Posteado por: M | 9 junio 2015

Nueva etapa de la democracia en Turquía

Aunque venció en las elecciones generales de Turquía, con el 40 % de los votos, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), islamista y conservador, aparece en todos los comentarios como el derrotado, no sólo porque perdió la cómoda mayoría parlamentaria de que gozaba desde hace 13 años, sino, sobre todo, porque quedó muy lejos de sus aspiraciones de alcanzar los dos tercios de los escaños en la Gran Asamblea Nacional que se precisan para emprender la reforma de la Constitución e instalar una república presidencialista en las antípodas ideológicas de la que fue proclamada por Mustafá Kemal, Ataturk, tras el hundimiento del Imperio otomano en 1918. Los resultados del escrutinio del 7 de junio señalan el fin del ascenso iniciado en 2002 y que parecía irresistible del líder islamista y presidente Recep Tayyip Erdogan.

Las consecuencias de esa victoria pírrica del AKP son numerosas, pero la más relevante es que presidente Erdogan no podrá realizar sus ambiciosos proyectos de convertir al país en una república presidencialista y confesional, un sistema parecido al del sultanato, ni seguir adelante con la rampante islamización que se inició hace trece años, especialmente dirigida contra la judicatura y el estado mayor de las Fuerzas Armadas, dos de los pilares del laicismo y la occidentalización fijados por Ataturk como los objetivos primordiales de la nación. “Su sueño de un sistema presidencial se ha terminado”, sentenció el analista Mehmet Y. Yilmaz, en el Hurriyet-Daily News, un periódico liberal de Estambul.

La otra cara de la moneda es que el país entra ahora en un período de incertidumbre, de maniobras parlamentarias, quizás de agitación y probablemente de nuevas elecciones en pocos meses, una inestabilidad política poco favorable para la buena marcha de los negocios y el proceso de desarrollo. Las consecuencias fueron inmediatas: la lira turca se depreció fuertemente frente al dólar y la bolsa de Estambul cerró el lunes 8 con un retroceso del 5 %.

La causa primera de la aparente derrota del poder es la irrupción histórica en el panorama político de un partido de protesta vinculado con el nacionalismo kurdo, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), izquierdista, abierto a las feministas, los homosexuales, los ecologistas y todas las minorías religiosas o étnicas, que superó por primera vez la abusiva y antidemocrática barrera del 10 % que es preceptivo traspasar para obtener escaños en la Gran Asamblea Nacional. Esa cláusula contra el multipartidismo fue implantada tras el golpe de Estado militar de 1980. Al obtener el 12,9 % de los votos, el HDP desborda las fronteras étnicas y se sitúa a la izquierda de la izquierda tradicional.

Erdogan fue el gran vencido porque, en contra de los preceptos de la Constitución, que obligan al presidente a mantener la neutralidad política, concurrió a varios mítines del AKP con un Corán en la mano, vituperando a los laicos y reclamando al menos el 60 % de los votos para aplastar a los infieles y emprender la reforma de la Constitución. Es la primera derrota en su carrera política y sus adversarios esperan que no sea la última y, en todo caso, que la del domingo 7 de junio acabe con sus pretensiones mesiánicas y autoritarias, de las que había ofrecido pruebas abundantes desde las anteriores elecciones de 2011.

En agosto de 2014, Erdogan puso en marcha sus planes, dejó la jefatura del gobierno en manos de uno de sus más fieles, Ahmed Davutoglu, y fue elegido presidente de la República con el 52 % de los votos. El primer ministro se vio forzado a entablar una dura batalla electoral en la que aparecía simplemente como el emisario de Erdogan y, por ende, como la primera víctima propiciatoria del establecimiento de un régimen presidencialista.

El fracaso electoral de los islamistas suscitará tensiones dentro del partido y críticas más o menos veladas por parte del sector menos integrista, pero es poco probable que Erdogan, con fama bien ganada de islamista autoritario, acepte la compleja realidad del país, su diversidad étnica y religiosa, y escuche el mensaje del electorado, “un escenario muy poco plausible”, según la opinión del analista Soner Cagaptay, del Washington Institute for Near East Policy. Los comentaristas turcos no descartan la resurrección política de Abdulá Gül, uno de los fundadores del AKP y rival moderado de Erdogan.

Hasta ahora, el islamista AKP, que llegó al poder en 2002, siempre había gobernado con una mayoría absoluta en la Gran Asamblea Nacional (550 diputados), sin necesidad del apoyo de otros partidos, debido en buena medida a la norma constitucional que fija en el 10% el número de sufragios a nivel nacional que son necesarios para obtener representación. Los votos de los partidos que no superan ese umbral no quedan representados, de manera que las fuerzas políticas que entran en el parlamento se reparten una prima exorbitante derivada de los votos que se pierden en la zona pantanosa por debajo del 10 %. Para sortear esa barrera, los más osados pueden concurrir como independientes, pero su éxito es muy problemático.

El AKP sufrió una importante hemorragia de votos, pues retrocedió desde el 49 % al 40 % de los sufragios, casi el 10 %, de 326 a 258 escaños, aunque mantuvo sus feudos tradicionales en la meseta de Anatolia, de población eminentemente rural, tradicional y religiosa, el bloque de inercia estructural. El retroceso de los islamistas no sólo se produjo en las regiones del sureste, de fuerte implantación de la minoría kurda, con capital simbólica en Diyarbakir, sino también en las grandes ciudades (Estambul y Ankara) y en las localidades de la costa del Egeo, como Izmir (Esmirna), donde las clases medias urbanas se han visto también afectadas por la desaceleración del crecimiento.

Estrella política en ascenso

El HDP obtuvo el 12,9 % de los votos e irrumpió en la Gran Asamblea con 80 diputados. En la anterior, el nacionalismo kurdo estuvo representado por 29 diputados, elegidos con la etiqueta de independientes, precisamente para escapar del límite del 10 % que rige sólo para los partidos organizados. La conversión del HDP en un partido populista, que supera claramente los límites de la población kurda (18 millones, el 20 % del total), se debe principalmente a la trepidante campaña de su carismático líder y estrella mediática, el abogado Selahattin Demirtas, que, tras conocer los resultados, se apresuró a reiterar que descartaba la coalición con el AKP. Y añadió: “Turquía cierra con estas elecciones el debate sobre la dictadura y la presidencia ejecutiva.”

El HDP marcó distancias con el separatismo kurdo violento del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (KKP), considerado terrorista por Washington y Ankara, y se convierte en una plataforma nacional sin precedentes que demuestra, en otras cosas, que el país es mucho más diverso de lo que pretendía transmitir el islamismo gobernante y que sólo en la democracia encontrarán solución sus muchos problemas, incluido el de la incorporación a la Unión Europea en un futuro aún imprevisible. Todos los actos de violencia durante la campaña electoral, que fueron numerosos, estuvieron dirigidos contra los mítines del HDP y sin duda tolerados cuando no promovidos desde el poder.

En cualquier caso, la evolución del nacionalismo kurdo hacia el apaciguamiento y la democracia, rechazando su inveterada cultura de la violencia, saldrá reforzada por la nueva situación política. En todas las esferas kurdas es perceptible el cansancio de una guerra civil no declarada, del KKP contra el Estado turco, que arroja no menos de 40.000 muertos desde 1980. “A partir de ahora, el HDP es un partido de Turquía, el HDP es Turquía y Turquía es HDP”, proclamó Selahattin Demirtas tras conocer los resultados, en una conferencia de prensa en Estambul.

Los otros dos partidos tradicionales mantuvieron sus posiciones. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), heredero ideológico del kemalismo, laico y socialdemócrata, llegó el segundo con el 25,1 % de los votos y 132 escaños, con un ascenso muy ligero si se descuentan los escaños derivados del reparto de los votos eliminados por el límite del 10 %. El Partido del Movimiento Nacionalista (MHP), de la derecha nacionalista, fue el tercero con el 16,4 de los sufragios y 80 escaños, un notable avance en comparación con los resultados de 2011 (53 diputados).

La situación política queda muy abierta. El AKP podría formar un gobierno de coalición con cualquiera de los otros tres partidos, pero éstos descartaron esa opción durante la campaña electoral. El islamismo y las ambiciones autoritarias de su líder introdujeron una fuerte polarización en la vida pública, de manera que la reconciliación deseable y la coalición gubernamental tienen un precio claro: la renuncia de Erdogan a su sueños presidencialistas, la neutralidad del Estado en las cuestiones religiosas, el respeto del laicismo y la negociación de una autonomía cultural para los kurdos que los integre definitivamente. La expectativa más optimista es la apertura de una nueva etapa en la ardua evolución de la democracia con Europa en el lejano horizonte.

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Responses

  1. Leo en tu artículo: ‘Actos de violencia durante la campaña electoral, dirigidos contra los mitines del HDT y tolerados cuando no promovidos desde el poder’.
    Con resultados electorales a la vista, si Erdogan los acepta -duda que apuntas-, debe imponerse, leo también, ‘una neutralidad en cuestiones religiosas’.
    ¿Podrán ahora los armenios refugiados en Siria -menudo refugio- y especialmente los de la pequeña ciudad de Kessab respirar con menos intranquilidad, si es que no se han dispersado temerosos de que la banda terrorista de al-Nusra vinculada a Al-Qaeda y según parece apoyada subrepticiamente por Erdogan, irrumpa de nuevo con sus matanzas en tierra siria tras los fusilamientos de 2012?
    ¿Podemos pensar que con esta distinta composición del Parlament turco, se hablará de nuevo del genocidio del pueblo armenio del que en abril se cumplió un siglo? ¿Se aceptarà la historia y consiguientemente la realidad de la deportación y muerte de un millón y medio de armenios en los desiertos de Anatolia, como el exilio de tantos otros?
    No te extrañe mi fijación en el horror armenio, puesto que regreso de una segunda lectura consecutiva de la obra “Los cuarenta dias del Musa Dagh”, que me ha permitido saber de un acontecimiento del que estaba a oscuras y que tenía enorme interés por conocer -con la fortuna de ser su autor Franz Werfel, que con esta historia descubro admirado. (Y con una traducción al catalán perfecta además).
    Todavía parece que ‘oigo’ las palabras que el ministro de interior turco Talaat Bei, dirige al de la guerra Enver Pashá’: “El destino de la deportación és la nada. En otoño podré comunicar ‘a toda esta gente’ con la máxima franqueza: La question arménienne n’existe pas”.
    ¿Puede olvidarse el hecho de que en 2005, el Nobel Oscar Pamuk, fuera detenido bajo el delito de insultar a la nació turca por haber intentado iniciar una discusión sobre el genocidio?
    Negar el genocidio armenio es como negar la existencia de los campos de exterminio nazis.
    Me pregunto qué piensan los turcos de esta ignorancia oficial, abstracción hecha de que siguen votando al actual mandatario.


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