Posteado por: M | 14 febrero 2015

Obama defiende “la paciencia estratégica”

La Casa Blanca publicó el 6 de febrero de 2015 la National Security Strategy (NSS), la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, un documento de simbólica relevancia, elaborado por exigencias del Congreso, en el que el presidente articula su visión del mundo y del papel de Estados Unidos en la escena mundial, las metas que persigue y los medios que utilizará en el desempeño de su función para proteger y promover globalmente los intereses nacionales, poniendo especial énfasis en el análisis de los desafíos exteriores y señalando tanto la doctrina subyacente, si existiera, como la coherencia y las prioridades de la política exterior.

Ésta es la segunda Estrategia de Seguridad Nacional de la presidencia de Obama, pues la anterior data de 2010, y el mundo mutó mucho en ese lustro. Terminaron oficialmente las guerras de Afganistán e Iraq y los combatientes norteamericanos regresaron a casa, pero la tensión es permanente para las flotas que surcan el Pacífico asiático y el golfo Arábigo. Prosiguen los bombardeos contra las posiciones del llamado Estado Islámico en el norte de Siria e Iraq o las operaciones encubiertas con el arma letal de los drones (aviones no tripulados) en muy diversos escenarios del gran Oriente Próximo o la conflictiva frontera entre Afganistán y Pakistán. La mejora de las relaciones con Rusia, que era una prioridad en los planes de 2010, desembocó en el desastre de la guerra de Ucrania y en la atmósfera de guerra fría que empezó a respirarse tanto en Washington como en Moscú. Otras ilusiones que despertó Obama, como líder progresista y pacificador dentro y fuera de EE UU, se han desvanecido o están muy deterioradas.

Susan Rice, consejera de Seguridad Nacional, al presentar el documento estratégico a la prensa, de sólo 29 páginas (la mitad que el de 2010), subrayó los riesgos y las amenazas para la acción de EE UU en el mundo, desde los ataques terroristas a la proliferación de las armas de destrucción masiva y los ataques cibernéticos; desde la repetición de las crisis económicas hasta el cambio climático, supuestamente acelerado, y las continuas oleadas de perseguidos, huidos y refugiados. También se refirió la consejera, con estudiado dramatismo, al avance de la pobreza y de las pandemias, con especial virulencia en África, por más que dejó bien sentado que el equipo presidencial “no se dejará avasallar por el alarmismo”.

Con esa denuncia del alarmismo, sin duda dirigida contra los halcones del Partido Republicano, la consejera Rice volvió a encrespar los ánimos de los adversarios políticos y confirmó que toda la Administración de Obama siga más interesada en criticar a sus predecesores que en tender puentes con la nueva mayoría de ambas cámaras del Congreso. Muy malos son los presagios sobre la convivencia de Obama con unos líderes republicanos que ya no ocultan su hostilidad hacia las escasas iniciativas de la Casa Blanca.

La brevedad comparativa del documento se explica quizá por las escasas novedades que aporta, por estar dedicado más a la defensa de las decisiones pasadas que a la exposición de un nuevo programa. “Un marco distinto, pero las mismas políticas”, sentenció el analista Stewart M. Patrick, en su blog, The Internationalist. La Doctrina Obama desaparece tras la cortina de un catálogo de buenas intenciones, probablemente porque el presidente sigue más dubitativo que aseverativo o decidido. La única teoría expresada en el documento se limita a recordar, remedando a Bill Clinton, que EE UU sigue siendo “la nación indispensable”, el gendarme insustituible que aparece para decidir el desenlace o al que se echa de menos en todas las crisis en cualquier región del mundo, el último recurso.

Sentado el principio de “la nación indispensable”, no hay dudas posibles sobre el liderazgo estadounidense, pese a las reiteradas críticas de los republicanos sobre la morosidad oficial o el declive de la superpotencia. “La cuestión no es si EE UU debe dirigir, sino cómo dirige”, subrayó Obama en la introducción. Y esa manera de dirigir debe ser realista y multilateral, en conjunción con los aliados, aunque con reserva expresa del derecho de actuar unilateralmente en defensa de los intereses vitales de la nación. En todo caso, la Casa Blanca actuará con “una perspectiva de largo plazo”, una declaración que, como señalan algunos de sus críticos, confirma la vanidad intelectual o la arrogancia del primer presidente negro, en claro contraste con las innumerables precauciones que adopta para la acción exterior. Creo igualmente que justifica el repliegue generalizado del poder militar.

Los mayores riesgos

El documento de la NSS, que llega con bastante retraso, pues había sido anunciado en el otoño de 2013, enumera “los mayores riesgos estratégicos” (“top strategic risks”), sin establecer ningún orden de importancia o prioridad:

–Ataque catastrófico sobre el territorio norteamericano o una infraestructura esencial.
–Amenazas o ataques contra ciudadanos norteamericanos en el exterior y nuestros aliados.
–Crisis económica global o recesión económica generalizada.
–Proliferación y/o uso de armas de destrucción masiva.
–Severa y global epidemia de una enfermedad infecciosa.
–Cambio climático.
–Graves perturbaciones del mercado de la energía.
–Consecuencias significativas para la seguridad asociadas con los Estados fallidos o frágiles, los desastres ecológicos regionales y el crimen organizado transnacional.

Esa lista nos ayudará sin duda a comprender la creciente complejidad del mundo en que vivimos, pero ofrece muy pocas claves para saber cómo EE UU se comportará ante las amenazas que entraña el retorno brutal de la competición geopolítica, la pugna de las grandes potencias para asegurar sus zonas de influencia, la proliferación de las armas de destrucción masiva o la propagación del terrorismo islamista. La enumeración de las amenazas implica una concepción muy amplia de la seguridad nacional que incluye la policía interna, la defensa nacional propiamente dicha, el combate contra el terrorismo, las profecías apocalípticas sobre el cambio climático y la protección de la salud a nivel global.

No debemos olvidar que se trata de un documento esencialmente burocrático, que además de la filosofía presidencial refleja las visiones y los intereses de los diversos ministerios y organismos federales afectados por los problemas de la seguridad, pero sin consecuencias operativas.

Según Matthew Iglesias, que publicó en su sitio en internet (www.vox.com) una larga entrevista con Obama, éste es “un presidente sin doctrina”, al que ni tan siquiera le conviene el calificativo de “realista” que con frecuencia le adjudican los analistas norteamericanos, recordando a Henry Kissinger, para ensalzar o reprocharle, según su inclinación política, la aversión por el error, su sentido de los límites de la potencia. Como subraya Yglesias en la entradilla de la entrevista, durante sus seis años en la Casa Blanca “Obama ha articulado una no-doctrina, una teoría de los errores que deben ser evitados”, concretada en una modesta gestión para lograr algunas mejoras, convencido de que éstas siempre son preferibles a los esfuerzos en busca de una perfección inalcanzable.

Como ya sabíamos, Obama es un reformista pero no un revolucionario, un espíritu socialdemócrata incluso en la política exterior, al que sus detractores consideran vacilante y medroso, además de un antimilitarista emocional de campus universitario. Partidario confeso del soft power (el poder blando, de persuasión más que de coerción). Y un impenitente optimista: “La trayectoria global de este planeta –declaró el presidente en esa entrevista— nos conduce a menos violencia, más tolerancia, menos lucha, menos pobreza.” La idea del equilibrio del poder, que Obama había desterrado de los documentos oficiales, por primera vez desde la última guerra mundial, sigue ausente de la nueva versión de la NSS.

El concepto de “balance of power”, de equilibrio del poder, como cimiento de la política de seguridad de Estados Unidos, que procede del canciller austriaco Metternich (siglo XIX) y que puso de moda por Henry Kissinger con la apertura hacia China (1971-1972), no forma parte de la despensa intelectual de Obama, pero está siendo utilizado por sus detractores para recordar con apremio que la competición geopolítica reaparece con fuerza, amenazante, en Oriente Próximo, Ucrania o los mares de China.

El documento recoge todos los temas que forman parte inseparable de la retórica presidencial: la importancia de actuar en conjunción con los aliados y socios, la preservación de la fortaleza económica de EE UU y la estabilidad del orden mundial a través de la seguridad colectiva (es decir, la ONU) y el imperio del derecho de gentes. No obstante, el presidente viene demostrando una creciente proclividad a actuar al margen o en contra del Congreso, como confirmó el 7 de agosto último al anunciar el inicio de los bombardeos contra las posiciones del Estado Islámico –una verdadera declaración de guerra– sin la autorización preceptiva del poder legislativo.

En ausencia de una doctrina específica, Obama defiende un nuevo principio en la acción exterior: “la paciencia estratégica y la perseverancia”, expresión utilizada en la introducción, pero no elaborada en el cuerpo del documento. ¿Qué quiere decir el presidente? “Debemos resistir la sobreactuación que se produce cuando se toman decisiones fundadas en el temor”, arguye con una frase tópica que viene a ser una respuesta para las críticas recibidas por las actuaciones en Siria e Iraq. Los defensores de la Casa Blanca aseguran que Obama prefiere la reflexión serena, la consulta con los aliados, a la improvisación o la precipitación. El documento expresa esas preferencias con bastante claridad: “Defendernos unilateralmente y promover nuestros valores multilateralmente.”

No está muy claro qué se entiende por “paciencia estratégica”. ¿Cómo se aplica la paciencia a los problemas candentes como la guerra civil en Siria, los avances del Estado Islámico, la crisis de Ucrania o las ambiciones nucleares de Irán? Nos adentramos en un terreno resbaladizo, en una exacerbada y múltiple confrontación geopolítica, con actores no sólo estatales, para la que no hay respuesta en la paciente estrategia de la Casa Blanca. La impresión dominante en Washington parece ser la de que el presidente irá tomando decisiones sobre la marcha, improvisando ante las diversas variables de los desafíos ya existentes.

Censor permanente y hasta implacable de su antecesor, Obama retrocede, al menos retóricamente, ante el empleo de la fuerza. La paciencia estratégica está concebida para garantizar un uso restringido y cuidadoso del aparato militar, sobre todo, para evitar las bajas. “El uso de la fuerza no debe ser nuestra primera opción –aduce el documento–, pero algunas veces será nuestra opción necesaria.” Una frase que es como un eco de la distinción académica entre guerras de elección y guerras de necesidad, aplicada discrecionalmente por el Ejecutivo. O una reiteración de la sectaria clasificación de las guerras en “estúpidas” (las de Bush) e “inteligentes” (las de Obama), aplicada, respectivamente, a las de Iraq y Afganistán.

El NSS se felicita por la recuperación económica después de la crisis de 2008: “Estados Unidos es más fuerte y está en mejor posición para lograr las oportunidades de este nuevo siglo y proteger nuestros intereses contra los riesgos de un mundo inseguro”, según reza la primera frase del informe. Y añade: La creciente fortaleza económica de EE UU es la base de nuestra seguridad nacional y una fuente crucial de nuestra influencia en el extranjero.”

La última parte del informe está dedicada al tema crucial del “orden internacional” y la visión moderadamente optimista a que se aferra la Casa Blanca. La idea principal es que el orden global, según fue definido después de la Segunda Guerra Mundial (1945), sigue vigente. “A pesar de las innegables tensiones –constata–, la gran mayoría de los Estados no desea reemplazar el sistema que tenemos.” Se trata, desde luego, de una referencia al sistema de la seguridad colectiva encarnado por el Consejo de Seguridad de la ONU, en el que las cinco grandes potencias disponen del derecho de veto, pero esa estructura legal está superada por los acontecimientos y resulta inoperante porque está aquejada de parálisis ante las crisis que afectan a los intereses los principales actores del orden global.

La realidad, sin embargo, nos advierte cotidianamente de que “el paisaje de la seguridad ha cambiado significativamente”. No cabe duda de que el mundo evoluciona tan vertiginosamente que las presunciones más optimistas de Obama y sus consejeros están sometidas constantemente a la dura prueba de los hechos. Aunque el NSS no se extiende en consideraciones sombrías, lo cierto es que el sistema internacional de la posguerra fría, inaugurado en 1989 con la caída del muro de Berlín, bajo la hegemonía de EE UU, está en declive o ha periclitado, originando un inmenso socavón estratégico que multiplica las tensiones, los conflictos y las guerras. Por eso el informe reconoce que “el entorno estratégico es más fluido”, es decir, cambiante e imprevisible. Obama no ha podido imprimir al orden global una dirección eficaz, consistente y sostenible.

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