Posteado por: M | 5 febrero 2015

Retórica de guerra fría en torno a Ucrania  

Tras el fracaso de la última reunión en Minsk (30 de enero) de los representantes del gobierno de Kiev con los separatistas prorrusos de las regiones de Donetsk y Lugansk, los combates se encarnizaron en el este de Ucrania, los bombardeos no perdonan ni los hospitales y la retórica de la guerra fría alcanzó cotas inquietantes en Washington, Moscú y algunas capitales europeas. Los aparatos de propaganda ofrecen las visiones más radicales y hasta apocalípticas de los implicados e interesados directa o indirectamente en el conflicto, pero los muertos de esta guerra civil, que suman más de 5.000 desde marzo de 2014, son todos ucranianos. Una vez más, la geopolítica se toma su revancha sobre los ideales y las grandes potencias luchan por países interpuestos para mantener o promover sus esferas de influencia.

A principios de febrero, la Casa Blanca filtró a la prensa que el presidente Barack Obama estaba considerando el envío de armas (“ayuda letal”) al ejército ucraniano. Los periódicos norteamericanos más importantes se sumaron a esa iniciativa, recabando una mayor firmeza contra el Kremlin, hasta el punto de que The Washington Post publicó un resonante editorial (2 de febrero) en el que solicitaba de Obama que actuara enérgicamente, que decidiera una clara y diligente respuesta militar, enviando armas y asesores, “para detener la agresión de Rusia en Ucrania”. Y concluía: “Putin sólo se detendrá si el coste [de la guerra] para su régimen se eleva de forma severa y rápida.”

Los tambores de la guerra son fáciles de aporrear cuando no se piensa enviar soldados a los combates. Nada se sabe, sin embargo, sobre la decisión final de Obama, reticente por principio a cualquier intervención, pero volcado en la política exterior, reducto del poder presidencial cuando las dos cámaras del Congreso están dominada por el Partido Republicano, un conglomerado en el que conviven en precaria armonía los neoconservadores, los realistas de la escuela de Kissinger y los nostálgicos de la guerra fría que sigue viendo en el Kremlin la fortaleza de la iniquidad. La dispersión del poder en Washington complica los pronósticos.

La réplica desde Moscú fue alarmante. Igor Ivanov, ex ministro ruso de Asuntos Exteriores, en buena sintonía con el presidente Vladimir Putin, escribió en The Moscow Times que “la crisis de Ucrania es más peligrosa que la guerra fría” y se refirió explícitamente al riesgo de una escalada nuclear, que consideraba ahora más elevado que durante la guerra fría. Un propagandista del Kremlin, Serguei Markov, sugirió que la guerra sólo terminaría cuando Rusia destituyera a “la junta de Kiev” y sus tropas ocuparan las ciudades de Odesa y Jarkov, ésta capital de la región oriental del Donbass, primer paso para la federalización de Ucrania, objetivo declarado de los separatistas prorrusos.

Las declaraciones alarmistas se prodigan por ambas partes. En una entrevista con el semanario alemán Der Spiegel, el ex presidente soviético Mijail Gorbachov declaró que estaba “profundamente preocupado” por la situación, si bien adjudicó la mayor responsabilidad a la expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia, una expansión culpable de “haber destruido la arquitectura de seguridad europea tal y como fue definida en el Acta Final de Helsinki en 1975”, ratificada por todos los Estados en la Carta de París de 1990 que acabó oficialmente con la guerra fría en el continente y consagró tanto la retirada militar soviética como la reunificación de Alemania. En los últimos años, según Gorbachov, “Occidente ignoró arrogantemente todas las propuestas rusas” para establecer un nuevo acuerdo sobre la seguridad en Europa. Los resultados son decepcionantes.

La marcha de la OTAN hacia el este

Como se recordará, la guerra fría terminó definitivamente porque Rusia se rindió, arrió la bandera de la hoz y el martillo cuando se extinguió la URSS (25 de diciembre de 1991), disolvió el Pacto de Varsovia, retiró sus tropas, pero aceptó la presencia de las norteamericanas en Alemania, y recibió a cambio la promesa implícita de que la OTAN no avanzaría hacia el este. La situación se mantuvo estable hasta que la Administración de Bill Clinton inauguró una política de clara hostilidad hacia Rusia, a la sazón bajo la presidencia tambaleante de Boris Yeltsin, que empezó con la campaña de bombardeos contra los serbios de Bosnia en 1995 y culminó con la llamada guerra no declarada e ilegal de la OTAN contra Serbia, a propósito de Kosovo, de marzo a junio de 1999, cuando los bombarderos norteamericanos atacaron incluso Belgrado, en una flagrante violación de la Carta fundacional de la ONU.

También en 1999 se produjo la primera ampliación de la OTAN con la incorporación de Polonia, la República Checa y Hungría, antiguas marcas del imperio soviético. Yeltsin protestó de forma tan patética como ineficaz, pero advirtió de los riesgos que entrañaría la llegada de las avanzadillas de la Alianza Atlántica a las fronteras de la Federación Rusa. El avance prosiguió con otro presidente, George W. Bush, en 2004, cuando ingresaron en la OTAN nada menos que Bulgaria, Eslovenia, Eslovaquia, Rumanía y las tres repúblicas bálticas que habían formado parte de la URSS: Estonia, Letonia y Lituania. Fue también el año de la macroampliación de la Unión Europea (UE).

En una cumbre de la OTAN en Bucarest, en abril de 2008, el presidente Bush propuso el ingreso de Ucrania y Georgia, pero se encontró con la oposición de Francia y Alemania, ambas temerosas de provocar al Kremlin. No obstante, los jefes de Estado y gobierno reunidos en la capital rumana publicaron un comunicado asegurando que “esos países serán miembros de la OTAN”. La reacción de Moscú no tardó mucho. En agosto de aquel año, cuando el presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, actuó como aprendiz de brujo y cometió el grave error de emplear la fuerza militar para recuperar las regiones rebeldes de Abjasia y Osetia del Sur, las tropas rusas invadieron el país y restablecieron la situación tras una guerra relámpago. Las dos regiones georgianas se convirtieron en protectorados rusos. Una situación que podría repetirse en los territorios orientales de Ucrania.

Pese a la guerra de Georgia y la condescendencia diplomática de Occidente, en medio de algunas protestas retóricas, la OTAN siguió su avance, esta vez en los Balcanes, pues Albania y Croacia se integraron en la alianza militar en 2009. El Kremlin encajó el nuevo golpe sin rechistar, quizá porque Serbia, la única aliada posible, estaba siendo apartada de Rusia y había mostrado su interés por incorporarse a UE para escapar del aislamiento y la miseria. En mayo de 2008, Bruselas había desvelado su iniciativa de Eastern Partnership (Asociación Oriental) destinada a promover la integración de Ucrania y otros países del Cáucaso, empezando por la firma de acuerdos comerciales ventajosos.

Washington inició al mismo tiempo en Ucrania una campaña de “promoción de la democracia” que Moscú interpretó inmediatamente como un renovado intento de crear una zona de influencia de la UE y la OTAN en la patria chica de Nikita Jruschov y otros destacados dirigentes soviéticos. Según el profesor John J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, a quien sigo en este repaso histórico, en un artículo publicado en la influyente revista norteamericana Foreign Affairs (septiembre/octubre de 2014), recordó que EE UU había gastado más de 5.000 millones de dólares desde 1991 en Ucrania para promover la democracia, “el futuro que merece”.

Diversas organizaciones privadas norteamericanas sufragaron otros proyectos para “la promoción de la sociedad civil ucraniana”, pero poco sabemos de los esfuerzos realizados en el mismo sentido por la CIA y otras agencias de inteligencia, sobre todo, después de que Viktor Yanukovich, al que los occidentales consideraban como el candidato de Moscú o el lacayo de Putin, fuera elegido presidente, en febrero de 2010, y de que el llamado Partido de las Regiones, con base en la Ucrania oriental (más allá del Dniéper), obtuviera también la mayoría en la Rada (parlamento) de Kiev.

La crisis era inevitable, como una repetición de la “revolución naranja” de 2004, de modo que cuando Yanukovich fue destituido por un confuso golpe de Estado, en febrero de 2014, orquestado por las grandes manifestaciones de Maidan, la plaza de la Independencia de Kiev, el Kremlin profirió graves acusaciones de injerencia contra EE UU, la OTAN y la UE, y un mes después se anexionó la península de Crimea, poblada mayoritariamente por rusos, tras un referéndum denunciado por el gobierno ucraniano y los occidentales.

Estos antecedentes inmediatos, junto con los que se deducen de la historia tormentosa del territorio que hoy constituye Ucrania, desgarrada cultural y religiosamente entre el este y el oeste, entre los imperios ruso y austro-húngaro hasta 1918, permiten comprender en toda su complejidad la terrible guerra civil que está devastando las regiones orientales y rusófonas de Donetsk y Lugansk, los últimos bastiones del Kremlin en la batalla geopolítica que desgarra de nuevo a Europa y amenaza con alejar a Rusia del sueño europeo y aproximarla a Asia, así material como geopolíticamente, con la perspectiva de una aparatosa fractura continental y grave perjuicio para los millones de rusos que preferirían su vinculación con un proyecto paneuropeo, la famosa “casa común” que formó parte de la perestroika, el plan de reformas propuesto por Gorbachov.

Nada permite augurar un cese de hostilidades inmediato ni mucho menos una negociación para resolver el problema de fondo, es decir, el estatuto geopolítico de Ucrania y de las regiones rusófonas orientales que reclaman autonomía. El acuerdo de Minsk (5 de septiembre de 2014) entre el gobierno de Kiev y los separatistas –cese de hostilidades y negociación política– es letra muerta. Las sanciones contra Rusia, impuestas por EE UU y la UE, combinadas con el hundimiento de los precios de los hidrocarburos, causan graves quebrantos a la economía rusa, pero no parece probable que vayan a doblegar a Putin y provocar su derrota estratégica con el corolario de la conversión de Ucrania en una próspera democracia al estilo occidental, miembro de la OTAN y de la UE.

Cuando dos personalidades norteamericanas del mundo de la diplomacia, Steven Pifer y Strobe Talbott (aquél, ex embajador en Kiev; éste, subsecretario de Estado con el presidente Clinton) publican en The Washington Post un artículo titulado “Ucrania necesita la ayuda americana”, queda claro que abogan por una ayuda militar susceptible de armar y galvanizar al decrépito ejército ucraniano para forzar a Moscú a una negociación según las pretensiones occidentales, resumidas en un informe belicoso que acaban de publicar ocho altos funcionarios y especialistas norteamericanos en cuestiones de seguridad, entre ellos, los mismos Pifer y Talbott, titulado:”Preservando la independencia de Ucrania, resistiendo la agresión de Rusia: lo que deben hacer EE UU y la OTAN.”

Lo que no dicen los halcones que redactaron ese manifiesto es qué ayuda militar sería necesaria y por cuanto tiempo para contrarrestar con éxito la superioridad rusa sobre el terreno y una frontera sin obstáculos naturales. Tampoco es seguro que esa acción extrema propulsada desde Washington sea suficiente para detener a Putin y exponerlo a imprevisibles consecuencias internas. Aunque no admite claramente su implicación militar en el conflicto, el Kremlin también ha engrasado su aparato de propaganda y llama “legión extranjera de la OTAN” al ejército ucraniano que combate a los rebeldes, quizá como una respuesta airada a la firma por el presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, el 29 de diciembre último, de una ley que abolió el estatuto de neutralidad del país.

A nadie se le ocultan los peligros que entrañan esa militarización exterior de la retórica y el suministro de armas, que apunta inexorablemente hacia la capitulación o la concesión humillante de uno de los dos bandos en lucha. Según el filósofo Bernard-Henri Lévy y el financiero George Soros, que publicaron un artículo en el New York Times, titulado “Save the New Ukraine” (“Salvemos a la nueva Ucrania”, 27 de enero), el gobierno de Kiev necesita nada menos que 15.000 millones de dólares de ayuda inmediata para hacer frente al doble reto de resistir las presiones de Moscú y llevar a cabo las reformas tantas veces aplazadas para convertirse en una genuina democracia. ¿Quién va a poner ese dinero?

Un país devastado por la corrupción y la guerra

Ucrania es un país arruinado, de inflación galopante, explotado por la corrupción, de ciudadanos desamparados, forzosamente militarizados, que se precipita en una guerra civil y que consume sus escasos recursos en improvisar y organizar un ejército para combatir a dos regiones rebeldes. Un completo desastre que sólo se entiende por los dictados de la geopolítica y la injerencia de las potencias extranjeras que explotan los sentimientos y los prejuicios históricos o religiosos de unas poblaciones de vida precaria para mantener o extender sus posiciones estratégicas. Los que intervienen en la guerra de manera directa o indirecta no buscan la regeneración y progreso del país, sino su satelización, su mercado o su espacio de seguridad. Ucrania padece el mal incurable de su historia y su posición geográfica.

En la mayor parte de Europa, sobre todo en Alemania y Francia, las dos potencias más vinculadas económicamente con Rusia, las imprecaciones contra Putin, las denuncias de “la agresión rusa” y los llamamientos alarmistas que llegan del otro lado del Atlántico tiene una acogida poco entusiasta cuando no abiertamente adversa. Además, en Washington se cruzan como es habitual las visiones opuestas entre los demócratas idealistas e intervencionistas, de Clinton a Obama, y los realistas, muy numerosos en los dos partidos, seguidores de Henry Kissinger, que desconfían de cualquier intento de saltar por encima de los imperativos de la geopolítica y abogan claramente por encontrar un acomodo con Rusia.

El diplomático alemán Wolfgang Ischinger, que fue embajador en Washington y preside ahora la influyente Conferencia de Seguridad de Múnich, publicó el 2 de febrero en la revista Der Spiegel un artículo titulado “Cómo estabilizar Ucrania sin entrar en el juego de Putin”, en el que subraya los aspectos militares del conflicto, insta a Rusia a respaldar el protocolo de Minsk y se pronuncia por el mantenimiento de las sanciones, pero se opone a que la OTAN ofrezca ayuda militar al gobierno de Kiev. Sólo en último extremo, en el caso de que Rusia se negara a respetar el protocolo de Minsk, estaría justificado, a su juicio, que “los países europeos entregaran equipo militar defensivo a Kiev”. Los europeos, en general, siempre se inclinan por dar un a última oportunidad a la diplomacia.

El ya citado John Mearsheimer recuerda que cuando el Senado norteamericano aprobó la primera ampliación de la OTAN, el diplomático George Kennan, célebre por ser el artífice de la política de “contención” de la URSS, al comienzo de la guerra fría (1947), advirtió en una entrevista de 1998: “Pienso que los rusos gradualmente reaccionarán muy adversamente y que este hecho [la ampliación de la OTAN] afectará a sus políticas. Creo que es un trágico error. No hay ninguna razón para ese desastre. Nadie amenaza a nadie.” La guerra civil de Ucrania parece ser la última y sombría consecuencia de aquel trágico error.  Por eso Mearsheimer aboga por crear “una próspera y neutral Ucrania que no amenace a Rusia y permita a Occidente reparar sus relaciones con Moscú”.

La guerra de Ucrania es también un desastre para Rusia, no sólo económico, sino también estratégico. Putin sigue pensando que el desmantelamiento de la URSS y la retirada de las tropas soviéticas fue “un trágico error” porque “la Unión Soviética perdió su posición en Europa”. Probablemente está en lo cierto, pero el revisionismo no puede llevarse hasta el extremo de perjudicar gravemente los intereses nacionales y comprometer el futuro europeo y modernizador. Las sanciones y el brutal descenso de los precios del petróleo no hacen sino resaltar las enormes deficiencias estructurales de la economía, una situación que Putin debería corregir prioritariamente si en verdad pretende restaurar la grandeza de Rusia. Así lo requiere también el ideal de una Europa unida del Atlántico a los Urales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Responses

  1. Espero ver pronto el juicio que te merecen los 13 puntos del acuerdo al que, según acabo de ver ahora mismo, se ha llegado hoy en la cumbre de Minsk. Excusame si digo ‘pronto’, pero ya ves como se suceden los acontecimientos…
    Parece correr por la prensa la noticia -o el run run- de la posibilidad que Putin esté afectado por el síndrome de Asperger. Hasta que punto puede influir en sus decisiones el hecho de estar eventualmente afectado por esta patología?
    Gracias por la fácil lectura que permiten tus exposiciones.


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