Posteado por: M | 24 mayo 2015

El Estado Islámico se consolida y amenaza

Las milicias del autoproclamado Estado Islámico (EI) o Daech (su acrónimo árabe) siguen causando estupor, muerte, estragos y temor en sus correrías bélicas por Iraq y Siria. Ante el degüello de varios rehenes difundido por televisión, las masivas ejecuciones sumarias, la destrucción de tesoros arqueológicos y el sometimiento brutal de las poblaciones, la impresión dominante en Europa es que la barbarie islamista avanza imparable, sin que EE UU y sus aliados dispongan de una estrategia convincente para contrarrestarla. Las conquistas de Ramadi, capital de la provincia iraquí de Anbar, la más extensa del país, y de la ciudad siria de Palmira, entre el 17 y el 20 de mayo, fueron completadas con la toma de un paso fronterizo entre los dos países, mientras en Washington y otras capitales se disparaban las alarmas por el desastre geoestratégico, la incoherencia de la coalición militar dirigida por los norteamericanos y los sombríos vaticinios sobre una radical mudanza en el mapa del gran Oriente Próximo.

Los éxitos de los insurgentes islamistas destruyen los pronósticos sobre su inminente colapso y confirman que Iraq es definitivamente un Estado fallido, teóricamente dirigido por un gobierno sectario, dominado por los chiíes, que se mantiene en pie gracias a la protección de las tropas enviadas por Irán y los bombardeos y otras operaciones de los norteamericanos contra las posiciones de los legionarios de la guerra santa (yihad). El ejército iraquí, muy poderoso bajo la satrapía de Sadam Husein, se ha convertido en un conglomerado fantasmagórico cuyas unidades huyen en desbandada al menor contratiempo, como se comprobó en Mosul hace un año y se ha visto ahora en Ramadi y la frontera con Siria, para desesperación de los 3.000 asesores y fuerzas especiales estadounidenses.

La pérdida de Ramadi constituye el más sonado fracaso del gobierno de Bagdad desde la caída de Mosul, en junio de 2014, y demuestra tanto la debilidad congénita del ejército iraquí como las limitaciones de la ofensiva aérea norteamericana. En agosto de 2014, Washington logró formar una coalición militar de 22 países, incluyendo a la mayoría de los árabes y las principales potencias europeas, con el propósito de derrotar al Estado Islámico. Pero desde el primer momento, y ante la negativa tajante del presidente Obama de enviar fuerzas sobre el terreno (boots on the ground), la coalición ha mostrado sus carencias militares y sus incongruencias estratégicas o extrañas alianzas, sin acuerdo sobre el objetivo final en el campo minado del conflicto religioso y las rivalidades regionales entre Arabia Saudí, Irán y Turquía.

Por los cabildeos secretos franco-británicos de 1916 (Acuerdos Sykes-Picot), para el reparto colonial del Oriente Próximo, y tras la capitulación y la desintegración del Imperio otomano, la monarquía instaurada en el territorio que hoy conocemos como Iraq fue colocada bajo el protectorado británico. El asesinato del rey Faisal por los militares suníes quebró los últimos lazos con Londres y desembocó en la proclamación de la República en 1958, seguida por un período turbulento que acabó en 1970 con la dictadura del partido Baas (laico y socialista) y del general Sadam Husein, que mantuvieron con mano férrea la unidad del ejército y del país amenazada constantemente por la revuelta endémica de los kurdos y las tensiones interétnicas y religiosas.

Derrocado el autócrata Sadam por la invasión anglo-norteamericana (2003), la ocupación extranjera creó el escenario más propicio para una terrible guerra civil y religiosa, de manera que Iraq es hoy es un país desgarrado irremediablemente en tres miniestados: al noreste, los kurdos defienden el embrión de un Estado con el que siempre soñaron; en el centro y el oeste, con Mosul como plaza fuerte, está instalado el califato que proclamó Abu Bakr el-Bagdadi, el 29 de junio de 2014, y que no ha hecho sino expandir su territorio; sólo Bagdad y el sur, la región de Basora, donde los chiíes disponen una abrumadora y compacta mayoría, siguen bajo la autoridad de un gobierno que en realidad actúa exclusivamente por medio de las milicias afines. “La partición es ya una realidad”, proclama desde el exilio un destacado político iraquí, citado por el semanario londinense The Economist.

La discordia en el seno del islam

Todos estos acontecimientos en Iraq tienen como telón de fondo la guerra confesional entre chiíes y suníes, la fitna, la discordia en el seno del islam, que ensangrentó el país durante la ocupación norteamericana (2003-2008) y propició un ineluctable proceso de fragmentación comunitaria y territorial del que se ha aprovechado el Daech para presentarse como mal menor en algunas provincias de mayoría suní, cuyas poblaciones temen y detestan a los chiíes que dirigen el gobierno y el ejército nacionales. En Bagdad, donde suníes y chiíes habían cohabitado pacíficamente, se ha consumado una radical limpieza confesional, perpetrada por las milicias chiíes con apoyo iraní y con la connivencia del gobierno, hasta el punto de que los suníes han sido expulsados de los barrios mixtos. Los millones de desplazados no sólo huyen de los yihadistas, sino también de las milicias sectarias.

El maniqueísmo alimenta las hostilidades entre las comunidades religiosas, las dos principales ramas del islam, la mayoritaria suní (80 %) y la minoritaria chií (15 %). A finales de marzo, luego de la toma de la ciudad de Tikrit por las fuerzas gubernamentales iraquíes, merced al respaldo conjunto de la aviación norteamericana y las milicias iraníes, los chiíes cometieron innumerables atrocidades contra la población civil, mayoritariamente suní, según tiene constancia la organización norteamericana defensora de los derechos humanos Human Right Watch. Los estrategas de Washington aún deploran el inmenso error de haber disuelto el ejército que Sadam logró organizar durante su dictadura.

El sectarismo religioso explica que los milicianos del Estado Islámico, de confesión suní, sean recibidos con alborozo por gran parte de las poblaciones de los territorios de mayoría suní. La administración de los yihadistas cuenta con la colaboración de muchos mandos intermedios del partido Baas, civiles y militares, curtidos en la dictadura de Sadam, que se han sumado a la causa del califato no tanto para dar rienda suelta a su fanatismo cuanto para expresar su rechazo del gobierno de Bagdad dominado por los chiíes y sus aliados extranjeros llegados de Irán. Una adhesión parecida mantienen, por las mismas razones religiosas, los que fueron militantes de Al Qaeda en Iraq (AQI), igualmente de confesión suní.

Según informaciones norteamericanas, el califato proclamado por Al Bagdadi cuenta con unos 40.000 combatientes fanatizados, bien entrenados y mejor pertrechados, incluidos los 10.000 legionarios procedentes de varios países europeos, atraídos por el terror sádico, la propaganda y la utopía apocalíptica. Los milicianos imponen la ley coránica (sharia), explotan importantes pozos de petróleo y disponen de una red paralela para su comercialización; recaudan impuestos y someten al vasallaje a los cristianos y otras minorías religiosas, a los que cobran manu militari una contribución especial. La implacable guerra de religión genera el caos, multiplica las exacciones y contribuye a un éxodo de dimensiones bíblicas que encuentra uno de sus trágicos desenlaces en las aguas del Mediterráneo.

En Siria, la situación es más enrevesada si cabe y la caída de Palmira confirma que la dictadura del presidente Asad se tambalea en la misma medida en que se resquebrajan la unidad, la disciplina y la moral del ejército. Según diversos medios occidentales, generalmente muy hostiles hacia la dictadura de Asad, los insurgentes yihadistas dominan prácticamente la mitad del territorio, aunque no es menos cierto que la oposición siria moderada, respaldada y financiada por Occidente –el Ejército Sirio de Liberación (ESL)–, está completamente dislocada por las pugnas intestinas y militarmente desbordada por los grupos islamistas, la alianza operacional entre el Frente al Nusra, vinculado a Al Qaeda, y las milicias del Daech.

Si bien las informaciones procedentes de los frentes bélicos son fragmentarias y de muy difícil confirmación por testigos independientes, parece confirmarse que el sedicente califato de Al-Bagdadi se encuentra en una fase expansiva y se ha convertido en un factor estratégico de primer orden en el Oriente Próximo y en otras regiones. Según informaciones de los servicios secretos, citadas por la prensa norteamericana, el Estado Islámico financia a los milicianos que actúan en la península del Sinaí, envía combatientes a Túnez, dispone de una poderosa franquicia en la caótica Libia y asesora a los bárbaros de Boko Haram en Nigeria. Lara Jakes, que escribe en la revista Foreign Policy, informa de que el Estado Islámico está presente en 16 países, incluyendo Argelia, Líbano, Afganistán y Pakistán.

El viernes 22 de mayo, los yihadistas del Estado Islámico abrieron un nuevo frente en la guerra religiosa nada menos que en Arabia Saudí con un ataque suicida contra la mezquita del imán Alí Abi Talib, perteneciente a la minoría chií (15 % de la población), en la localidad de Al Qalif. El terrorista Abu Amer entró en la mezquita durante la oración principal del viernes e hizo estallar el cinturón de explosivos que le ceñía la vestimenta. Al menos 21 fieles chiíes resultaron muertos. Los chiíes, a los que se supone protegidos por Irán en toda la región, protestan periódicamente contra la discriminación que sufren por parte de una monarquía saudí que guarda los lugares santos del islam y se considera la cabeza visible del sunismo en su versión más integrista y retrógrada, el wahabbismo.

Cábalas y estrategia de Washington

Ante la caída de Ramadi, el presidente Obama aseguró que se trataba de un mero “retroceso táctico”, con lo cual vino a decir que la estrategia seguirá invariable, es decir, la guerra distante, electrónica, sin más hombres sobre el terreno que los asesores y comandos especiales que en Bagdad tratan de salvar a un gobierno y un país en plena delicuescencia. Prosiguen en Washington las especulaciones sobre la fortaleza y las perspectivas del Estado Islámico. El iraquí Ahmed Alí, que se desenvuelve con soltura en los medios periodísticos norteamericanos, publicó un artículo en el New York Times pa5ra defender la teoría de que “el ataque contra Ramadi fue un signo de desesperación, no de fortaleza” porque “el Estado Islámico sigue a la defensiva”, en el mismo momento en que fluían las informaciones sobre las victorias de los yihadistas.

El artículo de Ahmed Alí nos ilustra, en cualquier caso, sobre las presiones contradictorias a que se ve sometida la Administración de Obama. Los enviados y amigos de Bagdad se muestran muy activos en Washington, como si el primer ministro iraquí, el chií Haider al-Abadi, gran organizador de derrotas, aunque menos sectario que su predecesor, el también chií Nuri al-Maliki, pudiera conservar aún la convicción y la capacidad necesarias para revertir la situación.

Una opinión radicalmente distinta sostiene Richard N. Haass, presidente del Council of Foreign Relations, uno de los analistas norteamericanos de mayor influencia, quien declaró la semana pasada: “La estrategia norteamericana para combatir al autoproclamado Estado Islámico no funciona, y no puede funcionar. Aunque Estados Unidos está haciendo mucho en Iraq, respalda a un gobierno iraquí que no puede prevalecer. El viejo Iraq multiétnico se ha terminado, y por ende, Estados Unidos debe dejar de basar su política en la idea de mantener el país intacto.” Esa constatación lúgubre de que “the Multiethnic Iraq is over” me parece difícil de refutar y presagia grandes maniobras para trazar las líneas maestras del nuevo mapa de la región más conflictiva del mundo.

Una posición parecida adopta el diario libanés L´Orient-Le Jour cuando asegura que “la caída de Ramada es una pérdida estratégica que traduce la incapacidad del poder central iraquí para atraerse a las tribus suníes”. La atracción y financiación de esas tribus, mayoritarias en la provincia de Anbar, fueron el pilar esencial de la contrainsurgencia montada con éxito por el general David Petraeus, comandante en jefe de las tropas norteamericanas de ocupación, en 2007-2009, lo que permitió que Obama ordenara el repliegue y proclamara el fin de la guerra en diciembre de 2011 con la retirada de las últimas fuerzas de combate.

Cuando el Estado Islámico extiende sus tentáculos, resulta evidente que Obama y sus consejeros no saben cómo van a convencer a los grandes países de la región –Turquía, Arabia Saudí, Irán y Egipto— para llegar a una solución que tenga en cuenta los intereses de Occidente, incluido Israel, y contrarreste las amenazas que se derivan de la consolidación de un Estado terrorista en la antigua Mesopotamia que, tras los éxitos de Palmira y Ramada, anuncia que dispone de miles de millones de dólares para hacerse con el arma nuclear a través de una potencia nuclear como Pakistán en la que los islamistas de diversa obediencia tienen mucho poder. ¡Otra vez la fantasía apocalíptica del quinto jinete del Apocalipsis!

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Responses

  1. El último pàrrafo de tu artículo me lleva del Nuevo al Antiguo Testamento. Claro que intuir un cuadro peor que el que San Juan nos cuenta con sus cuatro jinetes apocalípticos galopando resulta difícil. Podrà superarlo el Estado Islàmico? La duda inquietante que apuntas con este eventual ‘encuentro de intereses’ con Pakistan, me conduce a remontarme a los hechos anunciados por nuestro ‘misericordioso’ Dios en el Deuteronomio: “El Senyor harà que se lance contra tí (el pueblo de Israel), como un buitre, desde un extremo de la tierra, una nación que no entenderás cuando te hable i será tan duro el sitio de este enemigo que acabarás comiéndote el fruto de tus entrañas, la carne de tus hijos i de tus hijas… Es decir ‘hechos’ convertidos en pieza ejemplar de la literatura de terror del que este pasaje es una minucia si se compara con el entero complejo de amenazas descritas en esta parte del A. T.


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