Posteado por: M | 9 mayo 2015

La victoria sorprendente y los retos de Cameron

Contra todo pronóstico, el primer ministro británico, David Cameron, y su Partido Conservador obtuvieron un resonante triunfo en las elecciones generales del Reino Unido, el 7 de mayo, inmediatamente celebrado con alborozo en la City y por una fuerte apreciación de la libra esterlina frente al dólar y el euro que se trasladó a los mercados bursátiles. La inesperada y aparatosa derrota del Partido Laborista, que sufrió un descalabro sin precedentes en Escocia, uno de sus feudos, en beneficio del Partido Nacional Escocés (SNP), forzaron la dimisión inmediata de su líder, Ed Miliband, un izquierdista atemperado por las conveniencias electorales, pocas horas después de sufrir “una profunda decepción” y haber asimilado el acíbar de la derrota. Le acompañaron en la renuncia los otros dos grandes derrotados: el liberal demócrata Nick Clegg, viceprimer ministro saliente, y Nigel Farage, líder del eurófobo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP).

Los institutos de sondeo y hasta los corredores de apuestas, que hasta el último minuto tergiversaron con el codo a codo entre los dos grandes partidos y el hung parliament (parlamento colgado o sin clara mayoría), sufrieron una estrepitosa derrota que ahora achacan a la decisión in extremis de los que aireaban su incertidumbre al responder en las encuestas. La elección más reñida y dramática que anunciaban por la mañana todos los periódicos quedó en agua de borrajas tan pronto como cerraron los colegios electorales por la noche y la BBC ofreció los primeros resultados de un sondeo a pie de urna: sorprendentemente, los tories se aproximaban a la mayoría absoluta.

La muerte del bipartidismo y sus corolarios: una Cámara de los Comunes muy dividida y un gobierno inestable, según los pésimos augurios de muchos comentaristas, tampoco se consumaron, por suerte para los británicos. El circunspecto The Economist llegó a pronosticar que “la fragmentación del tablero político en seis partidos augura un período de inestabilidad y una crisis del sistema”. Según Chris Ferry, investigador de la Electoral Reform Society, un grupo de presión que milita en favor de un cambio del modo de escrutinio en sentido proporcional, “el sistema bipartidista ha muerto y es muy poco probable que retorne”, una profecía prematura. El 7 de abril, el International New York Times publicó un sesudo análisis sobre “un bipartidismo que se desvanece”, en referencia a la campaña electoral británica. Los ingleses, mayoría abrumadora del Reino Unido, demostraron no estaban de acuerdo con esas previsiones.

La tradición se respetó, una vez más, porque la victoria de Cameron provocó tres cadáveres políticos, los de sus principales adversarios, que se vieron abocados a la dimisión. Los que estamos acostumbrados a que nuestros políticos sigan en el machito, luego de haber sido derrotados, o de haber hecho una apuesta claramente fallida, admiramos esa costumbre de la clase política británica de asumir las responsabilidades inmediatamente y despoblar los escalafones cada vez que se produce un seísmo electoral.

El modo de escrutinio mayoritario por distritos ofrece resultados chocantes y cercena drásticamente la representatividad de las fuerzas minoritarias que reciben un voto muy disperso, como es el caso de los liberal-demócratas y el UKIP, pero premia a los dos grandes partidos nacionales y también a las minorías que tienen sus votos muy concentrados, como confirma la espectacular progresión de los nacionalistas escoceses. Un sistema electoral que, pese a sus defectos, contribuye a preservar la estabilidad de las instituciones de un país sin Constitución escrita. Pese a la disminución constante de sus votantes, los conservadores y los laboristas siguen señoreando el paisaje político con el 67 % de los votos, lo que supone una caída espectacular desde el 90 % de hace 60 años.

Un somero análisis de los resultados nos informa de las persistentes aberraciones del escrutinio. El Partido Conservador tuvo el 36,9 % de los votos y alcanzó la mayoría absoluta con 331 escaños, 24 más que en 2010, el mayor avance registrado por el  partido desde la victoria de Margaret Thatcher en 1983. Una mayoría confortable si se le añaden los 8 escaños de su filial, el Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte. El Partido Laborista logró el 30,4 % y 232 escaños, lo que entraña una pérdida de 26 en comparación con 2010, el peor resultado en 30 años. Lo más extravagante es que el UKIP, con el 13% de los votos a nivel nacional, el tercero más votado, sólo obtuvo 1 escaño, mientras que el SNP, con el 4,7 % de los votos, se hizo con 56 de los 59 escaños de Escocia, un aumento de 50. La adversidad se cebó en el Partido Liberal Demócrata, que con el 7,9 % de los sufragios quedó reducido a 8 diputados (logró 57 en 2010), un castigo excesivo para la metamorfosis que le llevó desde la protesta permanente y el rigor moral al gobierno de coalición. Los nacionalistas de Gales (Plaid Cymru) obtuvieron 3 escaños. La participación fue relativamente baja (66,1 %), pese al dramatismo impostado de los concurrentes, y tan abultada indiferencia debe atribuirse a una campaña tediosa, unos objetivos modestos y unos líderes mediocres.

Un sistema electoral mayoritario

La ciencia (¿) política considera que el sistema electoral británico (mayoritario, uninominal, por distritos, a una sola vuelta), cada cinco años, produce de manera casi automática mayorías abrumadoras y derrotas aplastantes de los dos partidos turnantes en la Cámara de los Comunes y, por ende, gobiernos monocolores y estables, además de una relativa libertad de voto de los diputados en los asuntos que afectan a la conciencia. Esto quiere decir que los electores votan en sus circunscripciones (distritos) a un diputado que representa a un partido. Actualmente hay 650 distritos y, por lo tanto, el  mismo número de escaños en los Comunes, cámara baja del Parlamento, que celebra sus sesiones en el palacio londinense de Westminster. El sufragio es universal y directo, ejercido por los mayores de 18 años.

Con esas mayorías absolutas inequívocas, la soberanía nacional que reside en los Comunes queda en manos del vencedor y de su líder, recibido por la reina y nombrado automáticamente primer ministro, hasta el punto de que el lado mayoritario de la cámara puede hacerlo todo, excepto de un hombre una mujer, según el proverbio que repiten los manuales. El Gabinete formado por el primer ministro debe obtener la confianza de los diputados. El sistema tiende inexorablemente al bipartidismo, de manera que las terceras fuerzas emergentes están condenadas al ostracismo, la minoración humillante, la notoria injusticia, hasta que logran en ímproba gesta política desplazar a uno de los dos partidos hegemónicos. Hasta la forma rectangular de cámara, no en hemiciclo, sino con las dos bancadas frente a frente, modestas e incómodas, evoca o sugiere el bipartidismo, como si no quedara sitio para el resto.

El sistema ha producido algunas veces resultados aberrantes: el partido más votado a nivel nacional no coincide necesariamente con el que obtiene la victoria en más distritos y cuenta por lo tanto con más escaños. La distribución de los distritos (constituencies) y el número de sus electores, que debe ser similar, constituyen una cuestión harto controvertida. Los límites los establece desde 2000 la Comisión Electoral, un organismo independiente de los partidos. Rige el principio “First past the post” (el primero obtiene el escaño), el candidato con más votos en cada circunscripción es el elegido, aunque sea por un solo sufragio de diferencia. La cuota de voto nacional es irrelevante para decidir el vencedor, pues sólo cuenta el número de escaños que cada partido obtiene. Este procedimiento favorece más a los conservadores y los laboristas, cuya maquinaria electoral les hace más susceptibles de ser votados por defecto.

El Partido Laborista, que surgió en 1900, no llegó a ser la oposición oficial (la leal oposición al gobierno de SM) hasta las elecciones de 1922, cuando desplazó de esa posición al viejo Partido Liberal de William Gladstone y Lloyd George, y no logró su primera mayoría absoluta hasta las elecciones de 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el vencedor de la contienda, Winston Churchill, sufrió una derrota oprobiosa, apabullado por el ímpetu socialista y planificador de la época, a manos del meritorio Clement Attlee, que había sido ministro en el Gabinete de Guerra. Los resultados de 1945 fueron los siguientes: Partido Laborista, 393 escaños; Conservador, 213 escaños; todos los demás partidos se repartieron los otros 30 escaños.

El bipartidismo es una estructura rígida, aniquiladora de todas las fuerzas discrepantes. En los años 50 y 60 del pasado siglo, catapultados por el voto útil, ambos partidos obtenían invariablemente el 90 % de los sufragios y escaños. En las elecciones de octubre de 1951, que determinaron el retorno de Churchill al poder, ofrecieron algunos datos significativos o excéntricos, ejemplo supremo de la iniquidad flagrante del modo de escrutinio. Concurrieron nueve partidos, pero los laboristas y los conservadores coparon el 97 % de los sufragios. El colmo de la parcialidad: el Partido Conservador obtuvo menos votos (12.660.661 por 13.948.883 de los laboristas), pero más escaños (321 por 295).

La última vez que hubo un gobierno británico en minoría fue tras las elecciones generales de febrero de 1974, en las que ningún partido obtuvo la mayoría absoluta. El primer ministro conservador Edward Heath, que había patrocinado el ingreso en la entonces Comunidad Europea (1 de enero de 1973), resultó derrotado por sólo cuatro escaños, 297 escaños frente a los 301 del laborista Harold Wilson. Tras un infructuoso intento de Heath de organizar un gobierno de coalición con los liberal-demócratas, Wilson regresó al poder que había perdido en 1970 y ocho meses más tarde, en octubre de 1974, consiguió una estrecha mayoría absoluta y se mantuvo en el 10 de Downing Street hasta su súbita e inexplicada dimisión en 1976.

El último hung parliament (parlamento colgado o sin clara mayoría) fue elegido el 6 de mayo de 2010, cuando el Partido Conservador obtuvo más escaños (306), pero su líder, David Cameron, hubo de recurrir a una alianza con los liberal-demócratas de Nick Clegg (57 escaños) para asegurar la mayoría absoluta y formar un gobierno de coalición. La coalición resultó relativamente fácil porque el jefe del gobierno saliente y líder laborista, Gordon Brown, sufrió un fuerte varapalo al obtener sólo 258 escaños (97 menos que 2005) y se apresuró lógicamente a desaparecer del escenario.

El historiador Timothy Garton Ash, europeísta y centrista, tras pedir el voto para los liberal demócratas, en un artículo en el progresista The Guardian, calificó de “unfair” (injusto o inicuo) el modo de escrutinio, porque “el ganador se lo queda todo”. Una opinión valiosa, ilustrada, pero minoritaria, con un triple objetivo de mantener a Escocia en el Reino Unido, a éste en la Unión Europea y promover “una sociedad británica que combine la eficiencia de una sociedad de economía de mercado con la justicia social y la sostenibilidad ambiental”, es decir, los pilares de una manida utopía que, al parecer, suscita escaso entusiasmo entre los electores, más preocupados por los problemas de la intendencia, la inmigración o el descenso de los niveles salariales. La estrepitosa derrota de los liberal-demócratas quizá provoque nuevas reflexiones de tan reputado analista.

Más allá de los resultados, los tres partidos nacionalistas en Escocia, Gales e Inglaterra (UKIP) complican extraordinariamente el panorama político y hasta el futuro del Reino Unido. Lo que empezó siendo “una campaña sobre el futuro de la economía británica ha mutado en una intensa lucha sobre la futura composición de la misma Gran Bretaña”, según la inquietud expresada por en analista Matthew d´Ancona. Los nacionalistas, como es notorio en España, acostumbran a sacar gran tajada de su eventual apoyo a un gobierno en minoría, pero la mayoría absoluta de los tories aconsejará prudencia a los escoceses y les ahorrará la ritual tentación del chantaje. Los votantes de Cameron, en su mayoría ingleses, ya dejaron bien sentado que no les gustaría ser gobernados desde Edimburgo.

Durante la segunda mitad del siglo XX, el poder se repartió entre los dos grandes partidos. Los conservadores dirigieron el gobierno ininterrumpidamente desde 1979 a 1997, 18 años, primero con Margaret Thatcher y luego con su heredero, John Major, un período de liberalización económica (neoliberalismo), derrota de los sindicatos y rigor presupuestario. El laborista Tony Blair, tras depurar ideológicamente al partido y eliminar sus resabios marxistas, se mantuvo en el poder 10 años. Retirado Blair, su sucesor, el escocés Gordon Brown dilapidó rápidamente la herencia (2007-2010) y el bipartidismo pareció resquebrajarse, de manera que tras las elecciones de 2010, el conservador David Cameron tuvo que formar un gobierno de coalición con el Partido Liberal Demócrata, después de más de 60 años de alternancia bipartidista. Los dos partidos principales reunieron sólo el 65 % de los votos.

“Dejadme terminar la tarea”, fue el leitmotiv de la campaña de Cameron, con el prurito de sacar al país del marasmo económico en que lo sumieron la crisis de 2008 y la pésima gestión de los laboristas. Lo ha conseguido, pese a la morosidad de la campaña y a la distancia creciente entre el pueblo llano y las élites generadas por el establishment, de las que el primer ministro es un típico representante, formado en Eton y Oxford, buen orador, pero de escasa enjundia ideológica, pragmático impenitente, sin los proyectos, la convicción y la energía que hicieron famosa a Margaret Thatcher. No cabe duda de que Gran Bretaña, bajo el signo de la austeridad, salió de la crisis. El crecimiento es sostenido, superior al de la Europa continental, y el desempleo está en unos niveles históricamente bajos (5,5 %). Las promesas de pleno empleo e inmediata rebaja de todos los impuestos calaron en los electores.

El panorama económico no está exento de sombras y amenazas, desde luego, que apuntan ominosamente hacia la consolidación de una sociedad dual que garantiza buenos empleos y seguridad en algunos sectores, pero mantiene en la precariedad o la marginación en otros, un fenómeno que se extiende también por la Europa continental. Todo parece indicar que el laborista Miliband, como sugiere el rotativo izquierdista The Guardian, acertó con el diagnóstico pesimista, denunciado la aparente hemiplejia moral de sus adversarios conservadores, pero fracasó en el intento de trasladar los principios de solidaridad y compasión a unas propuestas concretas y entendibles por la mayoría.

Las cuestiones de Europa y Escocia

El triunfo de Cameron no resuelve sino que agudiza dos espinosos problemas que van a perturbar sin duda le ejecutoria del nuevo Gabinete: las relaciones con un envalentonado nacionalismo escocés, insaciable en sus reclamaciones, y la negociación con los 28 miembros de la Unión Europea (UE) para establecer las condiciones en que se celebraría un referéndum, a finales de 2017, para decidir si el Reino Unido se queda o rompe amarras con el proyecto paneuropeo.

La promesa de Cameron es una concesión a los euroescépticos de su partido y los eurófobos recalcitrantes que votan al UKIP (13 %), pero algunas de sus condiciones para seguir en la UE, como la de establecer cuotas para los inmigrantes comunitarios, resultan inaceptables para Bruselas. ¿Cómo se desarrollará la negociación con los Estados miembros? Habrá que improvisar mucho, puesto que ningún Estado amenazó antes con abandonar la empresa comunitaria, ni presentó unos cálculos creíbles sobre las ventajas e inconvenientes de la separación. Sólo las presiones dentro del Partido Conservador, algunos de cuyos dirigentes insisten machaconamente en “recuperar el control de las fronteras”, explican que Cameron se empeñe en seguir por ese camino en contra de la opinión de la City y de los empresarios británicos, de los dictados de una economía manufacturera y financiera e incluso de los intereses del “hermano americano” que presionan en favor del mercado transatlántico.

Tras el debate sobre la cuestión europea yacen agazapados, al menos entre las élites, los problemas de la política exterior en su conjunto, de la estatura internacional de la nación, su retirada de la escena mundial, la relación con EEUU, que ha dejado de ser “especial” con Barack Obama, y la eterna disputa sobre los medios y los fines, sobre la adecuación de los compromisos internacionales a los recursos de la nación. Desde la intervención en Iraq (2003), bajo la batuta de Tony Blair, “David Cameron ha presidido la mayor pérdida de influencia de nuestro país en una generación”, según el lamento del laborista Miliband durante la campaña electoral. Dos prestigioso militares escriben en la revista The Spectator que la capacidad para el combate de las Fuerzas Armadas ha sido “masivamente reducida”. En términos absolutos, el gasto en defensa disminuyó el 14 % desde 2010.

Un análisis muy pertinente puede encontrarse en el libro Who Governs Britain?, del profesor Anthony King, de la universidad de Essex, que pasa minuciosa revista a los recortes del gasto militar en el último decenio y denuncia que los gobiernos británicos de ambos partidos, aunque con menos medios, siguen utilizando la retórica propia de una potencia  mundial. “Como no pueden pelear por encima de su peso –escribe King con metáfora pugilística–, hablan como si lo pudiera hacer.” El último intervencionista fue el laborista Tony Blair, precisamente vituperado por eso por la opinión pública y alejado de la campaña electoral.

Los resultados electorales en Escocia y el triunfo del SNP, que algunos interpretan como una venganza por la pérdida del referéndum de independencia, en septiembre de 2014, constituyen un desastre sin paliativos para el laborismo. “El SNP perdió el referéndum, pero parece que el Partido Laborista ha perdido Escocia”, sentencian Fiona Hill y Philippe le Corre en la revista norteamericana Foreign Affairs, en un artículo titulado “La bomba de Blair”, puesto que éste fue el primer ministro que, en cumplimiento de una promesa electoral, hizo aprobar en 1997 por los Comunes la Scotland Act (la ley de Escocia), que consagró “la devolución de poderes” y permitió elegir un parlamento regional escocés con sede en Edimburgo. Como entonces no existía en Escocia una reclamación social apremiante sobre la autonomía, una región dominada políticamente por el laborismo, queda claro que el maquiavelismo de Blair fue la bomba de relojería que ahora le reprochan los citados analistas.

Los dos partidos mayoritarios, el Laborista y el Conservador, utilizaron la cuestión escocesa como un arma arrojadiza que muy pronto se transformó en bumerán. Blair calculó que, al asumir las exigencias de los nacionalistas escoceses, los laboristas, que ya eran el primer partido de Escocia, se garantizarían un coto electoral permanente y eliminarían de facto de la competición a sus adversarios conservadores. Lo que no pudo prever es que, 17 años después, los nacionalistas escoceses acabarían por organizar un referéndum sobre la independencia, primer paso para la expulsión del laborismo del paisaje político de la región. La derrota de los separatistas por diez puntos fue propiciada muy destacadamente, desde la primera línea de combate, por el ex primer ministro laborista Gordon Brown, un escocés de pro, cuando ya el legado de Blair era un lastre muy pesado.

Como los nacionalistas subestatales son insaciables en sus reclamaciones, los políticos estatales que tratan de apaciguarlos, de aproximarse a ellos o de hacerles algunas concesiones, se convierten muy frecuentemente en aprendices de brujo o rehenes de su propia claudicación. Fue lo que ocurrió, salvando las distancias, al socialista Rodríguez Zapatero en España con la prolongada y desestabilizadora peripecia de un nuevo estatuto catalán concebido estrictamente contra el PP. Cameron tampoco escapó a esa tentación del disparo contra el adversario, pues pactó el referéndum escocés sobre la independencia con el insidioso propósito de debilitar a los laboristas en su feudo tradicional. Los resultados de esos oportunismos, de dirigentes sin principios, suelen ser devastadores, como los incendios que provocan los que deberían actuar como bomberos.

Tras perder el referéndum de la independencia, el nacionalismo escocés, bajo el impulso de una nueva líder, la primera ministra regional Nicola Sturgeon, adalid de un populismo frenético, pasionaria de la independencia, emprendió inmediatamente el viaje de la recuperación y la agresividad. El sueño o la pesadilla de la secesión siguen presentes en “las tierras altas”. Sturgeon copió el discurso que era el del socialismo compasivo, el que deseaban oír los obreros y empleados escoceses contra los “recortes” de Cameron y contra las élites de Westminster, y acabó por provocar la desaparición de los laboristas del mapa político de la región. Ahora sabemos que la dama de hierro escocesa contribuyó con mucho ímpetu y verbo inflamado al desastre de Miliband en las elecciones generales. ¿Habrá alguna salvación para los laboristas?

No sabemos si Cameron habrá sacado alguna lección de todo lo ocurrido en Escocia después de 1997. En su primer discurso tras la victoria electoral, el primer ministro reiteró que traspasará nuevas competencias al parlamento escocés, prometió “gobernar con respeto”, pero dejó bien sentado que lo hará “como el partido de una nación, de un Reino Unido”. ¿Cuándo empezarán a manifestarse las inevitables y ruidosas contradicciones?

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