Posteado por: M | 29 junio 2015

El Estado Islámico globaliza el terror y la guerra santa

El ramadán, mes sagrado de los musulmanes, se tiñó de sangre el 26 de junio, tres días antes de que se cumpliera el primer aniversario de la proclamación del Estado Islámico (EI) y del nuevo califato en una mezquita de Mosul, el 29 de junio de 2014. Cuatro atentados en tres continentes, en Francia, Túnez, Kuwait y Somalia, causaron la muerte de más de un centenar de personas, horrorizaron a los ciudadanos y plantearon espinosas cuestiones sobre la estrategia ofensiva, la prevención y los mejores medios para combatir la plaga del terrorismo. Pese a los gastos exorbitantes, los medios bélicos más sofisticados y los esfuerzos conjuntos de Estados Unidos, Europa y sus aliados, la llamarada de la violencia islamista se expande y se recrudece, además de que ahora los militantes de la guerra santa o yihad disponen de una base territorial en Siria e Iraq.

La cadena de atentados del 26 de junio confirma que el Estado Islámico (Daech), tras haber consolidado sus posiciones en el norte de Iraq y Siria, globaliza su estrategia y refuerza su credibilidad entre sus adeptos en todos los países musulmanes. A pesar de los bombardeos de la coalición militar dirigida por EE UU, los “soldados del califato” amplían su campo de operaciones, remedan también las tácticas de Al Qaeda en Francia y Túnez y se reponen de sus fracasos en la frontera de Siria y Turquía por la ofensiva de las fuerzas kurdas con apoyo internacional. Para que la fe ciega no decaiga, ni se mitigue el horror de los infieles, los islamistas siguen con sus prácticas perversas convenientemente filmadas y difundidas por las redes sociales.

En el primer semestre de 2015, los avances del Estado Islámico en todos los frentes fueron muy notables. Conquistó Ramadi y la provincia iraquí de Anbar, así como la ciudad siria de Palmira, de gran importancia arqueológica; lanzó varios ataques terroristas contra objetivos chiíes en Arabia Saudí, en un alarde provocativo; se hizo fuerte en la caótica Libia y la península del Sinaí; y ganó el apoyo de otras organizaciones en Nigeria (Boko Haram), Somalia, Argelia o Afganistán. Según Washington, unos 22.000 combatientes extranjeros de 100 países se han unido al ejército internacional del Estado Islámico.

Al comienzo del ramadán, el portavoz del EI, Abu Mohamed al-Adnani, se dirigió a todos los seguidores para recordarles que las hazañas (atentados) durante el mes sagrado serían recompensadas generosamente en el cielo. Y añadió la siguiente arenga: “Musulmanes, corred a comprometeros con la guerra santa. Guerreros de cualquier lugar, apresuraos para hacer del ramadán un mes de calamidades para los infieles.” Al asumir la responsabilidad por el atentado de Kuwait, los responsables del Daech proclamaron en las redes sociales que el terrorista suicida de la mezquita era “uno de los caballeros del pueblo suní” y lo ensalzaron por haber eliminado a los apóstatas chiíes.

No se sabe si los atentados del 26 de junio fueron coordinados desde algún centro de operaciones yihadista, pero todas las informaciones apuntaban en la misma dirección: la inspiración islamista. Tres días antes, el 23 de junio, el portavoz del Estado Islámico hizo un llamamiento a todos sus seguidores para que intensificaran los ataques durante el ramadán. El más reciente número de la revista Dabiq, órgano de propaganda del EI, insistía en que “nadie mejor que Alá maquina complots”, y el proclamado califa, Abu Bakr al Bagdadi, recordó en uno de sus sermones que el islam “nunca ha sido religión de paz”. También apeló a todos los musulmanes para que se impliquen más decididamente en la guerra santa que promueve su organización. Una yihad que, al mismo tiempo, es una guerra de religión entre musulmanes.

Objetivo: arruinar la industria turística

 En Francia, en un polígono industrial cerca de Lyon, un individuo al volante de un automóvil autorizado penetró en el recinto de una fábrica de productos químicos y se lanzó contra unas bombonas de gas, provocando una explosión y un incendio. Tras apagar las llamas e impedir una mayor deflagración, los bomberos hicieron un hallazgo macabro: la cabeza decapitada de un jefe de la empresa colgaba de una de las vallas que protegen las instalaciones, cubierta por unos papeles con letreros en árabe y una bandera negra similar a la del Estado Islámico. La policía detuvo poco después al principal sospechoso, un musulmán llamado Yasin Salhi, de 35 años, chófer del vehículo, fichado por la policía debido a su radicalización salafista. La víctima era el gerente de la empresa de transportes para la que trabajaba el presunto asesino.

Las autoridades francesas que instruyen el sumario informaron de que el terrorista confesó el crimen, se retrató con la cabeza de la víctima (un selfie) y envió la foto al teléfono de un individuo canadiense del que se sospecha que se encuentra en Siria. Una nueva demostración del frío sadismo y el manejo de la tecnología de punta con fines proselitistas que nutre el imaginario y la práctica de los salafistas.

En la ciudad tunecina de Susa, un individuo armado con un fusil de asalto (Kalashnikov), escondido en una sombrilla, irrumpió en la playa de un hotel turístico de una cadena española (Riu), disparó indiscriminada y repetidamente, durante una hora, contra los clientes que tomaban el sol, y asesinó a 38 de ellos. El asaltante, un estudiante de ingeniería de familia acomodada, fue abatido por la policía. Según el ministerio de Sanidad, las víctimas eran ciudadanos británicos, alemanes y belgas, pero no españoles. Túnez ya sufrió otro atentado, el 18 de marzo de 2015, cuando dos terroristas apostados junto al Museo del Bardo, en la capital, abrieron fuego contra un autobús turístico y mataron a 24 personas, la mayoría europeas.

En Túnez, el único país en el que la primavera árabe alcanza algunas de sus metas democráticas, parece obvio que los salafistas atacan a los extranjeros con el siniestro prurito de hundir la industria turística, la más importante del país, y expandir la miseria entre la población para mejor predicar los paraísos del porvenir. El odio y la xenofobia contra los extranjeros, vituperados ritualmente como infieles y desvergonzados o pecaminosos, se predica en las mezquitas salafistas, a juzgar por la orden perentoria del gobierno de cerrar 80 de ellas en todo el país. De enero a junio de 2015, el número de turistas extranjeros descendió el 21,9% respecto del año anterior. El caos reinante en Libia permite que los yihadistas tenga el campo libre para organizar las operaciones criminales con total impunidad antes de pasar a Túnez con el propósito de perturbar de cualquier manera el proceso democrático.

En Kuwait, un terrorista suicida entró en una mezquita chií del centro de la capital del emirato y se inmoló activando los potentes explosivos que llevaba adosados al cuerpo, en el momento en que los creyentes participaban en la plegaria del mediodía del viernes, la más solemne y concurrida. Al menos 27 personas resultaron muertas y más de 200 heridas a causa de las explosiones y los efectos del pánico. Al atentar contra la minoría chií (30 % de la población), que el Estados Islámico considera herética, los islamistas tratan de sembrar la discordia religiosa en el emirato de mayoría suní, completamente recuperado de la invasión iraquí de 1990, rebosante de petrodólares y hasta ahora un modelo de estabilidad en una región turbulenta.

En Somalia, cerca de la capital, Mogadiscio, los milicianos de la organización islamista Al Shabab, atacaron un cuartel de la Misión de la Unión Africana en Somalia (Amisom), que estaba custodiada por soldados de Burundi. El asedio y el tiroteo en la base se prolongaron durante más de una hora. En un comunicado difundido por Radio Andalus, un medio afín, Al Shabab aseguró que sus hombres habían matado a 60 soldados. Esta organización islamista somalí, que comete atentados en otros países del África oriental y pretende instaurar un régimen regido por la ley coránica, estuvo vinculada a Al Qaeda, pero ahora se muestra proclive a actuar como subsidiaria del Estado Islámico.

Aunque no hay pruebas de que los cuatro atentados del 26 de junio estuvieran coordinados, los portavoces del califato que operan desde Raqqa (Siria), asumieron la responsabilidad por los de Túnez, Francia y Kuwait, en sendos comunicados difundidos por las redes sociales (Twitter). Resulta imposible discernir lo que hay de cierto o de mera propaganda en el empeño por reclamar la inspiración de las acciones violentas, de despertar a las “células dormidas” o impartir órdenes a los llamados “lobos solitarios” que están agazapados en la Europa suburbial. El individuo detenido en Francia había mantenido contactos con Al Qaeda, pero algunas informaciones no confirmadas sugieren que obedecía las insidiosas incitaciones del EI.

Entre el estupor y la náusea, la corrección política

 En una apoteosis de la corrección política, que a veces se confunde con una impostada y ridícula islamofilia, los líderes occidentales volvieron a la palestra, entre el estupor y la náusea, para asegurar que los atentados terroristas nada tenían que ver con el islam. De Obama a Rajoy, pasando por Hollande, Cameron y Merkel, todos se atuvieron a la consigna general que insta a exculpar al islam de cualquier relación con los bárbaros de la metralleta, la bomba y el degüello, pero no pudieron evitar la chirriante contradicción con la tozuda y luctuosa realidad: la violencia en nombre del islam se extiende; los yihadistas que se inmolan, disparan o decapitan son, ante todo, islamistas fervientes que actúan en nombre del islam, “que nunca ha sido religión de paz”, como repite incansablemente en sus sermones el califa de Mosul.

Para que nadie pueda alinearlos con la extrema derecha xenófoba o populista en Europa, que simplemente identifica al terrorismo con el islam, los líderes occidentales realizan extraños ejercicios de funambulismo mental para acreditar la tesis voluntarista de que los guerreros de la yihad son unos descarriados, unos bárbaros que desafían al conjunto de la comunidad islámica, unos terroristas autónomos que actúan cuando las circunstancias lo permiten. Una presunción que los hechos y las palabras desmienten a diario, y que los atentados destruyen con una lógica aplastante. No todos los musulmanes son islamistas ni mucho menos terroristas, desde luego; pero no cabe duda de que los yihadistas se mueven como el pez en el agua en la Umma, la comunidad musulmana suní, y que utilizan el terrorismo con el propósito sagrado de derrotar a los enemigos de Alá, es decir, los occidentales.

En EE UU y Europa, los que no comparten la corrección política son tildados de islamófobos por los pontífices de un multiculturalismo que, en nombre de la tolerancia, rechaza airadamente la teoría del choque de civilizaciones y preconiza un igualitarismo cultural referido a fenómenos tan execrables como el maltrato, mutilación o marginación de las mujeres y de los homosexuales en todos los países musulmanes. En nombre de una inoperante y miope alianza de civilizaciones, los gobiernos occidentales propenden a minimizar, desdeñar u ocultar las barbaridades cometidas por los islamistas, a fin de no herir las susceptibilidades de los jeques del petróleo o de los imanes del púlpito, las redes sociales y la metralleta, que invariablemente terminan sus arengas al grito de “Allahu Akbar” (Alá es grande). Estos predicadores fanáticos prometen el paraíso, ensalzan el martirio y encargan a los jurisconsultos que pronuncien sentencias de muerte (fatuas) contra los apóstatas, las adúlteras, los blasfemos y los que vulneran el ayuno del ramadán.

Los analistas que critican el apaciguamiento occidental, los paños calientes o la palabrería sobre “el islam moderado” y otros artificios retóricos recuerdan que la tradición cultural europea exalta la libertad de conciencia y el libre examen de los textos sagrados, además de promover la secularización y mantener una estricta separación del Estado con los diversos credos religiosos. En el islam, por el contrario, la religión y la política son inseparables, la mezquita siempre estuvo unida al poder civil. El Corán, como expresión del pensamiento de Alá transmitido a Mahoma, es infalible y está cerrado a la interpretación. El islam, por lo tanto, constituye un sistema global, religioso, político, social y cultural, inmovilizado o fosilizado por la tradición dogmática y el autoritarismo.

Ahora bien, como la exégesis libre constituye la clave de cualquier reforma, la crisis del islam, derivada de la difícil adaptación de la cultura islámica a la modernidad, corre paralela con la condena de cualquier atisbo reformista. Si el islam ofrece solución para todos los problemas, como predican los fundamentalistas, la culpa de la postración y la miseria de los países árabe-musulmanes es de Occidente y su permanente agresividad, que se remonta a las Cruzadas, la expulsión de Al Andalus, luego la colonización franco-británica, para terminar con la creación del Estado de Israel en 1948, la guerra del Golfo (1991) o la invasión de Iraq (2003) por las tropas anglo-norteamericanas.

Ante el pensamiento coránico inmóvil y esa retahíla de agravios y excusas de los musulmanes, Occidente se inclina por un perfil bajo o guarda un silencio que se parece mucho a un repliegue cultural y una capitulación moral ante la alienación religiosa (dictadura teocrática) convertida en arma de combate y semilla del terrorismo. Un inquietante caldo de cultivo para el fanatismo. Occidente prefiere cerrar los ojos ante una realidad incómoda y unas estadísticas desalentadoras: la mayoría de los musulmanes se sienten golpeados por las acciones terroristas, pero muy pocos se atreven a hablar y mucho menos actuar contra los que se presentan como “verdaderos y fervorosos musulmanes”.

¿Qué puede o debe hacer Occidente? Ante todo, aceptar la realidad y, por ende, el desafío de una ideología político-religiosa que mantiene en la alienación o el oscurantismo a las grandes masas de esa enorme espacio geoestratégico que se extiende desde el golfo de Bengala a la costa atlántica de África. Luego, presentar batalla en el terreno ideológico y militar e incitar a todos los ciudadanos de todas las confesiones a un examen crítico del islam, de sus dogmas y tradiciones, sin cortapisas. Cualquier proyecto global debe incluir lógicamente la defensa de los disidentes que se juegan la vida por implantar los derechos humanos más elementales en las cerradas sociedades musulmanas, refractarias a cualquier reforma.

Ayaan Hirsi Ali, la polémica escritora de origen somalí, afincada en EE UU tras haber sido diputada holandesa, disidente del islam y víctima de la tradición cultural islámica, critica en su más reciente libro (Reformemos el islam, versión española de 2015) la negativa de muchos dirigentes e intelectuales occidentales a identificar a los grupos terroristas con el islam. “Yo creo que cuando un asesino cita el Corán para justificar su crimen, deberíamos al menos debatir la posibilidad de que lo que dice lo dice en serio. Si cerramos los ojos a las ideas que fomentan la violencia islamista, también haremos oídos sordos a la raíz del problema.”

Otra disidente musulmana, Asra Q. Nomani, nacida en la India y afincada en EE UU, denunció en el diario The Washington Post (16 de enero de 2015) la existencia de una “brigada del honor”, una campaña organizada para silenciar el debate sobre el islam. La campaña está dirigida, financiada y promovida por la Organización de Cooperación Islámica (OCI), en la que se integran 56 naciones con fuerte población musulmana, y cuya sede se encuentra en Arabia Saudí. Su brazo ejecutor es el Islamophobia Observatory, dedicado a documentar la más leve ofensa contra la fe islámica. Esa brigada inquisitorial emplea la amenaza y la coerción para luchar contra los herejes y los infieles que supuestamente ofenden al islam.

En Occidente, empero, domina un pensamiento débil cuyos ingredientes son el apaciguamiento, el buenismo de la alianza de civilizaciones, la táctica del avestruz y la confianza excesiva en el soft power, el poder blando que todo lo fía en la ventaja tecnológica y las estadísticas del nivel de vida, cuando resulta obvio que los yihadistas esgrimen otros valores, se rigen por otros códigos y persiguen otros objetivos. Los islamistas no utilizan la razón de Kant que conduce a la utopía de la paz perpetua. Occidente parece haber renunciado al combate ideológico y se aproxima al nihilismo, el relativismo y el aislacionismo, sin convicciones y sin nervio vital, olvidando que el islamismo es, ante todo, una ideología política con un proyecto que aprovecha al máximo y desprecia al mismo tiempo muchas de las conquistas de nuestra civilización.

Entre la violencia y la frustración de la reforma

El jesuita egipcio Samir Khalil Samir, desde el mismo epicentro del ciclón, pues vive y enseña en el Líbano, clarividente analista de la crisis de identidad de un islam atrapado entre la violencia y la frustración de la reforma, insiste, a través de sus artículos y conferencias, en sus admoniciones sobre el desarme intelectual de los occidentales: “Occidente puede multiplicar su ataques aéreos contra el Estado islámico, pero no es eso lo que detendrá el avance del califato, porque el verdadero problema está al nivel del pensamiento.” En su opinión, hay que favorecer e impulsar los factores de la reforma porque “lo que podría parecer un renacimiento es en verdad el signo de una profunda crisis dentro de la religión fundada por el profeta Mahoma”.

Escaldados por las guerras desastrosas de Iraq y Afganistán, Estados Unidos y sus aliados occidentales se repliegan hacia el aislacionismo moral y las acciones militares sin riesgo y por lo tanto ineficaces. Desde el primer momento, en agosto de 2014, cuando se forjó la coalición internacional dirigida por EE UU, los más agudos analistas norteamericanos hicieron saber que los bombardeos contra las posiciones del Estado Islámico, sin poner tropas sobre el terreno, no servirían sino para galvanizar a los yihadistas, muchos de ellos iletrados pero machaconamente adoctrinados. Como ya tengo escrito, ante la ineficacia de esos ataques aéreos, el EI se expande, se fortalece y estrecha su férula sobre la población a la que no se ofrece otra alternativa que la poco atractiva de volver bajo la dominación del gobierno sectario (chií) de Bagdad.

En sus primeras declaraciones tras el atentado de Susa, el presidente tunecino Essebsi hizo un llamamiento en el que no sólo pidió ayuda para combatir el terrorismo, sino que instó a las grandes potencias a elaborar “una estrategia global unificada”, ahora inexistente. La coalición internacional dirigida por EE UU está plagada de contradicciones, reservas y precauciones militares. Los norteamericanos ponen los aviones y las bombas, respaldan al gobierno chií de Bagdad, cliente y aliado de Irán, pero tratan de no incomodar demasiado a su tradicional aliado Arabia Saudí, que en nombre de la fraternidad religiosa de los suníes mantiene una actitud ambigua hacia el Estado Islámico.

Lo mismo puede decirse de Francia, el país europeo con mayor población musulmana, víctima de numerosos atentados, que trata de explotar las divisiones y la guerra de religión que sacuden el Oriente Próximo. El gobierno de París, que presionó infructuosamente al de Washington en 2011 para montar una operación bélica que derrocara al dictador de Siria, respalda subrepticiamente al Frente al-Nusra, franquicia siria de Al Qaeda, pero, al mismo tiempo, vende armas, aviones y helicópteros a Arabia Saudí, que los emplea para masacrar a la minoría de los hutíes en Yemen.

El muy influyente y opulento régimen de Kuwait, que utiliza globalmente sus petrodólares, tolera e incluso protege a numerosos salafistas en su territorio, siempre que sean suníes. El emirato kuwaití, que cuenta con la benevolencia de gran parte de la prensa europea, ha sido acusado repetidamente de proteger y financiar a algunos grupos radicales vinculados al Frente al-Nusra.

Cualquier estrategia global de Occidente deberá centrarse en el combate contra los dos mitos que nutren la propaganda del EI, según el penetrante análisis de Anthony Samrani que apareció en el periódico L´Oriente-Le Jour, de Beirut, antes de que se produjeran los atentados del 26 de junio. El primer mito es “espectacular y mortífero”, la mediatización de las barbaridades que atraen a los jóvenes musulmanes y atemorizan a las poblaciones enemigas. El segundo es de orden geopolítico, es decir, que el autoproclamado califato “utiliza la teoría del choque de civilizaciones entre el islam y Occidente, reforzando así los prejuicios esencialistas, para justificar sus llamamientos a la guerra” contra los infieles.

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Responses

  1. En tu escritura oigo el eco de Stefan Zweig: Arrastra hasta el final produciendo un placer (literario) completo. Nada de descripciones supérfluas. Ignoro si tus páginas obtienen el eco que merecen. Por lo que a mi respecta, me has introducido en la curiosidad de saber que está pasando en este mundo que parece exhausto. Y conseguido que no me basten los titulares.

    ¡Tengo una vivienda, tengo un patrimonio!
    “Hay mucha gente que protesta por situaciones, no por ideología. Quien tiene una mezquita junto a su casa en Europa y se despierta a las seis de la mañana con el grito (al rezo) del muhecín, ahora además con altavoces y lo sufre cinco o seis veces al día está molesto y harto, su casa pierde valor y desea mudarse. No es un racista. Pero si protesta y cierta gente le llama racista, acaba siendo racista por indignación. … El islam es al cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta de Occidente. Los principios de las dos culturas son antagónicos y son ellos los que nos consideran a nosotros los infieles aunque estén aquí (en Europa), no nosotros a ellos”. (Declaraciones de Giovanni Sartori, catedrático de las Univ. de Columbia y Florencia, en la presentación de su libro ‘Homo Videns. La sociedad teledirigida’… (Diario El País, 8.4.2001).
    Si eso es así, ¿como evitar el segundo de los mitos de que hablas? … El choque de civilizaciones. Y ¿como salir al paso del primero de los mitos?: la mediatización de las barbaridades, en una cultura de ‘actualidades’ constantes con un ejército de informadores a la busca no ya solo del acontecimiento, sino de cualquier nimiedad que les sirva para su odioso bla, bla, bla… las más de las veces impúdico e iletrado. ¿Como salir del atolladero moral en que occidente se encuentra, cuando como leo, Francia está vendiendo armas i aviones a Arabia Saudita activo esponsor del estado islámico? ¿Podemos conceder crédito al jesuíta egipcio que mencionas cuando dice que lo que puede parecer un renacimiento, es en verdad un signo de profunda crisis de la religión fundada por el profeta Mahoma?

    La Bíblia, la Torá y la Cábala, lo mismo que el Corán. (O el Dios misericordioso).
    “Se dice en El Corán, libro del profeta Mahoma inspirado por Dios, que ‘cuando los meses sagrados hayan pasado, matad a los idólatras donde los halléis; prendedlos, asediadlos y preparad contra ellos todo tipo de emboscadas’… (Elías Caneti, ‘Masa i poder’, Muchnik Editores. Ed. 1985, pág. 139).

    Por ejemplo, Irak, o ‘¡quieren matar a mi papá!’, como parece que dijo el bueno de Bush hijo.
    “La invasión de Irak fue un acto de bandidaje, un acto descarado de terrorismo de Estado, una demostración de desprecio absoluto por la legislación internacional. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una sarta de mentiras y una flagrante manipulación de los medios de comunicación y, por lo tanto, de la opinión pública; un acto orientado a consolidar el control económico y militar estadounidense sobre Oriente Medio disfrazado de liberación. Una tremenda afirmación de fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de miles y miles de inocentes. Hemos llevado torturas, bombas de racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de asesinato aleatorio, sufrimiento, degradación y muerte al pueblo iraquí… ¿A cuantas personas hay que matar para merecer el apelativo de asesino en masa o criminal de guerra? Etc. etc …”. (Discurso de aceptación del premio Nobel de literatura Harold Pinter, -por videoconferencia-, diciembre 2005 -que el auditorio aguantó inpertérrito- y que tituló ‘Arte, verdad y política’. (La Vanguardia de 28 de diciembre del mismo año -que publicó el texto completo).
    Recordemos, plan addenda, ‘la proeza’ del gesticulante gran Sarkozy en la Libia de su valedor económico ‘el amigo Muammar’, que luego hubo de necesitar de la OTAN para completar la debacle; unos y otros dejaron el territorio en lo que, por lo que parece, hoy es: un páramo, un feudo yihadista.

    Rèquiem per Charlie Hebdo.
    … Els drets humans d’occident són irrenunciables, això no es pot discutir, però hem d’admetre que han estat possibles en bona part gràcies a l’exportació del conflicte per blindar els nostres oasis de llibertat i a la vulneració sistemàtica d’aquests valors fora de les fronteres d’occident. I, gosaria dir, instal·lant fronteres socials interiors entre europeus de primera i de segona…Podem considerar-nos el melic de la civilització i continuar pensant que nosaltres som els bons i els altres els errats, els malvats, els ignorants, els dolents. Podem blindar-nos i protegir-nos contra la barbàrie, fent el nostre món de llibertats cada cop més petit, poruc, assetjat i assegut sobre el polvorí del qual ens intentem protegir… (“Requiem per Charlie”, artículo de Carles Ribera publicado en el suplemento ‘Presència’ del diario ElPuntAvui, del dia 25.1.14).

    ¿De aquellos barros estos lodos?
    Pues parece que sí. Un lodo autodenominado estado islámico.


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