Posteado por: M | 12 mayo 2015

Maniobras diplomáticas en torno de Cuba

Las últimas maniobras diplomáticas sugieren que Cuba vuelve a estar en el candelero. En menos de una semana, el presidente Raúl Castro mantuvo tres encuentros relevantes: estuvo en Moscú, que sigue siendo su histórica prioridad estratégica; luego acudió al Vaticano, para dar las gracias al papa Francisco por haber patrocinado o facilitado la apertura de una nueva etapa en las relaciones de La Habana con Washington; y finalmente recibió en La Habana al presidente francés, François Hollande, en la primera escala de su viaje de negocios por las Antillas. Una agenda muy apretada con el objetivo de proclamar que el castrismo, pese a la usura del tiempo y el descrédito de sus postulados, sigue vivo. Los Castro han cambiado los papeles, mas, como ocurrió con otros déspotas, sólo capitularán ante la historia.

Después de múltiples peripecias, de idas y venidas ideológicas, del romanticismo guerrillero al comunismo soviético, al borde del abismo nuclear (1962); de la crisis de los balseros (1980) al fin de las subvenciones de la URSS moribunda (1990) y el maná del petróleo venezolano ya en este siglo, para terminar estrechando la mano tendida por Barack Obama e inclinarse finalmente ante los imperativos del business, con la mirada puesta en el éxito de China, tan difícil de trasplantar al Caribe. El cinismo del poder dictatorial encarnado por la dinastía fraternal de los Castro, que hoy parece haber puesto sordina a sus insultos y procacidades hacia todos los presidentes norteamericanos desde Eisenhower, a fin de emprender el nuevo y tortuoso camino de los negocios.

El mismo cinismo que permite a Raúl Castro regalar al Papa un lienzo vulgar de un artista cubano en el que se plasma la tragedia de los emigrantes en el Mediterráneo, que es tanto como mentar la soga en casa del ahorcado. Porque millones de cubanos huyeron de las miserias, la mordaza y la represión de la dictadura y muchos se jugaron la vida en el estrecho de Florida. Cuba cuenta con diez millones de habitantes, pero otros tres millones de cubanos viven en el exilio, de los que dos millones se encuentran en EE UU, principalmente en el estado de Florida. ¿Cómo puede el menor de los Castro evocar ante el papa Bergoglio una tragedia de emigración y muerte que es la misma que afligió o ahogó a tantos de sus compatriotas?

El dictador Castro agradeció calurosamente al Papa sus gestiones para la reanudación de las relaciones con EE UU. Aunque se desconocen los detalles, debido a la proverbial discreción de la diplomacia vaticana, ha trascendido que el Pontífice actuó como mediador y logró que las delegaciones de ambos países se reunieran en Roma en octubre de 2014, dos meses antes de que Obama y Castro, en sendas comparecencias simultáneas, anunciaran el 17 de diciembre el inicio de las conversaciones para el restablecimiento de las relaciones, en un entierro simbólico de la guerra fría y a veces caliente que persistió durante más de medio siglo.

Raúl Castro obsequió a los periodistas con una frase que más parece una ocurrencia que un propósito serio: “Yo me leo todos los discursos del Papa. Si continúa hablando así, les aseguro que volveré a rezar y regresaré a la Iglesia. Y no lo digo en broma.” No pretendo juzgar las intenciones de Castro, ni adivinar el sentido de su humorada, pero creo que el papa Bergoglio quizá debería empezar a preocuparse por el entusiasmo o la interpretación que sus discursos suscitan en un dictador oficialmente comunista. Lo que nos cuenta la historia es que los hermanos Castro se educaron con la Compañía de Jesús, orden a la que perteneció el actual Pontífice.

El papa Francisco tiene previsto detenerse en La Habana, en septiembre próximo, en el camino que le llevará a Washington, Nueva York y Filadelfia. Será la tercera visita pastoral de un Pontífice a Cuba, tras las de Juan Pablo II (1998) y Benedicto XVI (2012), aconsejadas sin duda por el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Ortega Alamino, verdadero funámbulo de las relaciones con el régimen comunista, que sin duda amplió el estrecho campo de juego de la Iglesia, pero que no supo actuar con la energía y la convicción que hubieran podido mejorar la situación de una oposición tan duramente castigada. Tampoco las visitas de los dos papas anteriores pudieron ni siquiera entreabrir las mazmorras de un sistema que sigue pronunciando con desfachatez más que fanatismo el lema gastado de “socialismo o muerte”.

Quien desee apreciar los contrastes entre las emociones calurosas de la revolución y la realidad sombría de la dictadura ahora decrépita puede leer un texto clásico, Huracán sobre el azúcar, el gran reportaje de Jean-Paul Sartre, publicado en el semanario L´Express (1960), acompañado luego en libro por el ensayo “Ideología y Revolución”, para después adentrarse, entre la multitud de testimonios críticos o desengañados, las memorias del periodista Carlos Franqui (Cuba, la revolución: mito o realidad), ya desaparecido, que fue un revolucionario de la primera hora, director del periódico Revolución, anfitrión de Sartre y Simone de Beauvoir en las dos visitas de éstos en 1960. Franqui acabó en el exilio y vilipendiado por la propaganda comunista.

“Era imposible vivir en aquella isla sin participar en la tensión unánime”, rememoró Sartre en un alarde sin complejos de la parcialidad revolucionaria, del entusiasmo irreflexivo. Cuando un estudiante cubano le preguntó en 1960 si era posible “la revolución sin ideología”, el filósofo francés necesitó todo un ensayo para responder afirmativamente. La luna de miel o la pasión inflamada de los intelectuales por el castrismo no empezó a enfriarse hasta 1971, cuando estalló el escándalo del poeta Heberto Padilla, que dio con sus huesos en la cárcel por haberse atrevido a dudar de la utopía fallida y el desenfreno del culto de la personalidad de Fidel Castro. Está por escribir, sin embargo, la historia y el desencanto de la izquierda europea y de la española en particular por la degradación del castrismo, ahora que la mitología ha traspasado el umbral de un ocaso irreversible. Esperando a un nuevo Raymond Aron que nos ilustre sobre El opio de los intelectuales, el luminoso ensayo de 1955.

La visita de Hollande y 30 empresarios

El visitante actual de la isla, aunque sea como turista, apreciará inmediatamente que el entusiasmo se ha esfumado y que la ideología es un mero instrumento del poder exhausto, mientras oye las quejas de los llamados cuentapropistas, los que trabajan al margen del Estado, pero sometidos a su vigilancia y al enredo burocrático. El viajero curioso no necesitará mucha impertinencia para adentrarse en las carencias múltiples que rodean las vidas de los cubanos o en la incuria gubernamental cuyo última manifestación es su nula respuesta ante las catastróficas consecuencias de las lluvias que azotaron la isla a finales de abril, provocando el caos y tres muertos en La Habana, una hermosa ciudad que amenaza ruina por doquier y que cada año está peor preparada para resistir las inclemencias del trópico.

La visita a La Habana del presidente Hollande, acompañado por 30 empresarios, refleja los intereses comerciales de Francia y las expectativas creadas no tanto por la apertura del régimen como por edad avanzada de los Castro. Unas 60 firmas francesas están activas en Cuba y esperan mejorar sus negocios: Pernod-Ricard, Accor, Nouvelles Frontières, Bouygues, Alcatel-Lucent, Total y los bancos BNP-Paribas y Societé Général. Raúl ha mudado el uniforme verde oliva por el traje de alpaca del gerente de la empresa que otorga licencias a cambio de un trato cortés en la vida internacional. Fidel, valetudinario en chándal, ha refrenado su logorrea que fuera inagotable, pero de vez en cuando utiliza el único periódico oficial para trazar las líneas rojas del régimen. Mientras casi todo sigue desesperadamente igual.

Lo que quizá no esperaba el presidente Hollande es que, antes de partir para La Habana, en la primera visita de un jefe de Estado francés, la organización internacional Reporteros Sin Fronteras (RSF) le enviara una carta abierta para pedirle que se interese ante los Castro por la libertad de información inexistente y la liberación de tres periodistas –Yoeni de Jesús Guerra García, José Antonio Torres y Ángel Santiesteban-Prats— que cumplen diversas penas de prisión por haber publicado informaciones que la dictadura considera “antirrevolucionarias”. RSF le recordó a Hollande lo que éste escribió en 2003, en un artículo publicado en Le Nouvel Observateur: “El silencio de los amigos de Cuba sería una forma de complicidad frente a un sistema que denunciaríamos en cualquier otra parte.”

Por su parte, la organización Amnistía Internacional, con sede en Londres, exhortó al presidente francés a tomar partido activamente en defensa de los derechos de los cubanos “para quienes expresarse libremente sigue siendo una ilusión”. Amnistía llama la atención sobre “el deber moral” de Hollande y su “inmensa responsabilidad” en este viaje a un país en el que “todos los medios están controlados por el Estado, donde no se tolera la prensa independiente y los periodistas independientes y los blogueros siguen siendo objeto de represión”. El primer líder europeo que llega a La Habana no ha querido llevar un mensaje que hubiera podido provocar un incidente diplomático.

Por los relatos de la prensa francesa llego a la conclusión de que el presidente Hollande, al menos públicamente, no atendió las exhortaciones de las dos organizaciones internacionales, sino que puso en marcha “la estrategia del equilibrismo diplomático”, según la perífrasis del diario Le Monde. Funambulismo de escasa altura, desde luego. Primero condecoró con la Legión de Honor al cardenal Jaime Ortega, seguidamente visitó al Líder Máximo, en su residencia, y luego declaró ante los periodistas: “Tenía delante de mí a un hombre que ha hecho historia. Forzosamente hay debate sobre cuál puede ser su lugar, pero, al venir a Cuba, deseaba encontrarme con Fidel Castro.”

El jefe del Estado francés pronunció una conferencia en el paraninfo de la Universidad de La Habana, lugar idóneo para alguna reflexión intelectual y moral sobre la dictadura, su ominosa realidad y las secuelas de un despotismo tan prolongado. Pero no cayó en la tentación de denunciar lo que es obvio. Con destino a los oídos del régimen, Hollande reclamó “el levantamiento del embargo que entorpece el desarrollo”, una frase ritual pero que encubre diplomáticamente una falsedad. Podría haberse ahorrado la segunda oración. Porque no es el embargo lo que impide el desarrollo, sino la naturaleza de un régimen político despótico, moralmente recusable, políticamente autista y económicamente desastroso. El presidente francés cerró su intervención con un mensaje de doble lectura: “Si es posible frenar o impedir el movimiento de las mercancías, resulta imposible frenar el de las ideas o de la cultura.” Pero la libertad en Cuba no es para mañana, desde luego.

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