Posteado por: M | 21 marzo 2015

Israel consolida el protectorado de Netanyahu

Durante los últimos 20 años, desde que en 1993 Israel firmó un primer acuerdo con Arafat sobre una muy limitada autonomía de los territorios ocupados, los electores israelíes se fueron inclinando cada vez más a la derecha, o por mejor decir, anteponiendo la seguridad a cualquier otra consideración social o política. Empujado por esa impetuosa y precavida corriente de opinión, fruto de los temores de una sociedad crecientemente militarizada, el primer ministro conservador en funciones, Benyamin Netanyahu, utilizó sus nueve años de poder para minar las bases frágiles de la solución de los dos Estados y prometer, en vísperas de las elecciones del 17 de marzo, que no habrá un Estado palestino mientras él gobierne. Los electores sancionaron ese programa que constituye un desafío no sólo para los palestinos, sino también para la comunidad internacional y, sobre todo, para Barack Obama.

netanyahu

Benjamin Netanjahu en 2015

Desdeñando los considerables problemas sociales sobre los que giró la campaña de la oposición, así como los graves reparos moral y democrático que suscita el régimen de ocupación, los electores israelíes consolidaron en las elecciones anticipadas del 17 de marzo el protectorado económico y militar que los gobiernos israelíes, conservadores o laboristas, vienen manteniendo desde hace medio siglo en los territorios ocupados, pese a los altibajos de la violencia y la represión, y que Netanyahu ha llevado a sus lógicas consecuencias: el incremento de la colonización en Cisjordania y la supremacía de los judíos sobre la minoría árabe dentro del territorio del Estado de Israel internacionalmente reconocido.

El horizonte del conflicto secular de Palestina se oscurece y encona un poco más de lo previsto, pero nada substancial cambia entre Israel y los palestinos. Los derechistas del partido Likud y los centristas del Partido Laborista han coincidido con matices tanto en defender la ocupación como en la retórica antiárabe, en la paz y en la guerra, ignorando las reconvenciones internacionales. El distinguido profesor e historiador Zeev Sternhell, que vive en Jerusalén, en una entrevista tras conocerse los resultados electorales, publicada en Le Monde, recordó que “el sionismo es un nacionalismo”; dejó bien sentado que “la izquierda ha favorecido la derechización de la sociedad israelí” y concluyó que la derecha nacionalista, al rechazar el Estado palestino, “antepone la tierra al pueblo” y centuplica los peligros. Un recordatorio tan exacto como pertinente.

Netanyahu, político hábil y nacionalista radical, declarado adversario de la eventual solución de los dos Estados, ya fue primer ministro de 1996 a 1999, y volvió a ser elegido en 2009 y en enero de 2013, de manera que con su triunfo en las elecciones anticipadas del 17 de marzo de 2015 se garantiza un cuarto mandato al frente de un gobierno en el que se darán cita todos los voceros del Gran Israel, los partidarios de proseguir con la colonización de los territorios palestinos –comprando tierras o simplemente expoliándolas–, mantener el muro de separación y replicar con la fuerza militar al menor hostigamiento desde la franja de Gaza, el enclave superpoblado y devastado por dos guerras recientes que está gobernado por Hamás, la organización islámica que aglutina a los extremistas. Ya se sabe que cuantos más cohetes dispara Hamás, más votos obtiene la derecha anexionista israelí.

Netanyahu y el Likud (nacionalista y conservador) derrotaron también a las encuestas y los periódicos que hasta el último suspiro pronosticaron el triunfo de la alternativa de centro izquierda de la Unión Sionista capitaneada por Isaac Herzog, líder del Partido Laborista, y la ex ministra Tzipi Livni, al frente de un pequeño partido centrista llamado Hatnua (Movimiento). Como ya es habitual, la prensa norteamericana y europea bienpensante confundió sus deseos con la realidad, además de ocultar cuidadosamente que la coalición opositora tampoco propugna la retirada de las colonias y el repliegue militar. El gran éxito ideológico de la derecha israelí consiste en que la izquierda promovió primero y asumió después la colonización y la presencia militar a lo largo del Jordán como dos hechos irreversibles y estratégicos, según se deduce del costoso muro de separación levantado en Cisjordania con pretensión de eternidad.

La composición abigarrada de la Kneset

Al final, contra todo pronóstico, el Likud obtuvo 30 escaños, por 24 de la Unión Sionista, una diferencia muy acusada en un sistema electoral como el israelí –proporcional puro con un mínimo de sufragios del 3,25 % — que dispersa el voto, multiplica los pequeños partidos hasta la caricatura y fuerza la formación de coaliciones gubernamentales con el consiguiente reparto de carteras y prebendas. Los electores prefirieron la seguridad y la dureza conocidas en un problema que consideran vital –las relaciones conflictivas con los palestinos— a las vagas promesas sociales y habitacionales de los laboristas y sus aliados. La endémica violencia local pero sobre todo la situación mundial creada por el terrorismo islamista contribuyeron a la concentración y radicalización de los sufragios.

Tras esos dos bloques, que ni siquiera llegan a la mitad de los diputados de la Kneset o parlamento (120 escaños), la tercera fuerza más votada deparó otra sonada sorpresa: la Lista Conjunta, dirigida por el abogado Ayman Odeh, que por primera vez logró aglutinar a todas las facciones representativas de los árabes israelíes, aproximadamente el 25 % de la población de Israel (cerca de 2 millones, musulmanes en su inmensa mayoría y cristianos), y que obtuvo 14 escaños, claramente insuficientes para influir en la formación de cualquier gobierno. La gran novedad es que Ayman Odeh abandonó durante la campaña la retórica nacionalista palestina para centrarse en la defensa de los derechos de la minoría y denunciar la discriminación que convierte a los árabes en ciudadanos de segunda clase, bajo un inconfesable apartheid. El 87 % de los votantes árabes (70 % de los censados) apoyó la Lista Conjunta.

Por lo demás, los resultados electorales y la composición de la Kneset ofrecen el mismo panorama abigarrado y fragmentado de siempre, con dos partidos centristas (21 escaños) organizados en torno a sendas personalidades. La cuarta fuerza por el número de diputados es la centrista Yesh Atid (Hay Futuro), del ex ministro Yair Lapid (11 escaños), y la quinta, el nuevo partido Kulanu (Todos Nosotros), con 10 escaños, dirigido por Moshe Khalon, un disidente del Likud al que los comentaristas hebreos adjudican la llave del gobierno, la posición del hacedor de reyes, y que previsiblemente formará parte de la coalición que forme Netanyahu.

Los dos partidos religiosos (uno sefardí y otro asquenazí), de considerable influencia en el espacio público, suman 15 escaños. La extrema derecha religiosa de Nuestra Casa (8 escaños), dirigida por Neftalí Bennet, ministro de Economía, y la extrema derecha laica de Israel Beitenu (Nuestro Hogar, Israel), ésta al mando del ministro de Exteriores Avigdor Lieberman, con 6 escaños, preconizan abiertamente la formación del Gran Israel y la expulsión de los palestinos más allá del Jordán. La sangría de votos sufrida por esas dos formaciones extremistas, descolocadas al final por la virulenta y alarmista campaña de Netanyahu, explican bien el ascenso a última hora del Likud que las encuestas no pudieron detectar.

La izquierda antisionista y progresista está representada por Meretz (El Nuevo Movimiento), que pierde dos escaños y se queda con 4, es el único partido israelí que aboga por el fin de la colonización, el derribo del muro ominoso y la devolución de las tierras confiscadas desde la guerra de junio de 1967. El declive y la soledad de Meretz reflejan, junto a la primacía de la seguridad, el pétreo conservadurismo social y político que sepulta el sueño sionista de las granjas colectivas (kibutzim), el socialismo cooperativo de Martin Buber, la expiación por el mal de la ocupación y la paz con los árabes. Los augurios son francamente pesimistas: retórica agresiva, más colonias en Cisjordania y barrios hebreos en el Jerusalén oriental, terrorismo y represalias implacables.

“Los sepultureros de la libertad”

La izquierda y los liberales judíos, cada día menos numerosos y menos influyentes, están consternados e inquietos. “Bibi [Netanyahu] ganó el martes, pero Israel se arrodilló ante él”, escribió Ari Shavit en el diario Haaretz de Tel Aviv, cuyo editorial reclamó “la formación de un gobierno de unidad nacional [coalición del Likuk y la Unión Sionista] a fin de salvaguardar la democracia israelí”. Un riesgo poco apreciado por los votantes. “Lo que los padres fundadores de Israel nunca imaginaron”, tituló su artículo en el mismo diario el ya citado historiador Zeev Sternhell, quien advirtió con profundo pesimismo: “Los sepultureros de la libertad y la igualdad de nuestro tiempo están arrastrando a Israel hacia el fanático y violento Tercer Mundo que nos rodea.” “La única consolación es que otro gobierno de Netanyahu forzará al mundo a actuar”, concluyó el gran reportero Gideon Levy, especializado en narrar para el público israelí los infortunios y las humillaciones de los palestinos.

La amplia e inesperada victoria de Netanyahu enterró las esperanzas que el declinante centro-izquierda israelí había depositado en la Unión Sionista, pese a sus evidentes limitaciones en la formulación de una verdadera política de rectificación y cambio. En tales circunstancias, los intelectuales hebreos se muestran proclives a pintar el futuro con tintes muy sombríos, como hizo el novelista Amos Oz al publicar un apremiante un llamamiento “para prevenir una dictadura de judíos fanáticos o un Estado árabe en Israel”, en clara alusión a la llamada “bomba demográfica” que pronostica una mayoría de palestinos dentro del territorio exiguo y superpoblado entre el río Jordán y el Mediterráneo. Quizá resonaban en sus oídos los cánticos de los partidarios de Netanyahu después de la victoria: “Bibi, rey de Israel.” O tal vez considera que la corrosión de los ideales democráticos es inexorable.

La tasa de crecimiento de la población árabe más que duplica la de los judíos, hasta el punto de que crea “una amenaza existencial”, según la expresión utilizada por el secretario norteamericano de Estado, John Kerry, en diciembre de 2013, para presionar en favor de la negociación. Aunque existe mucha literatura sobre las tendencias demográficas y la exuberante natalidad de los árabes, Israel logró contrarrestar esa inferioridad con la inmigración de un millón de personas procedentes de la URSS a partir de 1987. No obstante, de los 15 millones de personas que viven entre la frontera del Jordán y el Mediterráneo, sólo unos 7 millones pueden considerarse étnica o religiosamente judías, de manera que la conversión de Israel y los territorios ocupados en un Estado binacional de facto no es una fantasía, sino una realidad inquietante para cualquier gobierno israelí.

Por el mundo a que se refiere Levy hay que entender, ante todo, Estados Unidos, principal aliado que cada año contribuye con más de 3.000 millones de dólares a mantener bien engrasada y modernizada la maquinaria militar hebrea, el ejército más poderoso de toda la región con mucha diferencia. La situación es preocupante porque la administración de Obama, según la prensa norteamericana, está enfurecida con los desplantes de Netanyahu, su discurso antiárabe y su último y muy reciente espectáculo en el Congreso norteamericano (3 de marzo), a invitación de los republicanos, donde pronunció un discurso demagógico contra la negociación con Irán sobre la cuestión nuclear y criticó de manera virulenta la diplomacia seguida por la administración demócrata en el Oriente Próximo.

Tras conocerse los resultados de las elecciones, la Casa Blanca publicó un lacónico comunicado en el que reafirmó su apuesta por la solución de los dos Estados y criticó las declaraciones xenófobas de Netanyahu al referirse a la minoría árabe el mismo día del escrutinio: “Atención, el dominio de la derecha está en peligro –advirtió el primer ministro israelí–. Los votantes árabes están siendo conducidos en grandes cantidades a los colegios electorales.” “Hasta el último momento –como escribió el columnista Roger Cohen en el New York Times–, Netanyahu jugó las cartas del miedo y la división incendiaria.” Un portavoz de la Casa Blanca declaró: “Estados Unidos y su administración están profundamente preocupados por la retórica que pretende la marginación de los ciudadanos árabe-israelíes.” Numerosos legisladores republicanos interpretaron los resultados electorales de Israel como una derrota de Obama.

La campaña electoral de Netanyahu no pudo ser más populista e intimidatoria, centrada en la seguridad, pero explotando igualmente todas las divisiones que existen en la sociedad israelí, cada día más alejada del ideal solidario, mientras crece el abismo entre laicos y religiosos, liberales y tradicionalistas, ricos y pobres, asquenazíes y sefardíes, judíos y musulmanes o cristianos. El primer ministro, persuadido de que estaba en juego su supervivencia política, llegó a denunciar una supuesta conspiración de organizaciones izquierdistas y gobiernos extranjeros para provocar su derrota en las urnas. La demagogia llegó a su punto culminante cuando aseguró que la izquierda y el centro político eran “los destructores de la nación”.

No cabe duda de que la sociedad israelí está más fracturada que nunca. Tiene dentro una minoría creciente de origen árabe (25 %), muy concentrada en Galilea, de la que muchos desconfían y a la que no saben cómo tratar. La mitad de la población judía aproximadamente se concentra en Tel Aviv y su área metropolitana, mayoritariamente de orientación liberal, laica y políticamente moderada, donde la Unión Sionista y las fuerzas afines obtuvieron una abultada victoria. La otra mitad se agrupa en torno a Jerusalén, una aglomeración fuertemente religiosa, burocrática, más nacionalista que liberal, en la que confluyen el profetismo mesiánico y el expansionismo del Gran Israel, con una milicia armada integrada por los colonos de Cisjordania, hasta crear un ambiente asfixiante. El expansionismo se concreta en los suburbios del sector oriental de Jerusalén, administrado por Jordania hasta 1a guerra de 1967, pero anexionado por Israel desde 1970 como “capital eterna y unificada”.

Ambos sectores sociales coinciden parcialmente en las cuestiones de seguridad, pero el segundo s mucho más militante y está bastante militarizado y en estos momentos parece culturalmente dominante y electoralmente invencible. Tras sentirse muy decepcionado por el triunfo de Netanyahu, el periodista Gideon Levy propuso sarcásticamente “la elección de un nuevo pueblo israelí”. Ya que no podemos cambiar al gobierno, sugirió, cambiemos al pueblo que lo elige.

Las relaciones internacionales

El riesgo de un retroceso democrático no es una lucubración ni una mera especulación. En un punzante artículo inserto en revista norteamericana Foreign Policy, Lisa Goldman, de apellido con resonancias hebreas, escribió: “Israel ha devenido una sociedad derechista en la que es muy común un lenguaje desnudamente racista. La expresión gusto árabe es sinónima de estilo vulgar y ostentoso, por ejemplo. Varios diputados derechistas en años recientes agredieron físicamente en la Kneset a los parlamentarios árabes cuando éstos estaban hablando.” Los pronósticos más alarmistas circulan por los periódicos: “Aumentará la presión internacional. Una tercera intifada no está lejos”, resume un cronista de Haaretz.

Los países de la Unión Europea están muy divididos en la cuestión israelí-palestina, pero desde hace algunos meses circula por los mentideros de Bruselas un documento oficioso sobre el ostracismo y las sanciones que podrían imponerse al gobierno de Netanyahu si éste se niega a retirarse de Cisjordania para permitir el nacimiento de un Estado palestino viable. Algunas cancillerías europeas sugieren, sin embargo, que Israel es la avanzadilla de una civilización amenazada y que, por ende, debe ser defendido sin restricciones.

¿Qué hará Netanyahu con su victoria? Le espera, ante todo, y con urgencia, la ardua tarea de restablecer la comunicación con la Casa Blanca, aunque el oprobio inflingido a Obama con el discurso en el Congreso y la denigración de la diplomacia norteamericana no auguran una rápida reconciliación, sino más bien la continuación de la guerrilla dialéctica y el bloqueo de la situación. Las veladas amenazas de la Casa Blanca saltaron hace tiempo a los periódicos y podrían concretarse de muy diversas maneras, sobre todo, agravando la soledad de Israel tanto en la ONU como en otros foros internacionales.

En la última conversación telefónica, después de la victoria electoral, Obama le recordó a Netanyahu que EE UU lleva más de veinte años abogando por la fórmula de “paz por territorios”, es decir, de la creación de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza, como la mejor solución para un problema que se arrastra desde hace casi un siglo. El primer ministro israelí acusó rápidamente recibo del mensaje y dio marcha atrás en sus últimas bravatas. En unas declaraciones a la cadena NBC, rectificó parcialmente: “No quiero la solución de un Estado. Quiero una solución de dos Estados, pacífica y sostenible, pero para eso tienen que cambiar las circunstancias.” No explicó, sin embargo, cuáles deben ser esos cambios.

Nada dijo Netanyahu sobre si seguirá adelante con su idea de proclamar a Israel como “Estado judío”, una definición étnico-religiosa que plantea graves cuestiones democráticas en la medida en que, al dividir a los ciudadanos por su adscripción a un credo específico (el judaísmo), minoriza o discrimina al resto de los ciudadanos de otras creencias o simplemente agnósticos, muchos de éstos judíos por tradición cultural y memoria histórica. Porque esa definición equivaldría a consagrar la superioridad de los ciudadanos judíos dentro del territorio de Israel y una autorización subliminal para la conquista de nuevos territorios.

En realidad, fue Netanyahu el que, al aceptar la solución de los dos Estados, cambió el contenido de las negociaciones con la Autoridad Palestina en 2009, cuando exigió el reconocimiento de Israel como “un Estado judío”, una exigencia enteramente nueva que no figuraba en los acuerdos de Oslo (1993) ni forma parte del consenso internacional. Habrá que esperar a la formación de un nuevo gobierno para conocer las prioridades, los vaivenes y los compromisos del primer ministro más duradero y oportunista de Israel, que se dispone a batir el récord del fundador Ben Gurion de permanencia en el cargo; para saber si mantendrá la altivez y la confrontación o tratará de mitigar la irritación visible de Obama.

Una vez más tengo que repetir que el futuro es, por esencia, muy problemático; que no existen soluciones mágicas para un problema de coexistencia de dos comunidades harto dispares (historia, religión, costumbres, desarrollo humano) que se disputan un territorio muy exiguo (unos 30.000 kilómetros cuadrados) y densamente poblado, desde hace casi un siglo. Si la idea de los dos Estados está muerta, ¿qué se puede hacer? Estados Unidos lleva medio siglo tratando de encontrar una salida en el laberinto, sin éxito, y Europa se limita a seguir de lejos los acontecimientos y lamentarlos, pero sin influir en ellos.

El problema de la Palestina histórica y sus moradores, con un Estado binacional o dos Estados separados, sólo se mitigará cuando ambas comunidades se aproximen en su nivel de vida y expectativas, es decir, cuando los árabe-israelíes y los palestinos corrijan mediante el trabajo, la organización y la eficacia, desterrando para siempre la tentación del terrorismo, la discrepancia profunda en el ritmo de desarrollo humano que todavía les separa de sus vecinos más próximos. Sólo así se habrá agotado el ciclo del protectorado del que Netanyahu es el más genuino representante y valedor. La alternativa es tan terrible como real: la fractura étnico-religiosa y la guerra civil permanente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: