Posteado por: M | 20 febrero 2015

Estado Islámico en Libia y el martirio de los coptos

Casi cuatro años después de la caída y ejecución infamante del dictador Moamar Gadafi, Libia es un Estado fallido que se desangra en una guerra civil entre dos gobiernos, dos asambleas parlamentarias y diversas milicias que se disputan ferozmente un territorio rico en hidrocarburos y esencial para los intereses de Europa y la estabilidad de todo el norte de África. La intervención de la OTAN autorizada por la ONU, en marzo de 2011, supuestamente por motivos humanitarios, acabó con el sátrapa narcisista pero desembocó en una situación caótica, fuera de control, que finalmente ha favorecido la influencia o implantación del llamado Estado Islámico (EI), cuyos esbirros exhibieron el 15 de febrero un video con el degüello de 21 cristianos egipcios (coptos) y la promesa bélica de conquistar Roma, el centro histórico de la Cristiandad.

El vídeo con el asesinato a cuchillo de los 21 cristianos egipcios, secuestrados en la ciudad costera de Sirte a mediados de enero último, dura 5 minutos y tiene todos los ingredientes de la pornografía del horror, un ritual macabro de los yihadistas, “el teatro de la crueldad del Estado Islámico”, según la definición del escritor Husein Ibish en el New York Times, quien precisa que uno de los verdugos, quizá el director del matadero, además de actuar como un consumado carnicero, “lanzaba horribles amenazas en un nítido inglés-americano con ligero acento árabe”. Los prisioneros, vestidos con un mono de color amarillo, fueron obligados a hincarse de rodillas sobre la arena de una playa innominada, cada uno de ellos vigilado por su respectivo miliciano con uniforme negro y encapuchado. Mientras eran decapitados, podía leerse sobre impresionado el siguiente letrero: “Gente de la cruz, seguidores de la iglesia egipcia hostil”, como epíteto de oprobio y causa de su martirio.

Los objetivos de estos asesinatos filmados son los de siempre: aterrorizar a los oponentes, reclutar a nuevos combatientes y suscitar las protestas occidentales que estigmatizan a los musulmanes y que, por lo tanto, pueden servir a la causa de la guerra santa (yihad) contra el “Gran Satán” y sus aliados europeos. La violencia contra los cristianos en tierras que antes fueron cristianas que musulmanas ya se viene produciendo en Siria e Iraq y constituye, sin ninguna duda, una de las señas de identidad de los fanatizados guerreros del Estado Islámico (Daech es su acrónimo en árabe), empecinados en una lucha a muerte contra los no creyentes.

Pese a que los agresores están bien definidos y ahora disponen de una base territorial, desde la que profieren insultos y amenazas, Occidente asiste con repugnante indiferencia o pasividad a la liquidación de los cristianos en las tierras donde nació el Cristianismo y predicó el apóstol Pablo. Ni siquiera la Santa Sede se muestra muy activa en la denuncia del genocidio, quizá paralizada por la corrección política o la pusilanimidad que prevalecen en las cancillerías, bajo el síndrome de la técnica del avestruz.

Para los yihadistas, estas ejecuciones masivas constituyen una atávica demostración de fuerza y por ende una advertencia o una amenaza para todos sus adversarios y sus tibios correligionarios. Prosigue Husein Ibish: “El simbolismo es deliberado y típico: el construir dentro del grupo elaborados escenarios es una sofisticada estrategia de comunicación con la que se trata de enviar múltiples mensajes a distintas audiencias.” Los primeros destinatarios, desde luego, son los jóvenes de confesión suní, muchos de ellos europeos, que se integran “en la mayor fuerza internacional de voluntarios organizada desde la guerra civil española”. Las fotografías del asesinato de los coptos egipcios aparecieron también en Dabiq, el magacín en internet del Daech, y dieron la vuelta al mundo.

Todas las informaciones en los medios árabes y occidentales concuerdan en una conclusión: el sedicente Estado Islámico, con base territorial en el norte de Siria e Iraq, con importantes rentas petroleras, pretende extender su campo de operaciones, en busca de nuevos recursos y bases militares, de manera que numerosos yihadistas libios que estaban combatiendo en el extranjero fueron incitados a regresar a su país para abrir un nuevo frente de gran importancia estratégica desde el que poder expandirse por el Mediterráneo y todo el norte de África. Son los tentáculos de la naciente Internacional Islamista que tiene declarada la guerra a Occidente. Patrick Skinner, ex agente de la CIA, citado por la revista Foreign Policy, asegura que Libia “tiene un gran potencial para convertirse en una pesadilla de la seguridad”.

Desde luego, la violencia sigue desatada por todo el país, de Trípoli a Bengasi y Tobruk, de la frontera tunecina a la egipcia. Desde que Gadafi fue ejecutado y su cadáver mutilado, el 20 de octubre de 2011, por un grupo de milicianos procedentes del puerto de Misrata, feudo del islamismo radical, ya resultaba fácilmente previsible que el retorno del tribalismo era inevitable y que las milicias más disparatadas iban a desempeñar un papel fundamental en el problemático futuro del país. La venganza y el horror llegaron a su paroxismo cuando otro grupo de milicianos mató a 66 miembros de la guardia pretoriana de Gadafi, en el jardín de un hotel de Sirte, luego de haber filmado y difundido las escenas más sádicas y brutales de las sevicias infligidas a sus prisioneros.

La lucha entre las diversas facciones había comenzado antes incluso de la captura y ejecución de Gadafi, el guía histriónico de una supuesta “revolución verde” que extrañamente había sido cortejado y recibido con pompa y circunstancia por varios países occidentales, en cuyas capitales, Madrid entre ellas, había plantado su lujosa jaima. En julio de 2011, los yihadistas procedentes de la ciudad de Derna, caldera del islamismo radical, secuestraron y ejecutaron al general Abdel Fattah Younes, comandante en jefe de la coalición militar que, con apoyo internacional, luchaba contra Gadafi, en aparente venganza por la actuación represiva de aquél como ministro del Interior del régimen proscrito.

El derramamiento de sangre y los ajustes de cuentas siguieron tras los bombardeos de la OTAN –una misión inicialmente franco-británica, pero finalmente salvada de la inoperancia por EE UU– y el tremendo vacío de poder originado por la desintegración del sistema despótico de Gadafi, su familia, sus paniaguados y sus guardianes, patrocinador notorio de atentados terroristas como el que derribó un avión de pasajeros de la PanAm sobre Lockerbie (Gran Bretaña), el 21 de diciembre de 1988, cuando volaba desde Londres hacia Detroit (EE UU), causando 270 muertos.

Dos gobiernos y varias milicias

La Libia del caos y la confusión cuenta con dos gobiernos y numerosos grupos armados que se dedican al combate de todos contra todos, la extorsión y los intentos reiterados, y hasta ahora poco exitosos, de hacerse con las rentas del petróleo. El gobierno dizque “revolucionario”, instalado en la capital, Trípoli, emana del Congreso General Nacional (CGN), el parlamento elegido en las primeras elecciones de 2012, que dos años más tarde se negó a aceptar su derrota electoral y prolongó ilegalmente sus funciones, en manos de la rama libia de los Hermanos Musulmanes, apoyados, armados y financiados por Turquía, Qatar y Sudán. Este gobierno, dirigido por Omar al-Hasi, está controlado desde agosto de 2014 por los milicianos de la coalición islamista Fajr Libia (Amanecer de Libia).

El otro gobierno, son sede en Tobruk, en la frontera con Egipto, depende de la Cámara de Representantes (parlamento) elegida en las últimas elecciones (25 de junio de 2014), una coalición de musulmanes moderados y partidos laicos, nacionalistas y federalistas, reconocido por la ONU y la comunidad internacional, y que cuenta con el respaldo de Egipto, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Dicho gobierno, que se refugió en Tobruk hostigado por las milicias islamistas, dispone de un precario ejército y mantiene una alianza no confesada con las tropas del general Jalifa Hafter, un extraño  personaje que tras formar parte del círculo íntimo de Gadafi huyó a Estados Unidos, trabajó durante 20 años para la CIA y en mayo de 2014 lanzó una operación militar (Dignidad de Libia) contra las milicias islamistas, en colaboración con los restos de los servicios de seguridad de Gadafi.

Además de los que apoyan al gobierno de Trípoli, los grupos islamistas más radicales son numerosos, con fuerte presencia en Sirte, Misrata, Derna y Bengasi. La milicia más importante es la de Ansar al-Sharia (Defensores de la religión), considerada terrorista por EE UU, y de la que no se sabe con certeza si es aliada o competidora del Estado Islámico. Otro grupo nacionalista tribal y anti-islamista opera en la región montañosa de Nafusa, cerca de la frontera argelino-tunecina. Dada su radicalidad ideológica y militar, el Estado Islámico ejerce una fuerte atracción sobre muchos de los grupos que comparten el proyecto de la guerra religiosa implacable hasta la dominación mundial del islam. Una atracción similar a la que el Estado soviético ejerció entre la juventud y los intelectuales en el período de entreguerras del siglo XX.

Todas las tribus y todos los grupos islamistas están fuertemente armados, hasta el punto de que los servicios de inteligencia del Reino Unido (el MI6) consideran que las armas presentes en Libia superan el arsenal del ejército británico, pese al embargo dictado por la ONU, en vigor desde la intervención militar de 2011. Como consecuencia de la guerra generalizada, unas 300.000 personas están desplazadas y otras 150.000 huyeron al extranjero, especialmente a Italia, según los cálculos de la  Comisaría de la ONU para los Refugiados. Antes de los últimos desastres, el país contaba con unos 6 millones de habitantes.

En medio de este panorama militarmente abigarrado y políticamente confuso, la irrupción del Estado Islámico se produjo espectacularmente en Trípoli el 27 de enero con un ataque contra el Hotel Corinthia que causó al menos nueve muertos, precisamente en el momento en que los representantes de los dos gobiernos rivales acudían a Ginebra, bajo la égida de la ONU y la mediación del diplomático español Bernardino León, a fin de encontrar una solución política para la crisis. Varios atentados suicidas y con coches–bomba agravaron el ciclo perverso de la violencia, la prédica homicida y la desestabilización. Uno de esos ataques fue dirigido contra el organismo encargado de la seguridad de las misiones diplomáticas en Trípoli. En esos momentos de extrema violencia, la milicia de Ansar al-Sharia y el consejo consultivo de la Juventud Islámica de Derna declararon un emirato islámico en esa ciudad y su obediencia al Estado Islámico proclamado en el norte de Siria.

Ante el desafío estratégico que implica la apertura de un tercer frente con la instalación del Estado Islámico en Libia, el presidente de Egipto, el general Abdelfatah al-Sisi, el más firme aliado del gobierno de Tobruk, no vaciló en ordenar el inmediato bombardeo de las posiciones de los grupos extremistas libios en la zona de costera de Derna, donde supuestamente se encuentra la dirección del emirato. El presidente llegó al poder en 2013, tras derrocar al presidente impuesto por los Hermanos Musulmanes (Mohamed Morsi), y cuenta con el respaldo incondicional de la comunidad copta, que le agradece su protección en esta época turbulenta. Al-Sisi es el primer jefe de Estado que visita una iglesia copta en El Cairo con motivo de la Navidad.

La instalación del Estado Islámico en Libia, plataforma de agitación, propaganda y guerra, incrementa el riesgo del contagio del virus salafista y de una inestabilidad general en el norte de África, desde Marruecos a Argelia, Túnez y Egipto, países en los que puede captar adeptos y encontrar aliados. Conviene recordar que dos millones de egipcios trabajan en Libia y que los yihadistas operan desde hace más de un año en la península del Sinaí contra las tropas y la policía egipcias, causando igualmente la alarma de Israel. El jefe del gobierno de Italia, Matteo Renzi, lanzó una severa advertencia a sus homólogos de la Unión Europea: “La situación en Libia está fuera de control desde hace tres años, pero no deberíamos pasar de la indiferencia total a la histeria.” Ningún gobierno europeo se dio por aludido.

La prensa italiana advierte de que el país está en primera línea del frente abierto en las costas de la vecina Libia. La policía italiana sabe que los milicianos del califato se han hecho con millones de euros con el tráfico de emigrantes hacia la península, unas sumas inmediatamente empleadas en la compra de armas. A juzgar por las palabras de su ministro de Asuntos Exteriores, Paolo Gentilote, Italia favorece la creación de una fuerza internacional de intervención, “en el marco del derecho internacional”, para combatir la amenaza terrorista procedente de Libia. El Consejo de Seguridad de la ONU tendría que aplicar el mismo criterio que en 2011 para derrocar a Gadafi: la doctrina de “la responsabilidad de proteger”, de aplicación cuando un Estado se muestra incapaz de preservar el orden y la protección de sus ciudadanos.

En cualquier caso, tres años para reaccionar, a los que aludió Matteo Renzi, son un tiempo excesivo. Los progresos del Estado Islámico en sus tres frentes, la suicida división de los Estados árabes y Turquía ante la insurgencia salafista, las reticencias en toda Europa para tomar decisiones que puedan molestar a los musulmanes, en nombre de la corrección política, y la propensión a enmascarar la amenaza del islam político, como volvió a ponerse de manifiesto con motivo de los atentados de Copenhague (14-15 de febrero), auguran la continuidad de la crisis, de los atentados y de los debates tan estériles como vehementes sobre el islam, los musulmanes, la inmigración, la violencia, el populismo y la xenofobia.

Terrorismo y corrección política

El Estado Islámico y las organizaciones afines propugnan claramente “un choque de civilizaciones” –para decirlo con el título del libro famoso del profesor Samuel Huntington–, pero los gobiernos de Occidente, por motivos generalmente espurios o mal explicados, pretende enmascarar la realidad con eufemismos retóricos e inoperancia manifiesta. Ante todo, los occidentales se resisten a llamar a las cosas por su nombre. Así procedió la primera ministra de Dinamarca, la socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt, cuando afirmó tras los atentados: “No estamos en medio de una batalla entre el islam y Occidente. No es una batalla entre musulmanes y no musulmanes. Es una batalla entre los valores fundados en la libertad del individuo y una ideología oscura.”

Frase tópica, representativa del pensamiento único y débil, posmoderno, inútil, que prevalece en Europa. Porque no es cierto que se trate de “una ideología oscura”, sino que es muy nítida y concreta, inequívoca, la del islam político radicalizado, el islamismo, que en numerosos países árabes e islámicos cuenta con ardorosos predicadores y recluta sus guerreros en nombre del odio y la guerra contra Occidente, contra los judíos o “los hombres de la cruz”, a los que sueña con someter. Los occidentales no han declarado la guerra, ciertamente; pero los yihadistas y sus reclutadores sí lo han hecho una y mil veces, incansablemente. Una guerra contra los infieles en general, contra los escritores y caricaturistas blasfemos, contra los periodistas osados, contra la libertad de las mujeres, y cuya meta utópica es el califato universal y el imperio de la ley coránica (sharia).

La misma miopía aqueja a Barack Obama, un adepto de la concordia universal, cuando escribe un artículo en Los Ángeles Times y convoca una cumbre de 60 países en la Casa Blanca para contrarrestar los efectos del “extremismo violento”, a fin de “superar el ciclo del odio”, vagas expresiones, apoteosis de la corrección política, con las que se pretende confundir al gran público y no ofender a los musulmanes, cuando todo el mundo sabe que los únicos violentos organizados en el mundo actúan en nombre del islam y que hasta ahora fueron financiados por algunos de esos regímenes fundamentalistas islámicos que reinan sobre Estados fallidos o tiránicos pero que cuentan con el beneplácito e incluso la amistad de Washington.

“Estamos sentados en aquel salón con los representantes de algunos gobiernos que son parte del problema”, señaló la abogada Elisa Massimino, del grupo Human Rights First, en referencia a la conferencia presidida por Obama en la Casa Blanca para abordar los problemas que plantea “el extremismo violento”. Supongo que los norteamericanos saben que esos “extremistas violentos”, los que ahora practican como degolladores y carceleros, propagandistas o policías del Estado Islámico de Al Bagdadi, proclamado califa, son los herederos y émulos de los camicaces que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 y de los asesinos de los periodistas de Charlie Hebdo el 7 de enero de 2015.

Aunque el martirio de los coptos egipcios era reciente, en la cumbre de Obama reinó el silencio más hermético e hipócrita sobre la discriminación ancestral y el oprobio permanente a que están sometidas las minorías religiosas en la mayoría de los países islámicos, cuyos dirigentes son los interlocutores y hasta los amigos o protegidos del presidente norteamericano. La aparición del Estado Islámico no ha hecho sino empeorar la situación de los fieles de esas minorías –cristianos coptos, ortodoxos, protestantes o católicos, además de yazidíes—, condenados al dilema de la conversión o el hatillo de la huida. Obama asegura que pretende promover la democracia y la libertad para combatir al terrorismo, pero me parece menos equívoca y mucho más urgente la tarea de proteger a sus víctimas, como la de adoptar medidas contra un desafío  mundial que amenaza los cimientos de nuestra civilización.

Tan pronto como el Estado Islámico inició su limpieza religiosas, lo escribió y anticipó con amargura, en abril de 2013, Lela Gibert, en un resonante artículo publicado en  el Christian Post: “Como los judíos antes que ellos, los cristianos del Oriente Próximo van a ser colocados en la puerta de sus casas, pero, a diferencia de aquellos, no tendrán un país como Israel que los acoja. Los coptos, los más indefensos, que sufren persecuciones cotidianas, serán abandonados a su suerte. Para ellos, el invierno ya ha comenzado. Será frío y largo.” El martirio llegó para 21 de ellos en una playa desierta de la Tripolitania.

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