Posteado por: M | 28 febrero 2015

La pesadilla de la barbarie en el museo de Mosul  

La pesadilla de la barbarie siempre regresa, “Contra toda esperanza”, para decirlo con el título escalofriante del libro de Nadiezhda Mandelstam, un documento excepcional concerniente a la trágica experiencia de su marido, el poeta ruso Osip Mandelstam, en los campos de concentración soviéticos, una de las pruebas indubitables de que el progreso es una ilusión o, en cualquier caso, un camino doloroso y cruel, empedrado de retrocesos, desde los neandertales hasta los yihadistas. Al contemplar la destrucción de los tesoros artísticos asirios en Mosul por parte de los milicianos del sedicente Estado Islámico he recordado la lectura reciente y fascinante de un ensayo del pensador John Gray titulado “El viejo caos” incluido en el libro El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos (Editorial Sexto Piso, 2013).

En el vídeo publicado el 26 de febrero por los servicios de propaganda del Estado Islámico puede verse a varios hombres armados destruyendo estatuas, esculturas, relieves y otros objetos arqueológicos de las eras asiria y acadia, de los siglos VIII y VII antes de Cristo, que se encontraban en el Museo de la Civilización de Mosul, ciudad del norte de Iraq.

Espoleados por el furor contra cualquier vestigio de idolatría, los yihadistas utilizaron martillos, hachas y taladradoras para completar con saña la metódica devastación. Algunas de las esculturas destrozadas procedían del yacimiento de Nínive, ciudad mesopotámica que fue la capital del Imperio neoasirio, cuyos restos se hallan en los arrabales de Mosul. Según la UNESCO, siete estatuas del yacimiento de Hatra (100 kms. al suroeste de Mosul), capital del reino homónimo, que eran patrimonio mundial, forman parte del tesoro perdido para siempre.

El vídeo no ha sido verificado por informadores independientes ni se conoce la fecha en que se produjeron los salvajes hechos que relata, pero sabemos que los secuaces del Estado Islámico tomaron Mosul en junio de 2014 y controlan unos 4.500 yacimientos arqueológicos en el norte de Iraq y Siria, según la UNESCO, organismo de la ONU encargado de la educación y la cultura. También se ha informado por las agencias internacionales en los últimos días de febrero, tras anunciarse una ofensiva militar del ejército iraquí para recuperar el terreno perdido, de que los yihadistas quemaron unos 8.000 libros, manuscritos y documentos antiquísimos que se encontraban en la Biblioteca Pública de Mosul, con los que formaron una pira enorme. La biblioteca fue dinamitada por los milicianos y algunos ciudadanos del lugar dijeron haber llorado ante semejante salvajismo.

Según Irina Bokova, directora general de la UNESCO, con sede en París, “Este ataque es mucho más que una tragedia cultural, puesto que alimenta el sectarismo, el extremismo violento y el conflicto en Iraq” y constituye “una incitación incendiaria a la violencia y el odio”, por lo que solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU, sin respuesta en el momento de redactar estas líneas. Arqueólogos e historiadores de diversas instituciones occidentales expresaron su consternación ante unos actos de catastrófica destrucción de piezas únicas e irremplazables que confirman el poder creciente del fanatismo religioso predicado por los militantes de la yihad o guerra santa islámica.

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Fotograma del vídeo de ISIS en el museo de Mosul

El vídeo del Estado Islámico se titula “La promoción de la virtud y la prevención del vicio en la provincia de Nínive”, un programa para la conversión o la liquidación de los infieles y la purificación de los musulmanes, y en él se oye la voz de un yihadista que proclama: “El profeta nos ordena que destrocemos esas estatuas. Y es lo que hemos hecho. Si el propio profeta lo hizo es fácil para nosotros. No nos importa lo que diga la gente ni que cuesten miles de millones de dólares.” El combate contra la idolatría y sus símbolos, en nombre del monoteísmo islámico, implica la introducción de la barbarie iconoclasta en el torrente histórico supuestamente regido por la idea del progreso, pero conviene recordar, siguiendo la reflexión de Amartya Sen, que la cultura fue preterida en el desarrollo económico de las sociedades. Un desarrollo, por lo tanto, hemipléjico, constantemente expuesto a la repetición de las actuaciones más repulsivas.

No es la primera vez que las hordas islamistas profanan lugares sagrados, arrasan lugares arqueológicos o destruyen tesoros artísticos antiguos. Bajo la dirección de su guía espiritual, el mulá Omar, los talibanes de Afganistán dinamitaron y destrozaron los Budas gigantes de Bamiyán, dos estatuas del siglo VI esculpidas en la roca de un acantilado, a unos 230 kilómetros al noroeste de Kabul. En Tombuctú (Mali), un grupo islamista destruyó en 2012 varias tumbas y mausoleos, incluido el de Sidi Mahmud, por considerarlos contrarios al islam, pese a que estaban catalogados como patrimonio mundial por la UNESCO.

El “genocidio cultural” de los yihadistas, según los términos empleados por el ministro iraquí de Turismo y Arqueología, Abdel Fahad al-Shirshab, no debe hacernos olvidar otras atrocidades de los yihadistas contra las personas, especialmente los miembros de las minorías religiosas, los cristianos asirios entre ellos, de los que varios centenares fueron reducidos a la esclavitud, martirizados a causa de su fe o forzados a pagar un impuesto religioso para sobrevivir, en medio de la indiferencia de la comunidad internacional y de la prudencia acongojada del papa Francisco y la Santa Sede.

La tesis pesimista del libro de Gray se resume en una frase liminar de Arthur Koestler: “Un paso atrás en la historia”, ese retroceso que nos acecha en cualquier momento, en cualquier época. “Como la música barata –escribe el pensador británico–, el mito del progreso levanta los ánimos y entumece el cerebro.” Están en ese libro todos los horrores del siglo XX, probablemente el más violento y sin duda el de mayor número de víctimas, y el lacerante recorrido comienza con la explotación colonial del Congo ex belga, sobre la que reflexionó Joseph Conrad en Una avanzada del progreso y El corazón de las tinieblas, a finales del siglo XIX, para llegar a la conclusión, según Gray, de que “la barbarie no es una forma de vida primitiva, sino que se trata de un desarrollo patológico de la civilización”.

Reflexiona Gray sobre algunos testimonios literarios de la barbarie sobrevenida: Nápoles 44, del británico Norman Lewis, el relato estremecedor de una ciudad sin ley ni orden, desmoralizada y caótica tras el desembarco de los aliados en el otoño de 1943, cuando paradójicamente se produjo la llegada de todos los demonios: el hambre, el robo, el pillaje, la compraventa del sexo, la apostasía, la enfermedad y la muerte. También estuvo allí el italiano Curzio Malaparte, “cuando se desplomó la civilización”, como reitera Gray, quien rápidamente se puso al servicio de los norteamericanos liberadores para después relatarnos su surrealista experiencia en La piel (1949), el gran reportaje en el que asegura que “Nápoles es una Pompeya que nunca fue enterrada”.

Después comparecen en el libro de Gray otros testigos excepcionales, el primero Arthur Koestler, como relator apasionado y protagonista del hundimiento de una ilusión transformada en superchería: la utopía soviética; pero que igualmente nos informa de la desintegración de la sociedad francesa bajo la ocupación nazi, “La caída de Francia”, asunto inquietante sobre la que también el español Manuel Chaves Nogales escribió sus últimas páginas memorables. Luego nos deleita y conmueve Stefan Zweig, con su descripción magistral, espoleado por la nostalgia, del fin del imperio austrohúngaro (1918), la desintegración de la monarquía de los Habsburgo, “cuando el antiguo orden había saltado por los aires y no había nada con que reemplazarlo”, en El mundo de ayer (1942).

Bajo el epígrafe “Dos y dos son cinco”, dedica Gray algunas páginas muy pertinentes a la distopía de George Orwell, 1984 (1949), en la que el siniestro interrogador e inquisidor O´Brien exige al protagonista de la novela, Winston Smith, al que enseña cuatro dedos, que diga que ve cinco. Y añade: “Todas las confesiones que se pronuncian aquí son verdaderas. Nosotros hacemos que sean verdaderas. Y, sobre todo, no permitimos que los muertos se levanten contra nosotros.” Concluye Gray: “O´Brien no está diciendo que el partido se salte las leyes de la aritmética. Lo que dice es que las leyes de la aritmética son las que el partido decide que sean.”

La reflexión culmina con el Tercer Reich, comenzando con la impresión atormentada del alemán Sebastián Haffner, huido a Londres tras la llegada de Hitler al poder (1933), “cuando se creía que la Alemania nazi había creado un estado de felicidad colectiva entre aquellos a los que no aterrorizaba o asesinaba”. Luego se engendró el mal absoluto, que se instaló en los campos de concentración nazis, un infierno anticipado para las víctimas, condenadas a la esclavitud o el exterminio. El terror antisemita, programado e industrializado, alcanzó su paroxística inhumanidad, su aberración monstruosa en Auschwitz-Birkenau. ¿Acaso es posible seguir escribiendo? Algo parecido se preguntará uno de los supervivientes de ese universo maldito, concentracionario, el italiano Primo Levi, que indagará angustiosamente sobre las raíces del terror y la capacidad de resistencia moral del individuo.

Al contemplar horrorizado las escenas de destrucción en el Museo de Mosul, la idea del progreso se hace muy cuesta arriba, en cuanto “una versión laica de la escatología cristiana”, como escribe Gray, de manera que las expectativas de un futuro siempre mejor se desintegran ante el retorno de la barbarie, es decir, ante la desaparición palpable de cualquier comportamiento civilizado. Pero tampoco deberíamos olvidar que la certeza o los sueños de un futuro mejor se encuentran entre las armas dialécticas que utilizan los charlatanes de toda laya para hacernos creer que disponen de planes coherentes para controlar nuestro futuro y hacernos felices. Lo que quiero decir es que me parece muy urgente la tarea de desenmascarar la ideología asoladora del islamismo.

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Responses

  1. Regreso de Gualba. Abro tu página. Leo tu artículo antes de seguir con la relectura del libro de Paul Bawles ‘Palabras ingratas’ (1988) del que lo último que ayer leí fue lo siguiente: “Creo que la característica más importante que tu y yo tenemos en común és la convicción de que la humanidad ha entrado en un período terminal de desintegración y destrucción, acabado el cual la confusión y la violéncia serán tan grandes que todo intento por mantener la autoridad y el orden serán inútlies”….
    ‘Acaso es posible seguir escribiendo’?, leo en el artículo… Lo que me lleva al diseñador Philippe Stark: “Cuando los tiempos son bárbaros, no hay espacio para el arte”.
    Hemos llegado a un punto en el cual si persistes en saber lo que pasa -dar la espalda sirve de poco- acabas creyendo que cualquier cosa que hagas resulta una nimiedad. Qué pena!
    Acabo de encargar los dos libros que comentas de Zweig i Gray.
    Vengo comprobando que Jorba te cita de vez en cuando; no me extraña.


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