Posteado por: M | 12 abril 2015

Obama se fotografía con Castro

Llevo más de 30 años sopesando y  criticando en mis comentarios la estrategia de Estados Unidos hacia Cuba –relativo embargo comercial, aislamiento diplomático y hostilidad retórica– por considerarla tan ineficaz como contraproducente, que no sirvió para derribar la dictadura sino para afianzarla; que perjudicó gravemente al pueblo cubano y no alivió sus innumerables penalidades y penurias, ni le devolvió las libertades confiscadas por el castrismo. Pero una política errónea que se arrastra desde hace algo más de 60 años no se enmienda, desde luego, con una fotografía en Panamá, en las bambalinas de la Cumbre de las Américas. Una instantánea incluso desagradable y equívoca, como todas las que se hacen los presidentes democráticos con los dictadores, cuando ambos personajes se hallan literalmente en sus respectivos otoños vitales o políticos.

obama-castro

Barak Obama y Raúl Castro en Panamá, 2015.

Después de tanto tiempo, de tantos presidentes norteamericanos y los mismos hermanos Castro enzarzados en una estéril disputa, la foto de Barack Obama en amistosa conversación con Raúl Castro, juntos y solos en una habitación, con los intérpretes alejados de los focos, dará sin duda la vuelta al mundo, suscitando tanta repulsión como interés morboso, y alguna esperanza de mejora para los cubanos. El primer presidente negro de EE UU parece empeñado en dejar un legado de especialista de la negociación con las dictaduras, la teocrática de Irán y la comunista de los hermanos Castro.Un legado equívoco para un presidente del que se esperaban grandes hazañas.

Los esperados cambios en Cuba, justificación moral de la apertura y la sesión fotográfica de Panamá, son inciertos, problemáticos, y no tienen plazo establecido, habida cuenta de que muchas dictaduras, como bien sabemos los españoles, sólo terminan con la muerte del dictador. La dinastía castrista y su corte no tienen ninguna intención de devolver la libertad a los cubanos. Hace tiempo que se desvaneció la utopía comunista, peFro en Cuba persiste su coraza burocrática y represiva. La única previsión segura es que Obama abandonará la presidencia el 20 de enero de 2017, tras menos de dos años de pato cojo, es decir, de un  presidente demócrata en su crepúsculo, sometido a la degradación permanente de un Congreso dominado por el Partido Republicano.

Poco se sabe de lo tratado entre Obama y Castro y mucho de las cortesías o zalamerías de rigor en estos casos, aunque Washington y La Habana dispusieron de más de tres meses para preparar el acontecimiento. La decisión de reanudar las relaciones entre ambos países fue anunciada el 17 de diciembre de 2014, simultáneamente en ambas capitales, y en Panamá se confirmó que siguen adelante los planes para reabrir embajadas y facilitar los viajes de los norteamericanos a Cuba, y poco más. Ya se sabe que los deshielos suelen ser lentos. Nada se dijo del levantamiento del embargo, una decisión legislativa que corresponde al Congreso de EE UU y que sin duda tropezará con diversos obstáculos levantados por los mismos congresistas que se enfurecieron con la imagen de la reunión presidencial de Panamá.

No cabe duda de que, al retratarse con Castro, Obama rompió con un tabú muy arraigado de la política norteamericana. Ésa es la genuina novedad, todo lo demás es pompa y circunstancia. También Castro se alejó del lugar común y del pretexto del antiimperialismo visceral como esencia diplomática de la dictadura, aunque ensalzando los orígenes “humildes” de su interlocutor, como si aquéllos fueran la clave del viraje en la política exterior. Nada más lejos de la realidad, por más que los marxistas-leninistas que pululan por el mundo, aunque viajen disfrazados, sigan empecinados en vincular mecánicamente el factor humano con la situación o los orígenes sociales de los protagonistas. Ése es un catecismo anacrónico e improbable para alimentar la esperanza de la redención laica y terrenal, una expectativa que parece haberse evaporado de la perla del Caribe.

Obama se mostró tan precavido como siempre. Recurrió a los tópicos del “encuentro histórico” y de que “la guerra fría hace tiempo que terminó”, pero nada dijo de la profecía que implícitamente acompañó aquel acontecimiento de los años 90 del pasado siglo, cuando se derrumbaron los restos de la utopía comunista: el triunfo definitivo e irreversible de la democracia liberal y capitalista. Antes al contrario, la realidad sugiere que la democracia, en vez de avanzar, retrocede en el mundo. Así lo confirma la pomposa Cumbre de las Américas, en Panamá, un país pegado a un canal que es el producto más emblemático del imperialismo, cuando observamos con disgusto el engallamiento de los dictadores y sus acompañantes populistas, aunque disfrazados con el manto de la moderación y con discursos aperturistas.

Obama se refirió a la dictadura castrista con un circunloquio francamente inapropiado cuando no indignante para los frustrados disidentes: “Todavía tendremos problemas con Cuba sobre cómo el gobierno cubano se comporta con su propio pueblo”. La verdad es que la decencia política esperaba que el presidente de la superpotencia exigiera la libertad de los presos políticos que se pudren en las mazmorras del gulag tropical. Al escudriñar las declaraciones públicas de Obama no encontramos ninguna referencia al hecho incontrovertible de que los mecanismos represivos y opresivos de la dictadura siguen funcionando a pleno rendimiento en la isla que se encuentra a 90 millas de Florida.

Casi cuatro meses después del comienzo del deshielo oficial, la situación social y política sigue inalterada en el reino decrépito de los Castro. Los opositores o disidentes internos, pese a su desamparo, son tratados por el régimen, ignominiosamente, como “mercenarios” a sueldo de Estados Unidos o de los grupos anticastristas de Miami, la capital del exilio, como nos recordó el valeroso Elizardo Sánchez, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos. Obama perdió la oportunidad, en contra de lo que le pidió El Nuevo Herald,  de Miami, “de transmitir un mensaje poderoso en favor de la democracia”. Y la Cumbre de Panamá, como era previsible, no formuló ninguna demanda en pro de las libertades tan baqueteadas en varios países del continente.

La ambiciosa consigna oficial de la cumbre –“Prosperidad con igualdad: el desafío de la cooperación en las Américas”—resiste difícilmente la menesterosa situación de casi todo el continente, de la frontera del río Grande o Bravo a la Tierra del Fuego. Por primera vez desde que comenzaron estas reuniones en 1992, cada tres años –la de Panamá es la séptima–, todo el continente estuvo representado con la incorporación de los representantes de Cuba, pero la verdad es que el multilateralismo, heredero del fallido panamericanismo, provoca más divergencias que avances en el proceso de integración continental, pese a la consigna de los creadores del llamado Grupo de Río (1986): “Soluciones latinoamericanas para los problemas de América Latina”. El presidente norteamericano tampoco se siente muy feliz en esas cumbres multitudinarias en las que tan difícil resulta consensuar unas conclusiones mínimamente prácticas.

El espectáculo poco edificante corrió a cargo de los delegados de la dictadura cubana y de la protodictadura venezolana, que insultaron y hostigaron a los disidentes de ambos países presentes en Panamá. Fue un esperpento en el que la intransigencia prevaleció sobre la tolerancia, prueba inequívoca de la dificultad del diálogo y la arteriosclerosis ideológica. Sigue sin estar claro, por supuesto, la influencia que el deshielo entre Obama y los Castro podrá tener sobre el futuro del presidente Nicolás Maduro y los rigores repugnantes de la policía política en Venezuela, aconsejada si no dirigida desde La Habana.

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