Posteado por: M | 17 marzo 2015

Ruinas, carnicería y tinieblas en Siria

Cuando entra en su quinto año de guerra civil, Siria está completamente devastada y nos ofrece, aunque mitigada por la distancia y su endiablada complejidad, una visión apocalíptica y un balance aterrador, con sus mayores ciudades en ruinas, más de 220.000 muertos y casi la mitad de su población desplazada o en los campos de refugiados de los países vecinos, lo que genera una desestabilización general de la región. Las fotografías tomadas por satélite muestran la destrucción masiva y revelan que el 83 % del territorio del país está mucho más oscuro que antes de la guerra, tenebroso, como secuela de un apagón generalizado que certifica trágicamente el toque de queda permanente, la demolición de las viviendas, los campos de muerte y la huida de sus pobladores.

“Una nación que se apaga”, titulaba el New York Times el espeluznante reportaje fotográfico en el que van comparando las fotografías por satélite de las luces de marzo de 2011, cuando comenzó el conflicto, con las muy exiguas de diciembre de 2014, un fenómeno analizado por las universidades de Xi Li de Wuhan (China) y otra norteamericana de Maryland. La iluminación de Damasco, la capital, se ha ido extinguiendo hasta quedar reducida al 35 % de la existente hace cuatro años, y la que resta en Alepo, la segunda ciudad del país, apenas si alcanza el 10 % de la que disponía antes de la guerra. La oscuridad es el signo indefectible de que la civilización está en el ocaso, de que Siria vive un año cero, en tinieblas, arrasada y exangüe, sin ninguna esperanza de detener la carnicería entre los restos calcinados.

El diario francés Le Monde consideraba en un editorial (13 de marzo) que el conflicto de Siria constituye “un desastre sin precedentes” y sin paralelo en el Oriente Próximo, pese al torrente de sangre de tantos siglos conflictivos. Los organismos de la ONU encargados de paliar la espantosa situación de los refugiados y desplazados, la denominada crisis humanitaria, están desbordados por completo y deploran que los convoyes con alimentos, autorizados por dos resoluciones del Consejo de Seguridad (febrero y julio de 2014), que abogan por el libre acceso para la ayuda humanitaria, tropiecen con crecientes dificultades tras la aparición en escena del sedicente Estado Islámico, desde junio de 2014, y el aumento de las restricciones que impone el gobierno de Damasco alegando motivos militares.

Además de los lacerantes problemas humanitarios, el constante flujo de refugiados está creando graves tensiones en todos los países vecinos. Turquía es el que acoge mayor número de refugiados (1,7 millones), pero la carga resulta mucho más problemática y onerosa para dos que se encuentran en constante ebullición social y política: el Líbano (1,2 millones) y Jordania (625.000), teniendo en cuenta sólo los contabilizados por la ONU. Según la UNICEF, 5,6 millones de niños dentro de Siria viven en medio de la pobreza, el abandono, el nomadismo y el pavor de los bombardeos. En total, los desplazados dentro de territorio sirio suman más de 7 millones, según los cálculos de la misión de la ONU dirigida por el diplomático italiano Staffan de Mistura, encargada de resucitar el proceso de negociación de Ginebra.

Ése es el lúgubre paisaje en el que se mueven como pez en el agua los fanáticos milicianos del Estado Islámico, agentes de la demolición y el pánico, cuya instalación en el norte de Iraq y Siria no sólo contribuye a la destrucción sistemática de ambos países, mediante la prolongación de la guerra, sino que ha dinamitado por completo los cálculos y las estrategias de las grandes potencias y de todos los países de la región, hasta el punto de que el secretario norteamericano de Estado, John Kerry, declaró en una entrevista televisada en la cadena CBS, difundida el domingo 15 de marzo, que reputaba inevitable el contar con el presidente de Siria, Bachar Asad, el dictador archienemigo, para encontrar la manera de salir de la pesadilla.

We have to negociate in the end” (“Al final, no tendremos más remedio que negociar”), reconoció Kerry, si bien los funcionarios del departamento de Estado salieron inmediatamente a la palestra para precisar que EE UU no se disponía a iniciar conversaciones directas con el presidente Asad, cuya renuncia a la presidencia ha sido el objetivo reiterado por la Casa Blanca en los últimos tres años, desde que Obama descartó la intervención militar y aceptó un acuerdo, propiciado por Moscú y ratificado en una conferencia internacional, para que el régimen sirio entregara sus armas de destrucción masiva (septiembre de 2013). Las conversaciones diplomáticas ulteriores, en Ginebra y Montreux, desembocaron en un completo fiasco.

La guerra prosiguió con mayor encarnizamiento, hasta el punto de que ni siquiera fue factible negociar un cese temporal de hostilidades para llevar la ayuda humanitaria a Alepo y otras ciudades que están en manos del ejército regular y de las milicias que defienden al régimen de Asad. La conferencia internacional de Ginebra sigue anclada en la defensa retórica de la democracia, que nunca existió en Siria, y la formación de un gobierno de transición que entrañaría la renuncia de Asad, un viraje radical que éste rechaza invariablemente. No obstante, la administración de Obama, al matizar las declaraciones de Kerry, insistió en que no pretende alinearse con el presidente sirio ni aceptar su permanencia en el poder, ni siquiera para combatir con mayor eficacia al Estado Islámico. “No hay futuro para Asad en Siria”, reiteró Marie Harf, portavoz del departamento de Estado.

Cuando los sirios comenzaron sus manifestaciones contra la dictadura de Asad, el 15 de marzo de 2011, en medio del entusiasmo y la confusión generados por las revueltas árabes iniciadas en Túnez y que se extendieron por todo el norte de África y el Oriente Próximo, tanto EE UU como sus aliados europeos, arrastrados por los acontecimientos luego de no haberlos previsto, trataron de organizar un cambio de régimen en Damasco con una oposición siria muy dividida y sin verdadero arraigo en el país, probablemente en la creencia de que Asad seguiría el camino del tunecino Ben Alí y el egipcio Mubarak, ambos despojados del poder por las protestas tumultuosas y su acompañamiento diplomático. Una pretensión ilusoria y un error de bulto no sólo por la resistencia de Asad, sino por el valor estratégico de Siria, la oposición de Moscú, la indiferencia de China, la guerra de religión (suníes contra chiíes) y la entrada en liza de Arabia Saudí e Irán.

Con los datos disponibles en este momento, no está claro si la muy heterogénea oposición siria, inmediatamente apellidada “democrática”, fue impulsada, inducida, aconsejada e incluso engañada, en lo que concierne a la ayuda militar, por EE UU y sus aliados europeos, con Francia a la cabeza, para desencadenar una insurrección armada que debía conducir a un rápido cambio de régimen, pero que a la postre desembocó en una guerra que no podía ganar sin apoyo externo y en el desastre subsiguiente. En el último momento, Obama rechazó la intervención militar en favor de los alzados, de manera que el ejército y las milicias de Asad recuperaron parte del terreno perdido. Fue un breve cese de hostilidades hasta la irrupción del Estado Islámico el año pasado.

En medio del horror cotidiano, el gobierno de Damasco controla aproximadamente la mitad del país, la llamada “Siria útil” en torno a Damasco, Alepo y la costa mediterránea, donde habita la minoría religiosa alauí a la que pertenecen el presidente y sus allegados. El resto está en manos de los grupos insurgentes, sin un mando unificado, o las milicias del Estado Islámico, que patrullan y cometen sus fechorías en un vasto territorio a caballo entre Siria e Iraq.

Dictador, verdugo e interlocutor

Aunque la administración de Obama siempre exigió la renuncia de Asad, la aparición truculenta de las hordas islamistas, la visión de los vídeos con los degüellos de los rehenes o la devastación de los tesoros arqueológicos, determinó que los gran des medios y los asesores de la Casa Blanca empezaran a preguntarse si no sería conveniente llegar a acuerdos puntuales con el dictador para contener la barbarie. Algo se está cociendo en Washington cuando la revista Foreign Affairs, faro y caja de resonancia de la política exterior norteamericana, desplazó a Damasco a su director ejecutivo, Jonathan Tepperman, para que se entrevistara con el presidente Asad, una entrevista anunciada muy discretamente en la portada del último número (marzo-abril de 2015), pero con una foto a toda página del dictador en el interior.

En la entrevista, celebrada en Damasco el 20 de enero en un lugar que no se cita, el presidente sirio abogó claramente por “una solución política” para el conflicto y dijo estar dispuesto a negociar “sin condiciones”, pero dejó bien sentado: “Estoy todavía al mando”, resistiendo, y abrió la puerta de una cooperación con EE UU “para combatir el terrorismo”, es decir, para derrotar a las milicias del Estado Islámico. Preguntado si creía posible el retorno de Siria al statu quo ante, la situación existente antes de que estallara la guerra, el presidente respondió: “Creo que Siria debería regresar a la situación de entonces. Nosotros no tenemos otra opción, porque si no volvemos a la situación previa, todos los países de la región se verán afectados. Se trata del efecto dominó que tendrá influencia desde el Atlántico al Pacífico.”

En favor de la negociación con Asad, dictador laico y verdugo de parte de su pueblo, se esgrime no sólo la barbarie de los milicianos islamistas, sino la conveniencia de preservar las estructuras del Estado sirio, con el ejército como espina dorsal, para evitar la desastrosa experiencia de Iraq tras el derrocamiento de Sadam Husein (2003). La siega de los dictadores, como consecuencia de las revueltas árabes que se iniciaron en 2011, resultó ser una experiencia traumática y produjo unas cosechas decepcionantes. Las guerras civiles se encarnizan y prolongan en Siria e Iraq. La democracia se mantiene a duras penas en Túnez, bajo fuerte presión islamista, pero ha sido secuestrada por los militares en Egipto, tras un enfrentamiento sangriento con los Hermanos Musulmanes, y ha dado paso a un espantoso caos en Libia y Yemen. Las otras dictaduras teocrático-familiares siguen en pie en el golfo Arábigo.

Y lo peor es que no hay lenitivo para tanta desgracia ni una salida honorable y próxima a la vista. Ya no hay manera de dar marcha atrás al reloj implacable de la historia, ni volver a la situación anterior, como sugiere Asad. Seguiremos contemplando las ruinas y el horror durante mucho tiempo. Hay demasiados actores en el escenario devastado con objetivos e intereses contradictorios, varias potencias regionales (Turquía, Israel, Arabia Saudí, Irán) y unas milicias bárbaras que preconizan la instalación del califato, la vigencia exclusiva de la ley coránica y el rechazo absoluto del Estado moderno. Los ejércitos, como ocurre en Iraq, minados por la guerra religiosa y la adscripción tribal, perdieron su antigua capacidad decisoria. Mientras las víctimas desamparadas esperan al pelotón de soldados que las salve de tanta ignominia, la civilización se extingue ante nuestros ojos en los lugares en que se inició, la Mesopotamia de los dos grandes ríos, hace más de 40 siglos.

Pese a la resistencia de algunos de sus principales aliados, en especial Francia y Turquía, éstas aferradas al statu quo, en EE UU se abre camino laboriosamente la hipótesis de un nuevo mapa del Oriente Próximo, muy diferente del que Francia y Gran Bretaña plasmaron en los acuerdos secretos Sykes-Picot  (16 de mayo de 1916) y que impusieron parcialmente tras la caída del Imperio otomano (1919) y su partición para crear Iraq, Siria, Líbano, Transjordania y Palestina, en contra de las promesas que Thomas E. Lawrence había hecho a los jeques árabes.

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