Posteado por: M | 6 abril 2015

El acuerdo con Irán, penúltima baza de Obama

Después de doce años de conflicto, de aguda desconfianza recíproca, y 18 meses de negociaciones intermitentes y maratonianas, el denominado Grupo de los 5+1 (EE UU, China, Francia, Reino Unido,  Rusia y Alemania) y la República Islámica de Irán alcanzaron una avenencia que recoge los principios o bases no vinculantes para llegar a un acuerdo definitivo sobre el programa nuclear iraní en el plazo de tres meses. Ese consenso preliminar, negociado y anunciado en Lausana (Confederación Helvética) el 2 de abril, luego de varios meses de inextricables cabildeos, sólo ha convencido a los que ya estaban persuadidos de que la diplomacia es el mejor camino o tan sólo el menos malo o arriesgado para impedir o al menos retrasar el advenimiento de una nueva potencia nuclear en la convulsa región del Oriente Próximo.

El laborioso “framework agreement” (acuerdo marco) fue ofrecido a los medios en tres versiones ligeramente diferentes (Washington, el Grupo 5+1 y Teherán). Se trata de una transacción de carácter provisional, sin duda precipitada por motivos políticos, que no fue firmada por nadie y cuyos enrevesados detalles técnicos deberán ser puntualizados y negociados hasta el 30 de junio. Su pretensión es nada más y nada menos que impedir que Irán se dote del arma nuclear, un objetivo ambicioso y problemático, quizá ilusorio, sobre el que insistió Barack Obama en su declaración, anticipándose a las críticas que le llueven de sus adversarios internos en el Congreso, Israel e incluso los aliados árabes de la región: Arabia Saudí y las otras monarquías petroleras del golfo Arábigo, temerosas éstas de la potencia militar y el expansionismo ideológico-religioso de los ayatolás de Teherán.

La avenencia de Lausana no disipa, sino que incluso refuerza, el escepticismo bastante generalizado en las cancillerías sobre una indeseable proliferación nuclear que, en la práctica, resultó hasta ahora inevitable, como demostraron fehacientemente los casos de India, Pakistán, Israel y Corea del Norte, las potencias atómicas sobrevenidas después de 1968. Si los dirigentes de Teherán mantienen su firme voluntad de lograr la bomba por antonomasia, si superan las actuales divergencias evidentes, poco podrá hacer la incoherente comunidad internacional para impedirlo por medios pacíficos. Las negociaciones con Corea del Norte están paralizadas.

Después de seis años en la Casa Blanca, en aplicación de su opción estratégica –“hay que parlamentar con el enemigo para torcer al arco de la historia humana”–, Obama logró con tenacidad, aunque provisionalmente, uno de sus principales objetivos diplomáticos, pero no tiene garantizado el éxito a largo plazo. El sueño de “un mundo sin armas nucleares”, bajo el imperio del soft power (el poder blando, no militar), puede acabar con una pesadilla. El primer discurso presidencial de política exterior de Obama en 2009 gravitó sobre los peligros que entraña el que un grupo terrorista como Al Qaeda o el Estado Islámico pudiera adquirir una bomba nuclear.

Las bases o “parámetros clave” del acuerdo de Lausana, según la nota facilitada por la Casa Blanca, incluyen la reducción del número de centrifugadoras que tienen los iraníes, que pasarán de 19.000 a 6.000 (encargadas de enriquecer el uranio que se utiliza para fabricar una bomba termonuclear), así como una disminución de 10.000 a 300 kilos del material nuclear (uranio enriquecido) que podrá ser almacenado en Irán. Si el acuerdo llegara a ser definitivo dentro de tres meses, el programa nuclear quedará sometido a una estricta inspección internacional a través del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), en conexión con el sistema de la ONU, encargado de velar por la aplicación del tratado que prohíbe la proliferación nuclear con fines militares.

El acuerdo permitirá a Irán mantener su programa y sus instalaciones para el desarrollo de la energía nuclear –un asunto que afecta a la muy puntillosa soberanía de la República Islámica–, aunque con alcance reducido, siempre y cuando se someta a muy estrictos controles internacionales, a cambio del levantamiento de las sanciones y de varios incentivos económicos y políticos en caso de que cumpla con las restricciones impuestas, pero que deberán ser negociadas aún en todos sus engorrosos y complicados detalles. El uranio no podrá ser enriquecido por encima del 3,67 %, nivel inferior al requerido para fabricar una bomba, durante los próximos 15 años. En el complejo de Natanz se ubica la única instalación en que podrá enriquecerse el mineral, bajo supervisión internacional. Nada dice sobre las infraestructuras ocultas para el enriquecimiento del uranio o el programa de misiles, éstos con un gran poder desestabilizador en la región.

La cuestión de las armas nucleares está internacionalmente regulada por el Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT, en sus siglas inglesas), negociado en el marco de la ONU y abierto a la firma de todos los países el 1 de julio de 1968. El tratado permite la posesión del arma nuclear sólo a cinco potencias (EE UU, Reino Unido, Rusia, Francia y China), es decir, las misma que habían realizado un ensayo nuclear en 1967 y que son precisamente los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU con derecho de veto. Israel, India y Pakistán nunca firmaron el tratado, y ya tienen la bomba, mientras que Corea del Norte, que lo firmó en principio, se retractó en 2003 y procedió inmediatamente al ensayo de un ingenio nuclear. Irán ratificó el tratado en 1970, pero mantuvo un programa secreto de enriquecimiento de uranio, sospechoso de encubrir el objetivo de fabricar el arma de destrucción masiva.

Tres meses para la bomba

Algunos especialistas norteamericanos se apresuraron a subrayar los aspectos técnicos más discutibles del consenso. Michael Singh, director del Washington Institute for Near East Policy, señaló “las significativas concesiones” de las grandes potencias, incluyendo el permiso para que Irán conserve sus almacenes de uranio enriquecido, mantenga las instalaciones de Fordow y Arak, ilegalmente construidas, y eluda la mayoría de las restricciones cuando hayan transcurrido 10 años. Y se preguntó: “¿Se trata de un triunfo histórico o de un histórico error?” Una reflexión muy común entre los numerosos congresistas norteamericanos de ambos partidos que censuran acremente al presidente Obama. Un colaborador del mismo Washington Institute fija en tres meses el tiempo que Irán necesitaría, si se lo propusiera, para fabricar una bomba con uranio enriquecido.

Otros especialistas son menos pesimistas, o más complacientes, aunque coinciden en fijar en tres meses el plazo máximo que los técnicos iraníes precisarían para lanzar el eureka atómico. El New York Times, en un editorial del 3 de abril, calificó el acuerdo de Lausana de “prometedor”, pero reconoció que “existen buenas razones para el escepticismo sobre las intenciones de Irán. Y respalda los riesgos asumidos por Obama recordando que otros presidentes “hablaron con los adversarios”: Nixon acudiendo a Beijing para entrevistarse con Mao (1972) y Ronald Reagan negociando con Mijail Gorbachov un acuerdo para reducir los arsenales nucleares (1987), ejemplos un poco forzados para defender a un presidente en la picota republicana.

El pasado 26  de febrero, ante el Comité de Servicios Armados del Senado, el director de la Inteligencia Nacional, James Clapper, aseguró que Irán no tiene actualmente en marcha un programa de armas nucleares, pues el que tenía lo clausuró en 2003, y que la máxima autoridad del país, el ayatolá Alí Jamenei, no ha tomado ninguna decisión al respecto. El analista Micah Zenko asume y ratifica esas informaciones de los servicios secretos norteamericanos, al mismo tiempo que deplora que las nueve potencias que disponen de grandes arsenales de armas nucleares no hayan hecho nada por cumplir las prescripciones de desarme exigidas por el tratado de 1968.

El presidente norteamericano, aunque se refirió al “historic understanding” (un entendimiento histórico), al hablar ante los periodistas empleó unas palabras meditadas y cautelosas: “Hoy Estados Unidos, junto con nuestros aliados y socios, ha alcanzado un entendimiento histórico con Irán que, si se aplica en su totalidadevitará que obtenga el arma nuclear. Ese sintagma condicional del presidente: “si se aplica en su totalidad”, es el epítome de la incertidumbre reinante al más alto nivel. A cambio, EE UU y la Unión Europea (UE) levantarán paulatinamente las sanciones económicas contra Irán y ayudarán a la modernización de la industria nuclear iraní con fines civiles. “Es un buen acuerdo”, “la mejor opción”, concluyó Obama en su breve comparecencia, para  solemnizar el comunicado, pero sin permitir preguntas, en la rosaleda de la Casa Blanca, el 2 de abril, Jueves Santo en el calendario católico.

Desde que llegó a la Casa Blanca, en enero de 2009, Obama se propuso desatascar las negociaciones nucleares y llegar a un acuerdo para impedir que Irán se dotara del arma nuclear. En mayo de 2009, en una iniciativa sin precedentes, escribió una carta al líder supremo iraní, Alí Jamenei, propugnando la apertura de conversaciones entre los dos países, después de 36 años de permanente hostilidad (desde la revolución islámica que destronó al sha en 1979). Dos meses más tarde, Obama propuso entregar a los iraníes uranio enriquecido al 20 % para su centro de investigación médica, a condición de que detuvieran su programa; pero Jamenei acabó por bloquear la iniciativa. La negociación directa entre ambos países se reabrió tras la llegada al poder de Hasan Rouhani, elegido presidente de la República Islámica en junio de 2013.

Hecho sin precedentes: el 2 de abril, la televisión oficial iraní emitió en directo el discurso de Obama, hasta hace poco tratado como el representante máximo del Gran Satán. El líder supremo de la teocracia, Alí Jamenei, no hizo ninguna declaración, por lo que la defensa del acuerdo corrió a cargo del presidente Rouhani, con reputación de moderado, quien aseguró que el gobierno cumplirá con todos los compromisos asumidos en Lausana “porque benefician a todo el mundo”. “No somos hombres de engaño e hipocresía”, aseguró Rouhani, y concluyó: “Una nueva cooperación tanto en el sector nuclear como en otros sectores comenzará con el mundo” el día en que se apliquen las medidas acordadas.

En verdad, conocemos pocos detalles de la evolución de la sociedad iraní y de lo que piensan los 75 millones de iraníes, el poder y dimensión de la clase media relativamente ilustrada, aunque sometida a la férula teocrática, o la masa de maniobra de los Guardianes de la Revolución, de los sectores más integristas de la clerecía o de los populistas radicales como el ex presidente de la República Mahmud Ajmadineyad, que maniobra entre bastidores. Las sanciones occidentales y el bajón de los precios del petróleo tuvieron consecuencias demoledoras, pero no hay cálculos fiables sobre lo que pueda ocurrir cuando se levanten las restricciones comerciales y financieras en un país tironeado entre el pragmatismo y la movilización sedicentemente revolucionaria.

Todas las informaciones disponibles coinciden en subrayar que el clima político en Teherán está ensombrecido o tensionado por las divergencias entre moderados y radicales sobre la cuestión nuclear. El acuerdo de Lausana alarga la distancia y el encono entre tirios y troyanos. A la fiesta popular organizada por el gobierno en las calles de Teherán, los que en Occidente calificamos de conservadores –quizá sería más exacto hablar de radicales islamistas— replicaron con algunos comentarios acerbos: “El acuerdo se podría resumir en una frase: entregamos un caballo con montura y nos devolvieron una brida rota”, señaló el director del influyente diario Kayhan.

Al fijar el límite del 30 de junio, fecha prevista para lograr un acuerdo detallado y definitivo, los reunidos en Lausana establecen un plazo doblemente importante porque ese día expirará el acuerdo interino de 30 de noviembre de 2013, negociado por las mismas grandes potencias, por el que Irán congeló su programa nuclear a cambio de una pausa en las sanciones de Occidente. El director general de la OIEA, Yuki Amano, reiteró, antes de que se llegara al acuerdo de Lausana, que el servicio de inspección internacional nunca recibió la aclaración pertinente sobre “las posibles dimensiones militares” del programa nuclear iraní.

Después de los inquietantes ejemplos de la India, Pakistán y, sobre todo, Corea del Norte, las tres potencias asiáticas que poseen la bomba atómica, además de Israel (no reconocido oficialmente), no cabe duda de que los esfuerzos de las cinco potencias oficialmente nucleares (EE UU, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña) para evitar la temida proliferación resultaron baldíos. Sin entrar en disquisiciones sobre la voluntad política y estratégica de la República islámica, o la ocultación de sus verdaderas intenciones, los especialistas están de acuerdo en poner todo el énfasis en el reto formidable que implica la vigilancia y ponderación de cualquier programa de investigación nuclear, teniendo en cuenta que las mismas tecnologías –especialmente el enriquecimiento del uranio– pueden ser utilizadas tanto con fines civiles como militares.

La guerra en múltiples frentes

Obama no sólo tendrá que lidiar con sus recalcitrantes adversarios en el Congreso, que amenazan con rechazar e invalidar el acuerdo, sino con las reticencias cuando no el reproche de sus principales y tradicionales aliados en el Oriente Próximo, empezando por Israel, precisamente en el mismo momento en que Irán mueve sus innumerables peones en el escenario del conflicto generalizado en la región, en Iraq, en Siria, en el Líbano, en Yemen, y hasta en el Sinaí egipcio. En vísperas del acuerdo con el archienemigo norteamericano, el régimen de los ayatolás se mostraba especialmente agresivo en la guerra sectaria –suníes contra chiíes– y geoestratégica que está desgarrando al mundo árabe y poniendo en tela de juicio las fronteras hasta ahora reconocidas internacionalmente.

La vieja aspiración persa de forjar una amplia zona de influencia hasta el Mediterráneo está en vías de realización con el trasfondo de una feroz guerra de religión entre chiíes y suníes, las dos ramas principales del islam. En Iraq, en función de la solidaridad religiosa entre chiíes, las milicias enviadas por Teherán (capital mundial del chiísmo) combaten junto con el ejército iraquí contra el denominado Estado Islámico, con el respaldo de la aviación y los misiles norteamericanos. En Siria, el régimen de Bachar Asad, de la secta alauí, cuenta con la ayuda iraní para combatir a los guerreros de la yihad y otros grupos de la oposición.

La influencia de los ayatolás llega hasta el Líbano, donde disponen de un cliente y correligionario, el grupo chií Hizbolá (el Partido de Dios), con un ejército propio y bien pertrechado, dominante en la frontera con Israel. En Yemen, en fin, Irán anima, arma y apoya a las tribus hutíes, de confesión chií, que dominan en la capital (Sanaa) y luchan contra el presidente huido, Abd Rabbo Mansur Hadi, y la coalición de los suníes dirigida por Arabia Saudí. Washington se ha visto forzado a retirar del territorio yemení a las fuerzas especiales (unos 100 hombres) que estaban establecidas en una base aérea desde la que lanzaban los ataques con drones contra las milicias de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA).

Como consecuencia del seísmo regional, Washington está inmerso en un laberinto de caos, confusión estratégica y varias guerras participando en las operaciones militares con la fuerza aeronaval que mantiene en el golfo Arábigo, la llamada ruta petrolera hoy en aparente declive; las bases desde las que parten los drones (aviones no tripulados) y los comandos especiales que permanecen en Bagdad como asesores del ejército iraquí. La intervención norteamericana resulta contradictoria y de eficacia improbable, al no contar con unidades sobre el terreno (boots on the ground). En Yemen, los norteamericanos apoyan a los suníes de Arabia Saudí contra los aliados chiíes de Teherán, mientras que en Iraq se coordina con los chiíes locales y sus coligados iraníes para bombardear las posiciones de los insurgentes del Estado Islámico, que son suníes. En Siria, luego de cuatro años de guerra civil, los estadounidenses han dejado de pedir la cabeza de Asad y se inclinan por la neutralidad en el conflicto, pero sin descartar la colaboración con el dictador de Damasco para combatir a los yihadistas.

Turquía, el aliado de la OTAN, rodeado de una situación altamente conflictiva –la oleada de refugiados y la amenaza del terrorismo kurdo–, rompió su silencio a finales de marzo para acusar a Irán de tratar de dominar la región. Turquía, con la mayor población suní de la región y un ejército poderoso, está dirigida por el presidente Recep Tayyip Erdogan, un líder populista y conservador empeñado en la reislamización del país, que no oculta tampoco sus aspiraciones hegemónicas, nostálgicas del Imperio otomano y el califato que dominaron al mundo árabe hasta 1918. En sus recientes declaraciones a la revista Foreign Affairs, Asad responsabilizó a Erdogan de alimentar e incluso de haber encendido la mecha del reguero sangriento de la guerra civil en Siria. En cualquier caso, las fronteras de Turquía con Irán, pero sobre todo con Siria e Iraq, la antigua Mesopotamia, reflejan en su devastación y sus tiendas de campaña la situación caótica de toda la región.

La crítica y los temores de Israel

El primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, hizo saber inmediatamente a Obama, en una conversación telefónica, que “un acuerdo basado en ese borrador amenazaría la supervivencia de Israel” porque “no bloqueará el camino de Irán a la bomba, sino que lo pavimentará”, además de ser un incentivo para la proliferación nuclear en toda la región. Netanyahu solicitó que EE UU aumente las presiones sobre Irán “hasta que se alcance un pacto mejor”. Como es notorio, y aunque no lo ha reconocido oficialmente, Israel es en estos momentos el único Estado de la región que dispone del arma nuclear.

“Una victoria para Teherán”, tituló el diario conservador Jerusalem Post, mientras otros medios israelíes de parecida inclinación insistieron en destacar “el error histórico”. En el sector de la izquierda liberal, el diario Haaretz, tras lamentar que Irán siga disponiendo de centrifugadoras para enriquecer el uranio, consideró que “no es del todo un mal acuerdo” en la medida en que algunas prescripciones tienen en cuenta las exigencias israelíes de seguridad. Israel teme que Irán acabe por convertirse en una potencia nuclear, lo que conduciría inexorablemente a una carrera armamentista nuclear con Arabia Saudí, Egipto y Turquía en primera línea, pero Netanyahu no ha podido lanzar un bombardeo contra las instalaciones nucleares iraníes sin el consenso de Washington y porque no cuenta tampoco con el beneplácito del estado mayor de Tsahal, las Fuerzas Armadas, el poder fáctico por antonomasia en Israel.

Netanyahu también teme que el acuerdo de las grandes potencias con Irán exacerbe la acción subversiva de los grupos chiíes en toda la región o que galvanice a las organizaciones como Hizbolá (Líbano) y Hamás (Gaza) que Israel considera terroristas, empeñadas en “borrar a Israel del mapa”. En todo caso, las truculencias del líder israelí, que acaba de obtener un rotundo éxito en las elecciones generales, suscitan un amplio eco en los círculos parlamentarios norteamericanos, muy acusado en el Partido Republicano, pero igualmente importante entre los correligionarios de Obama, en el Partido Demócrata.

El senador republicano John McCain, derrotado por Obama en las elecciones presidenciales de 2008, una voz respetada en las cuestiones de seguridad, manifestó inmediatamente sus reparos: “Estoy preocupado por el impacto que el acuerdo de hoy puede tener en las crecientes tensiones y conflictos en el Oriente Próximo, porque, como observó el doctor Henry Kissinger, la diplomacia de la Administración, en lo que concierne al problema nuclear de Irán, evolucionó desde la prevención de la proliferación a la gestión de la misma”. El senador republicano por Arizona viene denunciando desde hace tiempo las supuestas y apresuradas concesiones de Obama y del secretario de Estado, John Kerry, con el objetivo de lograr un acuerdo con Irán.

El presidente de la Cámara de Representantes, John A. Boehner, que acaba de realizar una gira por el Oriente Próximo, insistió en que el Congreso debe tener la última palabra antes de que se levanten las sanciones contra Irán. Resumiendo su posición, Boehner recalcó que, después de su viaje, “han aumentado mis preocupaciones sobre los esfuerzos de Irán para fomentar la agitación, la violencia y el terror” en toda la región. Obama replicó implícitamente en su discurso al advertir de que si el Congreso hace que descarrile el acuerdo de Lausana, “Estados Unidos será vituperado por el fracaso de la diplomacia”.

Las esperanzas del deshielo

El deshielo con Irán es la gran apuesta de Obama, quizá su última oportunidad para dejar un legado en política exterior coherente con su ideología irenista, de apaciguamiento y coexistencia, y susceptible de figurar en los anales de la superpotencia. Laten en su iniciativa las mismas proclividades de los progresistas europeos de todas las épocas: apaciguar y negociar con el enemigo. En los meandros que condujeron al acuerdo de Lausana podemos rastrear las palabras emotivas del primer presidente negro en el discurso que pronunció en Praga en 2009: “Si creemos que la proliferación de las armas nucleares es inevitable, entonces, en algún sentido, estamos admitiendo que el uso de las armas nucleares será inevitable.”

A ese pragmatismo pesimista, Obama viene oponiendo con escaso éxito un voluntarismo bienpensante, una filosofía política que defiende la mutación de la hostilidad en coexistencia por medios estrictamente pacíficos, el famoso y volátil smart power (poder inteligente). Como si pretendiera volver a ganar el premio Nobel de la Paz que le fue concedido con insólita premura, aunque ya ha tenido experiencia suficiente para comprender que un mundo sin armas nucleares es una utopía y que los adversarios políticos internos no siempre estuvieron o están equivocados con el empleo del gran garrote o la amenaza militar.

La política exterior de Obama y su prurito de conversar con los enemigos cosechan múltiples frustraciones. El presidente sortea un campo de minas. Heredó dos guerras, desde luego, con las que prometió terminar, pero los combates prosiguen en Afganistán e Iraq, y las fuerzas especiales norteamericana vuelven a estar en suelo iraquí para combatir al Estado Islámico. Las relaciones con Israel se han deteriorado hasta unos niveles sin precedentes y la prometedora asociación de Rusia con la OTAN ha desembocado en un clima de guerra fresca. El giro asiático de la diplomacia quedó frenado en las buenas palabras, sin evitar el crecimiento de las tensiones y el protagonismo trepidante de China.

Ehud Barak, que fue primer ministro laborista de Israel, en una entrevista con la revista Time publicada esta semana, asegura que “en todo el Oriente Próximo se extiende la percepción de que Estados Unidos está débil.” Probablemente esa percepción sea inexacta, como supone el mismo Barak, pero está ejerciendo una influencia perniciosa en los movimientos de todas las piezas en el tablero estratégico global, desde el mar de China meridional a Ucrania y, sobre todo, al Oriente Próximo en ebullición, terrorismo y guerra. Obama espera que el acuerdo con Irán señale el comienzo de una nueva época, pero existe el lógico temor de que un nuevo error de cálculo desencadene tensiones suplementarias y terribles.

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