Posteado por: M | 7 junio 2015

El populismo sitúa a Grecia en la disparadero

Han pasado cinco años desde que Grecia recibió el primer rescate multimillonario, pero sigue manteniendo en vilo a la Unión Europea (UE) y los mercados por sus graves y crónicos desequilibrios económicos, ahora exacerbados por la inestabilidad política y la incertidumbre. Los cuatro meses de Syriza en el poder no han resuelto ningún problema, pero han empobrecido aún más al país y han enconado la negociación dentro de la eurozona. La historia nos enseña, desde la Grecia clásica, que cuando la demagogia se instala en el espacio público, la libertad está en peligro, la democracia degenera. Las últimas propuestas europeas fueron tildadas de “absurdas” por el primer ministro griego, Alexis Tsipras, que evoluciona entre la conciliación y el desafío, prisionero de sus promesas, del prurito de mantener el euro y de la retórica de los más radicales de sus correligionarios, que alardean ritualmente con la ruptura.

Desde las últimas elecciones del 25 de enero de 2015, que dieron el triunfo a Syriza, acrónimo de Synaspismos Rizospastikís Aristeras (Coalición de la Izquierda Radical), de origen comunista (una escisión del partido comunista o KKE) y comportamiento populista, el nuevo gobierno dirigido por Tsipras se enzarzó en una ardua y polémica negociación con las instituciones de la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) con el objetivo de terminar con “la deflación interna” –los famosos y vapuleados recortes en los servicios públicos y el aumento de los impuestos indirectos–; conseguir más dinero con el que aplazar los vencimientos de la deuda o conjurar la suspensión de pagos y mitigar la crisis social que paradójicamente había servido de trampolín para el gran salto electoral y la llegada al poder de la extrema izquierda. Todo ello para impulsar un misterioso programa de recuperación económica que nunca fue explicado con detalle.

La propuesta del nuevo gobierno heleno incluyó la renegociación de las condiciones del rescate efectuado por la UE y el FMI, una quita importante o el impago de la deuda y el incremento del gasto del sector público para paliar los supuestos estragos de la austeridad, demagógicamente aireados durante la campaña electoral. Tsipras y su ministro de Economía, el excéntrico y lenguaraz Yanis Varoufakis, esgrimieron los peligros de la espiral deflacionista, pero incluso insistieron en una retórica “crisis humanitaria” (nadie sabe en qué consiste) para apelar al corazón de la opinión pública europea, cortejar a los críticos del rigor presupuestario, muy numerosos en Europa y EE UU, y reforzar su posición negociadora.

Los acreedores internacionales, con Alemania a la cabeza, exigieron a Atenas que respetara los acuerdos firmados por los gobiernos precedentes, y, en primer lugar, que aplicara el rigor fiscal, a fin de sortear una confrontación diplomático-financiera que presagiaba la suspensión de pagos, el corralito bancario (confiscación de los depósitos), el abandono temporal del euro y la devaluación inmediata de la nueva moneda (el dracma). No obstante, la posición de los acreedores siempre estuvo debilitada o mitigada por dos imperativos aparentemente contradictorios: demostrar que las reglas del club se aplican por igual a todos los países deudores e impedir, al mismo tiempo, la funesta Grexit (la salida de Grecia del euro), un desenlace que pondría en tela de juicio la solidez de la unión monetaria de 19 países de los 28 de la UE.

La confrontación, sin embargo, fue demorada por el interés coincidente de ambas partes. En una reunión excepcional del Eurogrupo, los ministros de Economía de los 19 países de la eurozona, incluido Varoufakis, anunciaron un primer compromiso el 20 de febrero de 2015 por el que se concedió a Grecia un período de gracia de cuatro meses que debería terminar en junio con un nuevo “contrato de reactivación económica”, articulado con  nuevas modalidades de reembolso de la deuda. El gobierno griego se comprometió a presentar un nuevo programa de medidas para satisfacer las exigencias de la Unión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), sus principales acreedores, y desbloquear las ayudas pendientes del segundo rescate (7.200 millones de euros).

A partir de ese momento, se sucedieron cuatro meses de cabildeos y negociaciones, de tira y afloja, de pulso en la plaza pública, de declaraciones encubridoras de la realidad, de tensiones en Atenas, dentro del equipo gobernante, entre los partidarios de proseguir la negociación, los sedicentes moderados de la izquierda radical, y los impacientes por romper la baraja, los abogados vociferantes de la ruptura con la eurozona y, por ende, con el capitalismo y sus instituciones emblemáticas como el FMI. Los resultados fueron decepcionantes. En poco tiempo, los dirigentes de Atenas, cuya más notoria y estridente aportación a las reuniones comunitarias fue la de presentarse invariablemente sin corbata, no tardaron mucho tiempo en dilapidar el caudal de simpatía que en principio les habían otorgado los más necesitados por sus acerbas críticas de la austeridad.

El gobierno heleno demostró su incapacidad para respetar al presupuesto, incurrió en nuevos gastos y el país entró una vez más en recesión en el primer trimestre de 2015. Desde que comenzó la crisis, la economía griega se ha contraído el 25 % y el desempleo arroja cifras próximas al 30 %. Después de dos rescates en 2010 y 2012 por la cantidad estratosférica de 240.000 millones de euros, que literalmente se han volatilizado –parcialmente en el pago de la deuda–, Grecia sigue sin abordar con energía y eficacia los problemas estructurales de su economía: la hipertrofia del sector público, la pletórica burocracia, un sistema fiscal obsoleto que permite una evasión crónica; el caciquismo o clientelismo rampante que distorsiona la competencia y la imparcialidad del sistema político; el déficit presupuestario permanente y la deuda galopante; y por último, pero en  ningún caso lo menos importante, el poder exorbitante de los grupos oligárquicos.

Por si faltaba algún ingrediente en esa situación calamitosa, la misma crisis económica engendró y propulso el fenómeno del populismo, que se cebó en la denuncia corrosiva de la corrupción de las élites y de los partidos tradicionales, culpables de haber colocado al país en un atolladero que ensombrece todas las expectativas. Carente de un programa creíble, el conglomerado de Syriza –un partido ómnibus en el que caben todos los descontentos– se lanzó por el tobogán de la demagogia y las vanas promesas de alcanzar el cielo sin expiar las culpas más notorias; promovió las huelgas y los desfiles sindicales, duelos y quebrantos para la economía; recurrió al nacionalismo estridente con sus comparaciones odiosas entre la ocupación de la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial y las decisiones de la Unión Europea supuestamente dictadas por Berlín.

En un intento de dividir a los socios de la UE, Tsipras y Varoufakis se repartieron los papeles y recorrieron las capitales europeas en busca de aliados para su particular cruzada contra la austeridad e indirectamente contra el diktat de Berlín. Un mensaje nacionalista y antialemán, sin duda contraproducente. “Lo realmente chocante es que [los griegos] perdieron todos los amigos”, resumió Charles Grant, director del Center for European Reform, con sede en Londres. Los italianos se sintieron ofendidos porque Varoufakis declaró que la deuda de Italia era “insostenible”, y los países bálticos se revolvieron contra Tsipras cuando éste criticó las sanciones de la Unión Europea contra Rusia. El coqueteo de Tsipras con el presidente Putin, al que visitó en el Kremlin en abril, fue interpretado como el reflejo patético de un comunista inadaptado o mal reciclado que confunde sus deseos con la realidad.

Una controversia transatlántica

La cuestión de la deuda griega agitó las aguas del mundo académico, dividido a ambos lados del Atlántico entre partidarios y adversarios de la austeridad. La controversia alcanzó altos vuelos porque el presidente Barack Obama llegó a intervenir para situarse junto a los famosos economistas –Paul Krugman, Joseph Stiglitz y Benjamin Friedman— que censuraron acremente la estrategia de la austeridad por considerar que conduce “al estancamiento de los ingresos y de los niveles de vida de la mayoría de las poblaciones en numerosos países europeos”. El profesor Friedman, de la universidad de Harvard, insistió en que “la frustración engendrada en los países europeos fiscalmente débiles se añade al sentimiento de muchos ciudadanos de ser explotados por unas políticas dictadas desde el extranjero”.

No cabe duda, desde luego, como explica el profesor Friedman, que el problema de la deuda es “una patología europea” porque los ciudadanos de varios países están sometidos al estancamiento de sus rentas y la degradación de sus niveles de vida. Pero las causas del mal, exacerbadas por la crisis financiera que comenzó en Estados Unidos (2008), deben ser corregidas para que el crecimiento liberador pueda asentarse sobre bases firmes. Algunos de esos problemas son endémicos: desequilibrio presupuestario, competitividad en retroceso, ineficiencia burocrática, deuda creciente. Hasta ahora, muchos países europeos, España entre ellos, pidieron prestado un dinero a sabiendas de que probablemente no podrían devolver. ¿Quién romperá el nudo gordiano? ¿Qué milagrosa Ariadna nos ayudará a salir de un laberinto más tenebroso que el de Creta?

El intento de los populistas griegos, sostenidos por el Kremlin, de explotar las divisiones europeas y las fracturas transatlánticas, acabó en un completo fracaso a pesar de una sonada declaración de Obama. Inmediatamente después del triunfo de Syriza en las elecciones griegas, el presidente norteamericano, en una entrevista con la emisora CNN (31 de enero), afirmó: “No se puede seguir presionando a los países que están en medio de la depresión, y en algún momento deberá plantearse una estrategia de crecimiento”, una declaración que fue interpretada, así en Berlín como en otras capitales, como una injerencia en los asuntos europeos por parte del país que precisamente había provocado la crisis de las hipotecas basura y otros instrumento de la enloquecida ingeniería financiera que desembocaron en la quiebra de Lehman Brothers.

Las divergencias europeas sobre la mejor manera de abordar la crisis de la deuda estaban en el ambiente, pero contrarrestadas por otras importante consideraciones políticas y estratégicas. El presidente socialista francés, François Hollande, fue elegido en 2012 con un programa antiausteridad, y algo parecido puede decirse del italiano Matteo Renzi, ambos en buena sintonía con los gobiernos de Madrid y Lisboa; pero ante la firmeza del bloque del círculo virtuoso comandado por Alemania (Holanda, Austria, Finlandia), empeñado en las reformas, la austeridad y la responsabilidad fiscal, los países de la Europa del sur quedaron en minoría y paralizados por el temor de que la cuestión griega provocara un hundimiento traumático de la eurozona.

Pese a que Varoufakis fue apartado de los focos a finales de abril, para que no irritara innecesariamente a sus colegas del Eurogrupo, prosiguió el tira y afloja, de manera que Tsipras se movió entre la conciliación y el desafío. Hasta que la cancillera, Angela Merkel, convocó a los principales actores a un cónclave en Berlín, el 1 de junio, del que no se informó con detalle pero que selló el compromiso del presidente de Francia, la Comisión Europea, el FMI, el Banco Central Europeo, para mantener una actitud enérgica hacia el primer ministro griego, que ni siquiera fue invitado. Una reunión crucial que mereció el siguiente y significativo titular en la edición europea del New York Times: “Las alianzas de Grecia se evaporan en el debate sobre su crisis de la deuda.”  O lo que es lo mismo, que Tsipras se quedó solo en su populismo recalcitrante, en sus continuos regateos para ganar tiempo y evitar lo inevitable.

El periódico neoyorquino, adalid de las medidas de estímulo, contra-cíclicas, supuestamente inspiradas en el catecismo de John M. Keynes, tituló bajo el impacto de la decepción, hablaba por la herida y recogía la opinión de otro ilustre socialdemócrata, censor implacable de los programas de austeridad, el profesor Paul de Grauwe, de la London School of Economics: “Existió una ventana de oportunidad para cambiar el curso de los acontecimientos, pero, a la postre, prevaleció el punto de vista de los países del norte, Alemania, Holanda y Finlandia. ¿Por qué ocurrió así? Porque el poder estaba ahí. El poder del dinero.”

Se trata, por supuesto, de una hipérbole denigratoria, porque el dinero de Alemania por sí solo no sirve para explicar la cohesión mostrada a la postre por los 18 socios de Grecia en el Eurogrupo. El populismo, ese fantasma que recorre Europa, tiene dos caras, como Jano, y amenaza a diferentes gobiernos europeos. La extrema derecha del Frente Nacional (FN) crece impetuosamente en Francia, mientras que la extrema izquierda con diversos nombres se mueve a sus anchas en España, Portugal e Italia. Todavía resuena en muchos oídos el gripo demagógico de Tsipras y Pablo Iglesias en Atenas reclamando “la liberación de los pueblos del sur”, que no están sometidos, que se sepa, a ningún yugo colonial o globalizador.

Otros economistas, sobre todo, los encuadrados en la corriente liberal, rechazan la presunción socialdemócrata, con generosa repercusión en las páginas salmón del Financial Times, de que la patología de la deuda se cura con más gasto y más deuda, hasta la extenuación por una sobredosis. El español Daniel Lacalle escribió: “El agotamiento de las políticas de demanda es tan evidente como la obsesión por parte de los gobiernos de repetirlas.” El problema es de competitividad y no se resolverá nunca aumentando “los desequilibrios históricos de la economía griega y manteniendo el Estado rentista”.

El francés Nicolas Baverez, en un artículo publicado en el semanario parisiense  Le Point, se mostró muchos más severo, lanzó una verdadera requisitoria contra el gobierno de Atenas y su afán confiscatorio, para acabar retratando a “Yanis Varoufakis como el hijo espiritual de Bernard Madoff”, el gran estafador de Wall Street (50.000 millones de dólares), prototipo del defraudador global, juzgado, condenado a 150 años de prisión y encarcelado en medio de la tormenta de 2008. En opinión de Baverez, “la quiebra financiera de Grecia encubre dos problemas fundamentales que residen en su déficit de competitividad y en su fracaso para construir un Estado legítimo y eficaz”.

El consenso de Berlín

La reunión de Berlín significó que Tsipras había agotado por completo la paciencia de sus acreedores y socios. El economista alemán Jürgen Donges, consejero de la cancillera, reflejó el ambiente de lasitud dominante entre todos los participantes: “Los griegos que votaron a Syriza adoran a Tsipras como si de Robin Hood se tratara. Se han creído el cuento de que no había que preocuparse por la elevada deuda soberana del país, pues los acreedores internacionales terminarían condonándola. También daban por hecho que los socios europeos volverían a conceder las ayudas financieras necesarias, de ahora en adelante sin condiciones y controladores exteriores.” Ésas son las ilusiones que alimentan el populismo y el craso error de cálculo que obnubila la mente de sus líderes.

El 2 de junio, el acuerdo alcanzado en Berlín, incluyendo una “propuesta final común” para un nuevo plan de rescate, fue presentado al gobierno de Atenas, cuya respuesta fue doblemente decepcionante, en los planos económico y político. Fue el fin abrupto de las maniobras desesperadas porque las arcas están vacías y los acreedores apremian, al mismo tiempo que cristalizan las divergencias dentro de Syriza, que maniobra con una mayoría precaria en el parlamento, y crece la incertidumbre política que hunde el crédito del país y perjudica gravemente la marcha de los negocios. En varias ocasiones, visiblemente acosado, Tsipras apeló a la disciplina y evocó el recurso del referéndum para que los electores aclaren los límites de su mandato.

Las autoridades griegas anunciaron el aplazamiento hasta final de junio de los cuatro pagos que debían efectuar al FMI durante el mes, en total 1.580 millones de euros. El primer vencimiento aplazado fue el del 5 de junio, por importe de 308 millones de euros. Atenas insistió en que podría pagar, pero los más radicales de Syriza amagaron con no hacerlo si no había un acuerdo en perspectiva. El impago al FMI sería el primer paso para la suspensión de pagos, lo que podría provocar un movimiento de pánico de los depositantes y la insolvencia de los bancos. El anterior reembolso al FMI, en mayo, por valor de 750 millones de euros, se hizo utilizando las cotizaciones a la institución, en una maniobra sin precedentes.

Ya no hay capitales que puedan emprender la fuga y los bancos sobreviven gracias a las inyecciones de liquidez del Banco Central Europeo. Para hacer frente a los pagos corrientes, el gobierno griego viene jugando con fuego y actuando sin escrúpulos, procediendo a la confiscación sistemática de la tesorería de todos los organismos públicos, incluidos los ayuntamientos, con el riesgo de hundir aún más la moral de los ciudadanos. Sólo así puede cumplir con algunas de sus ruinosas promesas que le dieron los votos: readmisión de 12.000 funcionarios; reapertura de la televisión pública, ejemplo insuperable de despilfarro, caciquismo y parcialidad; y subida del 25 % del salario mínimo. Las pensiones ofrecen el ejemplo más acabado de los desequilibrios del país y la demagogia de Syriza: representan el 9 % del PIB, una media de 1.152 euros mensuales para un salario medio de 1.4000 euros, mientras que en Alemania la media está en 1.287 euros y el salario medio en 2.900 euros.

Aunque no se han facilitado los detalles, la propuesta surgida de la reunión de Berlín exige al gobierno griego toda una serie de reformas estructurales que afectan al sistema de pensiones, las relaciones laborales, las privatizaciones y el impuesto sobre el valor añadido (IVA). Como contrapartida, el gobierno griego podría solicitar una nueva prórroga de tres meses del segundo plan de rescate que expira el 30 de junio, a fin de iniciar una nueva negociación sobre el más espinoso de los asuntos: la llamada reestructuración de la deuda, que ya se encuentra en casi el 80 % en manos del FMI, el Banco Central Europeo y los países de la eurozona.

La respuesta política, formulada por Tsipras en el parlamento, el 5 de junio, resultó muy decepcionante. Además de tildar de “absurdas” las últimas propuestas de los acreedores, el primer ministro se extravió en un discurso entre patriótico y petulante, apelando a “la dignidad” de los griegos, para calmar a los más impacientes y radicales de sus partidarios que habían amenazado con dejarlo en minoría. Según Tsipras, los planes de sus socios constituyen “un mal momento para Europa”, por lo que se permitió denunciar “la falta de ética” de la estrategia del estrangulamiento financiero. Y para contentar a sus huestes, anunció el restablecimiento de los convenios colectivos, una de sus promesas de la campaña electoral.

La réplica más convincente la protagonizó Stavros Theodorakis, presidente de un partido de centro-izquierda, To Potami (El río), que puso en tela de juicio la estrategia negociadora del gobierno, “una pérdida de tiempo catastrófica para el país”, porque “una parte de Syriza es antieuropea” y por lo tanto desea abandonar la eurozona. Dirigiéndose al primer ministro, le advirtió: “Cuando la mitad de su partido desea salir del euro, no se trata de una señal de pluralismo, sino de un peligro para el país.” Un retroceso deplorable en el proceso de modernización de la Grecia surgida de las tinieblas del Imperio otomano en 1830.

Todo parece indicar que el populismo de izquierda radical con el que Syriza ganó las elecciones del 25 de enero se encuentra en una encrucijada, en un dilema existencial: la aceptación del rescate por Europa, por más que algunas condiciones sean difíciles de digerir, o la quiebra financiera, el abandono del euro, quizá temporalmente, y un aumento de las amenazas que se ciernen sobre la libertad de los ciudadanos.

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Responses

  1. 1. EEUU. Gran depresión. Solución, movilización massiva, es decir guerra i muerte.
    2. GRECIA. Su deuda: En mi opinión solución impossible. Dos consideraciones:
    a) Perspectiva teórica: “… alteración en el panorama global que nadie podrá prever ni controlar, como resultado de la cual las dificultades que hoy en día son intratables quedarán atrás”. (‘El silencio de los animales’, John Gray). b) Cuán relativo es todo! Por qué ¿quién debe más? Pues parece que Alemania, que debe su ‘milagro’ al impago reiterado de sus deudas por indemnizaciones de guerra. (Si debemos dar crédito al artículo ‘Las deudas de Alemania’, de Pedro Olalla, 26.6.12 -lectores corresponsales, La Vanguardia-).
    Ad·denda -fuera de contexto-: Agradezco muy de veras tu referencia, en uno de tus pasados artículos, del mencionado libro ‘El silencio de los animales’ -fuente de información además de otros de especialísimo interés-. Menciona el libro el ‘inhumanismo’ del poeta estadounidense Robinson Jeffers (que ‘luchó’ por adoptar una actitud de indiferencia). Algunos trechos de su idea: a). ‘Desapego en lugar de amor, odio o envidia’. b). El hombre, mucho más que el babuino o el lobo, es un animal creado para el conflicto; su vida carece de sentido sin él. c) La contemplación puede ser entendida como una actividad que no tiene por objeto cambiar o comprender el mundo, sino simplemente dejarlo estar. (Jeffers nació en 1887 i a raíz de sus poemas aparecidos tras el ataque japonés a Pearl Harbour, sus críticos lo consideraron un enemigo de la civilización). Yo anoto su nombre como literato bendito al tiempo que pido excusas por el añadido.


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