Posteado por: M | 25 abril 2015

Muertos por Europa en el Mediterráneo

Las cifras de la tragedia de los emigrantes en el Mediterráneo son escalofriantes y los episodios de muertes masivas no dejan de producirse desde que en octubre de 2013 ocurrió el de las 368 personas ahogadas tras el naufragio del pesquero en que trataban de llegar a las costas de la pequeña isla italiana de Lampedusa. Las filas inacabables de ataúdes causaron una fuerte conmoción en toda Europa, pero los líderes políticos no encontraron ningún remedio o paliativo eficaz para los desastres venideros, según comprobamos a diario. El mes de abril de 2015 superó todas las marcas de muerte, desesperación, angustia, quejas y reproches, pero también de espectáculo dantesco televisado en directo o diferido.

Unas 1.700 personas perecieron en el primer cuatrimestre de 2015. “Una hecatombe jamás vista en el Mediterráneo”, según el portavoz de la Alta Comisaría de las Naciones Unidas para los Refugiados (HCR); una tragedia que rompe las estadísticas, pero que tal vez no será suficiente para remover las conciencias de una Europa moralmente adormecida y socialmente atrapada en múltiples contradicciones, al decir de sus reprobadores más persistentes. Los países meridionales más azotados por la crisis económica –Grecia, Italia, Chipre, Malta y España— son los que están en primera línea y padecen las mayores inclemencias por la masiva llegada de inmigrantes a sus costas y el avance de la barbarie en su metástasis terrorista.

“La crisis humanitaria más grave desde la Segunda Guerra Mundial” fue la hipérbole emotiva de la representante francesa de Amnistía Internacional, Geneviève Garrigos, profusamente citada en los medios, para advertir de que el Eldorado europeo se ha convertido en la fosa común de los tenaces aspirantes, incluidos niños y mujeres embarazadas. Al menos 400 emigrantes fueron dados por desaparecidos luego del naufragio de un barco de fortuna el 12 de abril y otros 700 perecieron con toda probabilidad al hundirse el pesquero en que viajaban entre Libia y Malta, en la noche del 18 al 19 del mismo mes.

Ante la gravedad de la situación, la cobertura mediática de los naufragios y el ruido de las organizaciones humanitarias, los jefes de Estado y de gobierno de los 28 países de la Unión Europea, reunidos con urgencia en Bruselas el 23 de abril, acordaron nuevas medidas para prevenir la muerte de los inmigrantes que cruzan el Mediterráneo, triplicando los fondos para la llamada operación Triton de control de fronteras, hasta los 120 millones de euros, y prometiendo tanto la lucha contra las mafias del tráfico como una ayuda financiera no especificada para que algunos países de África frenen o canalicen el éxodo; pero evitaron cuidadosamente dar alguna cifra sobre el número de refugiados que están dispuestos a acoger en el territorio comunitario. Mucho ruido y pocas nueces.

El primer ministro británico, David Cameron, muy acuciado en período electoral, dio la nota euroescéptica al airear a su llegada a la cumbre que estaba dispuesto a enviar barcos, pero no a acoger a más refugiados. Algo más de dinero, pero ninguna novedad sobre los problemas de fondo. La política europea común sobre inmigración que propugnan los países del sur tendrá que esperar tiempos más propicios o quizá nuevas tragedias en el mar que fue cuna de nuestra civilización, convertido en una frontera de tráfico inhumano y muerte. Las restricciones presupuestarias, el ascenso de los partidos populistas que predican contra la inmigración y el temor al terrorismo islamista sugieren que los vientos políticos que soplan en el continente no son propicios para una reforma de gran alcance.

Las ONG que se presentan como abanderadas de la protección de los derechos humanos criticaron la tibieza de las medidas adoptadas, que reputan inadecuadas, y señalaron que la supresión del programa europeo Mare Nostrum de vigilancia y rescate, en noviembre de 2014, fundamentalmente por motivos económicos (9 millones de euros mensuales), está en el origen de la crisis. Dicho programa fue sustituido por el llamado Triton, mucho menos ambicioso, restringido a la vigilancia de las costas europeas. Las ONG siguen reclamando una reforma generosa del derecho de asilo y una ampliación de los canales de la inmigración legal, pero los líderes europeos eludieron cualquier respuesta apresurada que pudiera tener un efecto llamada en toda África. El dilema es agobiante: “Si bloqueamos a los emigrantes en África, seguirán muriendo”, dramatizó el director del Centro de Política Migratoria de Florencia,

Los medios de comunicación recordaron otras batallas populares y gritaron “¡Nunca más!”, mientras exhibían las imágenes de los rescatados; mas la burocracia bruselense, como es de rigor, tardó en reaccionar, pese a los apremios de Italia. Los países africanos, en general, se muestran incapaces de retener a sus ciudadanos por la persuasión o la coerción. Los balseros africanos, como los de Cuba en su flujo constante para abandonar el paraíso comunista, o los boat people vietnamitas (1978-1979), huyen de la pobreza, la incuria administrativa y el despotismo, agravados actualmente por la guerra abierta en Siria e Iraq o el terrorismo de los grupos vinculados con Al Qaeda y el denominado Estado Islámico en Libia y en la mayoría de los países del Sahel (al sur del Sahara). ¿Quién recuerda ya a los caídos en el muro de Berlín, abatidos por las balas de la policía comunista, de 1961 a 1989?

Las cifras de la desesperación y el horror

Según los datos que tomo del semanario Jeune Afrique, casi 200.000 emigrantes siguieron la ruta de Libia y Túnez en su intento de llegar hasta Europa en 2014. Otros 8.000 lo hicieron por Marruecos para abarrotar las pateras hacia las costas españolas o plantarse ante las vallas de Ceuta y Melilla. En la región libia de Tripolitania existen al menos seis puntos de embarque, donde los aspirantes a efectuar la arriesgada o letal travesía aguardan a veces hasta un mes, la mayoría de ellos procedentes de los países subsaharianos y llegados a través de las rutas que cruzan el desierto. De 10 a 15 embarcaciones de diversa fortuna emprenden la odisea cada día y transportan entre 300 y 700 personas. El precio del inhumano pasaje varía según la zona de partida y la categoría del barco, desde pesqueros o viejos cargueros a punto de desguace a pateras artesanales y lanchas neumáticas con o sin motor, siempre con exceso de personas a bordo.

Los cálculos están por confirmar, desde luego, pero la HCR estima que unos 1.600 emigrantes han desaparecido en el Mediterráneo desde el 1 de enero de 2015 y que otros 35.000 arribaron a los países de Europa del Sur, Italia en primer lugar, pero también Grecia, Bulgaria, España y Malta. No sabemos cuántos desesperados esperan embarcarse en Libia, Túnez y Marruecos, principalmente. Un balance similar, de más de 400 muertos por mes desde principio de año, ofrece la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que prevé para este año nada menos que 500.000 aspirantes para la azarosa travesía. En 2014 se contaron 3.500 muertos y un total de 219.000 refugiados, cuatro veces más que en 2013 y el doble que en 2011. Según los cálculos de la OIM, en el Mediterráneo pareció el 75 % de los emigrantes muertos en todo el mundo.

Todos los cálculos indican que el número de personas que huyen de la guerra y la miseria, con el objetivo de llegar a Europa, experimentó a partir de 2014 un aumento exponencial, ahora sostenido e incluso aumentado por el caos libio y el buen tiempo. La OIM, que se ocupa de observar y contabilizar los movimientos migratorios en todo el mundo, llegó a la conclusión de que 22.000 personas perecieron cuando trataban de pisar suelo europeo, sobre todo, a través del Mediterráneo, en los primeros 14 años del siglo, es decir, una media de 1.500 muertos por año. En lo que va de 2015, unos 22.000 inmigrantes arribaron a diversos lugares de la costa italiana, más del triple que el año anterior.

Según la OIM, 170.000 refugiados alcanzaron Italia en 2014, entre 500 y 1.000 cada día. La Agencia Europea de Control de Fronteras (Frontex) asegura que 260.000 inmigrantes fueron rescatados en 2014 cuando intentaban entrar en Europa, en la mayoría de los casos por vía marítima, más del doble de los 107.000 que entraron irregularmente por las fronteras europeas en 2013. Desde 2011, cuando estallaron las revueltas árabes en el norte de África y el Oriente Próximo, la mayoría de las personas que intentan entrar en Europa no son emigrantes económicos, sino refugiados que huyen de las guerras o los conflictos armados en Iraq, Siria, Somalia, Eritrea, Etiopía, República Centroafricana, Mali o Somalia, todo un continente en ebullición, de Nigeria a Kenia, de Libia a Suráfrica.

Casi el 70 % de los que se embarcan y arriesgan su vida para cruzar el Mediterráneo lo hacen en Libia, un Estado fallido en el que reinan el desorden y la confusión, donde las bandas armadas y los traficantes sin conciencia de seres humanos en terrible estado de necesidad actúan como “los nuevos esclavistas del siglo XXI”, los negreros de la actualidad, según la descripción del primer ministro italiano, Matteo Renzi, después de que la policía desarticulara una red mafiosa que extendía sus tentáculos hasta el norte de Italia. Desbordado por la situación de emergencia y el aumento de los gastos, el gobierno de Roma llegó a proponer sin éxito una operación militar, auspiciada por la ONU, contra las bases y los barcos de los traficantes en Libia.

La inmigración irregular se ha reducido en España, que aparece en el quinto lugar de la penosa clasificación de los países receptores, con 7.000 llegados en 2014, 1.200 menos que en 2013, por detrás de Italia, Grecia, Bulgaria y Hungría. En el caso de la frontera húngara, los inmigrantes proceden de Serbia, país que no pertenece a la Unión Europea. La vigilancia de la policía y la marina marroquíes y la eficacia disuasoria de las vallas de Ceuta y Melilla explican la disminución de la presión migratoria en las fronteras meridionales españolas. El último episodio de crisis con Marruecos (10-12 de agosto de 2013) provocó que se batiera al récord de inmigrantes llegados a territorio español: 1340 personas en 48 horas. Según el ministerio del Interior, unas 14.000 personas intentaron saltar las vallas de Ceuta y Melilla, pero sólo unas 300 lograron su objetivo en 2014.

Libia, el epicentro del seísmo

Libia es el epicentro del seísmo migratorio, cuyas ondas se extienden por los 600 kilómetros de la costa tripolitana. Las mafias y los diversos grupos armados que controlan el comercio de los desesperados, muchas veces en connivencia con las organizaciones islamistas o tribales, muestran una agresividad inédita que se corresponde con el caos reinante en el que fue el latifundio enorme y opulento del extravagante y criminal coronel Muamar Gadafi, capturado por los rebeldes, escarnecido y ejecutado por sus captores el 20 de octubre de 2011, en medio de las luchas intestinas y el pandemonio derivados de la intervención aérea de Francia, Gran Bretaña y EE UU, cuando se creía que las revueltas árabes serían un revulsivo para promover la democracia en todos los países.

Vana ilusión y tremendo error de cálculo de las grandes potencias que gastan miles de millones de euros en sus servicios de inteligencia y toman con frecuencia el camino equivocado. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, y el primer ministro británico, David Cameron, principales patrocinadores de la expedición punitiva contra Gadafi, maniobraron con habilidad en la ONU, pese a las reticencias de Moscú y Beijing, y acabaron por arrastrar al presidente Obama, pero fueron incapaces de prever y prevenir semejante desaguisado y desastre geopolítico, comparables a los de Iraq o Somalia.

Los dos gobiernos libios, el de Trípoli, al oeste, dominado por los islamistas de diversas tendencias, y el de Tobruk, éste integrado por federalistas y sus aliados laicos y apoyado por la comunidad internacional, están enzarzados en una guerra civil en la que participan otros clanes rivales que se posicionan entre el salafismo y la pura delincuencia mafiosa. Estos grupos, siempre bien armados, campan a sus anchas en algunas de las taifas en que está dividido el inmenso territorio (casi dos millones de kilómetros cuadrados), poco poblado (6 millones de habitantes), prácticamente incontrolable y con importantes reservas de hidrocarburos.

La crisis permanente de las migraciones irregulares ofrece dos caras muy distintas, según se mire desde África o Europa, y se presta a dos actitudes políticas y morales muy distintas, la llamada progresista que preconiza algo así como “papeles para todos”, “abajo los muros”, más seguridad para los emigrantes, según acaba de solicitar implícitamente Amnistía Internacional, un potente grupo de presión izquierdista, en vísperas de la cumbre de emergencia de la Unión Europea (UE), y la centrista o conservadora que reclama más control en las fronteras, lucha contra las mafias del transporte, régimen de cuotas migratorias y una ayuda para el desarrollo de los países africanos más débiles.

El informe de Amnistía Internacional, titulado “Los náufragos de la vergüenza en Europa”, exigió a los jefes de Estado y de gobierno de la UE que cambien de política “para que la vida de las personas sea una prioridad en relación con el control de las fronteras”. El documento es una dura requisitoria contra “las políticas fallidas” de la UE durante los últimos años, denuncia “las malas prácticas” de levantar nuevos muros y deplora que Europa no se muestre más generosa para aceptar más demandas de asilo. Y concluye: “Los gobiernos europeos, cuyas políticas han contribuido a la situación, no pueden exonerarse de sus responsabilidades cuando se trata de salvar las vidas de los desesperados que intentan el viaje”. En otras palabras: se acusa a Europa globalmente de estar más preocupada por la seguridad de las fronteras que por la protección de los inmigrantes. Lo que no dice es que en 2014 la Unión Europea recibió 626.000 peticiones de asilo, el mayor número en el ámbito comunitario desde 1992.

Las culpas europeas y africanas

En esa retórica progresista, sin ninguna responsabilidad ejecutiva, la culpa siempre es de Europa y, a nivel global, de Occidente, hasta el punto de que la publicación francesa Courrier International, vinculada al grupo de Le Monde, titulaba su resumen: “Le naufrage de l´Europe” sobre un lacerante dibujo de El Roto aparecido en El País. El diario londinense The Guardian amplió sus reproches al “público europeo” y nos aplicó a todos el flagelo moral de la recriminación por lo que ocurre en el Mediterráneo: “Lo que mata a los emigrantes es nuestra falta de empatía (…) La triste realidad es que la opinión pública está más preocupada por la posibilidad de que sus nuevos vecinos de inmueble sean emigrantes que por la suerte de los niños ahogados.” ¿Acaso confunde la hipocresía de unos, la indecisión de otros, con la culpa colectiva de todos los europeos?

Dentro de cada una de esas dos posiciones fundamentales –la muy conocida distinción entre la ética de los principios y la ética de la responsabilidad, el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la razón– caben diversos matices e intereses, así como unas divergencias notorias entre el sur y el norte, entre los países de la primera línea en el Mediterráneo, principalmente Italia, España, Malta, Chipre y Grecia, también los menos acomodados del conjunto, y los que están lejos del aluvión de los desesperados, pero son más ricos y quizá más sensibles al derecho de asilo, como ocurre con Alemania y los países escandinavos.

Si se mira a y desde África, si se analiza la evolución social y política del continente durante el último medio siglo, desde la época entusiasta y tumultuosa de las independencias, la reflexión se amplia y se complica, el simplismo buenista se evapora y la culpa colectiva de Europa resulta menos opresiva. Una buena parte de la prensa africana, dominada aún por los tópicos anticoloniales, insiste ritualmente sobre ”el crimen de Europa” y asegura que “los europeos comprenderán al fin que para nada sirve levantar barreras políticas, de seguridad y de otro tipo para protegerse de una inmigración salvaje de la que ellos son en gran medida responsables” (Les Dépêches de Brazzaville). Pese a ese juicio perentorio y parcial, las culpas hay que repartirlas de manera equitativa. ¿Quién nos iba a decir que la Suráfrica que sufrió el apartheid ofrecería el triste espectáculo de una xenofobia criminal contra los trabajadores extranjeros de los países vecinos?

Dos libros importantes, que los periodistas de mi generación leímos con avidez, nos aportaron un epítome de todos los problemas: Los condenados de la tierra, de 1961, del martiniqués Frantz Fanon, con prefacio de Jean-Paul Sartre, una implacable diatriba contra el colonizador, y L´Afrique noire est mal partie (El África negra comienza mal), de 1962, del agrónomo y sociólogo francés René Dumont, cuya tesis “afro-pesimista” resultó disonante con la euforia de la trepidante descolonización. Leído ahora (existe una reedición francesa de 2012), el análisis de Dumont se asemeja mucho a una profecía cumplida: los problemas estructurales de la seguridad alimentaria, el éxodo rural y la miseria de los centros urbanos, el suicida desinterés de las élites por las cuestiones agrarias, a todo lo cual hay que añadir el pésimo legado de los últimos 40 años: el tremendo fracaso político, los golpes militares, el tribalismo, las dictaduras, las guerras endémicas, la corrupción imparable en la explotación de los recursos, el terrorismo y hasta el genocidio de Ruanda.

Ante el devastado panorama de toda África, que es una de las causas primarias del éxodo continuado de sus poblaciones, no está nada claro qué pueda hacer Europa más allá de la ineludible obligación de salvar vidas en el Mediterráneo y de asumir con planes coherentes su nuevo papel de continente de inmigración, como lo fue América, para afrontar los problemas existenciales de su demografía declinante, el envejecimiento vertiginoso de su población, las indeseables tensiones nacionalistas y las necesidades del mercado de trabajo, requisitos ineludibles del bienestar, la innovación, la paz y el progreso. En el bien entendido que los problemas de la inmigración serán permanentes y que los gobiernos deberán buscar un equilibrio razonable y políticamente sostenible entre la fortaleza del rechazo y la apertura incontrolada, una nueva política común que reparta los gastos, fije cuotas y distribuya los inmigrantes.

Y como muy bien señala La Stampa, el gran diario de Turín, “ninguna respuesta funcionará sin estabilidad en algunos países clave como Libia”. La crisis actual no debe enmascarar el fenómeno estructural derivado fundamentalmente de las deplorables condiciones socio-económicas que prevalecen en la mayoría de los países de África, la ineficacia administrativa, el despotismo en sus diversas formas y la impunidad de múltiples grupos terroristas. La implacable dictadura de Eritrea, la pesadilla de Somalia, la guerra endémica en el Congo, la actuación de los terroristas de Boko Haram o Al Shabah, el ímpetu avasallador del salafismo.

No siempre la izquierda progresista aplica las estrategias que predica y defiende en la oposición. No siempre decide regulaciones masivas, como hizo Rodríguez Zapatero tras su llegada al poder (2004), cuyos corolarios fueron el efecto llamada, el desbordamiento de todos los medios de acogida y la saturación del mercado laboral. Los socialdemócratas genuinos se comportan de manera más prudente, como podemos observar en Francia en su doble versión histórica y actual. Cuando Mitterrand era presidente, su primer ministro Michel Rocard (1988-1991), una de las cabezas mejor amuebladas de la socialdemocracia europea, pronunció en 1989 una frase devenida célebre para justificar su restrictiva política migratoria: “La France no peut pas accuellir toute la misère du monde.” (/Francia no puede acoger toda la miseria del mundo”).

Ese pensamiento de Rocard no está lejos del que manifiesta el actual primer ministro, Manuel Valls, o su homólogo italiano, Matteo Renzi. En verdad, la política europea gravita sobre el tradicional consenso entre la socialdemocracia y el Partido Popular Europeo, pragmático y timorato, reflejo de una indecisión sobre un asunto capital, sobre un desafío crucial para el futuro de Europa. Quizá porque la opinión pública, publicada o electoral está muy lejos de haber superado sus temores y prejuicios. Poco inquietos por el retroceso demográfico, sin sopesar debidamente los efectos del estancamiento económico o la anemia moral, los europeos quizá no prestan la atención que merecen a los principios morales y racionales sobre los que se asentó su brillante civilización, surgida en el mar que ahora hace de osario, ésa que atrae azarosamente a los africanos antes de que se agote.

La inmensa tarea y la regeneración deberían comenzar por el combate decidido contra las mafias del infame comercio de vidas humanas, cuyos beneficios se cifran en 8.000 millones de euros anuales, según leo en un informe publicado el 8 de febrero de este año por la prestigiosa revista Focus, editada en Múnich, con acusaciones directas contra la policía turca que cierra los ojos después de la mordida o los traficantes sirios que cierran sus lucrativos negocios a través de las redes sociales (Facebook), en función de la demanda y de la situación del mercado: unos 2.500 euros para ir de Estambul hasta Atenas, entre 3.000 y 8.000 para escapar del infierno sirio-iraquí y llegar a Grecia o Bulgaria.

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Responses

  1. Me lleva tu artículo a los “Tristes tròpicos” (1955) de Lévi-Strauss: “… cuando los hombres empiezan a sentir que les falta lugar en su espacio geogràfico, social y mental, corren el peligro de verse seducidos por una solución simple: rehusar la calidad humana a una parte de la especie”.
    Que escribiría ahora ante esta guerra que en forma de invasión de desheredados parece estar provocando la llamada gihad islámica!
    Dices en tu artículo que parece haber como un hipócrita sentimiento público de superior preocupación por la posibilidad de tener un emigrante como vecino de escalera, que por la odisea y muerte de niños ahogados en el mar.
    Pudo empezar a comprenderlo. Y pienso que puede que tal vez estemos al comienzo de la aquella situación de los dos náufragos con una única tabla de salvación insuficiente…

  2. Un Fraile allá por el año 1669,escupió en una canteria del Pórtico de una Iglesia: “NO HAY COSA QUE MÁS DESPIERTE,QUE DORMIR SOBRE LA MUERTE”.
    Llegan my despiertos jugandose la vida,para salvarse de la MUERTE,QUÉ ALLÁ ESPERAN.-
    José Viera Gutiérrez. http://www.viriato-viera.com ; http://www.rfdiberia.com .-


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