Posteado por: M | 10 julio 2015

Sobresalto bursátil en China

El estallido de la burbuja bursátil en China, un efecto no deseado de la política de incentivos del gobierno, como no podía ser de otra manera, causó un considerable revuelo no sólo en Asia, sino también en EE UU y Europa, porque cualquier percance que se produzca en la segunda economía del mundo puede dejar secuelas desastrosas sobre el crecimiento global y desbaratar abruptamente las tendencias de los mercados. La llamada abusivamente tragedia griega quedó inmediatamente reducida a su modesta dimensión global, lo más parecido a una comedia de enredo, pero todos los mercados miraron con temor hacia Shanghai y los precios de las materias primas retrocedieron aparatosamente en la City londinense ante la ominosa perspectiva de una severa contracción del mercado chino, el gran devorador.

bolsa_china

Desde el 15 de junio, cuando inició su descenso a los abismos, el índice de la bolsa de Shanghai había bajado nada menos que el 25 % en 20 días, hasta el 8 de julio. Las dos bolsas chinas continentales (Shanghai, Shenzhen, con las cotizaciones en yuanes) perdieron en menos de un mes el 30 % de su valor, unos 3 billones de dólares de capitalización, y el pánico se apoderó de unos 90 millones de inversores minoristas, muchos de los cuales quedaron literalmente entrampados y/o arruinados. Casi 1.000 compañías de mediana y pequeña capitalización, un tercio de todas las cotizadas en los dos mercados del continente (el de Hong Kong es autónomo y cotiza en dólares locales), tuvieron que suspender sus cotizaciones al superar los límites de protección (el 10 % diario), deteniendo la sangría pero frustrando a los especuladores y agravando la inestabilidad.

Como en otras ocasiones durante los últimos 20 años, la dirección comunista se enfrenta al mismo dilema: acelerar las reformas o preservar el statu quo mediante un mero revoco de la fachada del régimen. El presidente y secretario general del PCCh desde 2012, Xi Jinping, ha ido algo más lejos que sus antecesores al lanzar una gran campaña contra la corrupción, introducir la competencia entre los bancos y promover cambios profundos en las empresas públicas, incluyendo su apertura a los inversores extranjeros, aunque con cuentagotas. Pero si persistiera o se enconara la caída de las bolsas, lo más probable es que afectaría negativamente a los planes presidenciales.

Lo que está fuera de toda duda, empero, es que el presidente Xi, al igual que sus predecesores, no hará nada que pueda socavar la hegemonía política y social del PCCh, garantía última de la estabilidad del régimen. Le horroriza a Xi que se le presente como un Gorbachov chino dispuesto a contemplar impávido el hundimiento del régimen, pero la campaña orquestada contra la corrupción está creando fuertes tensiones en el seno del PCCh, del ejército y de las empresas estatales. Por eso el presidente intensificó también en paralelo la represión que desde 2009 se abate sobre los disidentes en la prensa, las redes sociales, el cinema, la literatura y los grupos religiosos. Sigue en vigor una circular del comité central, de 2013, en la que se ordenaba perentoriamente a todos los órganos del partido la represión de cualquier desviacionismo o presunta adhesión a “los valores universales” de Occidente.

Las opiniones internas no oficiales propenden al pesimismo, hasta el punto de que Youwei, seudónimo de un profesor universitario de Beijing, publicó un resonante artículo en la revista Foreign Affairs (número de mayo-junio, de 2015) titulado significativamente: “El fin de la reforma en China”, y cuya meditada conclusión es que “la adaptación autoritaria se estrella contra un muro”. Los motivos del sombrío vaticinio son numerosos, desde la excepcionalidad de China por su tamaño y por su historia a la formación de un bloque refractario a las reformas muy poderoso dentro del PCCh, pasando por la ideología confuciano-nacionalista –“el socialismo con características chinas”, el Singapur gigantesco— y las presiones burocráticas en favor de la preservación del statu quo.

La presión exterior y el nacionalismo

El factor nacionalista adquiere mucha importancia cuando el vacío ideológico creado por el abandono del marxismo-leninismo sirve para reactivar un confucianismo reaccionario. Prosigue Youwei: “La presión externa tiende a inflamar el nacionalismo defensivo en vez de favorecer al liberalismo nativo. Para un país con el tamaño y la historia de China, la democratización tendrá que emerger desde el interior (…) La mejor manera en que el Occidente puede contribuir a la evolución política de China consiste en permanecer fuerte, liberal, democrático, y predicar con su éxito.”

Cuando fue elegido secretario del PCCh en 2012, Xi Jinping advirtió de manera sombría, en su discurso ante el comité central, que la corrupción endémica conduciría “al colapso del partido comunista y la caída del Estado”. Pero el analista norteamericano John Minnich sostiene que el presidente Xi fue demasiado lejos en su campaña anticorrupción dentro del partido, lo que en verdad ha provocado “el fin del consenso político en China” y la proliferación de las tensiones internas. El profesor Lansin Xiang, que enseña en Ginebra y Washington, y escribe en el South China Morning Post de Hong Kong, niega que se trate de una purga de estilo estalinista y asegura que Xi pretende “restaurar la moralidad de un Estado confuciano”, un novedoso experimento de legitimidad que compite o se suma a la que representa “el socialismo con los colores chinos”.

Aunque los últimos tres presidentes –Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi Jinping—actuaron al frente de una gran coalición o dirección colectiva pragmática y disciplinada, cada uno de ellos trató de personalizar sus años en el poder supremo. El hito colocado por Xi es la campaña contra la corrupción. La purga ha afectado a casi 300.000 mandos intermedios del partido y varios altos dirigentes. De éstos, el más importante es Zhou Yongkang, miembro que fue del Comité Permanente del politburó del PCCh, el supremo órgano de decisión, y ministro de Seguridad Pública, condenado a principios de junio de 2015 a cadena perpetua por corrupción y filtración de secretos de Estado. El convicto es el cargo de más alto nivel nunca antes juzgado en la República Popular desde su fundación en 1949.

Hasta ahora, nadie se atrevió a purgar al fantasma de Mao Zedong, cuyo mausoleo y retrato gigantesco siguen señoreando la plaza de Tiananmen (Puerta de la Paz Celestial), en la entrada a la Ciudad Prohibida, para deleite de los turistas. Todos los líderes tropiezan en la misma piedra: el sistema político, asentado sobre la hegemonía y el caciquismo del PCCh, se ha convertido en el principal obstáculos para llevar a cabo las reformas económicas y sociales que el país necesita para mantener un crecimiento sostenible. Resulta comprensible que los comunistas pretendan eludir la pesadilla de la desintegración de la URSS, pero, al aferrarse al inmovilismo, están incubando tensiones que podrían ser incoercibles. La crisis bursátil confirma que la burocracia comunista pierde reflejos para abordar los problemas de la segunda economía del mundo.

En cuanto a las repercusiones de un hipotético descalabro, las opiniones son muy matizadas. Hay quienes piensan que las últimas turbulencias han puesto de relieve una vez más que la economía necesita zafarse del agobiante control burocrático para adquirir un nuevo impulso. Un profesor de economía de la Universidad Renmin, de Beijing, citado por el New York Times, considera que los últimos vaivenes subrayan paradójicamente la necesidad de cambios profundos, y añade: “Creo que lo que ha ocurrido se debe precisamente a que las reformas no se habían hecho en la dirección adecuada.” Otros observadores arguyen por la experiencia de otros episodios que el sector del partido más conservador tendrá nuevos motivos para abandonar o demorar las reformas que afectan a las empresas estatales.

Unas cifras estratosféricas

Las cifras en China son siempre estratosféricas. Las pérdidas de ahora son el contrapunto de las ganancias registradas desde enero de 2014. El retroceso de todas las bolsas chinas (la de Hong Kong acabó por contagiarse) fue precedido por unas subidas espectaculares. En mayo último, en efecto, los índices bursátiles, tanto los industriales como los tecnológicos, alcanzaron el máximo de los últimos siete años, en gran parte por la acción del gobierno para estimular las compras y así contrarrestar o enmascarar el acusado descenso o desaceleración en el ritmo de crecimiento que por primera vez en los últimos 20 años no superaba el 7 % (7,4 % en 2014). Desde principios de 2014 a finales de mayo de 2015, la bolsa de Shanghai se revalorizó nada menos que el 150 %.

El gobierno puso su maquinaria propagandística al servicio de la inversión en las bolsas, garantizando que las cotizaciones no dejarían de subir, quizá en homenaje al presidente Xi Jinping, su estrategia reformista y su combate contra la corrupción. Pocos días antes de que se pinchara la burbuja, el Diario del Pueblo, órgano oficial del PCCh, pronosticó que la bonanza no había hecho nada más que comenzar y que, por lo tanto, se esperaban días radiantes. El culto de la personalidad corre siempre en paralelo con el nacionalismo económico y la metáfora del radiante porvenir, antes socialista, ahora capitalista. La compra de acciones equivalía, según la propaganda oficial, a “la compra del sueño chino”. Los colores chinos se superponen a todos los experimentos.

Casi 100 millones de accionistas se debaten entre la avaricia y la ruptura del saco. El 80 % de las acciones de todas las empresas chinas están en manos de las familias de clase media, desde el profesor al funcionario y el tendero, o el empleado de los conglomerados estatales, en una manifestación sorprendente de lo que se llamó el capitalismo popular, mientras que en EE UU y Europa ese porcentaje no supera en ningún caso el 50 %.  En un sistema como el chino, de partido único y arbitrismo gubernamental, la fiebre bursátil es hija espuria de la incitación y los estímulos del gobierno, del despotismo del poder, del crédito fácil y de la promesa del enriquecimiento, tan arraigada en el imaginario colectivo, que se remonta al muy pragmático Deng Xiaoping, el pequeño gran timonel que acabó con el maoísmo y puso en marcha las reformas en 1978.

Esas víctimas del capitalismo en el estilo chino –es decir, un sistema sin libertad política– son gentes sin experiencia bursátil, sin conocimiento ni preparación, trabajadores y ahorradores compulsivos que asumieron con entusiasmo los pronósticos optimistas del gobierno sin intuir que el famoso dinamismo de la economía estaba experimentando una corrección importante y recortando drásticamente los beneficios empresariales. Muchos de esos inversores, que habían pedido dinero prestado para comprar acciones a crédito, esperando una ganancia fácil y rápida, deshicieron precipitadamente sus posiciones y aceleraron el desplome de los índices.

Al igual que en Occidente en la crisis de 2008, la burbuja bursátil estuvo acompañada desde el primer momento por unas grandes maniobras de ingeniería financiera muy alambicadas y apalancadas (a crédito), realizadas por los llamados brokers (intermediarios), que crearon nuevos productos (los fatídicos estructurados), prometedores de ganancias fabulosas en poco tiempo y con dinero ajeno. Nada nuevo bajo el sol de las turbulencias financieras. Así es como el tradicional paraíso del juego, ingrediente característico de la cultura china, y la legión de los ludópatas se instalaron en los parqués. Las cotizaciones subieron como la espuma y los especuladores hicieron su agosto mientras, paradójicamente, el crecimiento de desaceleraba.

La acción del gobierno se explica por su intervencionismo permanente, su reluctancia ante la autonomía de los mercados. Un elemento sustancial del sistema es que la legitimidad del partido comunista (PCCh) depende en gran medida de la sostenibilidad del progreso económico, del aumento del producto interior bruto(PIB) y del bienestar de esos 300-400 millones de personas que habitan en las grandes áreas metropolitanas: Beijing, Shanghai, Shenzhen y Guangzhou (Cantón), que no han dejado de aumentar y proliferar desde que en 1992 se dieron por superadas las consecuencias políticas y económicas de la matanza de Tiananmen (4 de junio de 1989), último episodio sangriento en la evolución del régimen comunista.

La mano del gobierno de Beijing está detrás de ese gigantesco vaivén de los mercados bursátiles, desde las alturas brillantes de la burbuja a las simas de la dislocación y ele hundimiento. La capitalización se dobló prácticamente en un año, de junio de 2014 a junio de 2015. Esa subida espectacular, que los expertos llaman rally, o “exuberancia irracional”, se produjo paradójicamente cuando la economía aminoraba su crecimiento y disminuían los beneficios empresariales. Según los expertos, todos los activos que cotizan en las bolsas están fuertemente sobrevalorados. El PER (el precio de la acción en relación con el beneficio) está por encima de 50, un nivel muy superior al de Europa o EE UU, a pesar de la corrección masiva en curso. Los inversores extranjeros e institucionales se centraron en la compra de las grandes empresas, pero las familias de clase media en ascenso se acogieron a las facilidades crediticias para adquirir las acciones de las pequeñas y medianas compañías, las que más han sufrido lógicamente con el estallido de la burbuja.

La ausencia de libertad y, por ende, de riesgo, influye decisivamente sobre las operaciones mercantiles. Los inversores y los intermediarios esperan que el gobierno intervenga finalmente para evitar lo peor. Como las autoridades de control de las bolsas son, en realidad, vicarias del poder político, de los burócratas del PCCh, carecen de la convicción y la autonomía precisas para vigilar el famoso shadow banking (actividad bancaria en la sombra) y la aparición constante de productos financieros de una más que dudosa consistencia. Los observadores y sinólogos coinciden en que el gobierno controla férreamente la economía, pero, ante el estallido de la burbuja, ¿cabe suponer que el dinamismo bursátil, oficialmente propiciado, escapó finalmente del control puntilloso del PCCh?

Otra realidad perturbadora es la ingente deuda del Estado chino, que aumentó en 20 billones de dólares desde la crisis de 2008 (300 % del PIB), y que podría reducir las previsiones del crecimiento económico, en estos momentos colocadas en torno al 7 %. Esa sería otra peligrosa señal de que el PCCh ha perdido parte de su poder y, desde luego, su infalibilidad. Apremiado por la aparatosa contracción de las bolsas, el gobierno viene adoptando diversas medidas para contener la hemorragia: reducción de las tasas de interés, facilidades de crédito y la promesa reiterada de que castigará a los especuladores, y el 4 de julio ingresó casi 20.000 millones de dólares en un fondo para la compra de acciones de las empresas más importantes. Por primera vez, los fondos de pensiones de los gobiernos locales podrán ser invertidos en valores bursátiles.

A juzgar por las declaraciones oficiales, el gobierno no piensa cambiar su estrategia reformista. En plena borrasca bursátil, el primer ministro, Li Keqiang, en un discurso dirigido a los ejecutivos chinos de ultramar, recogido por la agencia oficial Xinhua, declaró: “Tenemos la confianza y la capacidad suficientes para hacer frente a los riesgos y los retos, a fin de mantener un desarrollo económico saneado y sostenido.” Nada que temer, según Li, aunque lo cierto es que el descalabro bursátil ya ha producido una primera víctima de relieve: los planes para vender en el mercado las acciones de las compañías estatales fueron suspendidos hasta nueva orden en los parqués de Shanghai y Shenzhen.

A partir del 8 de julio, los mercados dieron algunas señales de que las medidas de la dirección comunista –aumento de la tasa de interés, suspensión de cotizaciones e inyecciones de liquidez— habían logrado restaurar la confianza y estabilizar la situación, luego de que el ministerio de Finanzas saliera a la palestra para reafirmar su propósito de “salvaguardar la estabilidad del mercado de capitales” y proteger a las empresas del Estado, dos objetivos aparentemente contradictorios pero que reflejan con nitidez los equilibrios retóricos que impone la dinámica capitalista en un  país en el que el poder lo detenta en exclusiva y de manera despótica el partido comunista.

Anuncios

Responses

  1. Escribes: “La llamada abusivamente tragedia griega quedó inmediatamente reducida a su modesta dimensión global, lo más parecido a una comedia de enredo… (En referencia, claro, al estallido de la burbuja bursátil china)”. Y a continuación: “Sigue en vigor una circular del comité central, de 2013, en la que se ordenaba perentoriamente a todos los órganos del partido la represión de cualquier desviacionismo…”; “el presidente Xi fue demasiado lejos en su campaña anticorrupción…”; “la purga ha afectado a casi 300.000 mandos intermedios del partido y a varios altos dirigentes…” . “En un sistema como el chino, de partido único y arbitrismo gubernamental…”. ”cabe suponer que el dinamismo bursátil, oficialmente propiciado, escapó finalmente del control puntilloso del PCCh.?…”. “… salvaguardar la estabilidad del mercado de capitales y proteger a las empresas del Estado, dos objetivos aparentemente contradictorios pero que reflejan con nitidez los equilibrios retóricos que impone la dinámica capitalista en un país en el que el poder lo detenta en exclusiva y de manera despótica el partido comunista”.
    Probablemente al tiempo que tú escribías este artículo, Manuel Castells escribía el suyo -”La dignidad de Grecia”, que La Vanguardia publicó ayer día 11 y que con seguridad conoces.
    (Excúsame si, al igual que hice con los tuyos, reproduzco los párrafos que siguen, aquellos que imagino que pueden interesarme para el fin que imagino perseguir. De no proceder así, me pierdo todavía más -En realidad todo me transita en medio de una nebulosa-).
    Escribe Castells: “Europa padece un déficit democrático puesto que se ha estado construyendo a espaldas de los ciudadanos…”. “Merkel y sus aliados decidieron endurecer las condiciones para prestar a Grecia… con el fin de mantenerla en el Euro. Deben doblegar la resistencia o provocar una catástrofe social para dar una lección a los ciudadanos de otros países del sur, en particular España, en donde se está quebrando el poder…”. “Se trata de liquidar Tsipras i lo que Syriza representa…”. “No se está salvando Grecia sino la deuda de los bancos griegos y alemanes, franceses y otros…”. “… Ángela Merkel y otros deben ocultar a sus electores la dimensión de la transferencia de recursos que se produjo con los gobiernos griegos que eran aliados suyos, asesorados por Goldman Sachs (donde trabajaba un tal Mario Draghi) en la falsificación de la deuda pública….”. “Se trata de imponer disciplina a los díscolos sureuropeos y segar la hierba bajo los pies de los partidos contestatarios. I ofrecer a los xenófobos de Alemania y norte de Europa la cabeza de Alexis Tsipras. De momento han perdido, pero no desistirán hasta conseguirlo…”.
    Fin del comentario y conclusión: Habida cuenta los contenidos de ambos artículos, ¿no vienen a ser Xina y ‘la troica’, así como las dos caras de una misma y muy abollada moneda?
    Cuando ya había dejado listo el comentario, lo recupero para este añadido: Acabo de leer en El PuntAvui de hoy: “Val la pena recordar que la Xina va manifestar-se en contra de la sortida de Grecia de la moneda única y que havia apostat per inversions al port del Pireu per fer un ruta amb autopista cap al nord d’Europa amb mercaderies xineses rebudes vía canal de Suez…”. ‘Una tragèdia grega’, Francesc Sanuy).


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: