Posteado por: M | 14 junio 2015

Bicentenario de Waterloo en una Europa sin historia común

Cuando Europa rememora, desunida, la batalla de Waterloo (1815), que fue el sangriento desenlace de las guerras napoleónicas, la paz parece definitivamente asentada en el continente y la prosperidad, aunque ha retrocedido en el último quinquenio, se mantiene en unos niveles aceptables, sin parangón en el resto del mundo. No obstante, las cancillerías siguen peleando por el relato histórico, su interpretación y sus efectos. Más de medio siglo después del tratado de Roma (1957) que creó la Comunidad Económica Europea, “el nacionalismo, la peor de todas las pestes, que envenena la flor de nuestra cultura europea” (Stefan Zweig), aunque desarmado en 1945, no ha desaparecido de nuestro continente, sino que simplemente se manifiesta con un rigor mitigado pero persistente, a veces de manera vergonzante.

Tan pronto como el gobierno de Bélgica anunció su propósito de celebrar el bicentenario del terrible acontecimiento, el de Francia expresó su rechazo y bloqueó la acuñación de una moneda conmemorativa de 2 euros. El Banco de Inglaterra, por el contrario, emitió una pieza de 5 libras en la que se estrechan la mano los dos vencedores militares: el duque de Wellington y el mariscal prusiano Blücher, que mandaban los ejércitos multinacionales que acabaron con la epopeya del egregio militar surgido de Córcega, encumbrado en el París revolucionario, cónsul de la República y coronado emperador en la catedral de Notre-Dame de París por el papa Pío VII, el 2 de diciembre de 1804.

En ningún caso piensan los gobiernos en dejar el campo libre a los historiadores, ni aunque los tengan a sueldo. Son los mismos gobiernos que decretan las fiestas patrióticas, que exaltan o condenan en vez de explicar lo que ocurrió; que tratan de imponer una visión del mundo y de los hombres; que inculcan o cultivan el resentimiento y el odio. Como declaró el Llamamiento de Blois de los historiadores europeos en 2008: “La historia no debe ser esclava de la actualidad ni escribirse al dictado de memorias concurrentes. En un Estado libre, no corresponde a ninguna autoridad política la tarea de definir la verdad histórica ni de restringir la libertad del historiador bajo la amenaza de sanciones penales.”

La conmemoración del bicentenario de Waterloo confirma que ese ideal historiográfico está muy lejos, tanto o más que la célebre máxima de Tácito contenida en los Anales para justificar su tarea: sine ira et studio, sin encono ni parcialidad. La verdad es que la historia sigue siendo un campo de batalla.

Desde el mismo nacimiento de la idea de una Europa unida y en paz, paradójicamente urgida por Winston Churchill en 1946, en el celebrado discurso de Zúrich, los gobiernos británicos aprovechan cualquier oportunidad para marcar la diferencia y lanzar sus dicterios contra “el monstruo de Bruselas”. Una somera lectura de la prensa europea de estos días que preceden a la conmemoración del bicentenario de la batalla de Waterloo nos ilustra y nos inquieta por las divergencias que se observan en la interpretación del pasado. El gobierno de David Cameron, además, amenaza ahora con un referéndum en 2017, que sin duda será desastroso, sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea.

Según sus declaraciones, el gobierno belga se propuso una conmemoración paneuropea, integradora, con motivo del bicentenario de la batalla que se libró unos 50 kilómetros al sur de Bruselas. Esa idea, empero, inmediatamente levantó ampollas en París. Nadie pretendía humillar a Francia, ni menoscabar la gloria o ensañarse en la desgracia del emperador y sus soldados; pero el presidente François Hollande y su primer ministro, Manuel Valls, expresaron con su negativa un sentimiento muy arraigado entre sus conciudadanos, tributario aún de los lugares simbólicos de la memoria y las glorias inventariadas por el gran Jules Michelet. Como suele ocurrir con demasiada frecuencia, la pasión nacionalista se impuso sobre la curiosidad genuina y la complejidad del pasado. “París no ha digerido aún la derrota” de hace 200 años, aseguró el londinense Daily Telegraph.

Salvo un cambio de última hora, ninguna delegación francesa acudirá a Waterloo para participar o presenciar “la más impresionante reconstitución jamás vista”, según el anuncio oficial, cuyo coste se cifra en 10 millones de euros. Unos 5.000 figurantes, 300 caballos y 100 cañones se desplegarán en el que fue campo de batalla, en el día decisivo de la carnicería, el 18 de junio, al cumplirse exactamente los 200 años de la capitulación de los ejércitos del emperador ante la tenaza mortal de británicos, holandeses, alemanes y prusianos. Al caer la noche de aquel día fatídico, sobre las pequeñas colinas del lugar quedaron tendidos 45.000 cuerpos, entre muertos, heridos y moribundos. Según cálculos franceses murieron casi 100.000 hombres en los cuatro días de combates (16-19 de junio), repartidos por mitad entre los dos bandos en lucha.

Según el relato canónigo, la inmensa mayoría de los franceses considera que las potencias reaccionarias y legitimistas de toda Europa, reunidas en el Congreso de Viena, se coligaron contra los ejércitos de Napoleón que habían llevado por el continente la buena nueva de la revolución burguesa, los derechos del hombre y del ciudadano, la abolición de la nobleza y los sabios consejos del código civil. El llamado Imperio de los Cien Días, desde que el emperador abandonó su destierro de la isla de Elba (marzo de 1815) hasta su derrota en Waterloo, fue el último, desesperado y sangriento intento por revertir en favor de Francia y las ideas revolucionarias el orden europeo dictado por el contrarrevolucionario Congreso de Viena, promotor de “la santa cruzada” a que se refirieron Marx y Engels en el Manifiesto comunista 40 años más tarde.

Bajo la batuta del príncipe Clement de Metternich, tan admirado y ponderado por Henry Kissinger, el Congreso de Viena organizó una potente coalición antifrancesa, militar y diplomática, integrada por Rusia, Gran Bretaña, Austria y Prusia. El acta final del Congreso, precipitada por el retorno de Napoleón al poder, precedió en nueve días a la batalla de Waterloo. En la capital austriaca se gestó el “nuevo orden europeo”, fundado sobre el equilibrio de poderes en el continente, el restablecimiento de los Borbones en los tronos de Francia, España y Nápoles y la libertad del comercio marítimo que tanto benefició al incipiente imperio británico.

En septiembre del mismo año, reunidos en París, los soberanos de Rusia, Prusia y Austria firmaron el tratado de la Santa Alianza, de fuerte acento cristiano, “manifestación de un misticismo sublime y absurdo”, según el británico Castlereagh, que será interpretado generalmente como una prueba inequívoca de la regresión social y política que siguió a la derrota de Napoleón. También se propusieron preservar la paz y la estabilidad mediante la concertación, el famoso “concierto de las naciones”, que siguió prácticamente vigente hasta el estallido de las Gran Guerra en 1914. Fue el siglo del nacionalismo, del desarrollo de la revolución industrial, de la burguesía triunfante, de la primera partición de Europa y de una nueva diplomacia.

Después de Waterloo, los ejércitos de las potencias de Viena invadieron el territorio francés y lograron la rendición de las tropas que se habían considerado invencibles, pese a los sonados descalabros de Rusia y España. Napoleón abdicó el 22 de junio y el 15 de julio se entregó a los británicos, que lo desterraron a la isla de Santa Helena, perdida en el Atlántico sur, donde dictó sus memorias con la pretensión de ganar la última batalla de la posteridad.

Para comprender al gran personaje, al emperador que pretendió someter a Europa al frente del primer ejército nacional, conviene regresar al memorialista por antonomasia, el vizconde François René de Chateaubriand (1768-1848), testigo privilegiado y lúcido de toda una época, que en sus Memorias de ultratumba, con una prosa deslumbrante, trazó un retrato inmortal y un juicio categórico sobre Napoleón Bonaparte (1769-1821), el Gran Corso, el genio militar, el emperador que conoció en Waterloo, en las tierras que hoy forman parte de Bélgica, al sur de Bruselas, su última y definitiva derrota.

En el capítulo V del Libro vigésimo cuarto de las Memorias de ultratumba, Chateaubriand, que fue un encarnizado adversario político de Napoleón, escribió:

:“Conviene someter a examen, en el momento en que Bonaparte abandona Europa, en que deja su vida atrás para ir en pos del destino de su muerte, a este hombre con dos existencias, pintar al falso y al verdadero Napoleón: éstos se confunden y forman un todo, a partir de la mezcla de su realidad y de su mentira (…) De la suma de estas observaciones resulta que Bonaparte era un poeta en acción, un genio inmenso en la guerra, un espíritu infatigable, hábil y sensato en la administración, un legislador laborioso y razonable. De ahí su gran ascendiente sobre la imaginación de los pueblos, y su gran autoridad sobre el juicio de los hombres positivos. Pero como político será siempre un hombre lleno de defectos a los ojos de los estadistas. Esta observación, que ha pasado inadvertida a la mayoría de sus panegiristas, se convertirá, estoy convencido de ello, en la opinión definitiva que perdurará sobre él: explicará el contrasta entre sus prodigiosas acciones y sus miserables resultados.”

 La cita está tomada de la edición muy meritoria de las Memorias de ultratumba publicada en Barcelona (2004) por la Editorial Acantilado, en dos tomos, con excelente traducción de José Ramón Monreal. Una monumental edición crítica de las Mémoires d´outre-tombe, dirigida por Jean-Claude Berchet, fue publicada en la colección de clásicos de la Editorial Garnier, París, 1989-1998.

Anuncios

Responses

  1. Me entero hoy por el artículo “Waterloo” de Joan de Sagarra en La Vanguardia, que en el ‘impresionante mausuleo’ de Napoleón, consta el siguiente epitafio: ”Deseo que mis cenizas descansen cerca del Sena, en medio de este pueblo francés que tanto amé”.
    ‘De este pueblo francés…’, significativa expresión que parece pasársela por alto a Sagarra, pero perfectamente coherente con lo que nos cuenta en el libro XIX de sus ‘Memorias de ultratumba’, el escritor contemporáneo de Bonaparte, Chateaubriand -que también tu citas-,y cuya lectura, que tu me recomendaste, me absorbió durante bastante tiempo.
    Marqué en el libro muchas de sus consideraciones, entre las que aquí resalto las siguientes: 1. ‘… treinta mil franceses vomitados sobre nuestra costas… (Las de Córcega, su isla natal). Fue por medio del derramamiento de sangre como los franceses consiguieron gobernarnos… 2. “… no antepone a la gloria más que el amor a la patria y esta patria no era otra que Córcega”. 3. “… una vez en el trono, pareció olvidarnos; sólo habló de él, de su imperio, de sus soldados, casi nunca de los franceses; se le escapaba esta frase:’Vosotros, los franceses.’ 4. Le decía a su camarada Bourrienne: Les haré a los franceses todo el daño que pueda…’.
    No tengo conocimiento de que a los franceses se les haya enseñado quién era realmente este maestro de los asesinatos en masa, adelantado de los más ‘ilustres’ criminales de la historia.
    Ya puede el nacionalismo británico ir acuñando moneda de 5 libras conmemorativas de la batalla. Nada que hacer, en mi opinión, salvo el ridículo; según parece -y cuenta Sagarra-, el 54% de los jóvenes de entre 18 i 24 años, piensan que Waterloo es simplemente una estación de metro.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: