del diario conservador Le Figaro: “Es una guerra, una verdadera guerra, librada no por soldados, sino por asesinos en la sombra, ejecutores metódicos y organizados, cuyo tranquilo salvajismo hiela la sangre (…) Nos han declarado una auténtica guerra, la guerra del fanatismo islámico contra Occidente.” En esta guerra implacable, como en todas las guerras, los combatientes de primera línea no están sólo, sino que cuentan con una auténtica quinta columna en la comunidad islámica. También cuenta con la dimisión espiritual o intelectual de parte de la opinión publicada, especialmente en los medios de centro-izquierdas. Tras insistir en que “estamos en guerra desde hace varios años”, aunque el enemigo sea invisible, el filósofo Pascal Bruckner pronostica: “Apuesto a que los colaboracionistas de toda laya abogarán por una limitación de la libertad de expresión.”

La  tragedia de París no es un acto aislado, sino que forma parte de una cadena de acontecimientos violentos inextricablemente unidos a la ideología del islam político, de fuerte connotación conservadora, que se viene apoderando de muchos jóvenes musulmanes marginados o descontentos con los imperativos y frustraciones de las sociedades modernas, tanto en Europa como en sus países de origen, que son presas fáciles de predicadores sin escrúpulos o de situaciones sociales o regímenes políticos alienantes. El problema está en el islam, o al menos en su variante política, una religión refractaria a la reforma porque se funda en un texto sagrado cuya mera interpretación entraña un anatema automático.

La inmensa mayoría de los musulmanes, dentro y fuera de Europa, cree que la libertad de expresión  es una licencia para el sacrilegio, de manera que el conflicto axiológico es permanente e irreductible. El islam no caminará hacia la modernidad y la tolerancia mientras no sea capaz de reformarse, mientras no suprima la condena de la apostasía –vigente en todo el mundo árabe-musulmán—y garantice, por ende, la libertad de conciencia, columna vertebral de la civilización occidental. No otra cosa reclaman algunos musulmanes heterodoxos o apóstatas, como Ayaan Hirsi Ali, Boualem Sansal o Abdelwahab Meddeb, expulsados de la Umma o comunidad y forzados a vivir entre la clandestinidad y el oprobio.

Me llama la atención que el presidente de Egipto, el general Abdelfatah al-Sisi, hombre piadoso que fue elegido por los Hermanos Musulmanes para encabezar el ejército, pero que acabó al frente del golpe de Estado que derrocó a los islamistas, reclame ahora “una revolución de nuestra religión” porque “la nación islámica está siendo desgarrada y destruida por el extremismo”. El discurso del presidente egipcio fue pronunciado el 29 de diciembre último en la mezquita cairota de Al Azhar, sede de la más importante universidad islámica, y puso énfasis especial en la denuncia de la ideología islamista –el islam político. “No me refiero a la religión –precisó–, sino a la ideología, el cuerpo de ideas y textos que hemos santificado en el curso de los siglos hasta el punto de que cuestionarlos se ha vuelto muy difícil.” “¿Cómo se puede vivir sólo con el Corán?”, preguntaba retóricamente uno de sus antecesores en el cargo, Gamal Abdel Naser, un nacionalista laico.

Una lección para los intelectuales y académicos europeos que siguen empeñados en la dimisión intelectual, en los paños calientes, en las disquisiciones enojosas sobre una separación realmente inexistente entre el islam y su manipulación ideológica, o para los que se dejan intimidar por los adversarios de la libertad. La realidad es la amalgama de radicales y moderados, confundidas las diversas ramas del salafismo, la vieja fábula de que unos varean el nogal y otros recogen las nueces, de que unos tiran la piedra y esconden la mano, la alienación masiva de los que esperan la abundancia y el paraíso después de la violencia y el crimen. Una realidad tan molesta como inquietante que exige una respuesta más inteligente de la que hasta ahora pudo elaborar el Occidente admirado en secreto por muchos musulmanes, pero incriminado y maldito por los predicadores de la guerra santa y sus fieles.

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