Posteado por: M | 5 marzo 2015

El asesinato de Nemtsov, el nacionalismo y el sistema de Putin

Cualesquiera que sean los inductores y los autores materiales del crimen, no cabe ninguna duda de que el asesinato de Boris Nemtsov es una consecuencia especialmente significativa del clima irrespirable, deletéreo, recreado por el nacionalismo ruso más extremista, exacerbado, a su vez, por la guerra de Ucrania y el conflicto con Occidente. El autoritarismo que fluye del Kremlin, la precariedad y fragmentación del liberalismo, como en otros períodos cruciales de la historia de Rusia, y la degeneración supuestamente patriótica de los agravios de la crisis económica conforman el turbio paisaje social en el que se enmarca el asesinato de un político tenaz y carismático, de un opositor valeroso, pero solitario, que, como aseguró el portavoz presidencial, no constituía una amenaza para el poder establecido.

Boris Nemtsov, figura prominente de la oposición, de 55 años, de ideología liberal y origen judío, viceprimer ministro con el presidente Boris Yeltsin en 1997-1998, fue acribillado a balazos muy cerca del Kremlin, en el corazón de Moscú, en la noche del 27 de febrero, cuando después de pasar por la plaza Roja se dirigía a su domicilio, a través del puente de piedra sobre el Moscova, en compañía de una joven modelo ucraniana, Anna Duritskaya, con la que había estado cenando. Poco antes de medianoche, un coche blanco se detuvo tras la pareja y de su interior salieron siete u ocho disparos. Cuatro de los proyectiles alcanzaron a Nemtsov en la cabeza, el corazón, el hígado y el estómago, quedando mortalmente herido sobre el asfalto mojado por la lluvia. Más ensañamiento que precisión en las circunstancias del crimen. Su acompañante resultó ilesa.

Boris_Nemtsov_2013

Boris Nemtsov en 2013

 

Como todos los nacionalismos populistas en sus expresiones radicales, el ruso es una pasión desmedida y funesta que atrapa a los individuos y engendra odio, fabrica enemigos, falsea la historia y organiza la caza de brujas de los coetáneos que no comparten sus delirantes frustraciones y proyectos. Una constante de la historia de Rusia en la que se mezclan el paneslavismo, el despotismo asiático, el imperialismo y el llamado nacional-bolchevismo o nacional-populismo, ingredientes suministrados por el poder omnímodo desde el Kremlin y propagados por las nuevas tecnologías y los viejos métodos de la policía zarista, la temible Ojrana, y luego por los servicios secretos comunistas, la Checa y el KGB, similares en la crueldad y comparables en sus continuas atrocidades.

Algunos precedentes

Por eso el asesinato de Boris Nemtsov ha disparado los recuerdos de otros magnicidios ocurridos en Rusia y otros países, vinculados o cubiertos por la exacerbación nacionalista. El archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio austro-húngaro, y su esposa Sofía fueron asesinados en Sarajevo, el 28 de junio 1914, por un joven serbo-bosnio, Gavrilo Princip, movido por los nacionalistas de Belgrado y los proyectos políticos del separatismo y la Gran Serbia. La hecatombe desencadenada por los disparos de Sarajevo, la Primera Guerra Mundial (1914-1918), fue un choque brutal de nacionalismos, en su estadio superior imperialista, que enterró las previsiones pacifistas del socialismo, dislocó las fronteras de la Mitteleuropa y sembró  de cadáveres el solar continental.

Otra víctima de esa pasión fue el político italiano Giacomo Mateotti, diputado socialista, el más relevante detractor de Benito Mussolini, que fue abatido en Roma por unos pistoleros en 1924, en la pleamar del nacionalismo fascista que acabaría por sepultar a la sociedad italiana en el período más sombrío y luctuoso de su historia. Probablemente Mussolini no dio orden expresa de acabar con Mateotti, pero los asesinos, detenidos por la policía, fueron cubiertos por el régimen fascista y finalmente amnistiados. El fervor manifiesto de la sociedad italiana por el fascismo explica la intolerancia congénita del régimen, la persecución de los disidentes y la impunidad final de los autores materiales del crimen.

El 1 de diciembre de 1934, Serguei Kirov, líder bolchevique y presunto rival de Josif Stalin, fue asesinado en Leningrado aparentemente por un pistolero solitario, del que nunca se conoció su identidad. Fue un atentado que marcó el comienzo del terror y de las grandes purgas que diezmaron los escalafones del partido comunista y sentaron las bases para la dictadura de Stalin, cuyo culto de la personalidad alcanzó niveles sin precedentes, de delirio colectivo dentro y fuera de la URSS, con motivo de “la gran guerra patriótica” contra los ejércitos de Hitler entre 1941 y 1945. El nacionalismo paneslavo y la alianza con la perseguida y humillada Iglesia ortodoxa fueron manipulados sin escrúpulos por Stalin y sus secuaces para galvanizar al pueblo ruso contra el invasor y conducirlo de la resistencia heroica a la victoria.

Nada más conocerse la noticia del atentado, el historiador ruso Mijail Iampolski escribió en su página de Facebook: “No se puede excluir la posibilidad de que la ejecución de Nemtsov pueda convertirse para Rusia en algo parecido al asesinato de Kirov.” “En esta atmósfera, cualquier cosa es posible –declaró el analista ruso Gleb Pavlovsky, citado en el New York Times–. Es una situación completamente nueva. La atmósfera es similar a la que prevalecía en la República de Weimar. Ya no hay límites.” El sistema de Weimar conoció múltiples turbulencias y finalmente allanó el camino para la llegada de Hitler al poder, de la mano de un nacionalismo vengativo e irredento, espoleado por la leyenda de “la puñalada por la espalda”.

La influencia del nacionalismo y la atmósfera sofocante de Moscú aparecen señaladas en la mayoría de los análisis sobre las causas y secuelas del atentado del 27 de febrero. “Nemtsov es un traidor nacional. Ejecutad al traidor”, pudo leerse en internet pocos días antes de que fuera abatido. Aleksei Navalny, probablemente el más prominente y popular de los opositores, constantemente vigilado y hostigado por la policía política, fue mantenido 15 días en prisión de manera arbitraria, precisamente para impedir que participara en la anunciada marcha contra la intervención en Ucrania.

El retorno de Putin a la presidencia hace tres años y la guerra de Ucrania han consolidados las tendencias autoritarias, la demagogia populista y la denigración de los opositores como si fueran traidores a la patria, la quinta columna que denunciaban los manifestantes en Moscú como un eco de las insinuaciones del Kremlin y las diatribas de los medios afines. Julia Ioffe, en un gran reportaje publicado en el dominical del New York Times, escribió: “Hoy día, un furioso nacionalismo ha devorado a la mayor parte del país, y no está nada claro que Putin pueda controlarlo.” El mismo mecanismo de siempre: una vez creado el monstruo, éste acaba por dominar el escenario de forma autónoma, hasta que destruye a sus creadores.

El nacionalismo ruso siempre estuvo detrás de todas las guerras y resistencias heroicas ante las invasiones procedentes de Occidente, por tres veces en los últimos dos siglos: Napoleón con su Grande Armée (1812), hasta las puertas de Moscú; el Imperio alemán, cuyas huestes se aproximaron a San Petersburgo, actuando como partero en el turbulento nacimiento de la Unión Soviética tras la paz de Brest-Litovsk (1918); y finalmente, la invasión de las divisiones acorazadas del Tercer Reich de Hitler (1941). Como oportunamente recuerda Geoffrey Hosking en su impagable Una muy breve historia de Rusia (edición española de 2014), el Estado tan trabajosamente construido en las vastas llanuras del norte de Eurasia siempre tuvo que defenderse de “los invasores, entre los cuales se contaban los Estados más desarrollados de Europa situados en sus fronteras occidentales”.

Si tenemos en cuenta que el Estado ruso se originó en la Rus de Kiev (siglo X), el principado que unificó por primera vez a las tribus eslavas orientales, un poder comercial consolidado por la cristianización llegada desde Bizancio, tras el bautizo del príncipe Vladimir, se comprenderán fácilmente los sentimientos que la guerra de Ucrania provoca en la población rusa y muy especialmente en los espíritus secuestrados por el nacionalismo paneslavo y neoimperialista que hoy forman con entusiasmo entre las filas de los partidarios del presidente Putin en su papel de garante de la estabilidad y gran restaurador de las glorias pasadas, de un amplio espacio geoestratégico al oeste del que Ucrania es parte esencial.

La posición de Nemtsov, firme adversario de la anexión de Crimea y de la intervención en Ucrania, desataron contra él la cólera de los nacionalistas y expansionistas que lo presentaron como un antipatriota. Un epíteto que comporta muy grave riesgo cuando la patria está en guerra y los demonios andan sueltos, todos los demonios profetizados por Dostoyevski en forma de degradación moral y terrorismo político. El mismo presidente Putin contribuyó de forma decisiva a la creación de ese clima inhóspito para los opositores al tratar a éstos de “quinta columna” en un discurso pronunciado el pasado mes de diciembre sobre la “irrenunciable” anexión de Crimea y el objetivo reiterado de impedir por todos los medios que Ucrania se incorpore a la OTAN, incluido el de una crisis nuclear semejante a la de 1962 a propósito de los misiles soviéticos en Cuba.

Un periodista le preguntó a Putin si no creía que el uso reiterado de la expresión “quinta columna” o del calificativo “traidor”, arrojado contra los políticos de la oposición, estaban causando peligrosas fracturas sociales. El presidente replicó oblicuamente: “La línea que separa a los activistas de la oposición de la quinta columna es difícil de ver desde fuera. ¿Cuál es la diferencia? Los opositores pueden ser muy duros en sus críticas, pero en último extremo defienden los intereses de la patria. La quinta columna está integrada por los que sirven a los intereses de otros países, y que son meros instrumentos de otros para sus objetivos políticos.”

Repercusiones de la guerra de Ucrania

Fundador del Partido de la Solidaridad, miembro del consejo municipal de la ciudad de Yaroslav, portavoz en algunos momentos del liberalismo de estilo europeo, Nemtsov era un crítico implacable y mordaz de Putin, de su estilo de vida, de la corrupción de su régimen y de la represión de los adversarios. Había sido uno de los organizadores de la manifestación que debía recorrer las calles de Moscú el 1 de marzo para protestar por la intervención rusa en la guerra de Ucrania y exigir la devolución de Crimea. La manifestación acabó por celebrarse pero con un objetivo distinto: defender la memoria de Nemtsov y protestar por su asesinato.

La escalada del nacionalismo ruso por la guerra de Crimea, la atmósfera de agresión y sectarismo alarmaron a Nemtsov, hasta el punto de que, pese a los riesgos que entrañaba, se pronunció abiertamente en contra de la euforia y el radicalismo. “No puedo recordar un nivel general de odio como el que se respira ahora en Moscú”, escribió en su página de Facebook, y añadió unas palabras que hoy resultan proféticas: “La agresión y la crueldad son atizadas por la televisión mientras las consignas proceden del maestro levemente enloquecido del Kremlin: “traidores nacionales”, “quinta columna”, “junta fascista” [el gobierno de Kiev]. Todos estos términos salen de la misma oficina del Kremlin. El Kremlin cultiva y estimula los más bajos instintos de la gente, provocando odio y enfrentamiento (…) Este infierno no puede acabar pacíficamente.”

Con el pretexto del patriotismo, desde el Kremlin se puso en marcha una verdadera campaña oficial contra los liberales, un recurso tradicional en la cultura política de Rusia, precursor y compañero inseparable del autoritarismo y la violencia. Una semana antes del magnicidio, las fuerzas nacionalistas celebraron una manifestación multitudinaria en Moscú con pancartas y consignas en las que se atacó a los opositores y se hizo un llamamiento para impedir en Rusia una agitación similar a la que en Kiev forzó la destitución del presidente prorruso Viktor Yanukovich, en febrero de 2014. Algunos manifestantes llevaban una fotografía de Nemtsov con la siguiente leyenda: “Un organizador de Maidan”, en alusión a la plaza central de la capital ucraniana, ágora de todos los antirrusos.

El semanario británico The Economist, que presentó a Nemtsov como “un mártir liberal”, blanco preferido del oscurantismo, del misticismo patriótico, no dudó en sostener que aquél fue una víctima o chivo expiatorio del nacionalismo, de la campaña de denuncia, opresión y ofuscación orquestada desde las esferas oficiales. Recordando que muchos rusos consideraban que Nemtsov era “un traidor”, especialmente por sus posiciones en el conflicto de Ucrania, el semanario concluyó: “Su patriotismo era incuestionable. En otros tiempos pudo haber sido presidente de Rusia; ahora, por el contrario, estaba asistiendo al hundimiento de su país en un horrendo nacionalismo que finalmente la costó la vida.”

La soledad de los liberales

Los liberales siempre fueron una minoría en Rusia, en el poder pero, sobre todo, en la disidencia y el ostracismo. Siguen desgarrados por querellas intestinas y estériles, desbordados frecuentemente por una sociedad mayoritariamente hostil o indiferente, propensa a cargar sobre ellos la cólera por sus frustraciones y hasta por todas las desgracias del país. El autoritarismo que reina en el Kremlin lleva muchas veces a los liberales al error de adoptar posiciones abiertamente impopulares, como en el caso de la anexión de Crimea. El Partido Democrático Ruso o Yabloko, representante tradicional del liberalismo tras la desintegración de la URSS, en muy pocas ocasiones superó el 5 % de los votos necesario para obtener representación en la Duma (cámara baja del parlamento). En las elecciones parlamentarias de 2011 sólo obtuvo el 3,43 % de los sufragios, concentrados en Moscú y San Petersburgo.

Los liberales conocieron sus días de gloria bajo la presidencia de Boris Yeltsin (1991-1999), con el reformista Yegor Gaidar como ministro de Economía e impulsor del proceso de privatización de las empresas estatales. Con Viktor Chernomirdin como primer ministro y Anatoli Chubais como jefe de la administración presidencial y viceprimer ministro, Nemtsov también fue viceprimer ministro y ministro de Energía (1997-1998). Cuando Yeltsin destituyó a todo el gobierno en abril de 1998, acosado por el desastre económico, Serguei Kirienko sustituyó a Chernomirdin como primer ministro y presentó un ambicioso plan de reformas, pero el 17 de agosto del mismo año estalló una crisis aparatosa (devaluación del rublo e impago de la deuda) que cerró prácticamente el ciclo liberal y allanó el camino para la llegada de Putin al poder como primer ministro y sucesor de Yeltsin en 1999.

Varios motivos contribuyeron al descrédito de los liberales, identificados habitualmente con la derecha política: la errática ejecutoria de Yeltsin, la corrupción inherente al proceso de liberalización económica, con el consiguiente nacimiento de los oligarcas, que organizaron un poder paralelo dentro del Kremlin; el repliegue estratégico, las guerras de Chechenia y el hundimiento de Rusia como poder mundial. Todas las desgracias al mismo tiempo. El derrumbe de los ideales socialistas vinculados durante 80 años con el Estado burocrático provocaron una crisis espiritual y un vacío de poder que los liberales que rodearon al errático Yeltsin fueron incapaces de llenar y de encauzar con un programa de reformas democráticas, económicas y, sobre todo, viables y populares. En ese fracaso se encuentra la raíz del retorno del autoritarismo con Putin y su programa de estabilidad interna y restauración imperial. Otra vez el sistema ruso de gobierno y administración descansa sobre un solo hombre.

¿Quiénes fueron los responsables y los ejecutores del atentado contra Nemtsov?  Aunque Putin se apresuró a denunciar “la provocación” y a enviar sus condolencias a la madre de la víctima, además de prometer una investigación justiciera, la sospecha le perseguirá mientras no presente ante el juez unos culpables creíbles y unas pruebas convincentes, no meros comparsas y testimonios amañados. Dentro y fuera de Rusia, el magnicidio será presentado como un siniestro aviso para todos los opositores. El portavoz presidencial, Dimitri Peskov, aseguró que el político asesinado “no era una amenaza para el liderazgo de Putin”, un argumento ya utilizado cuando se produjeron los asesinatos de la periodista Anna Politkovskaya (2006) y el bloguero Serguei Magnitski.

Basta recordar los versos inmortales atribuidos a Francisco de Quevedo sobre “el impulso soberano” que movió la mano del “matador Bellido” para asesinar al conde de Villamediana, según los mentideros madrileños del siglo XVII, para comprender que todos los dedos acusadores apuntan hacia el Kremlin, directa o indirectamente hacia Putin. Pero no es menos cierto que siguiendo la lógica causal, el primer sospechoso es el que se beneficia del crimen, según el adagio latino: Cui prodest (¿Quién saca provecho?). En este punto, el Kremlin, como aseguraba Churchill, sigue siendo “un acertijo envuelto en un misterio envuelto dentro de un enigma”, de manera que las teorías conspiratorias son innumerables y algunas de ellas apuntan de manera miserable a la vida privada de la víctima.

La lista de los probables autores materiales del crimen la encabezan lógicamente los servicios secretos, con orden o sin orden expresa de sus jefes. ¿Cómo es posible que un político destacado fuera abatido a las mismas puertas del Kremlin, en un espacio muy vigilado por guardias y cámaras de seguridad, si los asesinos no tenían garantizada la huida? Pero no es menos cierto que en la Rusia de Putin proliferan las bandas de nacionalistas fanáticos que amedrentan a los supuestos antipatriotas o reclutan voluntarios para combatir en Ucrania. Tampoco se pueden descartar las pistas del terrorismo checheno o islamista.

En cualquier caso, sobre el sistema creado por Putin en los últimos 15 años –fue elegido presidente en marzo de 2000– recae toda la responsabilidad de no haber protegido debidamente a un líder de la oposición amenazado por los tentáculos del monstruo creado y alimentado desde el poder. Siguiendo la tradición autoritaria, asesinando o condenando a sus liberales, Rusia ha vuelto a hundirse en el “one man regime” (el régimen de un solo hombre) que denuncian incansablemente los periódicos y los académicos norteamericanos y europeos, aunque ciertamente el sistema de Putin mantiene aún grandes discrepancias con el del socialismo real. Ése es un análisis que abordaré en un próximo artículo.

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