Posteado por: M | 27 marzo 2015

Lee Kuan Yew de Singapur y el modelo asiático  

La muerte de Lee Kuan Yew (1923-2015), acaecida en Singapur el 23 de marzo, suscitó numerosos obituarios y hasta editoriales en la prensa occidental, especialmente en la anglosajona, que ensalzaron no sólo al “padre de la nación”, el arquitecto de la isla-Estado, modelo de liberalismo y eficacia, sino también a una figura de indudable proyección histórica, de gran predicamento en China y todo el Sudeste Asiático, en los Estados surgidos del fin del colonialismo holandés, británico y francés a partir del “trueno de Bandung”, en alusión a la conferencia internacional afro-asiática celebrada en esa ciudad indonesia en 1955 y que está considerada como el impulso decisivo para la oleada descolonizadora.

El presidente Barack Obama, en su nota necrológica, y para no quedarse corto en el encomio, despidió a Lee Kuan Yew como “una verdadero gigante de la historia”, habitual consejero de varias administraciones norteamericanas en lo concerniente a las relaciones con Beijing. Varios periódicos recordaron que Henry Kissinger, entonces asesor presidencial, parlamentó varias veces con él antes de emprender la llamada “diplomacia del pimpón” que culminó con la visita del presidente Richard Nixon a Beijing y la entrevista con Mao Zedong (febrero de 1972), recién salido éste de las turbulencias de la revolución cultural.

El presidente chino y líder del PCCh, Xi Jinping, recordó en su homenaje póstumo al “viejo amigo del pueblo chino, muy respetado por la comunidad internacional, fundador y pionero de las relaciones entre Singapur y China”. El portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores en Beijing, además del encomio, emitió un juicio claramente político: “Estadista y estratega asiático con una capacidad de influencia única y que supo aunar los valores orientales con una visión internacional.” Esos valores asiáticos no son, por supuesto, los de la democracia occidental, sino más bien los que enarbolan actualmente la dirección colectiva del vetusto y heroico PCCh, ahora en aferrada batalla contra la corrupción.

La prensa escrita se mostró algo más discreta y menos simplista, aunque el semanario londinense The Economist, recordando quizá que Lee estudió en la universidad de Cambridge, lo describió como “the wise man f the East”, el sabio de Oriente, y dos especialistas norteamericanos publicaron un largo artículo en The Nacional Interest sobre “el gran maestro de Asia”. El New York Times echó un poco de agua en el elixir de la lisonja en un editorial muy matizado sobre “el legado mixto” del dictador de Singapur, “un autócrata que silenció a los críticos y encarceló a los líderes de la oposición, reprimió la disidencia e intimidó a la prensa”, pero que no fue un tirano porque “no fue un represor cruel ni empobreció a su país”, sino que “tuvo éxito en el prurito de convertirlo en una nación desarrollada”.

Yo creo que el gran chino de Singapur fue un déspota ilustrado cuya autocracia estuvo mitigada por el éxito económico, el progreso sostenido y la honradez, y que sigue ofreciendo a los países asiáticos un modelo de desarrollo, de aprovechamiento de los recursos y de gestión política. Practicó con desenvoltura la democracia de partido único, esa gran contradicción. Organizó un verdadero régimen coronado por el paternalismo del Estado y un partido hegemónico, convirtió las elecciones periódicas en un simulacro, pero estableció la seguridad jurídica para los negocios, favoreció la economía de mercado, creó un floreciente mercado bursátil, invirtió masivamente en la educación y preservó la armonía étnica entre las tres comunidades: china (80 % de la población), malaya e india. También desterró la corrupción, endémica en muchos países asiáticos, actualmente lacra y preocupación dominante de la dirección del PCCh.

Durante 35 años, Le Kuan Yew, de origen chino, fue primer ministro de la República de Singapur, desde su independencia (1965), cuando se separó de la Federación de Malasia ideada por los británicos, hasta su abdicación (1990), aunque siguió ejerciendo un poder considerable en el Gabinete con el título de “senior minister”, algo así como consejero permanente, mentor universal y responsable último de las decisiones estratégicas, desde la apertura de la isla a los capitales extranjeros a la apuesta por la industrialización fundada en una tecnología sofisticada, la introducción de una seguridad social avanzada y el correspondiente aumento de los salarios. Fue diputado hasta su muerte.

Con reputación de incorruptible, Lee concibió, inspiró y promovió un modelo de innovación y desarrollo de eficacia incontestable, que transformó la isla-Estado (571 kilómetros cuadrados), con 5,6 millones de habitantes, en un centro financiero de primera magnitud, paraíso del capitalismo descarnado de las empresas de electrónica, en una ciudad opulenta, un poco narcisista, obsesivamente ordenada y limpia, sin contaminación, “la joya aséptica de Asia”, urbanizada con un esmero sin parangón, espejo para todos los “verdes” del mundo, cuyo nivel de vida supera al de los principales países de Europa y EE UU (30.000 dólares de renta por cabeza). Su posición estratégica en el estrecho de Malaca, por el que pasa el 40 % del comercio mundial marítimo, contribuyó igualmente a cimentar la prosperidad.

Al frente del Partido de Acción Popular (PAP), que se hizo con el poder en la isla en 1959, antes de separarse de la Federación de Malasia, Lee Kuan Yew ganó todas las elecciones, aplastó a sus rivales, mediante un sistema de escrutinio mayoritario por distritos, remedo del británico, que produce, como se sabe, resultados invariablemente injustos y es campo abonado para el caciquismo. En las elecciones generales de 1968, 1972, 1976 y 1980, el PAP se adjudicó todos los escaños del parlamento unicameral, de manera que el primer ministro pudo gobernar sin ninguna cortapisa y sentar las bases del régimen, incluyendo la creación de un cuerpo de funcionarios devotos pero altamente calificados, con sueldos generosos, eficaces y honrados.

La manipulación de los distritos electorales fue decisiva para aniquilar las perspectivas de la oposición. El control riguroso de los medios de comunicación y las viviendas subvencionadas por el Estado, en las que viven más del 80 % de los singapurenses, son otros ingredientes del régimen paternalista, autocrático sin llegar a ser asfixiante. Una educación universal y una meritocracia generalizada en el partido y el Estado coadyuvaron decisivamente en limar las aristas o restricciones del sistema y hacer más soportables las constantes intromisiones del poder en la vida privada de los ciudadanos.

En las elecciones de septiembre de 1988, las últimas a las que concurrió Lee como primer ministro, el PAP se adjudicó nada menos que 80 de los 81 escaños del parlamento, a pesar de que sólo obtuvo el 63 % de los sufragios. En las elecciones de 2001, tras la retirada de su fundador, el PAP mejoró incluso sus resultados al obtener el 75 % de los votos. Mientras el sistema de la isla-Estado quedaba congelado, refractario a las reformas, otros tigres asiáticos como Taiwán y Corea del Sur, tras superar algunos sobresaltos y considerables riesgos geoestratégicos, protagonizaban un desarrollo económico similar pero asumiendo la democracia competitiva, la inversión en la enseñanzas y la alternancia en el poder. También Japón, tercera economía del mundo, disfruta de una democracia homologable con las occidentales, pero dominaba abrumadoramente por el incombustible Partido Liberal Demócrata.

Lee Kuan Yew, pater familias, fue también el creador de una dinastía, pues su hijo, Lee Hsien Loong, es el primer ministro desde 2004. Cuando el fundador del Estado abandonó la jefatura del gobierno en 1990, su sucesor en el cargo, Go Chok Tong, también del PAP, imitó a su predecesor hasta en los menores detalles y, en vez de aferrarse al sillón, lo cedió oportunamente al que había sido su ministro de Economía y sucesor designado, Lee Hsien Loong, la joven promesa que estudió en las universidades de Cambridge y Harvard y realizó una brillante carrera en el ejército, del que se retiró en 1984 con el grado de general para ocupar una cartera ministerial en el gobierno de su padre. Ningún aspecto de la gobernación del país fue dejado a la improvisación. La policía es de una eficacia legendaria, y la criminalidad, prácticamente inexistente, pero la pena de muerte está en vigor y se aplica sin mala conciencia.

La prosperidad material se apoyó en una filosofía política conservadora, confuciana –la comunidad por encima del individuo–, y una cultura del conformismo social, alimentada por una televisión soporífera, adocenada, y una prensa servil dependiente de las subvenciones del poder. El orden social, la solidaridad y la estabilidad política, virtudes supuestamente orientales, o ensalzadas como tales en Singapur, Beijing, Bangkok y Yakarta, prevalecen sobre las libertades individuales que constituyen el fundamento del sistema liberal democrático de Occidente.

El legado de Lee Kuan Yew no será inmune, desde luego, a las fuertes tensiones demográficas, sociales y políticas que sacuden el continente ni a las convulsiones geoestratégicas que ensombrecen su futuro cuando la cuenca del Pacífico se configura como el punto de encuentro y también de confrontación o competición de las tres economías más poderosas del mundo. Si Deng Xiaoping aseguró que Lee Kuan Yew había sido su “mentor”, el hombre que le aconsejó la reconciliación de China con el mercado, iniciada en 1978, los actuales dirigentes de Beijing miran hacia Singapur como un modelo al que imitar y del que extraer una filosofía susceptible de competir con la que llega de Occidente y de justificar el partido único o hegemónico como garante de la estabilidad y la prosperidad.

Preguntado por Graham Allison y Robert D. Blackwill, dos universitarios norteamericanos coautores de su biografía, sobre si los dirigentes chinos tratarían  de desplazar a EE UU como el poder predominante en Asia, Lee Kuan Yew respondió: “Desde luego. ¿Por qué no? Su renaciente sentido del destino es una fuerza superpoderosa.” A otra pregunta sobre si China seguiría la senda elegida por Alemania y Japón, aceptando su puesto secundario dentro del orden posbélico creado por EE UU, Lee replicó negativamente, y añadió: “La intención de China es la de convertirse en la mayor potencia del mundo, y ser aceptada como China, no como un miembro honorario de Occidente.”

Ahí quedan esas palabras que podrían ser proféticas sobre la evolución de China y su eventual confrontación con EE UU por la hegemonía en Asia, el continente que dará nombre a nuestro siglo. Esa evolución de China, como parece deducirse de los hechos tanto como de las palabras de Lee, se haría bajo el paraguas del mismo modelo moral, político y económico que transformó a la pequeña isla de Singapur en un emporio ordenado, limpio y autocrático. Por el momento no hay pronóstico posible sobre la gran incógnita de saber si ese modelo sobrevivirá a la muerte de su inventor tanto en Singapur como en su versión gigantesca de China. En cualquier caso, los valores occidentales y los ciudadanos chinos que los defienden seguirán sometidos a pruebas muy duras en los confines de ese universo neoconfuciano y xenofóbico.

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Responses

  1. Mateo muy bueno tu articulo. Da una idea clara de un pais que para mucha gente es bastante desconocido


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