Posteado por: M | 28 enero 2015

Un cirujano radical a la cabecera de Grecia

Los electores griegos votaron mayoritariamente contra la austeridad y los recortes que los vienen martirizando desde 2010, cuando se produjo el primer rescate, pero eso no quiere decir que el partido vencedor, Syriza (Coalición de la Izquierda Radical), y su intrépido líder, Alexis Tsipras, nombrado primer ministro con insólita premura, vayan a vencer en la dura batalla que se avecina dentro de la Unión Europea (UE). Ésta se encuentra profundamente dividida entre el norte y el sur  — ahorradores y manirrotos, en la jerga simplista–, pero también sobre la política económica más eficaz para escapar de la camisa de fuerza de la austeridad derivada de unos gastos que no se corresponden con los ingresos y la situación de los países supuestamente humillados y ofendidos –como arguyen Tsipras y sus imitadores– o simplemente castigados por su desenfrenada prodigalidad con dinero prestado.

La apresurada llegada de Syriza al poder, pese a haber obtenido sólo el 36,34 % de los sufragios y 149 de los 300 escaños del parlamento unicameral, en las elecciones del 25 de enero, se explica por dos motivos: un sistema electoral que otorga al vencedor, cualquiera que sea su ventaja, una graciosa prima de 50 escaños, y la inmediata y sorprendente alianza con el pequeño partido de Griegos Independientes (ANEL, 4,75% y 13 diputados), nacionalista, xenófobo y derechista, una escisión de Nueva Democracia, lo más parecido al Frente Nacional (FN) de Francia, cuya presidenta, Marine Le Pen, apoyó expresamente a Syriza por su oposición a la austeridad, pero criticó su tolerancia hacia la política de inmigración promovida por Bruselas. En términos similares se pronunció el populista italiano Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo, que desgranó la nota característica del trasfondo: “Nuestra visión euroescéptica será confirmada en todos sitios.”.

La coalición surgida en Grecia a las pocas horas de haber concluido el escrutinio sugiere que los populistas de izquierda y derecha, de los neocomunistas a la derecha  xenófoba, aunque distantes ideológicamente, están uncidos por su rechazo del diktat de Bruselas sobre la austeridad y las reformas, que muchos griegos prefieren cargar sobre la espaldas de la cancillera de Alemania, Angela Merkel, satirizada como la enemiga exterior. Ahora bien, más que un desprecio de los criterios de Berlín, el triunfo de Syriza debe interpretarse como una derrota de Bruselas, de su burocracia y sus procedimientos, y, en última instancia, de los tratados constitutivos de la Unión Europea, empezando por el de Maastricht (1992) que creó la unión económica y monetaria, de  inequívoca inspiración liberal, de lo que se deduce la inconsecuencia de los rescates de los países incumplidores.

La llegada de Syriza al poder está rodeada de ambigüedades. El aspecto más positivo del cambio consiste en que Tsipras y sus amigos juraron romper con la oligarquía responsable del desastre, aunque bien es verdad que tuvieron que cambiar su discurso inicial –abrogar los memorandos pactados con Bruselas y las leyes de aplicación— para prometer durante la campaña electoral una renegociación de las condiciones y una preservación del equilibrio presupuestario. Los electores votaron a favor de un cambio, mas sin el riesgo de abandonar el euro. Todavía es pronto para emitir un juicio sobre la cuestión, pero me parece oportuno recoger la advertencia del periódico ateniense eKathimerini: “Cuando las elecciones se ganan con promesas falsas, hace falta poco tiempo para que la realidad imponga una política más racional.”

El triunfo de Syriza entraña, en el interior, el hundimiento del bipartidismo tradicional y la dislocación de la izquierda socialdemócrata, representada por el Partido Socialista (Pasok), que quedó reducido a la mínima expresión (4,68 % de los votos y 13 diputados), el peor resultado de su historia, cuando en 2009 logró la mayoría absoluta, apuñalado en su agonía por la escisión de Yorgos Papandreu para crear un nuevo partido que no superó el 3 % de los sufragios requerido para entrar en el parlamento. El centro derecha de Nueva Democracia (ND), dirigido por el primer ministro saliente, Andonis Samaras, resistió mejor (27,81 % y 76 escaños), sin duda sostenido por el voto del miedo y el expreso respaldo de Bruselas, que le convierte en la oposición más visible, a la espera de que la dura realidad disipe algunas de las ilusiones y espejismos. El único que resistió el vendaval fue el Partido Comunista (KKE), marxista-leninista y antieuropeo, inasequible al desaliento, que obtuvo el 5,47 % de los votos y 15 diputados.

La consecuencia más relevante del terremoto griego, sin embargo, radica en el  chirriante acento populista de la fragmentación de la Unión Europea, en consonancia con los prejuicios antialemanes que recorren las diversas tendencias izquierdistas que conviven en Syriza y otros grupos parecidos, en Grecia y otros países como España e Italia. El resultado electoral, pese a su modesta magnitud, aglutina y galvaniza a todos los adversarios de la austeridad y las reformas como solución para la crisis económica que comenzó en 2008, un camino arduo que empieza a dar sus frutos, en España e incluso en Irlanda, Portugal y Grecia, pero que deja unas profundas heridas en el tejido social y precipita una inconsecuente colusión de populismos de diverso signo que debilita al conjunto, resquebraja la cohesión y amenaza con socavar los cimientos de la construcción europea.

Economistas a la greña

En el enrevesado debate sobre la crisis económica y sus causas, la cura de austeridad, los estímulos monetarios y el incremento o la reducción del gasto público, los más prestigiosos economistas siguen a la greña, enconado por el desafío de los populistas y por el escaso aprecio que la comunidad académica norteamericana abriga hacia Eurolandia, como si el antiamericanismo primario que aqueja a gran parte de la izquierda en Europa tuviera su contrapartida transatlántica y antieuropea en algunas de las más prestigiosas universidades y think tanks (instituciones de estudio y análisis) de Estados Unidos.

El premio Nobel de Economía Paul Krugman, uno de los más tenaces adversarios de la solución en el estilo europeo o germánico –préstamos a cambio de un programa de austeridad y reformas–, se apresuró a publicar un artículo en el New York Times –“Terminando con la pesadilla de Grecia”— en el que podía leerse: “El problema con los planes de Syriza es que quizá no son suficientemente radicales. El aligerar la deuda y mitigar la austeridad reducirá el dolor económico, pero dudo de que sea suficiente para producir una fuerte recuperación. Por lo demás, no está claro qué puede hacer un gobierno griego si no está preparado para abandonar el euro, como no lo está el público griego.” Es decir, que la solución óptima, según Krugman, debería pasar por la salida de Grecia del euro y la aplicación de un programa antiliberal.

En la misma dirección razonan desde algunos sectores de la izquierda radical neomarxista que critican a Syriza por sus inconsecuencias: la ilusoria pretensión de mantener a Grecia en la eurozona y liberarse al mismo tiempo del corsé del rigor presupuestario, lo que a Frédéric London le parece “un sueño”, una entelequia sobre la que reflexiona largamente en un artículo publicado en Le Monde Diplomatique el 19 de enero. En su opinión no hay más remedio que pasar por las horcas caudinas levantadas “dogmáticamente” por Alemania o romper la baraja con todas sus consecuencias. Abriga la sospecha, sin embargo, de que a la postre Syriza seguirá en el redil europeo. Tsipras ya ha dicho que pretende negociar.

Frente al estímulo de la demanda, según la estrategia preconizada por Keynes en los años 30 del pasado siglo, los neoliberales apuestan por favorecer la oferta mediante la reducción drástica del Estado y de los impuestos, el estricto control monetario y las reformas liberalizadoras. Como nos acaba de recordar otro economista de fuste, el profesor británico Robert Skidelsky, al rendir tributo a Paul Samuelson, keynesiano de pro, Keynes dejó un grave problema sin resolver: “¿Cómo podemos tener pleno empleo y también estabilidad de precios?”  Con pocas excepciones –añade–, los gobiernos no han sido preparados para utilizar la política fiscal contra la crisis y “han confiado en la expansión monetaria, que es políticamente más aceptable, pero también mucho más débil en sus efectos”. Así lo acaba de confirmar el Banco Central Europeo (BCE) con el anuncio de la compra masiva de deuda.

La Unión Europea nunca se planteó una alternativa coherente para la unión monetaria concebida según los principios de la ortodoxia financiera, única forma viable de que la Alemania reunificada aceptara el abandono del marco, según la propuesta de Francia. Esos principios presiden la actuación del BCE, cuya sede se estableció precisamente en Fráncfort: equilibrio presupuestario, límites estrictos para los déficits y la deuda, prohibición expresa de toda financiación monetaria de los déficits, es decir, de echar mano de la máquina de fabricar billetes y desencadenar la inflación. Estos principios están muy arraigados entre los alemanes, en todos los partidos y sectores sociales, y constituyen una barrera psicológica que los protege contra la pesadilla del retorno a un pasado ominoso, la traumática hiperinflación que precedió al inicio de la catástrofe: la llegada de Hitler al poder (1933).

El problema de Syriza es que el futuro de Grecia está gravemente hipotecado por una deuda gigantesca (240.000 millones de euros), que suponía en 2013 el 175 % de su producto interior bruto (PIB), y sin poder financiarse en los mercados de capitales, de manera que el gobierno de Tsipras no podrá pagar los vencimientos inmediatos ni los sueldos de su plétora funcionarial si no es mediante la ayuda de la los países de la eurozona, los máximos acreedores (Alemania, Francia, Italia y España, principalmente). La contradicción es evidente entre el rechazo airado y electoral de la austeridad, como si fuera la peste; la propuesta de una quita o escalonamiento de la deuda y la permanencia en la eurozona. Corresponderá a Tsipras, como es lógico, la inmensa tarea de salir de ese laberinto en que lo sitúan las promesas electorales.

Ante un panorama tan sombrío, Syriza propone simplemente el aumento del gasto público para mejorar la situación de los sectores sociales más golpeados por la crisis: salario mínimo de 751 euros, subvenciones para la alimentación y la sanidad de las familias pobres, nuevos empleos públicos, ayudas para los jubilados, supresión de los impuestos de los pequeños propietarios, anulación de las reformas del mercado de trabajo y readmisión de parte de los funcionarios despedidos, un programa tan ambicioso como impracticable, que costaría más de 12.000 millones de euros que no están ni se les espera en las arcas públicas. El maná prometido a tantos votantes desesperados, pero que no llegará sin provocar nuevos duelos y quebrantos.

Además de ofrecer amparo a los más afligidos, Syriza, por su novedad y su aparente marginalidad en el sistema, cumple muy bien el papel del taumaturgo que hace milagros e imparte una absolución general no sólo a sus votantes, sino a todo el pueblo griego, como si éste fuera simplemente una víctima de la historia atormentada del país: los cuatro siglos de dominación otomana, la independencia fraguada y guiada desde Londres, la dictadura del general Metaxas (1936), la guerra civil desencadenada por los comunistas a las órdenes de Moscú tras la derrota de los nazis en 1945, y finalmente el sistema caciquil y corrompido, rural, de navieros y latifundistas, que se perpetuó después de la traumática experiencia de la pérdida de Chipre y la dictadura militar (1967-1974), reforzado por los nuevos ricos surgidos de las subvenciones y la vista gorda de Bruselas.

Del discurso de Syriza se deduce que, salvo los miembros de la denostada oligarquía, todos los griegos son inocentes, cándidos ciudadanos que esperan una reparación.  Como nos enseñó Orwell, todos los nacionalistas, y Syriza lo es en gran medida, “acarician la idea de que se puede cambiar el pasado”, tentación muy extendida por España. En cualquier caso, no se sabe de dónde puede salir el dinero que necesita Syriza para socorrer a tantos afligidos a corto plazo si no es mediante un nuevo acuerdo dentro de la Unión Europea que aligere el fardo de la deuda, pero que no la condone con grave prejuicio de los acreedores, es decir, mayoritariamente, de los contribuyentes de los otros países de la eurozona. Un acuerdo, desde luego, que mantenga los criterios de la modernización, la justicia fiscal y la drástica disminución del Estado, pero que no acepte el infierno burocrático que vocean algunos portavoces de Syriza.

La amistad de Moscú, la enemiga de Berlín

Ante un panorama diplomático harto complicado y una situación menesterosa, de necesidad acuciante de euros, la retórica de Tsipras y sus amigos no fue otra que la de la fuga hacia delante: prisas, arrogancia, victimismo y provocaciones, muy entrenados en los quehaceres de la política como espectáculo. Tras asegurarse el respaldo de la derecha xenófoba, el nuevo primer ministro rompió con la tradición de prestar juramento ante el patriarca de la Iglesia ortodoxa, pese a la evidencia de que ésta desempeñó en la historia griega un papel semejante al de la Iglesia católica en Polonia, como baluarte para la preservación de la identidad cultural durante los cuatro siglos de dominación turca hasta la independencia en 1821. Ni que decir tiene que el yugo otomano mantuvo a Grecia alejada de la evolución espiritual y cultural de Europa.

El segundo gesto de desafío fue la entrevista que Tsipras celebró el lunes 26 con el embajador ruso en Atenas, como si quisiera dar a entender que Moscú es una opción de recambio, como en la época de la guerra fría, un viraje incompatible, desde luego, con el confesado prurito de permanencia en la eurozona. El embajador le entregó una carta de felicitación del presidente Vladimir Putin, cuando todavía resonaba en toda Europa la proclama de la televisión oficial rusa anunciando que los resultados electorales en Grecia significaban el fin de la dictadura de Bruselas “que sólo sirvió para conducir al país al desempleo y la miseria”. Cuando la economía rusa entra en recesión, empujada hacia el abismo por las sanciones y el hundimiento de los precios de los hidrocarburos, la apuesta o el gesto de Tsipras parece más el acto reflejo de un ex comunista que una decisión meditada y realista.

Los antecedentes comunistas del nuevo gobierno quedaron asegurados por Yanis Dragasakis, viceprimer ministro para Asuntos Económicos, veterano militante del partido comunista (KKE) y hombre de la máxima confianza de Tsipras. Típico aparatchik, al que se atribuye el programa económico de la coalición, ya fue viceministro de Economía en un gobierno de unidad nacional (1989-1990) y diputado desde 1996, lo que sin duda mancha la inocencia del gabinete en la denuncia de la clase política parasitaria.

El tercer acto de la representación, sin duda para hurgar en los sentimientos patrióticos de un amplio sector de la opinión, tuvo un marcado carácter antialemán, en el que la cancillera Merkel apareció como el enemigo exterior que fabrican todos los nacionalismos populistas. En su primer acto oficial como primer ministro, Tsipras depositó unas flores en el cenotafio de los 200 griegos asesinados por los nazis en retirada el 1 de mayo de 1944. Si tenemos en cuenta que Alemania es el principal acreedor de Grecia y que la posición de Merkel será determinante en cualquier negociación, no puede decirse que el primer ministro griego actúe con un mínimo de prudencia, a no ser que trate de compensar por anticipado las acrobacias que se verá obligado a ejecutar sin mucha demora.

Más allá del voluntarismo de los “jóvenes griegos” que se han hecho con el poder en Atenas, sus negociaciones con Bruselas serán largas y difíciles, y no parece que el flamante ministro de Finanzas, el profesor y economista Yanis Varoufakis, un conocido radical de verbo hiriente, sea el más idóneo para los inevitables cabildeos diplomáticos cuando existe constancia reciente de sus muy diversas requisitorias contra el rescate y las reformas impuestas por la famosa troika: Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional (FMI). Varoufakis dijo hace unos días que su país se había visto sometido a “un método de tortura”. Si quieren tener éxito, tanto el primer ministro como el ministro de Finanzas deberían entrenarse en el arte de las contorsiones.

Los alemanes en general tienen muy mala opinión política de los griegos, pero abrigan alguna esperanza de que la llegada al poder de Syriza sea un revulsivo para acabar con algunos de los males endémicos del país. Lo expresa con claridad Marcel Fratzscher, consejero del gobierno de Berlín, en un artículo publicado en el Süddeutsche Zeitung, de Múnich: “Grecia estuvo gobernada desde hace generaciones por una pequeña élite que juzga más importante conservar el poder y asegurar las prebendas que establecer instituciones eficaces e implicar ampliamente a los ciudadanos.” Y tras ese diagnóstico brutal, la expectativa de que “los acreedores estiman que con Tsipras tratarán al fin con alguien que no forma parte de las viejas élites que condujeron el país al desastre”.

Menos optimista se muestra Eleni Panagiotarea, investigadora en un instituto de Atenas, ELIAMEP, entrevistada por el norteamericano Council of Foreign Relations: “Tsipras se ha presentado como un líder de la izquierda, no sólo de Grecia, sino de toda la eurozona, de manera que será difícil para él llegar a un acuerdo con los acreedores sin perder su credibilidad dentro y fuera del país.” Pero un seísmo con epicentro en Atenas y alcance continental parece muy poco probable.

 

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Responses

  1. A Grecia no se le puede CHANTAJEAR NI HUMILLAR. Merkel empieza a ser algo DICTADORA. . José Viera Gutiérrez. http://www.viriato-viera.com


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