Posteado por: M | 2 mayo 2015

Revisión de la alianza EE UU-Japón con China al fondo

Por primera vez en la historia de las relaciones entre ambos países, el primer ministro de Japón, el conservador y nacionalista Shinzo Abe, pronunció un discurso ante ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos, en Washington, el 29 de abril. Una manifestación solemne de la alianza económico-militar entre ambos países que contó con el beneplácito de Barack Obama, empeñado en trasladar a la cuenca del Pacífico el eje de su acción exterior, pero también con la sombra, la sospecha y los recelos de China, el tercero en discordia en el trío de ases de la geopolítica asiática y global. Dos días antes, el secretario de Estado, John Kerry, y el ministro nipón de Exteriores, Fumio Kishida, habían desvelado las líneas maestras de la renovada y ampliada cooperación defensiva y tecnológica.

Tras la recepción ritual en la Casa Blanca, Obama y Abe publicaron una Vision Statement, lo más parecido a una declaración de principios, en la que ambos líderes sugirieron que la alianza entre EE UU y Japón se halla ante una importante encrucijada, por lo que debe revisarse y adaptarse para reflejar los cambios que se están operando en Asia, el continente donde persisten las amenazas, los prejuicios, las tensiones y la carrera armamentista característicos de la guerra fría. Los dos factores más inquietantes para Washington y Tokio son la emergencia de China como segunda potencia económica del mundo y el comportamiento errático, enigmático y paranoico de una Corea del Norte con bombas nucleares y misiles que no ha firmado aún la paz con Corea del Sur tras la guerra de 1950 a 1953.

El pacto de defensa nipo-norteamericano va a ser revisado en profundidad, lo que no ocurrió en los últimos 18 años, para replicar a los nuevos desafíos y reforzar la cooperación en nuevos campos como la ciberseguridad y el espacio. El objetivo último es la prevención de la escalada en los conflictos por venir. Kerry y Kishida hicieron un llamamiento para “resolver pacíficamente las disputas en la región”, otra cláusula diplomática dirigida a China por su reclamación de las islas Diayou, que los japoneses denominan Senkaku. El secretario de Estado reiteró que EE UU respalda la administración japonesa de esas islas situadas en el mar de China meridional, en cuyas cercanías se supone que existen importantes yacimientos de petróleo y gas. Las islas en disputa, botín de guerra de los norteamericanos, fueron devueltas por EE UU a Japón en 1972 y están administradas desde la isla de Okinawa, pero China nunca reconoció la soberanía japonesa.

El riesgo de conflicto marítimo se extiende igualmente a dos cadenas de islas y arrecifes semidesérticos, las Paracelso y las Spratley, también en el mar de China meridional, prácticamente deshabitadas pero con importantes recursos naturales, de las que China reclama la soberanía plena, pese a las reivindicaciones parciales de nada menos que otros seis países: Vietnam, Filipinas, Taiwán, Indonesia, Malasia y Brunei, todos ellos incluidos en los proyectos nipo-norteamericanos de un mercado común asiático. Cualquier incidente con los pesqueros que faenan en la zona puede provocar un conflicto, por lo que la revisión el pacto de defensa incluye un protocolo sobre la actuación de ambos países en esos casos.

La nueva posición de Japón en los asuntos de defensa y, por ende, en la alianza militar con EE UU, suscita una fuerte controversia dentro de Japón y causa una grave preocupación en otros países asiáticos, especialmente en China, cuyos líderes vienen denunciando insistentemente el renacimiento del militarismo japonés bajo la égida de Abe. Al explicar los nuevos criterios de la política de defensa conjunta, Kerry señaló que “fortalecerán la seguridad de Japón, tendrán un poder disuasorio sobre las amenazas y contribuirán a la paz y la estabilidad regionales”. Bonitas palabras para encubrir un notable y controvertido giro estratégico que desde Beijing se observa con creciente destemplanza.

Nueva lectura de la Constitución

Ese giro comporta –-digámoslo sin ambages— el rearme de Japón, la plena satisfacción de las aspiraciones militares del gobierno de Tokio como fueron expresadas oficialmente en julio de 2014, mediante una resolución gubernamental que está pendiente de ser introducida en una ley, pendiente de ser aprobada por la Dieta, que deberá forzar las sutiles costuras de la Constitución pacifista del país redactada por las autoridades norteamericanas de ocupación y sancionada en 1947, aunque el sistema implantado fue parlamentario, un remedo del británico para respetar la institución monárquica encarnada por el emperador Hiro Hito despojado de su aureola divina. Esa Constitución consagró la renuncia a la guerra y la creación de unas Fuerzas de Autodefensa concebidas más como una policía que como un ejército regular.

El gobierno de Abe, mediante una exégesis forzada y polémica de la Constitución, del artículo 9 sobre el derecho de autodefensa colectiva, pretende introducir los cambios legales necesarios, que aún deben ser aprobados por la Dieta, para que las tropas japonesas puedan patrullar y combatir en el exterior, pero la opinión pública está muy dividida sobre un entierro más o menos encubierto del pacifismo. El compromiso más polémico radica en que el gobierno japonés se compromete a defender militarmente los intereses norteamericanos en una región en la que existen varios puntos de probable alta tensión militar: la frontera entre las dos Coreas, donde acampan unos 30.000 soldados norteamericanos; el estrecho de Formosa, en el que patrulla una flota estadounidense, y el mar de China meridional.

Todas las encuestas revelan que los japoneses no comparten el entusiasmo de su primer ministro y el deseo de Washington de que Japón desempeñe un papel militarmente más activo, con la inevitable consecuencia de un aumento sustancial del presupuesto de defensa. Pero los ciudadanos tampoco se han pronunciado abiertamente contra los planes revisionistas, como pudieron haberlo hecho en las elecciones de diciembre de 2014, cuando ya el gobierno de Abe había perfilado y proclamado sin ambages la nueva interpretación constitucional del papel que deben desempeñar las Fuerzas de Autodefensa. Prefirieron quedarse en casa en vez de acudir a los colegios electorales.

Según las encuestas, los misiles de Corea del Norte y la modernización del ejército de China (un millón de soldados) no bastan para modificar una mentalidad indiferente o pacifista. Los partidos de la oposición –el Partido Demócrata y la izquierda testimonial—  y parte de la prensa se enzarzarán en una ruidosa pero fútil campaña contra la inevitable revisión patrocinada por el partido eterno y hegemónico, el Liberal Democrático en el poder, y sus aliados de Komeito, conservador y budista, en medio de la creciente apatía de la opinión pública, el absentismo electoral y la ausencia de una genuina alternativa. En las últimas elecciones anticipadas, en diciembre de 2014, sólo votó el 52 % del censo electoral, pero Abe y sus afines obtuvieron la mayoría de dos tercios de los 475 escaños de la Dieta (cámara baja) requerida para anular cualquier veto del Senado.

El discurso de Abe en el Capitolio de Washington (exactamente de 50 minutos) fue como una nueva apología de la amistad entre ambos países con el prurito de clausurar las últimas recriminaciones y agravios recíprocos por el ataque traicionero de Pearl Harbor (1941), el horror de Hiroshima (1945), la capitulación en el acorazado Missouri y las humillaciones sufridas por todos, desde el emperador hacia abajo, durante la ocupación y el protectorado dirigidos por el general Douglas McArthur. Todas las encuestas y el mimetismo parcial del american way of life certifican la reconciliación entre los dos países.

No obstante, los remordimientos expresados por Abe sobre el atroz imperialismo nipón en varios países de Asia, incluyendo el empleo por el ejército de mujeres coreanas como esclavas sexuales, en burdeles donde se solazaban los soldados, no tuvieron la amplitud ni la contundencia que siguen esperando las víctimas o sus herederos. El arrepentimiento no forma parte de la retórica del primer ministro. El gobierno de Tokio viene aplazando desde años la plena reconciliación con Corea del Sur, víctima de una ocupación crudelísima, que es precisamente el principal aliado de EE UU en la zona.

La reacción de China no se hizo esperar. La prensa oficial atacó con dureza el discurso de Abe en el Capitolio, especialmente por lo que concierne a su olvido deliberado de ofrecer un arrepentimiento oficial y explícito sobre el comportamiento brutal de las tropas japonesas durante la guerra mundial en Asia. El portavoz del ministerio chino de Asuntos Exteriores, Hong Lei, declaró ante los periodistas en Beijing: “Urgimos al líder del gobierno japonés a que adopte una actitud responsable hacia la historia.” La reciente entrevista de Abe con el presidente de China, Xi Jinping, no produjo resultados en asunto tan vidrioso.

Hacia un mercado común asiático

Gran parte del discurso de Abe ante los legisladores norteamericanos estuvo dedicado a la venta o gran subasta de la Trans-Pacific Partnership (TPP), o Asociación Transpacífica, un tratado de comercio o mercado común que debe reducir los aranceles y armonizar la legislación en 12 países de la cuenca del Pacífico (40 % de la economía mundial), de Vietnam a Australia, pero con exclusión de China, una iniciativa que cuenta con el respaldo del presidente Obama, pero que suscita un considerable escepticismo en las filas de su Partido Demócrata y los sindicatos, además de una fuerte oposición contradictoria entre los agricultores y los fabricantes de automóviles. Los críticos japoneses y de otros países asiáticos consideran que el TPP no se propone otra cosa que abrir los mercados a los productos norteamericanos.

Coincidiendo con la presencia de Abe en Washington, un grupo de congresistas demócratas, probablemente con el respaldo en la sombra de Hillary Clinton, acusaron al gobierno de Tokio de manipular el yen para promover las exportaciones. Los republicanos, sin embargo, están mayoritariamente a favor del tratado comercial. Los dos partidos abrigan serias dudas sobre la voluntad o la habilidad del primer ministro nipón para abrir el mercado, uno de los más protegidos del mundo, a los productos norteamericanos o de otros países como Australia, Canadá o Chile, o reformar la legislación sobre propiedad intelectual. Los agricultores japoneses, por su parte, presionan en sentido contrario para que no se rebajen las murallas arancelarias que protegen el arroz autóctono, el cereal de la dieta nacional.

El primer ministro japonés, que en las elecciones de diciembre último renovó su mandato, no ha sido capaz de llevar a buen puerto las reformas estructurales prometidas, para superar el estancamiento económico, ni de de vencer la resistencia feroz de los grupos de presión o afrontar con decisión el tremendo problema de la ingente deuda pública, el 240 % del PIB, que hace de Japón el país más endeudado del mundo. El retorno de la energía nuclear, pese al desastre de la central de Fukushima (2011), y una política exterior claramente nacionalista confirman el conservadurismo a ultranza de los gobiernos y la sociedad japoneses durante los últimos 30 años, tan persistente como el estancamiento económico.

El problema tanto de la revisión estratégica como del tratado de comercio radica en que tanto Obama como Abe lo han concebido no como un instrumento del benefactor librecambio, sino como un arma para contrarrestar o frenar el creciente poderío de China. Obama lo dijo clara e imprudentemente: “Si nosotros no escribimos las normas, China las escribirá en aquella región”, declaró al recibir a Abe en la Casa Blanca. Así lo entienden los dirigentes chinos, como no podía ser de otra manera. El portavoz oficial en Beijing pronunció una admonición contundente: “Estados Unidos y Japón tienen la responsabilidad de asegurar que su alianza no perjudicará los intereses de un tercer país.” Y cabe preguntarse, desde luego, sin encono ni parcialidad, si son posibles la estabilidad política, el equilibrio estratégico de Asia y el mercado común asiático sin la colaboración de China. O si no estarán Obama y Abe forjando una nueva alianza de cimientos frágiles y consecuencias conflictivas.

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