Posteado por: M | 20 abril 2015

El Papa, Europa y Turquía ante el genocidio armenio

Unas palabras públicas del papa Francisco, en su homilía dominical del 12 de abril, en las que utilizó por primera vez el término “genocidio” para referirse a las matanzas de los cristianos armenios en el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, y una resolución del Parlamento Europeo, aprobada el 15 de abril, con similar intención, que utilizó el término maldito para instar al gobierno de Turquía a reconocer los terribles acontecimientos de 1915-1917 y buscar “una verdadera reconciliación” con los herederos de las víctimas, devolvieron a la candente actualidad tanto una tragedia con frecuencia olvidada y manipulada como el negativismo recalcitrante, la amnesia histórica y hasta la cólera insidiosa de las autoridades turcas.

En su mensaje, conmemorativo del centenario del martirio de los armenios, en el trienio 1915-1917, el Santo Padre denunció las persecuciones actuales de los cristianos en varias partes del mundo, se refirió a lo ocurrido en el Imperio Otomano como “un genocidio causado por la indiferencia general y colectiva”, y añadió: “La humanidad conoció en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera, que generalmente es considerada como el primer genocidio del siglo XX, afligió al pueblo armenio –primera nación cristiana–, junto a los sirios católicos y ortodoxos, los asirios, los caldeos y los griegos (…), víctimas de aquel exterminio que vuestros antepasados padecieron cruelmente.”

La resolución aprobada a mano alzada por el Parlamento Europeo, que no tiene carácter vinculante para los gobiernos de la Unión Europea (UE), elogió el mensaje del Papa e instó al gobierno turco a “aprovechar la conmemoración del genocidio armenio como una oportunidad importante para proseguir con sus esfuerzos –incluida la desclasificación de los archivos— para asumir su pasado, reconocer el genocidio armenio y, de esa manera, allanar el camino para una verdadera reconciliación entre los pueblos turco y armenio”. Los gobiernos concernidos mantienen, empero, el habitual y discreto silencio ante la exhortación parlamentaria, aunque algunos parlamentos europeos y americanos sancionaron a lo largo de varios años la realidad del genocidio, entre ellos, los de varios estados de EE UU y los de País de Gales, Escocia, Irlanda del Norte y Cataluña, es decir, legislativos regionales con nula o escasa relevancia en el orden internacional. Francia, Bélgica, Italia, Suiza, Uruguay, Argentina, Chile, el Líbano, Siria y hasta 22 Estados aprobaron leyes u otras disposiciones que se refiere expresamente al genocidio armenio. El gobierno alemán, por el contrario, admite sólo que se produjeron “deportaciones y masacres”. Washington no fue más allá de lamentar “una de las peores atrocidades del siglo XX”.

La reacción de las autoridades turcas no se hizo esperar y sus palabras o sus actos reflejaron los mismos prejuicios y renuencias de siempre, aunque quizá con mayor énfasis. El gobierno de Ankara convocó al nuncio apostólico, llamó a consultas a su embajador en el Vaticano, en señal de protesta, y uno de sus ministros recordó pérfidamente que el Papa es argentino y que “en Argentina, la diáspora armenia controla los medios de comunicación y los negocios”. En respuesta al Europarlamento, el presidente turco, el islamista Recep Tayyip Erdogan, declaró despectivamente que cualquier cosas que digan los europeos le “entrará por un oído y saldrá por el otro”. Una demostración más de que el nacionalismo y el integrismo religioso mantienen una estrecha alianza en el régimen islamista.

La dinámica del nacionalismo turco

El nacionalismo de los Jóvenes Turcos a principios del siglo XX y luego de Mustafá Kemal (Ataturk), a imitación del europeo, sentó las bases doctrinales del Estado-nación turco y abogó no sólo por la modernización del país, sino abiertamente por la asimilación política y cultural de las minorías o simplemente su eliminación por medio de la expulsión del territorio nacional. En esa sedicente razón nacionalista radica la causa primera aunque no la única del genocidio armenio, porque en los tiempos de guerra y tribulación que a la sazón afectaban a la Sublime Puerta, un imperio multinacional en plena descomposición, las minorías no musulmanas se convirtieron fácilmente en enemigos. Los griegos y muy acusadamente los armenios eran doblemente sospechosos, por ser cristianos y mirar hacia Moscú como la tercera Roma, y ambos constituían para el nacionalismo turco el embrión y la amenaza cierta de una quinta columna.

Frente al nacionalismo cívico o liberal, que iguala a todos los ciudadanos ante la ley, sin reparar en su origen, sus creencias o su extracción social, el nacionalismo étnico y/o religioso inventa un relato de cohesión histórica, trufada de agravios, y actúa en nombre de una supuesta identidad nacional, de un pueblo esencial con caracteres prefabricados e inmutables. El corolario de esa visión étnica o esencialista es que el poder nacionalista somete a los ciudadanos a un dilema insuperable: la asimilación o la marginación. El nacionalismo étnico practica una política coercitiva para el sometimiento total de las minorías que no forman parte de la “comunidad nacional”, artificiosamente delimitada, mediante la renuncia o repudio de sus raíces y la aculturación consiguiente, e incluso su exterminio por métodos crudelísimos o su exclusión por la minoración sedicentemente persuasiva.

La persecución de los armenios había comenzado mucho antes, pero se recrudeció con motivo de la guerra de 1914-1918 en la que el Imperio Otomano se alió con los Imperios Centrales (Alemania y Austria-Hungría) y el sultán llamó a sus súbditos a la guerra santa contra las potencias de la Entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia). La derrota y disolución del Imperio otomano culminó con destitución del sultán Mehmed VI, la abolición del sultanato y la proclamación de la República por el líder nacionalista y jefe del gobierno provisional, Mustafá Kemal, el 29 de octubre de 1923. El califato que encarnaba la autoridad y la unidad religiosa del país fue suprimido en marzo de 1924, de manera que los asuntos religiosos quedaron bajo la administración civil gubernamental.

La dinámica nacionalista desencadenó las mayores atrocidades, porque no sólo se ensañó con los armenios, sino igualmente con los greco-ortodoxos. El ejército turco, en guerra contra Grecia, ocupó Esmirna (septiembre de 1922), de la que expulsó al medio millón de griegos que la habitaban, y el tratado de Lausana (1923), bendecido por las grandes potencias vencedoras, decretó un infame intercambio de poblaciones, de manera que un millón de griegos fueron obligados a abandonar la Tracia oriental y 350.000 turcos salieron de Grecia para instalarse en territorio turco. En el tratado de Lausana, el último de los tratados de paz, los kurdos perdieron el derecho a crear un Estado propio que les había otorgado el frustrado tratado de Sèvres (1920), ya que éste fue rechazado violentamente por Ataturk y sus huestes, que decidieron proseguir la guerra contra Grecia.

De esa manera, desintegrado el imperio multinacional y multiconfesional, la nueva y autoritaria República turca aseguró la preponderancia aplastante de la población musulmana, una homogeneización nacional que resultó engañosa por incluir a otras minorías étnicas como la kurda, concentrada ésta en la parte suroriental de Anatolia, que se mostrarían muy reacias a la asimilación, pese a ser musulmanas. Para el nacionalismo turco, en el que confluyen ahora los islamistas y la oposición laica o kemalista, las minorías cristianas eran entonces una amenaza para la cohesión fundada en la unidad étnico-religiosa. Ahora, ese papel antagónico corresponde a la minoría kurda, aunque islámica, unos 15 millones de habitantes (20 % de la población total), muy concentrada en el suroeste del país y con frecuencia sacudida por el terrorismo.

El centenario del holocausto padecido por los armenios en el territorio de la actual Turquía, entonces Imperio Otomano, se conmemorará en todo el mundo el próximo 24 de abril, una fecha que se corresponde con el día aciago en que los esbirros del gobierno secuestraron a un grupo de 235 notables de la comunidad armenia de Estambul, luego expulsados hacia el desierto o asesinados. Fue el primero de los terribles acontecimientos que causaron la mayor catástrofe humana de la Gran Guerra (1914-1918) y el primer genocidio del siglo XX. Los pocos armenios que aún viven en Turquía y los representantes de la diáspora se concentrarán ese día en Estambul, en la céntrica plaza de Taksim, en la parte moderna de la ciudad, para honrar la memoria de los muertos.

Las heridas siguen abiertas y los agravios mortifican la memoria de los descendientes de las víctimas porque el gobierno islamista de Ankara no parece dispuesto a enterrar el tabú y reconocer las atrocidades cometidas contra la minoría armenia, de confesión cristiana, en 1915-1917. El fin del negativismo del gobierno turco prestaría un valioso servicio a la justicia retrospectiva, contribuiría a oficializar la verdad, estimularía la concordia entre todas las minorías y facilitaría la reparación del daño causado por la policía y las tropas del Imperio Otomano, cuya herencia histórica, jurídica y moral, asume en plenitud la actual República de Turquía. Todo indica, por el contrario, que la reconciliación entre los herederos de las víctimas y de los victimarios no es para mañana. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y su gobierno no estarán representados en  ninguna de las ceremonias conmemorativas del centenario del comienzo del genocidio. Antes al contrario, el mismo 24 de abril, las autoridades turcas tienen preparada una solemne conmemoración de la batalla de Gallipoli (abril de 1915-enero de 1916), en la que las tropas otomanas mandadas por Mustafá Kemal (Ataturk) hicieron fracasar el desembarco del cuerpo expedicionario británico-australiano que se proponía abrir un pasillo para la conjunción con las tropas rusas. Gallipoli es el nombre de la península que forma la parte suroccidental y europea del estrecho de los Dardanelos que comunica el mar Egeo con el mar de Mármara. La resistencia victoriosa de los otomanos fue un acontecimiento que contribuyó decisivamente a la consolidación de la identidad turca moderna y, a la postre, republicana.

Las decisiones del gobierno otomano

El gobierno otomano estaba dirigido por el Gran Visir, Mehmet Pachá, ministro del Interior, y desempeñaba un papel preponderante, habida cuenta de las circunstancias bélicas, el ministro de la Guerra, Enver Pachá, a los que se atribuye generalmente la orden de deportación de los armenios, aunque no se ha podido precisar quiénes fueron los planificadores del genocidio. No cabe duda, sin embargo, de que el gobierno, tras diversos conciliábulos en los ministerios de Interior y Guerra, decidió expulsar a los habitantes armenios de las seis provincias de Anatolia oriental, sospechosos de connivencia con el enemigo ruso. Además de eliminar el enemigo interno, la deportación o liquidación física de los armenios dejaría territorio libre para el asentamiento de los refugiados musulmanes que habían huido de los diversos países europeos tras las guerras balcánicas de 1912-1913 que subrayaron el ocaso del Imperio Otomano y la pérdida de todos sus territorios europeos. En Anatolia oriental, región fronteriza con la actual República de Armenia (entonces integrada en el Imperio ruso), los varones armenios en edad militar fueron los primeros en sufrir el martirio, asesinados en masa con el propósito de que no pudieran ayudar al enemigo ruso. Las mujeres, los niños y los ancianos fueron deportados, en medio de toda clase de penalidades, hostigados por la soldadesca, e instalados en campos de concentración en la zona desértica de Mesopotamia, lo que provocó una terrible mortandad.

Los historiadores cifran en algo más de un millón de muertos el número de armenios que fueron asesinados o perecieron víctimas de la represión, el hambre, las enfermedades o las marchas forzadas y extenuantes hacia el destierro. La diáspora armenia eleva a 1,5 millones las víctimas del holocausto. Después de la hecatombe, los armenios supervivientes y huidos constituyeron en Europa una organización secreta que llevó a cabo una sistemática venganza: los asesinatos de los dos ministros otomanos antes citados, Mehmet y Enver Pachá, considerados los máximos responsables de las atrocidades, así como de otros personajes supuestamente implicados. Entre ellos, Fathali Khan Hoyski, primer ministro de Azerbaiyán, al que se responsabiliza de la muerte de miles de armenios en Bakú. El conflicto entre azeríes y armenios encuentra su expresión actual en la disputada región de Nagorno-Karabaj, que formaba parte de Azerbaiyán, según las fronteras soviéticas, pero que está gobernada por su mayoría armenia.

Luego de un siglo de silencio y negativismo, en el sentido de negar, falsear o minimizar las atrocidades, el gobierno turco, además de poner esas cifras en tela de juicio, no sólo rechaza que se tratara de un genocidio, sino que esgrime especiosos motivos para explicar las matanzas, alegando que la amenaza de un enemigo interior en tiempos de guerra justificó militarmente las órdenes de deportación. En este espinoso asunto, los gobernantes de Ankara siempre oscilaron entre la negación y la paranoia de la conspiración exterior. El presidente Erdogan, que el año pasado abogó por la creación de una comisión internacional de historiadores para el establecimiento definitivo de los hechos, mediante la apertura de los archivos, luego desistió de esa loable iniciativa y prefirió seguir alimentando el conflicto diplomático e incluso los puntos de fricción con la Unión Europea. Recientemente, el presidente turco declaró: “La diáspora armenia está tratando de instilar odio contra Turquía mediante una campaña mundial sobre sus reclamaciones de genocidio con motivo del centenario de 1915.”

Numerosos historiadores y juristas consideran que la violencia desencadenada y los asesinatos en masa de los cristianos armenios en la Anatolia oriental, la región en que se asentaron los campos de la muerte, constituyeron un genocidio, un pavoroso precedente de lo que ahora conocemos como limpieza étnica. Así lo reconoce también el inventor del término, el jurista judío polaco Raphael Lemkin, que lo propuso en 1944 para designar el exterminio planificado de los judíos de Europa por el Tercer Reich. La definición de la ONU resulta pertinente: “Los actos de violencia perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, racial o religioso.” El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) lo define como “el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de religión o de política”.

Como ya señalé en un artículo publicado en este blog en 2010 (“Obama, el genocidio armenio y la memoria histórica”), la cuestión del reconocimiento del genocidio armenio, al margen del consenso de los historiadores, está estrechamente relacionada con la estrategia diplomática de todos los países y sus relaciones con Turquía, miembro de la OTAN y aspirante a ingresar en la Unión Europea. El presidente Obama ofrece el ejemplo más hiriente, pues en su campaña electoral en 2008 declaró: “Como presidente, reconoceré el genocidio armenio.” Instalado en la Casa Blanca, se olvidó por completo de su promesa para no incomodar al incómodo aliado. Resulta evidente que el embrollo diplomático-estratégico torpedeó y sigue torpedeando los intentos de reconciliación.

Los armenios tanto del interior como del exterior tampoco están inclinados a olvidar los agravios. Los grupos de presión en América y Europa mantienen encendida la llama del rencor, de su comparación con los judíos, alimentada frecuentemente por la xenofobia antiturca. Como si vivieran asustados por las consecuencias psicológicas y emocionales de la reconciliación. El nacionalismo armenio, tan étnico, identitario y paralizante como el turco, cultiva con muy especial dedicación la tenebrosa idea del autoodio para impedir que los armenios se liberen del encono y miren más al futuro que al pasado. Así están las cosas cien años después de la catástrofe.

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